Por Pedro Villarroel

El mítico encuentro del general francés Sebastiani con Nuestro Padre Jesús del Perdón, el pueblo de Manzanares y Frey Sotomayor en el cerro de la Agonía,  el 31 de Marzo de 1809, viernes santo, no quedó plasmado en ningún documento oficial, pero muchos apuntes de tradición oral y el testimonio del fajín del general francés Sebastiani, avalan su veracidad. Para entender la falta de documentación de un hecho tan significativo en la historia de Manzanares, analizo en el artículo las circunstancias que condicionaron, a mi juicio, esa carencia, explicándola en gran medida. Todo empezó unos meses antes, el día 6 de junio de 1808, en que se inició la rebelión manchega contra los invasores franceses en Santa Cruz de Mudela, Valdepeñas y Manzanares. En nuestro pueblo, una gran multitud, concentrada en la Plaza, tuvo conocimiento de la batalla que se libraba en Valdepeñas , decidiendo acudir en su auxilio… y, alguien, pensó asaltar el hospital de sangre que los franceses habían instalado en el convento de Carmelitas, para conseguir armas. Al acercarse esa masa exaltada al convento, y advertir la guarnición gala sus intenciones, dispararon al aire, pero solo consiguieron enfurecer más a esos campesinos, que, armados de horcas y cuchillos, derribaron las puertas e iniciaron una orgía de violencia con los enfermos y heridos del hospital. Afortunadamente, una gran parte del clero de Manzanares, probablemente a instancias del Párroco Sotomayor, se personó allí enseguida, interponiéndose, en el nombre de Dios, y con gran riesgo personal, entre asaltantes y asaltados…y, según las apreciaciones más solventes, minimizaron las consecuencias a doce muertes francesas, evitando una masacre, ya que había en el hospital unos 200 heridos o enfermos.. La madrugada del día siguiente, maltrechos y agotados, volvieron a Manzanares los supervivientes galos de la batalla de Valdepeñas, encontrándose las trágicas consecuencias del asalto. La gente del pueblo se temió la peor de las venganzas, sin pararse a pensar que el gran párroco de su pueblo y también líder político de Manzanares por entonces, Frey Sotomayor, iba a transformar esa probable venganza en un seguro de vida para sus feligreses durante el resto de la guerra.  El general Liger Belair, máxima autoridad militar francesa de La Mancha en aquel momento, y también jefe de la tropa gala que había librado la batalla de Valdepeñas, se dio de bruces con el resultado del asalto a su hospital  y, según lo hacía, recibió la visita de Sotomayor… quien le pidió clemencia para su pueblo, argumentando la actuación de su clero en defensa de la vida de los enfermos. Los supervivientes franceses del asalto, ratificaron la versión de Sotomayor, y Liger Belair, quizá valorando la debilidad en que se encontraban sus tropas, se mostró magnánimo y proclive a un pacto mutuo de no agresión. No habría venganzas, a cambio que nuestro párroco aleccionase a su feligresía para evitar nuevas o futuras agresiones a las tropas francesas asentadas en Manzanares. Sotomayor se comprometió a ello y, durante la semana siguiente, mantuvo contactos diarios con Liger Belair, ganándose su confianza… Liger Belair llegó a escribir en sus informes de aquella decisiva semana, lo siguiente: “….los eclesiásticos se conducen bien y en Manzanares su conducta ha estado por encima de todo elogio”. Naturalmente, nada de este pacto quedo escrito, pues, aunque convenía a ambas partes, en el contexto de la guerra, ni la autoridad francesa ni la española lo hubieran admitido: por lo que Liger Belair y Sotomayor se juramentaron en silenciarlo mientras durase el conflicto. Eso explica, a mi modo de ver, que no se registrase en ningún escrito. Tanto Sotomayor como Liger Belair, cumplieron bien su parte del pacto, hasta la derrota francesa en Bailen….Luego, meses después, se dio la circunstancia que Liger Belair formaba parte del ejercito del general Sebastiani, cuando éste conquistó Manzanares a finales de Marzo de 1809. Es más que probable que Liger Belair informase a Sebastiani de su acuerdo secreto con Sotomayor; y, por lo que veremos, a Sebastiani, diplomático y profundamente católico, le interesó mantenerlo, e incluso escenificarlo, a la vez que se mostraba, ante los ojos de Napoleón, como el conquistador del símbolo de resistencia manchega en que se había convertido Manzanares, al final de 1808.. Se sabe por sus partes diarios que Sebastiani estaría en Manzanares, precisamente ese viernes santo, para protagonizar esa doble escenificación, en un acto, casi seguro, previsto en la Parroquia, aprovechando que Nuestro Padre Jesús del Perdón estaba allí para la procesión del día. El pacto secreto de mutuo perdón y no agresión, quedaría muy bien “oculto” en la intimidad de un acto de Iglesia.. Pero, al alba de ese día, Sebastiani fue avisado de un inminente ataque a Ciudad Real, por lo que decidió ir a defenderla, sin entrar a Manzanares. El jefe de la tropa gala del pueblo, debió advertir a Sotomayor del cambio de planes, y dado que Sebastiani habría de seguir el Camino de Andalucía, para llegar al de Ciudad Real, en las afueras de Manzanares, próximo al cerro de la Agonía, Sotomayor pensó hacer el acto allí, yendo a la ermita con su pueblo. Tuvo que ser algo así, pues de no enterarse Sotomayor del cambio de plan, no hubiera existido el encuentro.. y, además, D. Pedro, nuestro párroco, nunca jamás habría arriesgado a sus feligreses, interponiéndolos en el camino de los galos, sin estar seguro que no correrían peligro, or ese pacto previo.. Sotomayor, a primera hora de ese viernes santo, convocó al pueblo en la Plaza, y organizó la procesión que salió al encuentro del ejército galo.. Al llegar al cerro las tropas de Sebastiani, ya estaban esperándole Nuestro Padre Jesús del Perdón, Sotomayor y el pueblo de Manzanares… y al encontrarse con Sebastiani, este, ya advertido por una avanzadilla de la tropa local del pueblo, vio con buenos ojos hacer un breve acto en esa Ermita, para sustituir al inicialmente previsto. De modo que Sotomayor y Sebastiani, tras saludarse, se arrodillaron ante Nuestro Padre Jesús del Perdón, rogándole les perdonase las mutuas ofensas. Sebastiani se quitó su verde fajín de seda y lo anudó a la cintura de la imagen. El fajín, quedó guardado en la Ermita de la Veracruz, como único testigo, mudo y ágrafo, del mítico encuentro. Los galos, partieron sin vengarse de la masacre del hospital, lo que se atribuyó por el pueblo a Nuestro Padre Jesús del Perdón, y fue determinante para que alcanzase el Patronazgo de Manzanares.

