Por Manuel Gallego Arroyo

Tantas veces se presentan los problemas con las raíces al aire, que uno no sabe si, al abordar el asunto de las viviendas ocupadas, medita sobre la soberbia con que el lobo humano se echa sobre la propiedad de su hermano, o es que barrunta, y aún sospecha, que en verdad existe el difícil acceso a la vivienda. No digamos ya si digna o no, porque en estos tiempos no goza Dignidad de merecida opinión. A lo mejor es que -llega a barajar con espíritu crítico- falta un incentivo de ayudas y es canija la política sobre Vivienda, de manera que, a la par del derecho de la propiedad, tampoco se garantiza uno de los derechos fundamentales, el de la vivienda digna.

Hay aquí como el pugilato de dos derechos fundamentales -y todo sea dicho, de dos actitudes políticas- que vienen a poner más pólvora en la confusión. ¡Qué le vamos a hacer si nos gusta jugar con pólvora! Da la impresión de que, en el tira y afloja, el “cambiamos, pero no”, y el “habría que hacer algo, pero es difícil”, alguien, no sabemos del todo quién, se pasa muchas veces por el forro el drama personal, ese que se materializa en si a Fulanita se le han metido en la vivienda; si Zutana no puede pagar, o de si Mengano o los Menganitos han okupado una casa, un piso, un almacén o un campo vallado. ¡Ay, víctimas y pecadores! ¿Salvaguardamos la propiedad? ¿Quitamos el techo a la familia ocupadora, al “impagador”, al grupillo okupa o al contestario antisistema? Y así, retomando el hilo del pasado número de nuestra Revista, podríamos decir: ¡qué lástima que lo viejo se caiga! Y ¡qué lástima que lo joven no tenga salideros ni cuajo! Pero más aún, ¡qué lástima da que la confusión abone los malos ejemplos! Y con esa clarividente sinceridad que es la del manojo de raíces al aire, agitado por los tiempos, preguntaría: ¿realmente lo viejo se cae? ¿Hay ocupaciones o hay asaltos? ¿Falta vivienda? ¿Existen y son plausibles las ayudas? Y, ¿es verdad que el joven desea un nido desde el que iniciar su vuelo? ¿Puede haber ocupaciones justificadas? Y en su caso, ¿quién es ese responsable que, políticamente, puede meterle mano al asunto?

En tanto, las casas se tapian y enceguecen.

Por Enri García Chaparro

Cuando uno piensa en lo feliz que se vive en un pueblo como Manzanares, de apenas 18000 habitantes, donde la cercanía es parte de nuestras vidas, donde nuestros vecinos son los de todos los días, donde nuestra familia se encuentra cerca de nosotros, y donde, si no es de una forma es de otra, nos conocemos la mayoría, te queda la frustración de pensar si el salir de casa va a ser seguro o no.

Y no se trata esta vez del miedo a salir porque estemos en medio de una pandemia. Se trata del miedo a regresar…y encontrar tu casa ocupada. Aunque parezca sacado de una historia sinsentido últimamente la noticia de las ocupaciones ilegales están dando vueltas por todo nuestro pueblo.

Resulta que te vas al súper a comprar, o al centro de salud, o al cole a llevar los niños y cuando vuelves…tu casa ha sido ocupada en un visto y no visto y tu cara es un poema.

El tema de estas “okupaciones exprés” empieza a ser preocupante. Cuando solamente lo ves en las noticias te echas las manos a la cabeza, pero cuando ocurre tan de cerca empiezas a sentir miedo. Un miedo veraz de ese que te entra por el cuerpo y del que respiras aliviado cuando tú no has sido el objetivo, pero que te aterra al pensar si en algún momento lo podrías ser.

Y es que toda una vida dedicada al esfuerzo de poder pagar una hipoteca, de poder tener un techo que te pertenezca y, por qué no, un legado para tus sucesores, se puede venir abajo al intentar abrir la puerta de tu casa y comprobar que la llave no funciona. Y no funciona porque tu intimidad ha sido arrancada de cuajo con el cambio de un bombín. Y que lo que a primera hora de la mañana era tuyo, ha dejado de serlo para pasar a manos de quién ha entrado en tu vivienda de manera ilegal. Así de fácil y así de horrible…y de real.

