Consoly León Arias

El coronavirus, es el virus más letal y feroz, que ha acampado a sus anchas por la faz de la tierra, desde que se iniciase 2020, y se ha ensañado, duramente, con los españoles.
 Hemos librado, muy probablemente, a nuestro pesar, una de las batallas más duras de nuestra existencia, perdiendo en el camino miles de personas, (algunas fuentes hablan de más de 50.000) seres humanos con nombres y apellidos, a los que esta pandemia ha sumido en una lista interminable de luto, desgarro e impotencia, mientras, la clase política, esos que dicen ser nuestros gobernantes, y estar al servicio de todos los españoles, aún no han mostrado la dignidad, y el sentido del deber suficiente, para honrar sus memorias, tal y como merecen, para que no perezcan en la desidia del olvido; y la sociedad, entienda de una vez por todas, que el covid-19, ha venido a gritar con el tenebrismo del dolor, la enfermedad y la muerte, que el ser humano carece de poder absoluto, para controlar situaciones tan implacables, como la que atravesamos en estos momentos, de incertidumbre, preocupación y temor.         
Esta pandemia nos ha mostrado la completa debilidad del hombre, que se ve, frente a la adversidad, como un gigante con los pies de barro, y cuyo coraje es deficiente para actuar ante el mal.   
En cierta medida, este monstruo, sinónimo de tragedia, nos ha llevado a plantearnos que sólo podemos confiar en la gracia de Dios, que está presente en todas las personas solidarias, portadoras de esperanza, y sembradoras del bien, que han luchando cara a cara contra el virus.            
El espíritu de Dios es el asidero al que nos hemos aferrado, en las horas más oscuras de la pandemia, desde la emoción contenida, y la oración, suplicando especialmente por los más necesitados, y por nuestra protección.  
Rayando el mes de junio, los gobernantes del mundo luchan con verdadera codicia, por la consecución de la ansiada vacuna, el antídoto contra este veneno que ha congelado nuestras vidas, tal y como la entendíamos, hasta  decretarse el estado de alarma, aquel 14 de marzo, para vivir anexionados a una mascarilla, el esencial hasta nueva orden, que no sirve de mordaza, para acallar las tropelías amasadas por un puñado de miserables, a los que poco les importan sus compatriotas.           

El día después, o la nueva realidad, se cierne sobre nosotros en forma de caceroladas, que conminan al gobierno a marcharse, tras acumular demasiados fallecidos y errores a sus espaldas, miles de despidos, cierres de empresas, millones de pérdidas irreparables en el sector turístico, principal fuente de ingresos de España.

También, el mundo de la cultura y el deporte, sufrirán irremediablemente, los devastadores efectos colaterales. Tampoco sabemos a fecha de hoy como se afrontará el próximo curso escolar, ni cómo o cuando se reanudará. Además del terrible impacto ocasionado en el ámbito de las ferias comerciales, la industria, y diferentes servicios, de los que nos hemos estado beneficiando toda la vida, sin apenas valorarlo, porque sencillamente, estaban a nuestro alcance. El presente y futuro, hemos de construirlo juntos, desde el esfuerzo y la generosidad, adaptándonos progresivamente a una situación novedosa, que jamás hubiésemos imaginado, y con numerosos inconvenientes, que nos llama a realizar un ejercicio de responsabilidad compartida, entendiendo la fatalidad, como una nueva oportunidad que nos brinda la vida, sin bajar la guardia.

 

 

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