 

 

San Isidoro

OSCAR PARADA MAROTO

De todas las veces que he visitado León, ha sido la última en la que más he disfrutado de la ciudad. Y no porque la ciudad en sí haya cambiado, que se mantiene impertérrita desde que se empezó a gestar en los albores del primer milenio tras asentarse por allí una legión romana. Es, más bien, por la pasión que los leoneses ponen para mostrarle al variopinto turista los encantos de la capital más septentrional de Castilla.

Lo primero es lo primero. Y en León es su catedral, la “Pulchra Leonina”, la que en vez de muros alberga las vidrieras más maravillosas de toda la cristiandad. Unas vidrieras que, con sus DECENAS de colores y sus matices INFINITOS, ya te dejan con la boca abierta nada más adentrarte en el templo. Pero si además el guía pone todo su empeño en transportarte con sus explicaciones al momento de la construcción de la catedral o a aquel otro instante en que parecía venirse abajo por los ERRORES DE CÁLCULO de arquitectos poco avezados, el BINOMIO resulta insuperable.

Algo parecido me ocurrió al volver a visitar la colegiata de San Isidoro, con sus impresionantes bóvedas pintadas al fresco en un panteón donde reposan los restos de once reyes, doce reinas y un PAR DE DOCENAS de infantes y nobles. Y es que aunque en este caso la que manda es la piedra en detrimento de la luz (no en vano, la “Capilla Sixtina del románico” la llaman), el resultado es tan hipnótico que con poca pericia que tuviera el guía ya merecería la pena la visita. Pero no fue el caso, pues la guía mostraba tanta pasión al desgranar los detalles de las escenas bíblicas o de la vida misma allí representadas, que el deleite del turista SE ELEVA A LA ENÉSIMA POTENCIA.

Y por cambiar de tercio, la tarde me la paso deambulando por el Museo de Arte Contemporáneo.  Deambular es la palabra, porque en esto del arte contemporáneo ya se sabe, para gustos los colores. Aunque haciendo la MEDIA ARITMÉTICA de lo que allí pude ver, bien puedo darle un aprobado. Sobre todo gracias a la guía que, aun sin yo pedírselo, me ayudó a descifrar lo que entre cuadros y cachivaches allí se exponía. Y una vez DESPEJADA LA INCÓGNITA, ya el deambular fue más pausado y hasta puedo llegar a decir que disfruté razonablemente de las obras del museo.

Mención aparte merece la oferta gastronómica de la ciudad, pues después de tanto arte a uno lo que le pide el cuerpo es liarse de cortos y de tapas siguiendo los usos locales. Así que dicho y hecho, a recorrer las barras del “Barrio Húmedo”, desde la Plaza Mayor a la de San Martín, localizando las mejores sartenes de picadillo o las tostas untadas de morcilla más aparentes. Tarea esta que no fue difícil, he de decir, pues allí donde me fui arrimando me topé con camareros diligentes y entregados. Vamos, con ganas de agradar.  Y la clave, como digo, es ir de cortos, porque es ésta la única manera de que el estado de embriaguez no CREZCA EXPONENCIALMENTE y se acabe el tapeo antes de la cuenta.

También de comer sentado tengo experiencia en León. Y de dos modos muy distintos, además. Pues un día me armé de valor para comerme el cocido maragato. Lo de armarse de valor es por el orden en el que este cocido se come, pues se empieza con las carnes (abundantes, jugosas, variadas), se prosigue con los garbanzos (tiernos, suaves, enteros) y se acaba con la sopa (sabrosa, contundente, reconfortante). Y a otro día, estaba de morro más fino, así que me dejé de caer por el laureado restaurante “Cocinandos” y allí me sorprendieron con un menú que al disfrutarlo hasta un nudo en la garganta se me hizo. No por hacerse bola, no. Sino porque el trabajo y la emoción que desprendía aquel menú superaban con creces mis expectativas. Y es que era un menú cuyo hilo conductor eran los siete caminos de Santiago que transitan por la ciudad de León. Y como uno es un fanático del camino y de sus cosas, unido al hecho de que todo estaba cuidado hasta el detalle (¡Hasta la flecha amarilla de azafrán estaba puesta en el plato marcando la dirección correcta para llegar a Santiago!), pues la experiencia fue de diez. Dos menús y dos locales muy distintos. Aunque con un DENOMINADOR COMÚN evidente: la profesionalidad y la pasión puesta al servicio del viajero.

 

No puedo dejar tampoco de mencionar el hostal donde me hospedé. Hostal, sí. Pero vaya hostal. Nada menos que el Hostal Parador de San Marcos, la imponente joya renacentista a orillas del río Bernesga. Ya se sabe que con los Paradores LA PROBABILIDAD DE ACIERTO ES DEL 100%, pero en este uno revive la historia y se llega a ver como algún personaje de los muchos que lo han transitado, pues ha sido el modesto hostalito nada menos que hospital de peregrinos, cuartel de caballería y hasta cárcel. Y si esto lo sé no es por haberlo leído, sino por la pasión que puso el recepcionista en mostrarme el edificio y en contarme los detalles.

Pues lo dicho. Que la pasión que estos camareros o guías o recepcionistas le pusieron al trabajo fue DIRECTAMENTE PROPORCIONAL al disfrute que como turista tuve. Y es que aunque algunos lo vean como la mismísima CUADRATURA DEL CÍRCULO, es posible disfrutar, y transmitir ese disfrute, con el trabajo que uno hace. Os lo dice un profesor de Matemáticas que en ello pone todo su empeño (¡COMO HASTA QUIZÁ SE HAYA PODIDO DEJAR VER EN ESTE ARTÍCULO!).