Ante esta situación cualquier vecino afectado se siente totalmente desamparado. Una vez que han entrado en menos de una hora resulta que te cuesta la vida el conseguir que salgan de allí. Y es que en esta situación únicamente la justicia puede intervenir. El Ayuntamiento sólo puede ayudarte de manera complementaria, poniendo a disposición cuantos medios tenga en materia de Seguridad Ciudadana. Pero en ningún momento pueden legislar sobre ello, ya que es un delito perseguido por la Administración de Justicia que es competencia del Estado.

Es cierto, y las noticias lo cuentan, que muchos son los Ayuntamientos que están intentando tomar medidas contra la ocupación ilegal de las viviendas, porque, evidentemente, ello degrada muchísimo las condiciones de vida en los municipios.

Es duro, triste, impotente y escalofriante llegar a tu casa, encontrarte en tu puerta y no poder pasar. Los pelos como escarpias.

¿De verdad que no hay manera de frenar este asalto manifiesto contra la propiedad privada?

¿Para cuándo una Ley que proteja al dueño y no al okupa? (y perdón por la K, pero ya han tomado hasta nombre propio)

Quiero sentirme libre en mi pueblo. Quiero vivir sin miedo. Quiero que mis vecinos sean felices y quiero que nadie más se dé un susto de muerte.

Por Manuel Rodríguez Mazarro.

Sigue a su aire la pandemia del “miedo” después del año, la vacuna que…, los días se alargan, alboroto de gallineros políticos, día de la “mujer”, del padre San José, estamos en prima-Vera, complejo cambio de hora, pasó la Semana Santa sin pena ni gloria, Ilusión de juntarse las familias ausentes, la Pascua florida, tradiciones de nuestros pueblos, limpieza general, armarios, ropas de entretiempo, preparativos de cochura, –“priorillos” caseros realizados por nuestras madres y abuelas, esta es la vispera de la Pasión.

Me gusta rebobinar, relatar nuestros recuerdos en aquellas cocinas de fogón, trabajo exagerado, jabón casero, asperón, estropajo, cachivaches, cacharros, utensilios a manejar, fregoteo en el dornillo, quedaban como los “chorros del oro”. Eventos de “cochura vasta”, complejo mundo de este mes.

Cajón de la cómoda o del baúl, con olor a naftalina o alcanfor, salía de año en año envuelto en periódicos el farol, la túnica, el capirucho y todo lo concerniente, incluso el cuaderno de recetas escritas a lápiz.

—Las casas olían a canela, miel y fritos; de niños, sentados como felinos en la silla baja, ojos fijos, observando las manos que batían huevos, harina, manteca, azúcar, aceite, anís, “litines El Vesubio”, paños blancos tapando la masa y los mimbres.

Minuciosa limpieza. Cada ama de casa tenía su especialidad, rosquillos, mantecados, pastas, torrijas, flores,…magdalenas en candilejas de hojalata que al pasar por el horno daban aquél subidón de “moño” endulzado.–El mantecado de picos, se triplicaba en volumen, mordida que se llenaba la boca de hojaldre.

Rosquillos de carrete o gargantas, —buen alfarero para ir moldeando la bola de masa y todos salir melgos. La sartén de aceite hirviendo, vueltas y vueltas con una varita especial, ¡oh aquél movimiento de vals de Strauss!, cuidando el dorado, el baño en almíbar y azúcar.

Las flores, nombre de dulzura, color, encanto al paladar. Receta de conventos Calatravos, con enseña de su cruz. Fogones organizados, cuidando los arropes, mistelas, hervidos, anisados y otros destilados de esencias y jarabes que hacían subir mágicamente al cielo.

En este caminar de antesala de la Pasión no podía faltar la típica rosca de nuégados.  Decían ser la corona de Cristo y los piñones o nuégados con miel, representaban las gotas de sangre. –Curiosidad de llamarle rosca Utrera (pueblo de Andalucía). Posiblemente sea receta de Despeñaperros para abajo y llegó a Manzanares en la época que se transportaba en carros nuestros vinos en pellejos, costales de trigo, queso y derivados del cerdo (Vda. Cendal). Cambio que se hacía por aceite, miel y salazones.

Cestas de mimbre, escriños, fuentes y bandejas con elementos para endulzar la vida terrenal, recorrían las mesas en estos días de liturgia, fecha indicada en nuestros pueblos de compaginar el luto de Pasión con el bienestar corporal, de ahí el: “a nadie le amarga un dulce”.

Las denominadas carrozas, se desempolvaban después de un año guardadas, los preparativos de la cofradía, los acuerdos de los hermanos para que su Imagen fuese más vistosa y para ello, cuando terminaban un año, ya empezaban con la antesala del próximo.

El jueves y viernes Santo se oía el silencio en las calles, se respetaba incluso la voz. No había cines, cerraban el casino, bares, panaderías, los novios no entraban a las casas de las novias tenían acotado todo movimiento estelar, días de paralización total, incluso algunas labores caseras.

El recorrido procesional del Cristo Yacente o Santo Entierro de siempre ha causado respeto, carroza custodiada por la Guardia Civil con uniforme de gala y mosquetón a la funerala, tras la imagen las jerarquías cumpliendo el mandato oficial (bastón de mando), acompañamiento de señoras con mantillas, velos, crespones. Impone el desfile de nazarenos de negro riguroso.

He recordado aquella antesala de la Pasión, cuando ni pensábamos en este mal nacido “covid” que nos está haciendo la “puñeta”.

Pies de fotos:

Foto 1: Inauguración del Cristo de la Columna ( patio colegio D. Cristobal 1971)

Foto 2: Pasacalles de Virgen del Traspaso, C/ Toledo (1957)

Foto 3: Recordando a D. Jesús y D. Fernando Palop en plena actividad (2002).

Foto 4: Representación viviente en Domingo de Ramos de 1960

Foto 5: 23 de Marzo de 1985 Bendición nueva imagen “El Descendimiento”.

Foto 6: Ntra. Banda en procesión (José F.-Hidalgo) abril de 1963.

Foto 7: Tradicional paseo en el Domingo de Ramos (1995).

Foto 8: Nuestra Señora del Traspaso, año 1968.

Foto 9: Primitivo San Juan por la C/ Reyes Católicos de 1956.

Foto 10: Desfile Procesional por la calle virgen de Gracia (1960).

Foto 11: Antiguo conjunto de Jesús atado a la columna (1965)

Por Saíd Ruíz Salazar

La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

A veces, los lenguajes artísticos no necesitan de una vanguardia enardecida para ponerse patas arriba. Hace años (así, a ojo, unos doce), unos amigos músicos apurábamos una noche de verano tumbados en la Plaza de las Palomas. Mirando a la torre de la iglesia, rodeados por los soportales, solos, y con todos los temas de conversación agotados, a alguien le dio por preguntar: “¿cómo creéis que suena la plaza?”. Es comprensible que nos sonriésemos pensando que ya era buen momento para irse a acostar. “No, no me habéis entendido. Me refiero a cómo creéis que sonaría la plaza puesta en música. Si es posible una música referencial. Si podríamos emocionarnos al escuchar una música como nos emocionamos cuando vemos fotos antiguas de la plaza”.

Uno, como aquel muchacho, se pregunta si existe un «no se qué» (algunos críticos lo llaman rasgos de estilo) que permita definir el arte manzanareño frente a las manifestaciones artísticas limítrofes. Si puede haber una condensación artística que muestre la vivencia íntima de un pueblo. En suma, si la vivencia del pueblo puede germinar en un estilo rastreable en la obra de los artistas locales. Desde una óptica no ajena al romanticismo lo reconocía Hipólito Taine, creo que en el prólogo de su Historia de la literatura inglesa (1869): las obras artísticas y literarias son resultado de la raza, el ambiente y el momento. Ahora, es complicado. Los peajes que debe pagar el artista en su formación son costosos. La imperativa conquista de la modernidad nos aleja. Nos hace ver el mundo con oídos ajenos. Se domina la técnica para llegar a la técnica. Pero la sencillez e ingenuidad huye de nuestros corazones. Y —no nos engañemos— la obra redonda, no llega.

