Diego R. Gallego Fernández-Pacheco

El mal estado de conservación de un número considerable de casas deshabitadas en el casco antiguo de Manzanares, muchas de ellas invadidas por las palomas y la vegetación descontrolada, con probable riesgo de hundimientos, crean graves molestias a los vecinos de las casas colindantes y constituyen el problema de más difícil solución para conseguir la deseable revitalización del barrio histórico de nuestra ciudad. Mantenerlo en condiciones dignas y seguras, con unos parámetros estéticos adecuados, es el reto que hay que afrontar antes de que sea demasiado tarde.

 

En las últimas décadas hemos asistido a la desaparición de una gran parte de las casas solariegas que conformaban nuestro casco viejo. También se han demolido la práctica totalidad de las bodegas construidas en el siglo XIX y principios del XX, además de edificios muy valiosos y emblemáticos, como el Casino, el Gran Teatro, las antiguas posadas, etc.

Son operaciones que se han llevado a cabo con los permisos y la aquiescencia de los gobiernos locales, por falta de elementos legales de protección y por carencia de interés o voluntad política para mantenerlos.

La reacción de la población tampoco ha pasado de tímidos comentarios y de escritos con escasa repercusión en esta revista o en la prensa provincial. Quizás, la acción de la asociación proteccionista “Restaura Manzanares” en los primeros años de este siglo, fue lo más significativo y lo que consiguió evitar algunas demoliciones muy relevantes, como la Casa Josito, o el edificio de Empedrada 5, aunque no pudo evitar otros derribos como el de la casa de la carnicería en Empedrada 8 o la casa de la maestra en calle Reyes Católicos. Además, provocó la intervención de la Consejería de Cultura en contra de decisiones del propio Ayuntamiento, obligándolo a proteger un determinado número de inmuebles con interés histórico o arquitectónico.

La aprobación del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan de Ordenación Municipal de Manzanares en 2017, supuso un hito importante para la conservación del patrimonio local, aunque sus mecanismos no han logrado impedir que después de su entrada en vigor se hayan autorizado derribos innecesarios e injustificados, como los de las casas solariegas de las calles del Carmen y Manifiesto, donde ahora existen sendos aparcamientos, y que han dejado unas heridas muy visibles en el casco histórico de nuestro pueblo.

Es una realidad el problema que supone para bastantes propietarios la conservación y el mantenimiento de casas antiguas con arquitectura tradicional. Son edificios con fachadas de tapial, con la disposición de huecos bien ordenados, balcones en primera planta sobre las ventanas de la planta baja, rejas y barandillas de forja, molduras e impostas, y una tipología interior muy repetida con la distribución de la vivienda alrededor de un patio de columnas de piedra, madera, o hierro fundido y un corral al fondo con portada para paso de carruajes. Algunas están abandonadas y en avanzado estado de ruina, otras no reúnen las condiciones exigibles de habitabilidad por obsolescencia de sus instalaciones y carpinterías, y las hay que, por estar divididas en varias partes, provocan la falta de acuerdo entre los distintos propietarios para su reforma, modernización de instalaciones o para simplemente, realizar las periódicas operaciones de mantenimiento imprescindibles.

Es necesario resaltar que también se han acometido por sus propietarios un buen número de rehabilitaciones con resultados muy positivos, y en algunos casos espectaculares, dando fe de las posibilidades de recuperación y de adaptación a las necesidades actuales que tiene este tipo de inmuebles, demostrando la capacidad que presentan de competir con las viviendas de nueva planta, al ofrecer una gran riqueza espacial, excelentes condiciones de habitabilidad, buen comportamiento climático, además de mantener y respetar  el paisaje urbano que tantas agresiones ha sufrido por falta de sensibilidad, o por aspectos puramente especulativos en los últimos 50 años.

Aunque se han tomado algunas medidas de ayuda a los propietarios de estos edificios catalogados, como la bonificación de las tasas de licencias de obra por parte del ayuntamiento, y también existen programas de subvenciones estatales o autonómicos para obras de rehabilitación, no tienen el efecto deseado para conseguir dinamizar el proceso de intervención en este tipo de casas.

Probablemente sería necesario, tomar o medidas fiscales más ambiciosas, como rebajas significativas en el IBI, ayudas directas en el mantenimiento de las fachadas y hacer campañas de sensibilización ciudadana para que se valorasen en su justa medida los inmuebles protegidos.

El tiempo juega en contra de esta clase de edificaciones. Una casa bien conservada puede durar siglos, mientras que abandonada y sin mantenimiento entra en ruina en unos pocos años. Los vecinos de las casas colindantes a las abandonadas sufren multitud de molestias, humedades, olores e incluso riesgo de daños por hundimientos, y la solución no es demoler las casas que provocan los problemas, sino la intervención proporcionada, acorde con lo establecido por las normas recogidas en el Catálogo, quizás eliminando las partes irrecuperables y menos valiosas, y poniendo en valor el núcleo importante y la fachada del edificio.

El propio Ayuntamiento, como propietario de alguno de estos inmuebles, ha realizado buenas intervenciones, como las de la casa Malpica para el Museo del Queso, la casa de la Cultura, la casa Josito o la de calle Carmen para Museo Manuel Piña y centro cultural. Sin embargo, se han construido edificios municipales de nueva planta, como el Centro de la Mujer, la Biblioteca Municipal, el Centro de Empresas o el edificio para Museo ocupado actualmente por la Policía Local, que bien podrían haberse instalado en edificios desaparecidos como el del Casino, la casa donde estuvo ubicado Muebles Pacheco, o alguna de las casas solariegas en peligro de ruina y que han demostrado su capacidad de adaptación para acoger cualquier uso.

En todo caso, a pesar de lo urgente de tomar medidas para frenar la destrucción de este valioso patrimonio local, todavía estamos a tiempo de reconducir la situación. Lo principal es que todos los partidos políticos tomen conciencia del problema, que actúen unidos, poniendo sobre la mesa un plan de protección del conjunto de casas en peligro de colapso, que incluya campañas de divulgación dirigidas a la población y que se transmitan a colegios e institutos. Hay que ofrecer más apoyo con reducción de la fiscalidad a los propietarios que tomen iniciativas de rehabilitación.  También podrían darse ayudas directas para arreglos de fachadas, a través de un Plan Especial, como se hizo en el entorno de la plaza de La Solana, aportando por los Servicios Técnicos Municipales el asesoramiento necesario. Si no se pone en marcha una batería de iniciativas de esa naturaleza con cierta rapidez, habrá que seguir presenciando derribos, con la consiguiente pérdida de identidad del casco histórico.

 

 

 

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