Por Fernando Gallego Gutiérrez

Decía Jane Jacobs en su maravilloso libro Muerte y vida de las grandes ciudades, que cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés, cuando presentan un aspecto triste toda la ciudad parece triste. A veces pienso que Manzanares es una ciudad triste.

Sin ser urbanista, ni siquiera técnico, Jacobs se convirtió en una de las mujeres más influyentes en la materia urbanística de los últimos tiempos, se acercó a la disciplina con otra mirada, la del ciudadano de a pie, esa que a veces falta cuando proyectamos nuestras ciudades.

Manzanares tiene un POM, eso ya lo saben casi todos, este Plan de Ordenación Municipal fue aprobado en el año 2004, pero a estas alturas casi nadie conoce el modelo urbano-territorial previsto para nuestra ciudad.

Siempre he pensado que existen dos realidades urbanas en Manzanares, una es el polígono industrial, de escala territorial y otra realidad de escala local, excesivamente local, como dos trenes distintos, uno rebosante de tecnología, frenético, moviéndose a altas velocidades, y el otro más torpe, como un tren de mercancías, lento, nostálgico y a veces triste.

Este cruce de caminos y espacio fronterizo entre las antiguas órdenes de Santiago, Calatrava y San Juan ha dado como resultado un espacio de nadie y de todos, con un tremendo potencial para las actividades agroindustriales y logísticas.

En Manzanares eso de la España Vacía (me gusta decir la España Vacía, porque yo disfruté leyendo a Sergio del Molino en su Viaje por un país que nunca fue), la miramos de reojo, por un lado, el Campo de Montiel, por el otro el Campo de Calatrava, quedan muy lejos la Comarca de Almadén o la Serranía de Cuenca, que eso es otro cantar.

Aquí vamos resistiendo, este polígono es la vida, el hospital también, pero de otra forma. Hay quienes vienen apostando por un territorio castellano-manchego policéntrico, donde la escala de ciudades intermedias debería contener la sangría de la despoblación, pero nos encontramos con una Castilla muy fragmentada y una Mancha con una lucha encarnizada entre grandes ciudades como Alcázar, Valdepeñas, Tomelloso y Daimiel; donde quizás Manzanares perdió la partida hace tiempo y ahora, en el descuento, trata de hacer borrón y cuenta nueva, buscando su lugar en el territorio.

Como digo, Manzanares cuenta con Plan de Ordenación Municipal, que es el instrumento previsto por la legislación urbanística autonómica para la ordenación física de nuestras ciudades y nuestro territorio municipal. Desgranar este modelo en unas pocas líneas sería un poco pretencioso por mi parte, sirvan algunos breves comentarios para reflexionar sobre la necesidad del cambio de rumbo en la estrategia de crecimiento de nuestra ciudad.

Este POM planteaba, y plantea, un modelo urbano-territorial altamente expansivo, conformando una franja de suelo urbanizable en todo el arco sur, desde la carretera de Membrilla hasta la Autovía, colmatando todos los terrenos rústicos desde el término de Membrilla, a lo largo de toda la vega del Río Azuer, hasta el barrio de la Divina Pastora al oeste de la ciudad.

Probablemente pocos conocerán que el Plan prevé un crecimiento de miles de viviendas con una capacidad poblacional de más de 40 mil nuevos habitantes, en 29 ámbitos de desarrollo, que, unido a la capacidad poblacional del suelo urbano, daría como resultado una ciudad de más de 65 mil habitantes.

Corrían los años de la locura colectiva, crecer suponía hacer caja y hacer caja era más importante que dar soluciones a los problemas reales.

Es el mismo POM que inexplicablemente se olvidó de la ciudad consolidada, de sus plazas, sus calles, su patrimonio arquitectónico, de los pequeños detalles.

Tanto es así que se olvidó del Catálogo de Espacios y Bienes Protegidos, ese instrumento que debe formar parte del POM y que ayuda a proteger el patrimonio, en una empecinada actitud del propio municipio por obviar informes de la Consejería competente en materia de Patrimonio Cultural.

Y se olvidó del centro histórico, ese espacio de nuestra ciudad que pudo ser declarado Conjunto Histórico, como Almagro o Infantes, Manzanares tenía un rico patrimonio edificado que se dejó morir.

La poca sensibilidad del Plan con la ciudad consolidada, con un tejido urbano fruto de varios siglos de historia, se deja ver en algunas decisiones inexplicables que rozan la barbarie urbanística, me refiero a los obligados retranqueos de alineaciones. Alguien tuvo la feliz idea de pensar que este pueblo manchego debía adoptar aires de modernidad en su tejido urbano histórico, ensanchando calles, dando espacio suficiente al coche, ese elemento extraño a las ciudades históricas, matando moscas a cañonazos.

El resultado de tan feliz idea fue la mutilación de un gran número de calles del centro urbano (Miguel de Cervantes, Orden de Calatrava, etc), con un vaivén de alineaciones que ha degradado para siempre el paisaje urbano de estas calles.

Pero este Plan no solo puede calificarse como expansivo, a mi juicio tiene ciertas dosis de temerario, puesto que la una parte importante de las miles de viviendas previstas en suelo urbanizable se asentarían sobre terrenos inundables del Río Azuer.

La imagen adjunta, obtenida del Sistema Nacional de Cartografía de Zonas Inundables dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, me genera cierta inquietud. Esta imagen, de carácter probabilístico, representa la inundabilidad para un periodo de retorno de 50, 100 y 500 años.

Para aquellos que nos dedicamos a esta ciencia inexacta del urbanismo, esta zona inundable quedaría absolutamente vetada a posibles crecimientos, tendríamos todos los informes negativos del órgano competente en la materia, que no es otro que la Confederación Hidrográfica del Guadiana. Pues bien, es curioso que precisamente en ese ámbito donde el Sistema Nacional de Cartografía de Zonas Inundables da la voz de alarma, el vigente POM de Manzanares previó miles de viviendas. Espero que estos estudios se equivoquen.

