Por Ramón Morales Sánchez Migallón.

En mi anterior escrito acababa con una felicitación a lo que nos quedaba por vivir de 2020 y éste lo voy a empezar pidiendo para el mismo un “descanse en paz” y que “Dios lo tenga donde se merezca”, ha sido un año de triste recuerdo y que difícilmente olvidaremos.

Hace ya algunos años, cuando advertí que ya había en mi haber más cumpleaños celebrados que los que me quedaban por celebrar, empecé a comprender y a mantener que la muerte no era sino parte de la vida y me he sentido preparado para “bajarme del tren” cuando llegue a la estación de destino. 2020 se marchó y se llevó con él a mucha gente, demasiada, y se me ocurre empezar a revisar todo aquello que hemos perdido con el año y lo que hace que hemos hecho bien en decirle adiós para no volver a acordarnos de él.

Este año hemos perdido muchas cosas y no sé si llegaremos a recuperarlas de nuevo.

Las caras: Salimos a la calle y nos encontramos con la gente embozada, como si estuviésemos en un falso carnaval ya que la mayoría de las máscaras son iguales ¡Qué horribles son las calles sin las caras!

La alegría: Nos ha tocado vivir la época apocalíptica del supermercado, de la falta de papel higiénico, de las colas en los establecimientos, de la ropa deportiva (¿para qué arreglarse?).

La estética: Ya hay mujeres que ni piensan en el maquillaje y hombres que no dudan en salir a la calle sin colocarse la prótesis dental ya que nadie lo va a notar. Diría que, con la cara hemos perdido también una de las formas de elevarnos la moral en estos tiempos en que tanto la necesitamos alta. Lo decía antes con lo de la ropa deportiva, ya ni vestimos, o lo hacemos en muy pocas ocasiones. Al perder la cara, también perdimos parte de nuestra estética. Y si eres de los que hacen teletrabajo, con el atuendo casero te sobra. Este año ¿han comprado mucha ropa? Pues eso.

La vida social: Hemos perdido ciertas fiestas como bodas, primeras comuniones, cumpleaños, Semana Santa, Navidad y tantas ocasiones en las que te juntabas con amigos para, simplemente, cenar y cambiar impresiones.

Los abrazos y los besos: Es una necesidad primordial, desde marzo no he abrazado ni a un hijo ni a un nieto, nos hacemos videollamadas o nos vemos por la ventana y sólo nos queda el consuelo de que lo hacemos por nuestro bien.

Los viajes: Me iría con placer a cualquier sitio, pero no voy; el miedo y la incertidumbre nos tienen paralizados, ahora también el confinamiento perimetral. Hasta 2020, todos los años hacíamos un viaje, normalmente cultural, aunque siempre de forma relajada. Este año, dentro de casa. Y es que no nos sienta nada bien la resignación en la renuncia a ciertas cosas.

La seguridad: Por primera vez nos vemos ante la incertidumbre de no saber qué nos depara el mañana, ni lo que pasará dentro de una semana, nos ha tocado vivir no ya al día, sino al momento. Ahora caemos en la cuenta de que hemos sido unos ingenuos pensábamos que todo estaba controlado y nos hemos dado de bruces con una realidad muy distinta, estamos rodeados por el caos. La Naturaleza nos ha dado un buen ‘zasca’ en plena boca.

La amabilidad: Lo compruebo cada día, la gente ha perdido la sonrisa bajo la mascarilla, muchos, también la esperanza. Ya escasean los saludos y, que yo sepa, el coronavirus no justifica de ninguna manera la falta de educación.

 

 

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