Manuel Rodríguez Mazarro

Rebobinar aquellas conversaciones de niño con mayores me rejuvenecen y la poca importancia que entonces le dábamos. Actualmente me sirven de encantamiento con sonrisa incluida. Cada vez que los padres nos mandaban a la peluquería, cuatro veces al año, según las estaciones meteorológicas y así era el corte más o menos apurado.

Asignado tenía para el corte de cabello, al peluquero Alfonso García Ruiz “Pocho” que daba conversación a unos y otros. De niños nos sentaban en unas tronas de patas altas, y el babero blanco como si fuésemos a comer, mano en el cogote y maquinilla de arriba abajo. Yo escuchaba y aquí el resultado de aquello: –Alfonso, desde los nueve años, entró de aprendiz con un tal “burraca” en la calle Cabrillas. El arte de cortar el pelo y afeitar, le enseñó “Marquito Chorra” con el que inició el trabajo.

Se estableció en el mismo sitio donde se jubiló, lugar histórico en la esplanada de la calle Toledo, parada y descarga de viajeros “La Sepulvedana” conocida por “la pava”, taxis y otros transportes de carretilla y carrillo. La casa pertenecía a la familia Sánchez Blanco que fue casino conocido por el de “Porras”; algún incidente hubo de juego y reuniones políticas. –Después fue “Auxilio Social” regido por las monjas de San Vicente Paul. –Finca que donaron para convento de Los Paules. Actualmente es bloque de pisos…

 

El peluquero Alfonso, en aquellos años de trabajo tan extendido y diferente al de la actualidad, ¡poquitas modas! para cabezas de varón. Peluqueros muy populares en el pueblo los hubo, como fueron: “zorrilla”, “molina”, “pitorra”, “miracielos”, “cantamañanas”, “el chato”, “carasapo”, “zurrapa”, “trinchapelos”. Total, treinta y dos barberías registradas en Manzanares, incluso dos y tres en la misma calle.

Las peluquerías eran habitaciones lúgubres, poca luz, ventana, una mesita con periódicos para entretener la espera, algunas sillas o banco de madera, como decoración frontal algún almanaque de señora descotada, la tablilla de los números 1 al 20 para guardar el orden y hora de clientes y un cepillo quita-pelos para la ropa al lado del perchero.

El componente de trabajo era dos o tres sillones, según oficiales trabajando, con asiento de rejilla, el avance sanitario los hizo con detalles de porcelana blanca y palanca marcha atrás de respaldo y reposa-cabeza abatible cubierto con un trozo de papel higiénico “Elefante”, que sustituían para cada cliente. Limpieza de cuello con brocha de fino esparto, manteo del paño blanco y… ¡el siguiente!

El complemento de este trabajo eran las repisas a los lados del gran espejo donde el cliente se veía de cuerpo entero, con el paño blanco al cuello mientras se realizaba el rasurado de “dos aguas”, decían que no era barba, eran cerdas. Frasco de brillantina, loción, masaje, tijeras, navaja, peine de hueso, jabón, suavizante, algodón, alcohol y frascos de cosas incluido el dosificador de polvos de talco para el sudor.

Era curioso el reclamo en las puertas de las barberías, las bacías de metal colgando y que Cervantes reflejó como el “Yelmo de Mambrino”, aquellos recipientes raros colgados, significado de vasija que sostenían los clientes alrededor del cuello para el enjabonado de la cara, afeitado y moje de brocha.

Los fines de semana eran completos, los sábados desde las ocho de la mañana, descanso para comer y hasta la noche. Costaba el arreglo incluido afeitado, 0,30 céntimos de peseta. La caja final podían ser noventa pesetas, en aquellos años era un capital, reparto proporcional según categorías entre los que trabajaban, en este caso sería Alfonso, “Reverte” y Manrique.

El peluquero-barbero de confianza era como el confesor, mientras los arreglos, surgían comentarios confidenciales sobre idilios ocultos con otras casas de confianza. Eran Celestinas de mundos íntimos de guardar secretos. Ellos fueron los primeros en recibir las propinas.

 El regreso de los gañanes, después de toda la semana en el campo, primordial era el aseo personal, la barbería, elemento obligado, aparte de ir a la fragua para aguzar las rejas del arado, el herraje de los animales, veterinario, la cuadra y atender dulcemente a la “parienta”.

Alfonso “Pocho” en ocasiones se remontaba a cuando en las barberías, se ejercía de recio sacamuelas, de practicante y se aplicaban sanguijuelas para sangrías de algunos males, picaduras o hinchazones. Eran unos gusanos con ventosa que absorbían la sangre del daño, era la medicina general muy común de la época.

Hubo años de miseria y de carencia de higiene, en los que la fauna del cabello era inagotable, piojos y pulgones que se refugiaban en el cuero cabelludo, miseria que se recogía con las recias púas de la peinilla, la cual arrancaba la caspa y otros seres vivientes imitando el arado romano por la recia besana.

 

Recordemos a nuestros antepasados, abuelas e incluso madres, disponían de una caja, estuche especial, de uso exclusivo que contenía los objetos del peinado y depilación, denominaban la “caja de los peines”, ellas conocían su contenido íntimo e intransferible; por la mañana al levantarse era primordial este elemento diario.

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