Manzanares debe apostar por un modelo urbano y territorial sostenible, radicalmente opuesto, que mire hacia dentro, que ponga entre sus prioridades la rehabilitación, regeneración y renovación urbana; no se puede concebir un crecimiento residencial desmesurado mientras un alto porcentaje de edificaciones del centro urbano se encuentran abandonadas.

Se debe crear una modelo de ciudad que integre en el tejido urbano cuantos usos resulten compatibles con la función residencial, para contribuir al equilibrio de la ciudad, favoreciendo la diversidad de usos, la aproximación de los servicios, las dotaciones y los equipamientos a la comunidad residente, así como la cohesión y la integración social. Operaciones como la eliminación de dos importantes supermercados, en dos de las calles más importantes de la ciudad, que dan servicio a una población envejecida que habita en el centro histórico, por otro de mayores dimensiones que obligará a utilizar más el coche, que redundarán en un mayor abandono de la zona, quizás no sean el camino.

Apostar por una ciudad basada en los principios de accesibilidad universal y no discriminación de personas con discapacidad, mejorando la accesibilidad peatonal, tan olvidada en Manzanares hasta que en el año 2012 se tomara en serio el asunto y se convocara un concurso para la intervención en una parte importante del centro histórico, materializada con éxito posteriormente en las calles próximas a la Plaza de la Constitución. No parece adecuado anunciar la remodelación total de las calles San Marcos y Lope de Vega, y mantener las mismas barreras arquitectónicas preexistentes.

Se debe seguir poniendo suelo industrial a disposición de las actividades económicas, ejecutar actuaciones como el Sector 5, guardadas en un cajón inexplicablemente durante 5 años y por fin iniciada con grandes esfuerzos por parte del Ayuntamiento.

En definitiva, tratar de hacer una ciudad viva, más amable, con las personas en el centro de la planificación, menos triste a los ojos de Jacobs.

 

Fernando Gallego Gutiérrez es Arquitecto, master en urbanismo y ordenación del territorio, miembro de la Asociación Española de Técnicos Urbanistas, redactor de más de una veintena de Planes de Ordenación Municipal en Castilla-La Mancha; dirige la consultora Estrategias Urbanas.es.

 

 

Por Manuel Gallego Arroyo

Tantas veces se presentan los problemas con las raíces al aire, que uno no sabe si, al abordar el asunto de las viviendas ocupadas, medita sobre la soberbia con que el lobo humano se echa sobre la propiedad de su hermano, o es que barrunta, y aún sospecha, que en verdad existe el difícil acceso a la vivienda. No digamos ya si digna o no, porque en estos tiempos no goza Dignidad de merecida opinión. A lo mejor es que -llega a barajar con espíritu crítico- falta un incentivo de ayudas y es canija la política sobre Vivienda, de manera que, a la par del derecho de la propiedad, tampoco se garantiza uno de los derechos fundamentales, el de la vivienda digna.

Hay aquí como el pugilato de dos derechos fundamentales -y todo sea dicho, de dos actitudes políticas- que vienen a poner más pólvora en la confusión. ¡Qué le vamos a hacer si nos gusta jugar con pólvora! Da la impresión de que, en el tira y afloja, el “cambiamos, pero no”, y el “habría que hacer algo, pero es difícil”, alguien, no sabemos del todo quién, se pasa muchas veces por el forro el drama personal, ese que se materializa en si a Fulanita se le han metido en la vivienda; si Zutana no puede pagar, o de si Mengano o los Menganitos han okupado una casa, un piso, un almacén o un campo vallado. ¡Ay, víctimas y pecadores! ¿Salvaguardamos la propiedad? ¿Quitamos el techo a la familia ocupadora, al “impagador”, al grupillo okupa o al contestario antisistema? Y así, retomando el hilo del pasado número de nuestra Revista, podríamos decir: ¡qué lástima que lo viejo se caiga! Y ¡qué lástima que lo joven no tenga salideros ni cuajo! Pero más aún, ¡qué lástima da que la confusión abone los malos ejemplos! Y con esa clarividente sinceridad que es la del manojo de raíces al aire, agitado por los tiempos, preguntaría: ¿realmente lo viejo se cae? ¿Hay ocupaciones o hay asaltos? ¿Falta vivienda? ¿Existen y son plausibles las ayudas? Y, ¿es verdad que el joven desea un nido desde el que iniciar su vuelo? ¿Puede haber ocupaciones justificadas? Y en su caso, ¿quién es ese responsable que, políticamente, puede meterle mano al asunto?

En tanto, las casas se tapian y enceguecen.

Por Enri García Chaparro

Cuando uno piensa en lo feliz que se vive en un pueblo como Manzanares, de apenas 18000 habitantes, donde la cercanía es parte de nuestras vidas, donde nuestros vecinos son los de todos los días, donde nuestra familia se encuentra cerca de nosotros, y donde, si no es de una forma es de otra, nos conocemos la mayoría, te queda la frustración de pensar si el salir de casa va a ser seguro o no.

Y no se trata esta vez del miedo a salir porque estemos en medio de una pandemia. Se trata del miedo a regresar…y encontrar tu casa ocupada. Aunque parezca sacado de una historia sinsentido últimamente la noticia de las ocupaciones ilegales están dando vueltas por todo nuestro pueblo.

Resulta que te vas al súper a comprar, o al centro de salud, o al cole a llevar los niños y cuando vuelves…tu casa ha sido ocupada en un visto y no visto y tu cara es un poema.

El tema de estas “okupaciones exprés” empieza a ser preocupante. Cuando solamente lo ves en las noticias te echas las manos a la cabeza, pero cuando ocurre tan de cerca empiezas a sentir miedo. Un miedo veraz de ese que te entra por el cuerpo y del que respiras aliviado cuando tú no has sido el objetivo, pero que te aterra al pensar si en algún momento lo podrías ser.

Y es que toda una vida dedicada al esfuerzo de poder pagar una hipoteca, de poder tener un techo que te pertenezca y, por qué no, un legado para tus sucesores, se puede venir abajo al intentar abrir la puerta de tu casa y comprobar que la llave no funciona. Y no funciona porque tu intimidad ha sido arrancada de cuajo con el cambio de un bombín. Y que lo que a primera hora de la mañana era tuyo, ha dejado de serlo para pasar a manos de quién ha entrado en tu vivienda de manera ilegal. Así de fácil y así de horrible…y de real.

