Por Manuel Gallego Arroyo

Muchas veces he sostenido, recurrente ademán, que este pueblo no se quiere lo suficiente. Y a lo mejor es una impresión personal, o una conjetura anclada en falsas evidencias. Todo pudiera ser, pero convendrán conmigo en que entre nuestros haberes hay uno que consiste en no hablar demasiado bien de nuestra ciudad. Somos más críticos que constructivos. Tampoco nos sentimos aferrados a tradiciones acendradas, pues penden siempre de un hilo, cuajan, pero se descuajan; se sostienen, aunque despersonalizadas o sin implicación juvenil. Aceptemos que nos cuesta tomar una opinión común, pero más nos cuesta manifestarla. Desdibujamos consciente o inconscientemente nuestra valía, nuestra idiosincrasia y pocas, muy pocas veces hemos sacado codos.

Se dirá que estos síntomas son más propios de ciudades que de pueblos. También pudiera ser, pero el argumento redunda en la indefinición y apostaría por ella.

Resulta entonces fácil atajar lo que parece un mal. Bastaría con decir siempre bien de nuestra ciudad. Más que acometer con críticas las iniciativas públicas y privadas, apoyar la positividad de las mismas. Y retomar, aunque fuese con cierta hipocresía, toda celebración y fasto. Saber comunicar a los jóvenes, y que los jóvenes se dejasen comunicar. Implicar a una población madura previamente implicada. ¿Quién habría de ser el sujeto de todas estas acciones? Nadie, el común simplemente.

Por supuesto que obliga a definir un patrón del carácter manzanareño, y más que a definirlo, a ponerlo en práctica, mostrando a la par de la singularidad, cuanto nos vincula a los alrededores. Y levantando la frente, con orgullo patrio, o paterno.

Es en las manifestaciones del ocio, que son las ociosas actitudes, en las que, precisamente esta especie de autoconciencia viene a visitarnos. En el deporte, en la cultura, en la fiesta, es donde Manzanares se hace más Manzanares. Por ahí empieza la creencia en uno mismo. Y en este sentido, a lo mejor, de haberlo, el fallo no ha sido ni de la iniciativa institucional, ni del carácter, ni del común. Tal vez haya sido un simple desliz, pequeña falta de vitalidad en lo que Zubiri llamó la “transmisión tradente”. En definitiva, que la carencia de Manzanares ha sido la insuficiente energía para pasar la tradición de padres a hijos, para querer pueblo. Y en este sentido la desvitalización vendría de la escasa implicación de la familia.

Aunque, me pregunto, ¿no será otra la causa de esta disolución del carácter? ¿Un extremismo inocuo, un querer hacer por el pueblo un tanto exacerbado y enceguecido que, también, ha pasado por alto esa transmisión? ¿No habrá sido la herencia de una política centrípeta, en exceso partidista, de más de treinta años y a la que no hemos sabido sobreponernos? Con lo que, esta problemática pasaría del ámbito de lo privado (la familia), al de lo público.

A mi parecer, hay como una cesura, un rompimiento, una falta de entendimiento o divorcio de ideas en el trasegar político manzanareño, que ha dejado fuera el carácter del lugar, que ha perdido de vista la vista del otro, del que no comparte mis ideas aunque sí comparta mi pueblo.

Anda por aquí el secreto de los buenos maridajes. Sí, el de lo privado y lo público. Un equilibrio alejado de las disputas imponentes y más cercano a la transmisión. Lejos de los recelos, las persecuciones deshumanizadas y afasias más o menos conscientes, de las que todos somos culpables. Bien está.

Yo insisto en que el ejercicio consiste en “creer”, creerse y crearse, comunicar esa creencia, y descubrir que, a la postre, tomar excesivo partido es, muchas veces, creer en parte.

 

 

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