Por Diego R. Gallego Fernández-Pacheco

En otros artículos, desde hace muchos años, hemos comentado que las compañías eléctricas, y también las telefónicas, tienen patente de corso para invadir fachadas y cruces de calles con cables aéreos que ofrecen una pésima imagen, afeando el aspecto de nuestras ciudades.

Pero además del agobiante entramado del cableado, las eléctricas invaden a su antojo el espacio público peatonal con voluminosos y horrendos armarios, que estrangulan las aceras, en detrimento de la accesibilidad, y perturban enormemente la estética urbana.

La influencia de estas compañías es enorme a la hora de conseguir que las leyes sectoriales les permitan hacer lo que más les conviene. Obligan a promotores a ceder recintos en los edificios para ubicar transformadores, que ellos explotan y rentabilizan. Les debe resultar más cómodo para sus tareas de mantenimiento que los cableados sean aéreos en vez de estar soterrados, y tienen los cascos urbanos inundados de horribles trenzados decorando las fachadas de los edificios.

Además de los cables, decoran nuestras fachadas con un catálogo de cajas de protección, contadores, etc. de dudoso diseño, pero cómodos para que ellos hagan de forma muy sencilla sus lecturas de consumo.

Si el conjunto de los ciudadanos estamos obligados a cumplir unas normativas de carácter estético, muy especialmente en cascos históricos, donde no podemos instalar en la fachada de los edificios maquinarias de aire acondicionado, antenas u otros elementos semejantes, no tiene razón de ser que a las poderosas compañías, que disponen de medios y recursos para enterrar sus conducciones y para adquirir propiedades donde alojar los transformadores, tratándolos estéticamente conforme a las ordenanzas, se les autorice a saltarse todo a la torera.

Viajando por países de Europa más respetuosos que nosotros con la imagen del paisaje urbano, llama la atención la ausencia de cables aéreos y no es nada normal tropezarse con armarios-armatostes que invadan los itinerarios peatonales.

También, a las razones estéticas y de accesibilidad, habría que añadir los posibles efectos para la salud que pueden provocar cables de alta tensión y transformadores en los dormitorios o estancias adyacentes, donde los ciudadanos pasamos muchas horas expuestos a campos electromagnéticos sobre los que nadie se pronuncia. Hay demasiados intereses en juego, y las compañías manejan bien sus bazas, obsequiando con puertas giratorias y utilizando su enorme influencia para que no se traten asuntos tan delicados.

Sin embargo, los Ayuntamientos tienen medios para obligar a que estas poderosas compañías, respeten el espacio urbano del mismo modo que el resto de ciudadanos. Va siendo hora de acabar con privilegios injustificados.

 

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