Ante esta situación cualquier vecino afectado se siente totalmente desamparado. Una vez que han entrado en menos de una hora resulta que te cuesta la vida el conseguir que salgan de allí. Y es que en esta situación únicamente la justicia puede intervenir. El Ayuntamiento sólo puede ayudarte de manera complementaria, poniendo a disposición cuantos medios tenga en materia de Seguridad Ciudadana. Pero en ningún momento pueden legislar sobre ello, ya que es un delito perseguido por la Administración de Justicia que es competencia del Estado.

Es cierto, y las noticias lo cuentan, que muchos son los Ayuntamientos que están intentando tomar medidas contra la ocupación ilegal de las viviendas, porque, evidentemente, ello degrada muchísimo las condiciones de vida en los municipios.

Es duro, triste, impotente y escalofriante llegar a tu casa, encontrarte en tu puerta y no poder pasar. Los pelos como escarpias.

¿De verdad que no hay manera de frenar este asalto manifiesto contra la propiedad privada?

¿Para cuándo una Ley que proteja al dueño y no al okupa? (y perdón por la K, pero ya han tomado hasta nombre propio)

Quiero sentirme libre en mi pueblo. Quiero vivir sin miedo. Quiero que mis vecinos sean felices y quiero que nadie más se dé un susto de muerte.

Por Manuel Rodríguez Mazarro.

Sigue a su aire la pandemia del “miedo” después del año, la vacuna que…, los días se alargan, alboroto de gallineros políticos, día de la “mujer”, del padre San José, estamos en prima-Vera, complejo cambio de hora, pasó la Semana Santa sin pena ni gloria, Ilusión de juntarse las familias ausentes, la Pascua florida, tradiciones de nuestros pueblos, limpieza general, armarios, ropas de entretiempo, preparativos de cochura, –“priorillos” caseros realizados por nuestras madres y abuelas, esta es la vispera de la Pasión.

Me gusta rebobinar, relatar nuestros recuerdos en aquellas cocinas de fogón, trabajo exagerado, jabón casero, asperón, estropajo, cachivaches, cacharros, utensilios a manejar, fregoteo en el dornillo, quedaban como los “chorros del oro”. Eventos de “cochura vasta”, complejo mundo de este mes.

Cajón de la cómoda o del baúl, con olor a naftalina o alcanfor, salía de año en año envuelto en periódicos el farol, la túnica, el capirucho y todo lo concerniente, incluso el cuaderno de recetas escritas a lápiz.

—Las casas olían a canela, miel y fritos; de niños, sentados como felinos en la silla baja, ojos fijos, observando las manos que batían huevos, harina, manteca, azúcar, aceite, anís, “litines El Vesubio”, paños blancos tapando la masa y los mimbres.

Minuciosa limpieza. Cada ama de casa tenía su especialidad, rosquillos, mantecados, pastas, torrijas, flores,…magdalenas en candilejas de hojalata que al pasar por el horno daban aquél subidón de “moño” endulzado.–El mantecado de picos, se triplicaba en volumen, mordida que se llenaba la boca de hojaldre.

Rosquillos de carrete o gargantas, —buen alfarero para ir moldeando la bola de masa y todos salir melgos. La sartén de aceite hirviendo, vueltas y vueltas con una varita especial, ¡oh aquél movimiento de vals de Strauss!, cuidando el dorado, el baño en almíbar y azúcar.

Las flores, nombre de dulzura, color, encanto al paladar. Receta de conventos Calatravos, con enseña de su cruz. Fogones organizados, cuidando los arropes, mistelas, hervidos, anisados y otros destilados de esencias y jarabes que hacían subir mágicamente al cielo.

En este caminar de antesala de la Pasión no podía faltar la típica rosca de nuégados.  Decían ser la corona de Cristo y los piñones o nuégados con miel, representaban las gotas de sangre. –Curiosidad de llamarle rosca Utrera (pueblo de Andalucía). Posiblemente sea receta de Despeñaperros para abajo y llegó a Manzanares en la época que se transportaba en carros nuestros vinos en pellejos, costales de trigo, queso y derivados del cerdo (Vda. Cendal). Cambio que se hacía por aceite, miel y salazones.

Cestas de mimbre, escriños, fuentes y bandejas con elementos para endulzar la vida terrenal, recorrían las mesas en estos días de liturgia, fecha indicada en nuestros pueblos de compaginar el luto de Pasión con el bienestar corporal, de ahí el: “a nadie le amarga un dulce”.

Las denominadas carrozas, se desempolvaban después de un año guardadas, los preparativos de la cofradía, los acuerdos de los hermanos para que su Imagen fuese más vistosa y para ello, cuando terminaban un año, ya empezaban con la antesala del próximo.

El jueves y viernes Santo se oía el silencio en las calles, se respetaba incluso la voz. No había cines, cerraban el casino, bares, panaderías, los novios no entraban a las casas de las novias tenían acotado todo movimiento estelar, días de paralización total, incluso algunas labores caseras.

El recorrido procesional del Cristo Yacente o Santo Entierro de siempre ha causado respeto, carroza custodiada por la Guardia Civil con uniforme de gala y mosquetón a la funerala, tras la imagen las jerarquías cumpliendo el mandato oficial (bastón de mando), acompañamiento de señoras con mantillas, velos, crespones. Impone el desfile de nazarenos de negro riguroso.

He recordado aquella antesala de la Pasión, cuando ni pensábamos en este mal nacido “covid” que nos está haciendo la “puñeta”.

Pies de fotos:

Foto 1: Inauguración del Cristo de la Columna ( patio colegio D. Cristobal 1971)

Foto 2: Pasacalles de Virgen del Traspaso, C/ Toledo (1957)

Foto 3: Recordando a D. Jesús y D. Fernando Palop en plena actividad (2002).

Foto 4: Representación viviente en Domingo de Ramos de 1960

Foto 5: 23 de Marzo de 1985 Bendición nueva imagen “El Descendimiento”.

