Por Oscar Parada Maroto

Sevilla tiene un color especial. Es el naranja explosivo del sol vespertino reflejado en el ladrillo visto de la Plaza de España. Es el azul relajante del cielo abierto de una mañana clara de Domingo de Ramos. Es, también, el rojo apasionado de un vestido de flamenca que se retuerce en el aire al son del cante en la feria de Abril. O quizá sea el cálido amarillo del albero de la Maestranza en una tarde de gloria de las que dicen los taurinos que se le vieron a Curro Romero. Cualquiera de ellos me vale. Hasta esos marrones terrosos de las túnicas de los monjes zurbaranescos del espléndido Museo de Bellas Artes hispalense o los negros enlutados de las corbatas que se cuelgan los capillitas al salir de punta en blanco cada Viernes Santo. E incluso, si entrecierras los ojos y te dejas llevar, puede que hasta veas los blancos nacarados de las velas de aquellas carabelas colombinas que partieron del puerto sevillano con ansias de Nuevo Mundo.

Sevilla tiene un sabor especial. Es el sabor de un amontillado en una terracita viendo cómo el Guadalquivir juega con la Torre del Oro. Es el gusto del pescaíto frito que te van sirviendo al recorrer la calle trianera de San Jacinto o el deleite de esas tapas de soldaditos de pavía o de tortillitas de camarón en una barra de acero inoxidable allá por la calle Betis o en la misma plaza del Salvador. Es, cómo no, el regusto del Jerez con aceitunas en la Hostería del Laurel, aquella en la que Don Juan Tenorio relataba sus conquistas en el barrio de Santa Cruz. Es, incluso, el dulzor de la mermelada de azahar que con esmero hacen las monjitas del precioso monasterio de Santa Paula. Y puede que hasta, si saboreas el ambiente y te dejas transportar a tiempos pretéritos, llegues a degustar alguna delicia de miel y de almendras de aquel pasado almohade anterior al día en que el rey San Fernando pusiera los pies en la fidelísima Sevilla.

Sevilla tiene un aroma especial. Es el aroma de los naranjos, de los que en primavera brotan por el centro y llenan los rincones. Es la fragancia del romero que envuelve a la magnífica catedral gótica en manos de vendedoras de piropos y de augurios. Es, además, el perfume de alfajores, magdalenas y pestiños que se cuela por las rejas de un puñado de conventos. Es el incienso, el del Gran Poder o el del Cachorro, ambos igual de imponentes. Y hasta me atrevería a decir que, si uno respira concentrado y prolongadamente, llega a percibir el olor de aquella Real Fábrica de Tabaco, sin duda el edificio industrial más notable de la España dieciochesca, aquel en el que la cigarrera Carmen conoció al soldado Don José.

Sevilla tiene un tacto especial. Es el tacto rugoso de la mano que recorre la Giralda con el asombro de quien se estremece con la historia. O por contra, el tacto sedoso del terciopelo o del raso de las túnicas de los nazarenos penitentes que se agolpan en La Campana para enfilar la carrera oficial. Es la percepción de esa agua fresca que te llevas a la nuca directamente desde la fuente central del patio de la casa de Pilatos. Es, también, el tacto escurridizo de las velas derretidas, e incluso, si se alarga la mano hasta que duela, se pudiera hasta llegar a sentir el tacto sublime de los tapices bordados que vistieron las paredes del Alcázar en los tiempos de los venerados Reyes Católicos.

Sevilla tiene un sonido especial. Es el del martillo que golpea el capataz para que los costaleros ofrezcan una nueva levantá de la Esperanza Macarena. Es el murmullo incesante de la calle Sierpes una mañana cualquiera de sábado. Es el repiqueteo cadencioso del coche de caballos que acomoda al turista por los paseos arbolados del parque de María Luisa. Es, también, el soniquete de ese acentillo sevillano de dos compadres que se ponen al día mientras caminan. Es el toque de trompetas y tambores ensayando para no perder el ritmo cuando la Señora de Triana vuelva a las calles una madrugá más. Es la resonancia de la guitarra que suena justo a la salida del Patio de Banderas. Y es aún más. Pues diría que, afinando el oído, puede llegar a escucharse alguna rima salida de la boca del mismísimo Bécquer que aún sigue pendiendo en el aire.

Sevilla tiene un color especial, como bien dice la canción. Y un gusto, y un aroma, y un tacto, y también un sonido. Que aunque esto no lo diga la canción, te lo digo yo y todo el que de vez en cuando necesita perderse por Sevilla para que sus cinco sentidos se revolucionen y no haya manera de volverlos a poner en orden.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *