Por Manuel Gallego Arroyo

            Algo tuvo que romperse en el interior de aquel hidalgo de Costanilla: “¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja -decía a Lázaro- que con mal en ella entré”! Sentía que la grieta abierta entre su mala ventura y la casa alquilada y vieja, era ya irreparable. Achacaba sus males a la lobreguez y oscuridad de sus muros, lugar donde no “hemos de estar más” -concluía-.

Es la fisura, desde luego, el más sutil anuncio de ruina. Con ella toda morada pregona su condición perecedera, finita, como la de todas las cosas. Y es el caso que las casas caen, se vienen abajo de puro viejas, o de pura dejadez. Así es que la grieta que parece ya hundimiento, está hecha con el mismo roto que el pobre y último habitante siente dentro de su pecho.

Las confesiones del desgraciado hidalgo ponen sobre aviso de que las casas no caen únicamente por el abandono, ni solo por causas materiales. Pasa con Toledo, sí, en donde la degradación del centro histórico y residencial llegó a situación alarmante. Y ocurre con casi todos los núcleos urbanos que poseen centros históricos dignos de ser conservados.

Y es que las causas materiales no suelen ser menos dañinas que otras, como la falta de amor, grieta por donde empieza a arruinarse una casa. Lo primero que se rompe, lo primero que cae no es tapia, ni tejado, es el espíritu que los sostiene. La morada lóbrega y oscura, triste y desdichada, vale tanto para definir el alma del habitador como para definir el lugar habitable.

En efecto, la fisura de amor, el roto, deja ver como en un mapa simplicísimo, los continentes implicados conformando un rostro de interrogantes y paradójicas contradicciones. De un lado, la estrechez y la relajación de las Instituciones municipales, para las que un hogar no deja de ser sino un anzuelo de interés turístico. De otro, el desafecto de los habitantes y ciudadanos, que, huyendo del papel en exceso comprometido, y de las servidumbres patrimoniales, evitan lo viejo y se aferran a lo cómodo.

¿Qué comercio, qué Ayuntamiento no desea las mieles del beneficio de un sobredimensionado sector turístico? Eso sí, sin abordar seriamente los problemas estructurales en materia de vivienda y rehabilitación. De otro lado, es preferible ser espectador del rico patrimonio, antes que arriesgado actor y conservador del mismo. Sea por uno, o por otro lado, la fisura crece. Unos esperan el remozo de la institución pertinente, otros, confían en la arriesgada iniciativa altruista. En tanto, grietas, ventanas cerradas, puertas tapiadas y palomas mensajean con la degradación.

Y así nos va con la falta de amor, un amor que ha de ser educado desde la infancia y sensible, amante del entorno urbano. ¡Cuántas veces he insistido en que este pueblo no se quiere lo suficiente! En fin, son las moradas, tristes y desdichadas … ¿no queda otra, como hizo el hidalgo, que plantar al pobre Lazarillo?

 

 

 

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