Foto 6: Ntra. Banda en procesión (José F.-Hidalgo) abril de 1963.

Foto 7: Tradicional paseo en el Domingo de Ramos (1995).

Foto 8: Nuestra Señora del Traspaso, año 1968.

Foto 9: Primitivo San Juan por la C/ Reyes Católicos de 1956.

Foto 10: Desfile Procesional por la calle virgen de Gracia (1960).

Foto 11: Antiguo conjunto de Jesús atado a la columna (1965)

Por Saíd Ruíz Salazar

La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

A veces, los lenguajes artísticos no necesitan de una vanguardia enardecida para ponerse patas arriba. Hace años (así, a ojo, unos doce), unos amigos músicos apurábamos una noche de verano tumbados en la Plaza de las Palomas. Mirando a la torre de la iglesia, rodeados por los soportales, solos, y con todos los temas de conversación agotados, a alguien le dio por preguntar: “¿cómo creéis que suena la plaza?”. Es comprensible que nos sonriésemos pensando que ya era buen momento para irse a acostar. “No, no me habéis entendido. Me refiero a cómo creéis que sonaría la plaza puesta en música. Si es posible una música referencial. Si podríamos emocionarnos al escuchar una música como nos emocionamos cuando vemos fotos antiguas de la plaza”.

Uno, como aquel muchacho, se pregunta si existe un «no se qué» (algunos críticos lo llaman rasgos de estilo) que permita definir el arte manzanareño frente a las manifestaciones artísticas limítrofes. Si puede haber una condensación artística que muestre la vivencia íntima de un pueblo. En suma, si la vivencia del pueblo puede germinar en un estilo rastreable en la obra de los artistas locales. Desde una óptica no ajena al romanticismo lo reconocía Hipólito Taine, creo que en el prólogo de su Historia de la literatura inglesa (1869): las obras artísticas y literarias son resultado de la raza, el ambiente y el momento. Ahora, es complicado. Los peajes que debe pagar el artista en su formación son costosos. La imperativa conquista de la modernidad nos aleja. Nos hace ver el mundo con oídos ajenos. Se domina la técnica para llegar a la técnica. Pero la sencillez e ingenuidad huye de nuestros corazones. Y —no nos engañemos— la obra redonda, no llega.

Es complicado (lo sé) hallar el equilibrio entre los hallazgos formales de la segunda mitad del XX (en fotógrafos, músicos, pintores, escultores…) y la clausura indeseable de la ortología regionalista. En este aspecto, debemos aprender mucho de la observación minuciosa de nuestros arquitectos. Pero hay que hacer un poder por abandonar el ensimismamiento creativo y las postraciones al estilo universal de las redes. Y volver. Y salir a la calle. Acercarse a la gente corriente. No hay que ir lejos para encontrar materia artística. Hay que observar la fisonomía material del pueblo para dibujar su cara íntima, tortuosa, besana. La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

Detrás de la pregunta de aquel muchacho se escondía una poética que está por escribir y que nos interpela a todos.

El lunes, 4 de enero fui con unos amigos a la Biblioteca Nacional a ver la exposición sobre Concepción Arenal. Tiene dos partes: la biográfica y la relacionada con su obra.

Me impresionó gratamente el contemplar la valía de esta gallega que nació en Ferrol el 31 de enero de 1820 y murió en Vigo el 4 de febrero de 1893. Estuvo casada con Fernando García Carrasco y tuvieron tres hijos. Fue valiente en una época en la que la mujer permanecía en segundo plano en la sociedad. Quiso estudiar y lo hizo vestida de hombre, en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, en donde conoció al que sería su marido. Sus inquietudes sociales la llevaron a estudiar Derecho penal para poder combatir y remediar las carencias que había en las cárceles e instituciones educativas. Su pasión era pensar, leer y escribir y transmitirlo a las clases más desfavorecidas para que encontraran la verdadera libertad. Su religiosidad era profunda y no concebía la justicia sin la caridad cristiana, de tal forma que se puso a trabajar en las Conferencias de san Vicente de Paul y estuvo al frente de la sección de mujeres de la Cruz Roja de España. También como corresponsal de guerra en la retaguardia del Hospital de Sangre, en Miranda de Ebro, durante la Tercera Guerra Carlista. Encontró apoyo en grandes intelectuales, la mayoría hombres y también de algunas mujeres de la nobleza. Escribió poesía, ensayo, teatro, relatos, etc. Fue precursora del Trabajo Social en España.

Su visión de la política social se hace necesaria en nuestros días: “La sociedad más perfecta es aquella en que más personas libremente se armonizan para el bien” o “Las fuerzas que se asocian para el bien no se suman, se multiplican”.

Me parece que su figura ha de inspirar a las mujeres y hombres de hoy para no quedarse cruzados de brazos y empezar a actuar unidos en el bien, que como ella dice tiene efecto multiplicador.

Ella supo aunar justicia y caridad. Su principal interés era contribuir a la construcción de un mundo mejor.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García.

El juicio, realizado por el sistema de jurado, tuvo lugar el 12 y el 13 de noviembre de 1912, en la audiencia de Ciudad Real. El tribunal estaba compuesto por los magistrados Campos Moro, Arboleya y Martínez, actuando el primero como presidente, el fiscal era de la Escosura y el abogado defensor, Julián Arredondo. Poco antes del comienzo del juicio, los accesos al Palacio de Justicia estaban abarrotados de gente, y custodiados por parejas de la guardia civil a pie y a caballo, que intentaban contener a la multitud.

     El juicio comenzó con el interrogatorio de los acusados. “Cañamón” reconoció los hechos y relató cómo llevaron a cabo el crimen, e indicó que él y “Borguetas” se fugaron del penal de Ceuta en momentos distintos, reuniéndose en la casa de este último. “Borguetas” declaró haberse fugado de Ceuta el 10 de agosto, que no conocía al resto de los acusados, y negó su participación en los asesinatos. Afirmó haber pasado esa noche en Tomelloso, cenando en casa de “Pajarillas”, no cambiando su declaración a pesar de la insistencia del fiscal y las pruebas presentadas.