Es complicado (lo sé) hallar el equilibrio entre los hallazgos formales de la segunda mitad del XX (en fotógrafos, músicos, pintores, escultores…) y la clausura indeseable de la ortología regionalista. En este aspecto, debemos aprender mucho de la observación minuciosa de nuestros arquitectos. Pero hay que hacer un poder por abandonar el ensimismamiento creativo y las postraciones al estilo universal de las redes. Y volver. Y salir a la calle. Acercarse a la gente corriente. No hay que ir lejos para encontrar materia artística. Hay que observar la fisonomía material del pueblo para dibujar su cara íntima, tortuosa, besana. La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

Detrás de la pregunta de aquel muchacho se escondía una poética que está por escribir y que nos interpela a todos.

El lunes, 4 de enero fui con unos amigos a la Biblioteca Nacional a ver la exposición sobre Concepción Arenal. Tiene dos partes: la biográfica y la relacionada con su obra.

Me impresionó gratamente el contemplar la valía de esta gallega que nació en Ferrol el 31 de enero de 1820 y murió en Vigo el 4 de febrero de 1893. Estuvo casada con Fernando García Carrasco y tuvieron tres hijos. Fue valiente en una época en la que la mujer permanecía en segundo plano en la sociedad. Quiso estudiar y lo hizo vestida de hombre, en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, en donde conoció al que sería su marido. Sus inquietudes sociales la llevaron a estudiar Derecho penal para poder combatir y remediar las carencias que había en las cárceles e instituciones educativas. Su pasión era pensar, leer y escribir y transmitirlo a las clases más desfavorecidas para que encontraran la verdadera libertad. Su religiosidad era profunda y no concebía la justicia sin la caridad cristiana, de tal forma que se puso a trabajar en las Conferencias de san Vicente de Paul y estuvo al frente de la sección de mujeres de la Cruz Roja de España. También como corresponsal de guerra en la retaguardia del Hospital de Sangre, en Miranda de Ebro, durante la Tercera Guerra Carlista. Encontró apoyo en grandes intelectuales, la mayoría hombres y también de algunas mujeres de la nobleza. Escribió poesía, ensayo, teatro, relatos, etc. Fue precursora del Trabajo Social en España.

Su visión de la política social se hace necesaria en nuestros días: “La sociedad más perfecta es aquella en que más personas libremente se armonizan para el bien” o “Las fuerzas que se asocian para el bien no se suman, se multiplican”.

Me parece que su figura ha de inspirar a las mujeres y hombres de hoy para no quedarse cruzados de brazos y empezar a actuar unidos en el bien, que como ella dice tiene efecto multiplicador.

Ella supo aunar justicia y caridad. Su principal interés era contribuir a la construcción de un mundo mejor.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García.

El juicio, realizado por el sistema de jurado, tuvo lugar el 12 y el 13 de noviembre de 1912, en la audiencia de Ciudad Real. El tribunal estaba compuesto por los magistrados Campos Moro, Arboleya y Martínez, actuando el primero como presidente, el fiscal era de la Escosura y el abogado defensor, Julián Arredondo. Poco antes del comienzo del juicio, los accesos al Palacio de Justicia estaban abarrotados de gente, y custodiados por parejas de la guardia civil a pie y a caballo, que intentaban contener a la multitud.

     El juicio comenzó con el interrogatorio de los acusados. “Cañamón” reconoció los hechos y relató cómo llevaron a cabo el crimen, e indicó que él y “Borguetas” se fugaron del penal de Ceuta en momentos distintos, reuniéndose en la casa de este último. “Borguetas” declaró haberse fugado de Ceuta el 10 de agosto, que no conocía al resto de los acusados, y negó su participación en los asesinatos. Afirmó haber pasado esa noche en Tomelloso, cenando en casa de “Pajarillas”, no cambiando su declaración a pesar de la insistencia del fiscal y las pruebas presentadas.

     El “Portus” y José Bolaños también negaron todo, afirmando que no conocían la casa de los asesinados. El segundo alegó que había firmado su confesión forzado por los golpes. La mujer y la cuñada de Bolaños contestaron durante los interrogatorios lo contrario de lo que aparecía en sus declaraciones, denunciando que las habían firmado bajo presiones. El fiscal les recordó que incurrirían en un delito si no declaraban la verdad.

     Por la tarde se interrogó a la mujer de “Pajarillas”, que dijo no saber nada del asunto, y que su marido no estuvo en su casa la noche de 22, mientras que a la mañana siguiente encontró en la cuadra de su casa a “Cañamón” y “Borguetas”. Después pasaron por el estrado Luís Rodríguez y Ricardo Roncero, dueño y dependiente de una tienda, que compraron la ropa robada a las víctimas; Pedro José Velasco, médico que atendió a “Cañamón”; Alfonso Maeso Alcolea, jefe de la policía; Simón Bolaños, amigo de Doroteo que descubrió los cadáveres, y dos mujeres en cuya casa bebieron los acusados unos vasos de vino. También se leyeron las declaraciones de la persona que encontró la ropa de los acusados y del inspector de policía Juárez.

     El día siguiente continuaron los interrogatorios de testigos, presentando a continuación las pruebas documentales: el reconocimiento de la casa, los resultados de la autopsia, las pruebas periciales, las diligencias realizadas y los antecedentes penales de los acusados.

     Para finalizar, el fiscal y el defensor leyeron sus informes, solicitando el primero un veredicto de culpabilidad por asesinato con los agravantes de alevosía, premeditación, reincidencia, nocturnidad y allanamiento de morada, mientras que el segundo afirmó que no había pruebas, solicitando su absolución. A continuación, el presidente del tribunal realizó un resumen, que fue calificado como acertado e imparcial.

     Aunque terminaron a horas avanzadas de la noche, el jurado se retiró a deliberar. Una hora más tarde, emitió un veredicto de culpabilidad reconociendo todos los agravantes presentados. El fiscal solicitó la pena de muerte para los cuatro acusados, siendo esta la condena emitida por el tribunal. “Cañamón”, “Borguetas” y Bolaños escucharon impasibles la sentencia, al contrario que Portugués, que mostró una fuerte emoción durante su lectura[1].

     El viernes, 17 de abril de 1914, casi un año y medio después, comenzaron a correr rumores de que la ejecución era inminente, confirmándose el lunes 20 que dos días después se llevaría a cabo. El mismo día llegaron dos verdugos, procedentes de Madrid y Burgos, así como seis parejas de guardias al mando de un teniente, para reforzar la seguridad.

     A partir de ese momento comenzaron las peticiones de perdón, enviando el obispo y el alcalde de Ciudad Real telegramas al rey y al presidente del consejo de ministros, solicitando la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua. El martes a mediodía entraron los reos en la capilla, donde permanecieron las 18 horas anteriores a su ejecución, acompañados por varios sacerdotes y 24 hermanos de la Paz y Caridad, que se turnaron durante todo el tiempo de espera.

     Ante la falta de respuesta a sus telegramas, el martes por la mañana partieron en tren hacia Madrid el obispo Javier Irastorza y el presidente de la Diputación, Antonio Criado, a los que se sumaron en la capital el ministro Gasset y los diputados Gutiérrez de la Vega y González Llana, reuniéndose con el presidente del gobierno, Eduardo Dato, y el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Javier González de Castejón, a los que solicitaron el indulto de los reos. Sus gestiones fueron acompañadas de numerosos telegramas enviados por asociaciones obreras, benéficas y de prensa, así como de la Cruz Roja de Ciudad Real.

