Manuel Gallego Arroyo

He tenido el placer de visitar estas pasadas Navidades, tres exposiciones de pintura en tres espacios culturales de Manzanares. Las salas de la Casa de Malpica, que exhibían la obra de Leodegario, sus dibujos y leodegrafías, y sus ingeniosas pinturas. La sala de exposiciones de la Biblioteca Municipal Lope de Vega, que albergaba los óleos de uno de los más grandes paisajistas manchegos, el tomellosero Fermín García-Sevilla. El recibidor del Gran Teatro, donde me dejé sorprender por la minuciosidad imaginativa de Consuelo Blanco. No era cosa que desmerecer aquella oferta, de resultas, todo un privilegio. No ya porque el espectador tenga la oportunidad de disfrutar de la creación artística en diversas manifestaciones y lenguajes, en unas mismas fechas, en un corto recorrido. Tampoco porque sean de una meritoria calidad, de un interesante contenido, o sorprendente atractivo. No. Es simplemente por el hecho de que pudieran ser visitadas. Lo que a fin de cuentas redunda, bien pensado, más que en privilegio del contemplador, en un privilegio de la localidad albergadora. Al cabo, un lucimiento del pueblo, equivalente al de las festivas luces que lo decoraban. En efecto, se dibujaba de esta manera, sobre el plano de Manzanares, un corredor pictórico (Biblioteca-Museo-Gran Teatro), un modesto corredor cultural que iba de Plaza a Plaza con vértice en Calle Monjas.

Cualquier interesado podría reflexionar, al desmadeje del paseo, hasta qué extremo la vida de la Cultura no reside en los espacios que la albergan, a pesar de su necesidad, sino en el calor que dentro de ellos reconforta al aterido paseante. El calor, que es la verdad cultural, o la Cultura latiendo. Los espacios sirven nada más de excusa, de abrigo, de cuerpo. Porque, ¿qué haríamos con un cuerpo sin alma, con un abrigo sin cuerpo, con un espacio sin excusa?

A una biblioteca se le ha de exigir que ilumine, no que sea un simple féretro de las letras y las imágenes. A un Museo que vibre y aliente, que haga respirar. No que sea un oscuro albergue, gabinete de fósiles. A un Gran Teatro se le ha de pedir que se desnude, que se muestre, que abra la entraña hacia el pueblo. Las exposiciones temporales, que tienen que ser exposiciones vivas, interesantes, consiguen alentar, iluminar, abrir la cultura, echarla fuera, ponerla a la intemperie. En fin, que se la note existente. Son, en definitiva, necesarias. Manzanares, en este fervor, cumple con suficiencia.

Pero hay más. No basta con salir a la calle, con hacer el paseíllo cultural. No es suficiente con animar los espacios. Hay que darles también un sentido, el sentido que se siente en la localidad con la obra expuesta. No es pueblo aquel que no se sabe pueblo. A Manzanares, tal vez le ocurra algo parecido a este no saberse. Y hay que saberse pueblo, o eso creo. Y para ello, hay que creérselo. A los espacios vivos, por lo tanto, hay que exigirles algo más si quieren latir de veras (¡y mirad que se han hecho cosas!). Tienen que ser, también, una excusa, un abrigo, un cuerpo o albergue para los creadores manzanareños, para incentivar la creación manzanareña y para darla a conocer (esto es el sentido sentido). Que no pare el autoconocimiento ni su emanación. Los espacios están para ser vividos, para ser lugares de convivencia, o lo que es igual, de encuentro, y, en fin, para ser factorías productivas que trasciendan y que salgan allende.

Manzanares tiene que saber lo que tiene y cómo lo tiene. Y si cabe, para qué lo tiene. Manzanares ha que saberse, y después, darse a conocer, (¡esto sí que es una marca!). Y el primer paso consistiría en sacudirse el tremendo yugo provinciano de considerar que un artista local es un artista de pueblo, o del pueblo; cuando en realidad es un creador universal que esta ciudad ha tenido la suerte de ver nacer, de ver vivir o de morir en sus brazos.

A día de hoy, creo, a Manzanares le sobra el privilegio que le dan sus espacios (aunque quepan mejorías), el privilegio, muchas veces, de sus exposiciones; el privilegio, en fin, de los creadores con nombre y apellidos … Creo, eso sí, que lo que falta a estos espacios y lo que con ellos se acompaña, es la concienciación y la consideración, el reconocimiento. Acaso en este sentido, esta ciudad manchega sí tenga mucho que decir en su entorno, al cual es obligado salir. Todo pasa por creer y creerse. A duras penas es un pasito porque, lo demás, está claro, lo tenemos.

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