Debo confesar que en mi viaje a Teruel cometí todos y cada uno de los siete pecados capitales. Absolutamente todos. Soberbia, avaricia, ira, gula, lujuria, pereza y envidia. En todos fui cayendo sin apenas tiempo para los remordimientos.

Para caer en el primero de ellos no precisé siquiera haber pisado la capital turolense. Pues ya en el propio trayecto, mientras conducía me rondaba en la cabeza la idea de que en aquel viaje estaba perdiendo el tiempo. Que si con todo lo que yo ya había visto dentro y fuera de España a ver que se me había perdido a mí en Teruel… que a ver qué pintaba yo en un sitio tan poco chic… La primera en la frente: la soberbia. Y contra la soberbia, ya sabemos, la humildad. Humildad que no tardó en llegar nada más poner un pie en la ciudad, pues el viaje prometía. Vaya que si prometía.

En Teruel la ruta hay que comenzarla recorriendo el puñado de torres mudéjares que definen el perfil de la ciudad. Torres de cerámicas y ladrillos modestos, colocados con mimo por manos musulmanas y cristianas. La de San Pedro, la de San Martín, la del Salvador. Y llega aquí la segunda caída (en la tentación, entiéndase). Pues de refilón observé cómo en una tienda ofrecían al turista una bandeja repleta de suspiros de amante. Y ante tal delicia de queso y huevo, con aire despistado fui cogiendo y cogiendo hasta dejar la bandeja como un tablero de ajedrez con apenas cuatro fichas en pie. Avaricia, pura avaricia. Y contra la avaricia, ya se sabe, la generosidad. Tuve entonces que poner remedio a mis remordimientos comprando allí mismo un par de tarros de cristal repletos de melocotones de Calanda de los que ya daría buena cuenta.

Ya bien entrada la tarde llega el plato fuerte del mudéjar turolense. La catedral de Santa María te abre sus puertas y te deja sin aliento cuando alzas la vista para recalar en su imponente artesonado. Una auténtica enciclopedia de la vida medieval tallada en más de treinta metros de madera. Con semejante artesonado, ni por un momento se echa de menos la consabida bóveda de las naves catedralicias. Para poder apreciar hasta el mínimo detalle de esta bellísima techumbre, de esta Capilla Sixtina de inspiración mudéjar, no hay más que acceder a la galería superior con entrada desde el coro. Y llega entonces el tercero (de los pecados capitales, claro está). Pues nada más poner un pie en la escalera, estallo de ira al impedirme un empleado el acceso al estar rozando ya la hora de cierre. Y contra la ira, no queda otra, paciencia. Propósito de enmienda y a aguardar resignado la aquiescencia del encargado.

Y como de alguna manera había que aplacar esta furia, me dispuse entonces a probar los manjares de la tierra. Tan solo tenía que escoger una buena barra donde alternar unos tintos con unas tapas de jamón. Y esto ya sabemos cómo acaba, pues el jamón te lleva al queso, el queso a la longaniza de Alcañiz, y al final no hay quien se resista a probar el ternasco recién asado. Gula, pura gula. Más que el dolor de tripa por el atracón (que de eso no tuve, pues soy de buen comer), me atacó entonces el dolor de los pecados. Y contra la gula, bien sabemos, la templanza. Y a otro día no me quedó más remedio que contentarme en el desayuno con un triste café con leche en una terracita de la Plaza del Torico. Triste por el solitario café, que no por la plaza, pues aunque coqueta y menuda, está flanqueada por edificios eclécticos con alguno modernista que te alegra la vista.

Tras reponer fuerzas, a dos pasos de la plaza te plantas en la iglesia de San Pedro, que forma conjunto con el Museo de los Amantes. Allí es donde reposan los restos enamorados de Diego y de Isabel, y cuya historia de amor relata la guía como si estuviese viendo allí mismo a la desdichada Isabel besar los labios de su enamorado ya inerte. Con tal fogosidad desgrana la guía los detalles, que es fácil volver a caer en tentación, la lujuria en este caso, claro está. Y contra la lujuria, ya se sabe, acto de contrición y vuelta a los pensamientos castos a los que te obliga el templo que realmente estás pisando.

También le llegaría el turno a la pereza, pues después del par de horitas de visita guiada y de la reparadora sopa de ajo que aquí se gastan, la siesta se extendió más de la cuenta, y caí de lleno en el penúltimo pecado capital. Y contra la pereza, quién lo duda, diligencia. Y buena cuenta que di de semejante penitencia, pues a otro día me subí sin rechistar las cuestas hasta el castillo de Albarracín. Debo confesar que fue aquí, en este precioso Albarracín, donde pequé también de envidia. De envidia por aquellas mansiones señoriales, con sus ventanas enrejadas, sus puertas flanqueadas y sus escudos con apellidos de alta alcurnia. Y contra la envidia, ya sabemos, caridad. Una caridad que pronto se impone, pues pesa mucho más el amor hacia quienes me dan todo desinteresadamente que la envidia por los placeres materiales y mundanos.

Siete pecados capitales con sus siete virtudes reparadoras. Y todos ellos en una ciudad que modestamente te enamora como ya lo estuvieron Diego e Isabel. Y es que el pecado, el verdadero pecado, es no haberle dado a Teruel la oportunidad de ser visitado. Y yo, afortunadamente, de ese pecado no tengo ya que confesarme.

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