     Ese mismo día a las doce del mediodía fue leída la sentencia a los presos por el secretario y el oficial de la audiencia. En ese momento se abrió la puerta del Perdón de la iglesia de San Pedro, en Ciudad Real en la que se instaló un altar con el Cristo de los ajusticiados, una tradición que se realizaba cuando se iba a ejecutar una pena de muerte. La cruz de la imagen tenía numerosas estaquitas, faltándole veinte de ellas, tantas como el número de personas ajusticiadas.

     Las gestiones realizadas consiguieron arrancar al gobierno el indulto de dos de los presos: Francisco Portugués y José Bolaños, no así de los dos reincidentes, Orencio Peinado “Cañamón” y Miguel Galindo “Borguetas”, a los que se les confirmó la pena. La noticia del perdón llegó a la prisión la noche del 21. Al comunicársela a los indultados se les separó de los otros dos condenados, para evitarles mayor sufrimiento.

     A las doce de la noche, entró el último turno de acompañantes, formado por el secretario de cámara del Obispo, Pedro J. Menchén, el párroco y el coadjutor de San Pedro, Emilio Morales y Román Carrizo, un padre jesuita y cuatro hermanos de la Paz y Caridad. A las cuatro de la madrugada se celebró la misa, y a las seis comenzó la ejecución con garrote vil, en primer lugar de Orencio Peinado y a continuación de Miguel Galindo, destacando la devoción con la que este último besaba una estampa de la Virgen de Peñarroya, que le entregó el padre Menchén.

     Una vez realizadas las ejecuciones, los médicos reconocieron los cadáveres, y el verdugo más antiguo se dirigió al representante de la justicia, pronunciando la frase de rigor: “Señor Secretario. La ley está cumplida, sin novedad”. A continuación, comenzaron a tañer las campanas de San Pedro[2].

     En esta ocasión, teniendo en cuenta la crueldad del crimen y que dos de los condenados no eran de la localidad, en Manzanares no hubo ninguna movilización a su favor, centrándose las peticiones de indulto en la capital. No pudieron salvar a los cuatro condenados, al ser dos de ellos reincidentes y haber cometido doce años antes un crimen similar, con una mujer asesinada en el Pozo de la Serna. “Cañamón” y “Borguetas” pagaron con su vida, el cumplimiento de una justicia que todavía aplicaba la norma que equiparaba el castigo con el crimen cometido, “ojo por ojo y diente por diente”, y que tardaría todavía muchas décadas en ser erradicada de la legislación española.

[1] El Pueblo Manchego, 13 y 14 de noviembre de 1912; El País, 15 de noviembre de 1912.

[2] El Pueblo Manchego, 20, 21 y 22 de abril de 1914; El Correo Español, El País y La Correspondencia Militar, 20 de abril de 1914; El Siglo Futuro, La Época, El Heraldo Militar y La Correspondencia de España, 21 de abril de 1914; El Día de Madrid, La Mañana y El País, 22 de abril de 1914; La Época, 23 de abril de 1914.

Por Pedro Villarroel

En anteriores números de SIEMBRA, he comentado la historia constructiva de la Iglesia Parroquial de Manzanares, y parece oportuno recordar ahora, en los sucesivos, el complicado y dilatado proceso, prolongado más de dos décadas, que dio lugar a uno de los elementos más icónicos de su interior, el magnífico retablo que tuvo, hasta aquel trágico comienzo de la guerra incivil, en que fue destruido por el fuego y la sinrazón. Como sabemos, fue otro fuego accidental. acaecido el día del Corpus de 1571, el que arrasó “sin dexar señal alguna del retablo” el ábside primitivo de la Parroquial de Manzanares.  Poco sabemos de ese primer retablo, más allá que estaba enseñoreado por la patrona de la villa: “Nuestra Señora de la Alta Gracia”. Egas “el Mozo” se puso, enseguida, “manos a la obra”, para reconstruir la cabecera de la Catedral; y cabe suponer que, dado su carácter perfeccionista, no albergaría dudas que debía superar a la precedente y, de manera especial, en los concerniente a su retablo mayor. Egas “el Mozo”, “hizo de la necesidad, virtud”, y consideró al incendio una oportunidad para que la Catedral de Manzanares tuviera un retablo más acorde a la magnificencia que le habían otorgado las obras que él había concretado en años precedentes, ampliando el crucero, la propia Catedral y el bellísimo frontispicio que construyó en su fachada sur.

