Por Francisco Burruezo Martínez

Leí en el último número de SIEMBRA el Artículo de Opinión de Jesús Isidro Sánchez titulado ¿Nuestra historia será parte de nuestro futuro? Y me llamó mucho la atención: llevo viviendo 23 años en Manzanares, he pasado por la calle “El Manifiesto” pero nunca he oído a nadie hablar de qué sea y qué importancia tenga. Lo mismo me pasa con las demás situaciones que presenta Jesús. Estoy de acuerdo con él en que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro: lo primero que hacen los pueblos que quieren valorarse a sí mismos es poner en valor su propia lengua, sus giros, su geografía, su historia, sus edificios, sus personajes notables, los hechos importantes que en ellos han sucedido…

Y una posible razón puede encontrarse en la visión sesgada de las ideologías dominantes a través de las distintas épocas… e incluso en el “vicio nacional” que es la envidia: basta que una cosa buena no la haya hecho yo, sino los de pensamiento distinto, para que yo la denigre o, por lo menos le aplique la ley del silencio: de aquello no se habla hasta que se olvida.

Leí el otro día un ejemplo: los ingleses proclamaron a los cuatro vientos el fracaso de la Armada española que intentó atacarles y fracasó: ellos la bautizaron como la “Armada Invencible”, cuando en definitiva se perdieron unos 30 barcos y regresaron 100, casi todos barcos de transporte. Sin embargo, un año después los ingleses enviaron una gran armada a España, para conquistarla, al mando de Drake, con más barcos -180-, y no consiguieron nada y volvieron a Inglaterra “con el rabo entre las piernas”: con 15.000 muertos y miles de desertores. Y entre 40 y 50 barcos se perdieron o fueron capturados. Pero de esto es muy difícil encontrar un titulado español de grado superior que tenga ese conocimiento. ¿No es posible que nos suceda lo mismo en Manzanares?: podemos tener episodios gloriosos, pero no los hicieron “los nuestros” o de alguna manera nos avergüenzan, aunque sea un poquito.

Siempre he luchado por desmitificar el valor “religioso” que se da a las distintas ideologías: es llamativo que casi siempre se basen en “si no estás conmigo, estás contra mí”. Puedo no estar contigo en algún punto, estar de acuerdo en otros y aportar distintas manifestaciones colaterales porque existe una inmensa gama de grises…

El defensor de una ideología suele presentarse con una gran supremacía moral: las causas que defiende son siempre justas, sensatas, razonables, morales, superiores y llevan a una evolución imparable hacia un bien mayor. Y, entonces, claramente, los que no piensan como ellos se oponen incomprensiblemente a tanta bondad, y por tanto sus causas son siempre injustas, insensatas, irracionales, hipócritas y como un fósil del pasado.

Suelo poner el ejemplo de que la ideología es como mirar un objeto solamente desde un punto de vista y explicar toda la vida desde lo que se ve. Si observo una caja de cerillas a lo largo veo unas cosas, si lo hago a lo ancho veo otras distintas, si la pongo en vertical veré otras y así es la vida, que tiene sus luces y sus sombras, sus rugosidades y sus hondonadas… y sus diferencias. Entonces, ¿las ideologías son intocables? Quizá nos lleven a “mirar el mundo por el ojo de un canuto”.

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