Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García

El comercio de los pueblos de nuestra comarca estaba asociado, al igual que en otras zonas, a la interacción entre las villas y los territorios rurales que las rodeaban. La producción agraria y las materias primas producidas en su entorno eran trasladadas a los lugares donde se concentraban los puestos de venta en los pueblos, que se solían articular alrededor de las plazas públicas, como foco de compra y venta de productos. En los años finales del siglo XV y comienzos del XVI se produjo un auge de la economía en La Mancha, como consecuencia de varios factores: el aumento demográfico, las buenas cosechas, el alza de los precios agrarios por la llegada de los metales americanos y el desarrollo de la artesanía local, para satisfacer las necesidades de los nuevos pobladores. Todo ello favoreció el aumento del comercio, por un lado, de los mercaderes que se encargaban del traslado de los productos agrícolas y artesanales que se producían en distintas zonas, asistiendo a mercados y creando redes comerciales, y por otro, de las tiendas que se establecieron en los pueblos, para la venta de los productos locales y de los importados por dichos mercaderes, los cuales en algunos casos cumplían ambas funciones, pues a su labor comercial y de negocio, unían la posesión de una tienda en los pueblos donde estaban establecidos.

     La existencia de tiendas en Manzanares está datada desde fechas tempranas, pues en la primera década del siglo XVI, la cofradía de San Sebastián ya poseía una lindera con las casas de Alonso Sánchez Calero el Viejo. Al mismo tiempo se constata la existencia de mercaderes locales que asistían a ferias, y se desplazaban comprando y vendiendo sus productos por toda la provincia.

     Un claro ejemplo de ello, lo encontramos en Cristóbal de Villarreal Barceno. Cuando su padre Diego Barceno, fue asesinado en Ciudad Real, durante los tumultos antijudíos de 1474, su madre, Leonor López, se trasladó a Manzanares con sus nueve hijos, siendo Cristóbal el más pequeño de ellos. Su madre y sus seis hermanas se ganaron la vida cosiendo y tejiendo, mientras que de sus hermanos uno se trasladó a Sevilla como paje y el otro se hizo sastre, estableciéndose en Membrilla[1].

     Cristóbal fue instruido durante su infancia en una escuela de Membrilla, siendo enviado posteriormente a Sevilla, donde estuvo dos años y medio al servicio de un mercader, Alfonso de Villarreal. Tras ello, completó su aprendizaje en Tembleque, con el contador Fernando de Ribera, adquiriendo los conocimientos de contabilidad necesarios para desarrollar su trabajo. Una vez adquirida la formación adecuada, se estableció en Manzanares con su madre, donde abrió una tienda de especiería, con la que empezaría a ganarse la vida de manera independiente. Más adelante, se unió a otros comerciantes de Daimiel y Villarta, recorriendo ferias y mercados de diversos lugares, aumentando así de forma importante su radio de acción. Su gran actividad le permitió aumentar su negocio en Manzanares, instalando un matadero de cerdos en su casa, en la que vendía los productos de la matanza, al tiempo que actuaba de intermediario de productos textiles, teniendo posiblemente la propiedad total o parcial de un batán, lo que le hacía participar en la mayor parte del proceso productivo textil. En 1513 fue detenido, juzgado y condenado por judaizante[2].

     Vemos como este formado mercader converso de origen judío, no se limitó a abrir una tienda para vender los productos, sino que tejió una amplia red comercial, ampliando y diversificando sus negocios, lo que le aseguraba amplios ingresos, producto de una activa red mercantil, lo que provocaba el rechazo de sus vecinos “cristianos viejos” que lo acabaron denunciado, terminando así con su lucrativo negocio.

     La mayoría de las tiendas de Manzanares, al igual que en otras localidades, se establecieron en la Plaza Pública, y acabaron siendo controladas por los poderes públicos de la villa, que veían en ellas un lucrativo negocio. En la segunda mitad del siglo XVI, de las cinco tiendas que había en la plaza, una era propiedad del Concejo, otra del bachiller Quesada, que era alcalde ordinario, y el resto de personas vinculadas a oficios municipales, con lo mantenían el control y monopolio del principal centro comercial de la villa, arrendándolas a altos precios. Los establecimientos comerciales estaban controlados por las élites locales y el propio ayuntamiento, que las alquilaban a personas con formación como tenderos, quienes se encargaban de su gestión, mientras que otros pequeños establecimientos eran propiedad de cofradías o personas particulares.

     La llegada de una nueva minoría en 1577, los moriscos granadinos reasentados en Manzanares tras la revuelta de las Alpujarras, con la capacidad y decisión necesarias para ejercer el comercio, estuvo a punto de desestabilizar el negocio. La pretensión de los moriscos de establecer tiendas para la venta de fruta, especias y lienzos, provocó que el ayuntamiento limitara el número de tiendas de la plaza a cinco, que eran las que existían en ese momento, impidiendo su aumento, por lo que los moriscos fueron desplazados a una calle situada en las afueras de la localidad, en la que establecieron sus negocios, la cual fue conocida desde ese momento como Zacatín[3], que significa “mercado de ropa” en algarabía (árabe hispano), nombre que todavía conserva.

     Parte de los productos alimentarios, se solían producir en la localidad, como los cereales, legumbres, vino, carne, y algunas frutas, mientras que otros se obtenían en las huertas de poblaciones cercanas. La mayoría de los artículos para la construcción se adquirían o  elaboraban en el pueblo y sus alrededores, como la piedra, tierra, cal y yeso, así como productos textiles sencillos, lo que fomentaba el comercio local y comarcal. Sin embargo, la falta de algunos productos básicos, hacía necesario un comercio más amplio, que traía aceite de Andalucía, pescado de Sevilla, Cartagena y Málaga, hierro de Vizcaya, madera de Alcaraz, Cuenca y la Sierra de Segura, junto a paños de seda y mercaderías ordinarias de Toledo y otros lugares[4].

     En el siglo XVII se mantenían las tiendas de la plaza, apareciendo citada la de Martín de Quijada, cuando se proyectó la ampliación de aquella, y a comienzos del siglo XVIII, en un proceso inquisitorial, vuelve a citarse una tienda de la localidad, al frente de la cual estaba María Núñez, en la que se vendían alimentos y frutos secos[5]. En esta ocasión se observa cómo las mujeres tenían cierto peso y presencia dentro del comercio local, lo cual se verá corroborado en los años siguientes.

(continuará)

 


[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). Sección Inquisición, Tribunal de Toledo, legajo 163, expediente 7, Proceso contra María López por judaizante, 1512-1522.

[2] AHN. Sección Inquisición. Tribunal de Toledo, legajo 188, expediente 10, Proceso contra Cristóbal de Villarreal Barceno, 1513-1523 y TOLEDANO GALERA, Juan: “Conversos y comercio en el Campo de Calatrava en la Edad Media. Siglos XV-XVI” en Cuadernos de Estudios Manchegos, II época, nº 23-24. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real, 2001, pp. 32, 39 y 40.

[3] GÓMEZ VOZMEDIANO, M. F.: Mudéjares y moriscos en el Campo de Calatrava. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real, 2000, p. 104.

[4] VIÑAS MEY, C. y PAZ, R.: Relaciones histórico-geográficas-estadísticas de España ordenadas por Felipe II. Ciudad Real. Centro Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1971, p. 297.

[5] AHN. Consejo de Órdenes Militares, legajo 6089, visita de 1607 y Tribunal de la Inquisición de Toledo, legajo 33, expediente 16, Proceso de fe de Manuel Carrán y Manuel Pajero, 1707.

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