     El “Portus” y José Bolaños también negaron todo, afirmando que no conocían la casa de los asesinados. El segundo alegó que había firmado su confesión forzado por los golpes. La mujer y la cuñada de Bolaños contestaron durante los interrogatorios lo contrario de lo que aparecía en sus declaraciones, denunciando que las habían firmado bajo presiones. El fiscal les recordó que incurrirían en un delito si no declaraban la verdad.

     Por la tarde se interrogó a la mujer de “Pajarillas”, que dijo no saber nada del asunto, y que su marido no estuvo en su casa la noche de 22, mientras que a la mañana siguiente encontró en la cuadra de su casa a “Cañamón” y “Borguetas”. Después pasaron por el estrado Luís Rodríguez y Ricardo Roncero, dueño y dependiente de una tienda, que compraron la ropa robada a las víctimas; Pedro José Velasco, médico que atendió a “Cañamón”; Alfonso Maeso Alcolea, jefe de la policía; Simón Bolaños, amigo de Doroteo que descubrió los cadáveres, y dos mujeres en cuya casa bebieron los acusados unos vasos de vino. También se leyeron las declaraciones de la persona que encontró la ropa de los acusados y del inspector de policía Juárez.

     El día siguiente continuaron los interrogatorios de testigos, presentando a continuación las pruebas documentales: el reconocimiento de la casa, los resultados de la autopsia, las pruebas periciales, las diligencias realizadas y los antecedentes penales de los acusados.

     Para finalizar, el fiscal y el defensor leyeron sus informes, solicitando el primero un veredicto de culpabilidad por asesinato con los agravantes de alevosía, premeditación, reincidencia, nocturnidad y allanamiento de morada, mientras que el segundo afirmó que no había pruebas, solicitando su absolución. A continuación, el presidente del tribunal realizó un resumen, que fue calificado como acertado e imparcial.

     Aunque terminaron a horas avanzadas de la noche, el jurado se retiró a deliberar. Una hora más tarde, emitió un veredicto de culpabilidad reconociendo todos los agravantes presentados. El fiscal solicitó la pena de muerte para los cuatro acusados, siendo esta la condena emitida por el tribunal. “Cañamón”, “Borguetas” y Bolaños escucharon impasibles la sentencia, al contrario que Portugués, que mostró una fuerte emoción durante su lectura[1].

     El viernes, 17 de abril de 1914, casi un año y medio después, comenzaron a correr rumores de que la ejecución era inminente, confirmándose el lunes 20 que dos días después se llevaría a cabo. El mismo día llegaron dos verdugos, procedentes de Madrid y Burgos, así como seis parejas de guardias al mando de un teniente, para reforzar la seguridad.

     A partir de ese momento comenzaron las peticiones de perdón, enviando el obispo y el alcalde de Ciudad Real telegramas al rey y al presidente del consejo de ministros, solicitando la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua. El martes a mediodía entraron los reos en la capilla, donde permanecieron las 18 horas anteriores a su ejecución, acompañados por varios sacerdotes y 24 hermanos de la Paz y Caridad, que se turnaron durante todo el tiempo de espera.

     Ante la falta de respuesta a sus telegramas, el martes por la mañana partieron en tren hacia Madrid el obispo Javier Irastorza y el presidente de la Diputación, Antonio Criado, a los que se sumaron en la capital el ministro Gasset y los diputados Gutiérrez de la Vega y González Llana, reuniéndose con el presidente del gobierno, Eduardo Dato, y el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Javier González de Castejón, a los que solicitaron el indulto de los reos. Sus gestiones fueron acompañadas de numerosos telegramas enviados por asociaciones obreras, benéficas y de prensa, así como de la Cruz Roja de Ciudad Real.

     Ese mismo día a las doce del mediodía fue leída la sentencia a los presos por el secretario y el oficial de la audiencia. En ese momento se abrió la puerta del Perdón de la iglesia de San Pedro, en Ciudad Real en la que se instaló un altar con el Cristo de los ajusticiados, una tradición que se realizaba cuando se iba a ejecutar una pena de muerte. La cruz de la imagen tenía numerosas estaquitas, faltándole veinte de ellas, tantas como el número de personas ajusticiadas.

     Las gestiones realizadas consiguieron arrancar al gobierno el indulto de dos de los presos: Francisco Portugués y José Bolaños, no así de los dos reincidentes, Orencio Peinado “Cañamón” y Miguel Galindo “Borguetas”, a los que se les confirmó la pena. La noticia del perdón llegó a la prisión la noche del 21. Al comunicársela a los indultados se les separó de los otros dos condenados, para evitarles mayor sufrimiento.

     A las doce de la noche, entró el último turno de acompañantes, formado por el secretario de cámara del Obispo, Pedro J. Menchén, el párroco y el coadjutor de San Pedro, Emilio Morales y Román Carrizo, un padre jesuita y cuatro hermanos de la Paz y Caridad. A las cuatro de la madrugada se celebró la misa, y a las seis comenzó la ejecución con garrote vil, en primer lugar de Orencio Peinado y a continuación de Miguel Galindo, destacando la devoción con la que este último besaba una estampa de la Virgen de Peñarroya, que le entregó el padre Menchén.

     Una vez realizadas las ejecuciones, los médicos reconocieron los cadáveres, y el verdugo más antiguo se dirigió al representante de la justicia, pronunciando la frase de rigor: “Señor Secretario. La ley está cumplida, sin novedad”. A continuación, comenzaron a tañer las campanas de San Pedro[2].

     En esta ocasión, teniendo en cuenta la crueldad del crimen y que dos de los condenados no eran de la localidad, en Manzanares no hubo ninguna movilización a su favor, centrándose las peticiones de indulto en la capital. No pudieron salvar a los cuatro condenados, al ser dos de ellos reincidentes y haber cometido doce años antes un crimen similar, con una mujer asesinada en el Pozo de la Serna. “Cañamón” y “Borguetas” pagaron con su vida, el cumplimiento de una justicia que todavía aplicaba la norma que equiparaba el castigo con el crimen cometido, “ojo por ojo y diente por diente”, y que tardaría todavía muchas décadas en ser erradicada de la legislación española.

