Por Teodoro Sánchez-Migallón Jiménez (Arquitecto)

Muestra de veintiún detalles a gran formato del pórtico del templo parroquial de la Asunción. Un tributo y un homenaje a nuestro primer monumento y a sus autores, dentro de los actos programados para los 500 años de la inauguración del templo. Lapis, piedra en latín y vestibulum, atrio, portal cubierto, umbral, algo más que una simple puerta, quizás el elemento más significativo de un edificio.

            Este portal, es una transición donde se catequiza, con un panegírico pétreo sobre la coronación de la Virgen y su elevación a los cielos.

            Un acercamiento real, una aproximación visual para descubrir la magnitud de esta manifestación escultórico-arquitectónica, que nos dejó el espléndido siglo XVI. Y que como manzanareño estoy obligado a conocer y divulgar.

            Las imágenes esperan despertar los sentidos y desde la inteligencia emocional se puedan descubrir aspectos que difícilmente explicables. Por tanto es un ejercicio íntimo en el que afloran recuerdos, texturas, olores y sonidos de la infancia. En un viaje aproximativo para conocer los relieves y formas de las piedras que enmarcan este vestíbulo, entrada o tránsito desde lo mundano a lo divino.

            Entre la intensidad volumétrica de los esclavos de Miguel Angel y el sutil cincelado de Bernini, se encuentran estos relieves en rocas areniscas.

            La iglesia es Bien de Interés Cultural, categoría monumento desde 1991, y su portada sur está considerada como la mejor obra plateresca de la provincia, realizada por la logia de canteros vascos a la orden del maestro Alonso Galdón, encargada por el comendador y el arzobispado de Toledo, y ejecutada entre 1547 y 1560. Quizás no se remató con una arquería renacentista de cuatro o cinco arcos en vez de un gran arco rebajado.

            Los trabajos relacionados con la piedra eran ejecutados por grupos de hombres libres e independientes que se asociaban en logias (los gremios actuales), organizados en equipos de seis a quince personas, formados con el maestro, los tallistas, entalladores, canteros y cayuqueros, ataviados con antiguas herramientas y una sabiduría conocida y transmitida entre estas logias, denominada arte de montear o estereotomía de la piedra.

            Durante ocho años, asentados en la plaza labrarían y colocarían, piedras areniscas y calizas, traídas de canteras cercanas.

            Estas imágenes recuerdan el trabajo de detalle del picoteo, abujardado, de las licencias, de los gestos, personajes, alegorías, marcas y restos, en los que el tiempo ha dejado huella, y que se espera que limpia, accesible y visible luzca como referente artístico en la región.

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