Diego R. Gallego Fernández-Pacheco

La pandemia que está marcando otra forma de vivir y de relacionarnos en este infausto 2020, y que ha hecho mella de forma muy especial en determinados sectores como la hostelería, precisa de reacciones más o menos imaginativas para adaptarse a esta nueva realidad – que no nueva normalidad.

Parece que hay bastante unanimidad entre las opiniones autorizadas de epidemiólogos y expertos, en que la probabilidad de contagiarse del virus de Covid-19 en ambientes interiores es muy elevada, mientras que al aire libre el riesgo disminuye exponencialmente. Ello implica reducción de aforos drásticos en locales cerrados, prohibición de consumir en barras, etc. Es cierto que se pueden mejorar las condiciones con buenos sistemas de climatización y ventilación, o usando filtros tipo HEPA que al parecer retienen de modo muy eficiente la mayor parte de las partículas nocivas, pero inevitablemente, el miedo y la prevención de una parte de la población van a reducir de modo notorio la clientela en el interior de bares, cafeterías y restaurantes.

Sin embargo, en primavera y verano las terrazas en patios o en plazas y calles han funcionado razonablemente bien, existiendo un bajo riesgo de contagio si se guardan las distancias establecidas y se toman las medidas de protección e higiénicas exigibles. La dificultad y el reto que presentan los meses de otoño e invierno que nos esperan, es dar respuestas para seguir haciendo viable la posibilidad de seguir disfrutando de las terrazas pese a la climatología más  desapacible.

En los países del Norte, donde la mayor parte del año registran bajas temperaturas, utilizan desde hace muchos años en exteriores las estufas que ya  empiezan a verse por aquí, complementadas con mantas para abrigarse, aparte que las personas suelen ir preparadas  con ropas adecuadas. Pero lo más general es el uso de terrazas acristaladas, que delimitan el espacio, protegen de la parte donde es necesario parar el viento y ventilan por el lado más favorable. Además, el nivel de diseño de muchas de ellas es compatible con zonas de gran interés histórico o paisajístico.

Sin duda, en esos esquemas habría que fijarse, e intentar ver cómo se pueden aplicar aquí. Sería interesante estudiar fórmulas, patrocinadas por el propio ayuntamiento, en que se determinara una terraza acristalada tipo, compatible con nuestro casco histórico, y que se cofinanciaran los costes de implantación con los hosteleros que decidieran participar en la idea. Esas terrazas, bien elegidas, ofrecen muy buena imagen, ambientan los con frecuencia desangelados espacios urbanos y permitirían a mucha gente reacia a pasar a los interiores de los locales, seguir manteniendo un nivel de relación y actividad social aceptable. Pero, además de dar vida a la ciudad, permitiría la supervivencia de algunos establecimientos de hostelería que en las actuales condiciones tienen un porvenir inmediato muy difícil.

 

 

 

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