[1] El Pueblo Manchego, 13 y 14 de noviembre de 1912; El País, 15 de noviembre de 1912.

[2] El Pueblo Manchego, 20, 21 y 22 de abril de 1914; El Correo Español, El País y La Correspondencia Militar, 20 de abril de 1914; El Siglo Futuro, La Época, El Heraldo Militar y La Correspondencia de España, 21 de abril de 1914; El Día de Madrid, La Mañana y El País, 22 de abril de 1914; La Época, 23 de abril de 1914.

Por Pedro Villarroel

En anteriores números de SIEMBRA, he comentado la historia constructiva de la Iglesia Parroquial de Manzanares, y parece oportuno recordar ahora, en los sucesivos, el complicado y dilatado proceso, prolongado más de dos décadas, que dio lugar a uno de los elementos más icónicos de su interior, el magnífico retablo que tuvo, hasta aquel trágico comienzo de la guerra incivil, en que fue destruido por el fuego y la sinrazón. Como sabemos, fue otro fuego accidental. acaecido el día del Corpus de 1571, el que arrasó “sin dexar señal alguna del retablo” el ábside primitivo de la Parroquial de Manzanares.  Poco sabemos de ese primer retablo, más allá que estaba enseñoreado por la patrona de la villa: “Nuestra Señora de la Alta Gracia”. Egas “el Mozo” se puso, enseguida, “manos a la obra”, para reconstruir la cabecera de la Catedral; y cabe suponer que, dado su carácter perfeccionista, no albergaría dudas que debía superar a la precedente y, de manera especial, en los concerniente a su retablo mayor. Egas “el Mozo”, “hizo de la necesidad, virtud”, y consideró al incendio una oportunidad para que la Catedral de Manzanares tuviera un retablo más acorde a la magnificencia que le habían otorgado las obras que él había concretado en años precedentes, ampliando el crucero, la propia Catedral y el bellísimo frontispicio que construyó en su fachada sur.

En aquel tiempo en que la Reforma protestante  echaba raíces en Europa; el Concilio de Trento, estableció que la Iglesia Católica potenciase en sus templos toda su simbología ideológica contrarreformista; con esculturas y cuadros de: Cristos, Vírgenes o Santos.. como “armamento” de divulgación y adoctrinamiento católico, en contraposición a la ausencia de esta caracterización simbólica en la cultura religiosa del luteranismo”…

De hecho, los retablos mayores de las Iglesias y Catedrales del Siglo de Oro, se constituyeron en la mejor y más eficaz arma simbólica (visual y doctrinal) del Catolicismo frente al Protestantismo… Naturalmente, Egas “el Mozo”, debió pensar en ello cuando diseñó “su” bellísimo Frontispicio barroco-renacentista en la fachada sur de la Catedral, que estaba cargado de toda esa simbología…Ahora, tenía la oportunidad de proponer algo parecido para el diseño del nuevo retablo del Altar Mayor. Así, siguiendo la misma idea configurativa, pensó en el diseño de una estructura en madera, que tapizaría la superficie semiovoidea del nuevo Abside… Estaría compuesta de una calle central, entronizada como el frontispicio, con la imagen de la Virgen de la Asunción y cuatro calles laterales (dos a cada lado de la central), donde se dispondrían imágenes y cuadros alegóricos al Nuevo Testamento, también parecido al diseñó del frontispicio.

“Se dio, entonces, la feliz circunstancia que, en aquel último cuarto del Siglo XVI, el afamado arquitecto y estucador italiano, Giovanni Battista Perolli, estaba contratado por Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, en la vecina villa del Viso, construyendo el Palacio que hoy lleva el nombre de este pueblo y el del Marqués. Aprovechando su estancia en tierras manchegas, los servicios de Perolli eran requeridos, para dirigir o diseñar pequeñas obras en villas próximas, como Manzanares, donde realizó originales aportaciones arquitectónicas en la Sacristía y en la propia Catedral….Quizá por eso, o por lo que gustaron esas aportaciones, el cura rector de Manzanares, Frey Alonso de Torrecilla, el mayordomo de nuestra Parroquial, el regidor Juan Bautista de Salinas y el alcalde; Martín Collado, estimaron oportuno plantear al Consejo de la Ordenes y al Concejo de la villa, la posibilidad de contratar a Perollí para dirigir la obra del nuevo Retablo Mayor de la Catedral de Manzanares, siguiendo las ideas de Egas “el Mozo”. No conocemos las interioridades del proceso de negociación con Perolli, seguramente difíciles por su contrato en exclusiva con Don Alvaro de Bazán…  que, en principio, le impedían dirigir una obra de esa magnitud.. Pero lo cierto es que, Perolli “entendió” muy bien las ideas de Egas “el Mozo”. y le gustó mucho el diseño que había planteado para el nuevo retablo y el reto que Iglesia y Concejo le proponían…Habló de ello con D. Alvaro de Bazán y, tras su anuencia , aceptó encantado el encargo…. siendo así, que:

“En fecha de 6 Junio de 1580, Perolli, firmó un contrato, ante el escribano local Francisco López Tarín, con las autoridades de la Iglesia y el Concejo de la villa, por el que se le adjudicaba, en un “primer remate”, la obra de un “retablo mayor” en nuestra Catedral de Manzanares”…“Recibió a cuenta, la cantidad de 92.548 maravedíes, e inició, enseguida, las primeras obras en el Abside  que contendría el nuevo retablo”

Pero las circunstancias hicieron que Giovani Battista Perolli enfermase gravemente, y falleciera en el curso de esas primeras tareas…sin que supiésemos nada de lo que hubiera sido “su” retablo, más allá de “alguna traza sobre papel” y de los cinco días de trabajos de albañilería que ya se habían realizado en el Abside. La muerte de Perolli, frustró que nuestra Catedral tuviera un retablo firmado por uno de los arquitectos más prestigiosos de Europa… El retablo mayor de la catedral de Manzanares, no estaría firmado por Perolli, pero lo estaría por unos paisanoa,… lo cual no quedaba nada mal para nuestro acervo histórico particular… hablaremos de ello en el siguiente capítulo.