Manuel Gallego Arroyo

Si no fuera porque tengo por seguro que los cuentos son un salidero más de la realidad, llegaría a pensar que la vida es un cuento, o que los cuentos son la vida. En estos tiempos, no sé el porqué, me viene a la memoria – ¡qué digo memoria, a la conciencia! – el famoso cuento de “Pedro y el lobo”. Recordarán aquella conseja infantil, que inicia a los niños -también a los mayores- en la idea de que no hay que jugar con lo serio. Vamos, que es sano y muy recomendable no alarmar gratuitamente, o por mero placer, pues, cuando llega el peligro de verdad, corremos el riesgo de no alarmar a nadie.

A ver si era así. Había una vez un niño que se llamaba Pedro y que era pastor. Aburrido un día, tuvo la ocurrencia de dar la voz de “¡el lobo, el lobo, que viene el lobo!” para sonsacar a sus vecinos. Acudía la solidaria ciudadanía con todas sus defensas en ayuda del pastorcillo y descubrían el dolo; Pedro reía la gracia. A la segunda voz de alarma, llegó igualmente la turba, poniendo empeño, porque, ¿quién iba a imaginar que ocurriría lo que ocurrió la vez primera? Pero cuando vieron al gamberrete desternillarse indisimulado, regresaron, no sin reprenderle, muy, muy decepcionados. Es verdad que, hasta aquí, algunos todavía reían las gracias del chiquillo, pero ya se les torcía la sonrisa en mueca de disgusto, porque por segunda vez habían sido víctimas de la malsina.

Era lo natural que no hubiera una tercera alarma, pero la hubo. ¿Y quién era ahora el curro que no acudía? “Vaya -decían los más sensatos-, ¿y si fuese verdad?” Entonces, con el mutis de escepticismo en el rostro y la desgana en los brazos, acudieron, algunos menos, al socorro. Este fue el momento que otros ciudadanos, si así se les puede llamar, aprovecharon para asaltar los negocios y los hogares de los ausentados convecinos. Volvieron estos cabizbajos, arrepentidos enfadados, cansados y descreídos, y encontraron las casas demudadas, revueltas. Echaron en falta parte de sus bienes. Aquello fue el colmo. Pensaron, y se dijeron con razón, que nunca más irían tras las voces de ganadero alguno, de ciudadano o necesitado, que había que ver antes que actuar. ¡Qué drama, entonces, qué de odio y acusaciones contra el ingenuo, “inocente”, e indecente bromista!

Así ocurrió que una cuarta vez, cuando aún no se había recuperado el pueblo de los sustos, reclamó ayuda el pobre Pedro. Claro, esta era la alarma de verdad.  Nadie acudió. El lobo se dio un festín de lo más generoso a costa del escepticismo y del cansancio. En tanto el niño corría que se las pelaba rumbo a la villa. Ni siquiera hubo quien saliera a la ventana alertado por sus gritos. Sólo los malos ciudadanos, que habían aprovechado las ausencias de los hogares y negocios para medrar, se quejaban amargamente de la desilusión de los pobladores, de su inmovilismo y de su falta de responsabilidad. Estos mismos malos vecinos preguntaron al desesperado Pedro, en tanto le daban a beber un tranquilizante vaso de agua, por qué siempre había dado la misma alarma, “que viene el lobo”, y no varió en algo la cantinela. Pedro, sorprendido y mirando de soslayo, les dijo que no habían escuchado bien, o que habían malinterpretado su mensaje, que lo que él gritaba era “¡que viene el bobo! ¡Que viene el bobo¡”, salvo la última vez, en que dijo realmente “lobo”.

Es cierto, las analogías nunca son perfectas, como ésta que han leído. Por eso tenemos un virus que siembra el caos, sistemas sanitarios pudorosos con personal valiente, redes sociales alarmantes, aprovechados medrosos, respondones iracundos, intérpretes fantásticos, y crédulos, además de no pocos ERTES. Aunque, sobre todo, tenemos algo muy importante, sobre lo que hay que dar la voz: la responsabilidad. Esperemos que no responda la sordera. FIN

 

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