Por Óscar Parada Maroto

O Gerona. Qué más me da, que me da lo mismo. Y para quien no sea capaz de admitir esta ambivalencia y sea seguidor acérrimo de los extremismos que hoy nos gastamos (bien sea sectario independentista bien fanático españolista), me permitiré darle en breve la medicina que pone remedio a su enfermedad.

De la ciudad de los cuatro ríos, pues ese honor tiene Gerona, se disfruta paseando por la margen del río Onyar, y viendo reflejados en sus aguas los tonos canelas de la hilera de casas que lo flanquean. Unas casas que parecen hacer de parapeto para que el Barri Vell, con la catedral al frente, no termine precipitándose ante las aguas. Tiene este Barrio antiguo de Girona un encanto como pocos. Es buena idea comenzar a patearlo desde la Plaça del Vi, y ya desde allí irse dejando tentar por el buen puñado de casas palaciegas, de callecitas estrechas y de escaleras empinadas con que nos iremos encontrando. Todo ello salpicado, eso sí, de balcones con pendones estelados, como si en pleno siglo XXI los exaltados estuviesen yendo a batallar comandados por el mismísimo Ramón Berenguer. ¡Hay que ser corto de miras!

Y más pronto que tarde, por mucho que hayamos querido olvidarnos de planos y de rutas, uno termina topándose con la plazoleta de la catedral. Es ésta otra de ésas que tiene aspecto de fortaleza, majestuosa al final de un buen tramo de escaleras. Siempre merece la pena volver a pasar, pues no en vano puede presumir este templo catalán de tener la nave más ancha del gótico europeo. Aunque si con algo me he de quedar de esta catedral, es sin duda con el magnífico Tapiz de la Creación, uno de los pocos bordados románicos que nos ha llegado hasta nuestros días y que es un auténtico tratado doctrinal a base de cientos de hilos de colores. Y justo al salir, a escasos metros, no podemos dejar de visitar los Banys Àrabs, los antiguos baños públicos donde uno se puede imaginar a los catalanes de la época yendo del frigidarium al caldarium. O de la sala caliente a la sala fría, según lo que a uno le pida el cuerpo. Siempre se me escapa una sonrisa, eso sí, cuando reparo en que un manchego está visitando unos baños catalanes que resulta que son cristianos y se conocen como baños árabes con estancias con nombres latinos. Yo me sonrío, como digo, pero habrá hasta quien le salgan salpullidos con tanto revoltijo de culturas. ¡Hay que ser cerrado de mollera!

Y de una catedral, a la otra que tiene Girona. No echarse las manos a la cabeza, pues me consta que no tiene Gerona tal privilegio como pudiera tener Salamanca. Cuando digo la otra catedral me refiero a la culinaria, a la catedral de los fogones que regentan los célebres hermanos Roca. Aunque en esta ocasión me hube de conformar solamente con verla por fuera, no teniendo oportunidad ni de cruzar su pórtico. Y el motivo de no poder visitar este templo para los foodies es que no había tenido meses antes la previsión de reservar, de modo que me tuve que quedar con las ganas de degustar las suculencias de este renombrado Celler de Can Roca. Y como ya estaba por los extrarradios y sin haber sufrido el palo en la cartera que hubiera supuesto una comida en el laureado restaurante, me fui a comer a Cadaqués y a disfrutar de unas vistas que quitan el hipo desde el conocido Cabo de Creus, la puntita de España que penetra en el mediterráneo. De España o de Cataluña, pues el Cap de Creus es de ambos. De ambos y de todos. Hasta de los europeos, que también lo contarán entre sus posesiones. Aunque, ya digo, habrá quien lo vea suyo y solo suyo. ¡Hay que ser estrecho de mente!

Tiene Girona otros rincones por los que siempre me gusta dejarme caer, como el paseíto tranquilo por la muralla y la visita obligada a “La Carpa”, una de esas tiendas de juguetes de toda la vida en la que siempre, absolutamente siempre, se tiene la tentación de comprar algo. Cientos de objetos de lata, de madera, de cartón o de papel atestan las paredes. Y hasta el techo está plagado de pájaros de colores, planetas imaginarios, globos aerostáticos y aviones que atraviesan arcoíris. Lo dicho, que no te lo pierdas. Aunque lo mismo hay algún foráneo recalcitrante que hasta se ofende porque el cartel de la entrada figure en catalán. ¡Hay que ser corto de entendederas!

Y, como lo prometido es deuda, pues aquí va la medicina para los obcecados patrioteros de un extremo o del otro. Adminístrese en dosis generosas la medicina del viajar. Salga, descubra, disfrute. Y hable con la gente, y pregunte a los locales. Recorra, camine, alucine. Olvide prejuicios y abra la mente. Y haga y deshaga maletas tanto como pueda.  Eso sí, también le digo que esta medicina tiene efectos secundarios inmediatos. Y es que resulta que es altamente adictiva y no hay manera de desengancharse. Avisado queda.

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