En el momento de escribir este editorial Manzanares acaba de entrar en el dudoso club de poblaciones con medidas especial de restricción por la proliferación de infectados por COVID. A ningún vecino con dos dedos de frente le ha podido pillar por sorpresa esta situación que se vislumbraba en el horizonte desde mediados de agosto cuando el aumento de casos día a día empezó a ser patente. Ahora toca cruzar los dedos, apretar los dientes, cerrar los puños o el gesto que cada uno prefiera hacer en su anatomía, pero, desde luego, estar preparados para un otoño azul oscuro casi negro.

Las colas en el centro de salud para hacerse la PCR, los alumnos que comienzan a faltar a sus clases y el progresivo vaciado de las calles hacen que pensemos, Dios no lo quiera, que vamos derechos a la situación de marzo o abril. La pregunta es ahora si el pequeño comercio que, ése sí, lleva ya bastante tiempo en la UCI, y los otros sectores económicos de nuestra ciudad aguantarán un invierno que se vislumbra desolador.

La retracción del consumo, la degradación de nuestras calles, y el desánimo general, el miedo y la incertidumbre pueden dar la puntilla a este Manzanares nuestro tan querido, pero tan herido.

La unidad a la que se nos llama desde el púlpito de la política ya tenemos claro los que vivimos aquí que solo funcionará si somos nosotros, los manzanareños de a pie, los que la practicamos: unión con nuestros comerciantes, nuestros vecinos de puerta, nuestros mayores, nuestros colegios, nuestros conocidos. Unión, solidaridad y acompañamiento (la responsabilidad va de suyo). Esa es la única unidad posible y necesaria. Lo demás, ya sabemos lo que es. Y nadie va a venir a sacarnos las castañas de fuego.

Sin embargo, ha de prevalecer la esperanza que, como pueblo, depositamos en nosotros mismos como individuos y como sociedad y la confianza de que de otras mas gordas hemos salido y afrontar lo que venga con energía y fortaleza.

 

 

 

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