La historia del Titanic es probablemente una de las narrativas que más fascinación producen en quien se acerca a ella. No sólo por el misterio que suscita ese prodigioso mundo parado en el tiempo y rodeado de silenciosas aguas que lo conservan al tiempo que lo escatiman a nuestra curiosidad devoradora sino por la terrible lección que uno aprende a poco que reflexiones sobre su historia.

En la aclamada película de Cameron, se pone en boca de Caledon Hockley la siguiente afirmación “Ni Dios podría hundirlo” cuando Rutt Dewitt Bukater pregunta “¿Así que este es el barco que dicen que es insumergible?”. Joseph Bruce Ismay, presidente y director de White Star Line, dijo cuando ya el agua había anegado la mitad de las bodegas “pero este barco es insumergible”. Thomas Andrews, su constructor, le contestó: “Este barco está hecho de hierro, le aseguro que puede hundirse y se hundirá”

El caso es que la confianza (ciega) en la ciencia ha marcado jalones importantes en la historia de la humanidad hasta ensoberbecer al hombre creyendo, ingenuamente, que por fin había desarrollado el ansiado conocimiento y poder absolutos sobre la naturaleza. Probablemente vivamos ahora, en el siglo XXI, cuando creemos que nuestra propia voluntad ha de poder doblegar incluso los constitutivos más radicales de lo que el hombre puede o es. Pero el hombre no es insumergible.

Hay dos actitudes ante la ciencia claramente diferenciadas en la dramática conversación entre Ismay y Andrews. Por una lado la del que cree que la técnica se yergue como dominadora absoluta y por otro la del que aprovecha el legítimo conocimiento para hacerse consciente de su propia finitud.

El caso es que el esplendoroso barco, desafío humano a las leyes de la naturaleza, un canto a la autoconfianza y la aspiración, por su extraordinario lujo, a la existencia de los dioses, se hundió ante la mirada atónita del mundo.

Mirábamos a los chinos curiosos y divertidos con la adolescente inconsciencia de que a nosotros eso no nos podía pasar, de que occidente era “insumergible”. Pero hay momentos en los que la ciencia y el misterio se reconcilian y nos recuerdan el oído la verdad inquietante y con mayúsculas de que el barco “se puede hundir”.

A pesar de todo, existen otras verdades verdaderas, igualmente matemáticas y misteriosas que podemos aprender: que el esfuerzo y el talento humano pueden mitigar el dolor del hombre mediante la investigación y la ciencia; que el hombre es fuerte y débil al mismo tiempo y su solidaridad y amor ayudan al semejante y lo sostienen en la calamidad y el que el hombre, al fin y al cabo, es, sola y meramente, criatura.

 

 

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