En aquel tiempo en que la Reforma protestante  echaba raíces en Europa; el Concilio de Trento, estableció que la Iglesia Católica potenciase en sus templos toda su simbología ideológica contrarreformista; con esculturas y cuadros de: Cristos, Vírgenes o Santos.. como “armamento” de divulgación y adoctrinamiento católico, en contraposición a la ausencia de esta caracterización simbólica en la cultura religiosa del luteranismo”…

De hecho, los retablos mayores de las Iglesias y Catedrales del Siglo de Oro, se constituyeron en la mejor y más eficaz arma simbólica (visual y doctrinal) del Catolicismo frente al Protestantismo… Naturalmente, Egas “el Mozo”, debió pensar en ello cuando diseñó “su” bellísimo Frontispicio barroco-renacentista en la fachada sur de la Catedral, que estaba cargado de toda esa simbología…Ahora, tenía la oportunidad de proponer algo parecido para el diseño del nuevo retablo del Altar Mayor. Así, siguiendo la misma idea configurativa, pensó en el diseño de una estructura en madera, que tapizaría la superficie semiovoidea del nuevo Abside… Estaría compuesta de una calle central, entronizada como el frontispicio, con la imagen de la Virgen de la Asunción y cuatro calles laterales (dos a cada lado de la central), donde se dispondrían imágenes y cuadros alegóricos al Nuevo Testamento, también parecido al diseñó del frontispicio.

“Se dio, entonces, la feliz circunstancia que, en aquel último cuarto del Siglo XVI, el afamado arquitecto y estucador italiano, Giovanni Battista Perolli, estaba contratado por Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, en la vecina villa del Viso, construyendo el Palacio que hoy lleva el nombre de este pueblo y el del Marqués. Aprovechando su estancia en tierras manchegas, los servicios de Perolli eran requeridos, para dirigir o diseñar pequeñas obras en villas próximas, como Manzanares, donde realizó originales aportaciones arquitectónicas en la Sacristía y en la propia Catedral….Quizá por eso, o por lo que gustaron esas aportaciones, el cura rector de Manzanares, Frey Alonso de Torrecilla, el mayordomo de nuestra Parroquial, el regidor Juan Bautista de Salinas y el alcalde; Martín Collado, estimaron oportuno plantear al Consejo de la Ordenes y al Concejo de la villa, la posibilidad de contratar a Perollí para dirigir la obra del nuevo Retablo Mayor de la Catedral de Manzanares, siguiendo las ideas de Egas “el Mozo”. No conocemos las interioridades del proceso de negociación con Perolli, seguramente difíciles por su contrato en exclusiva con Don Alvaro de Bazán…  que, en principio, le impedían dirigir una obra de esa magnitud.. Pero lo cierto es que, Perolli “entendió” muy bien las ideas de Egas “el Mozo”. y le gustó mucho el diseño que había planteado para el nuevo retablo y el reto que Iglesia y Concejo le proponían…Habló de ello con D. Alvaro de Bazán y, tras su anuencia , aceptó encantado el encargo…. siendo así, que:

“En fecha de 6 Junio de 1580, Perolli, firmó un contrato, ante el escribano local Francisco López Tarín, con las autoridades de la Iglesia y el Concejo de la villa, por el que se le adjudicaba, en un “primer remate”, la obra de un “retablo mayor” en nuestra Catedral de Manzanares”…“Recibió a cuenta, la cantidad de 92.548 maravedíes, e inició, enseguida, las primeras obras en el Abside  que contendría el nuevo retablo”

Pero las circunstancias hicieron que Giovani Battista Perolli enfermase gravemente, y falleciera en el curso de esas primeras tareas…sin que supiésemos nada de lo que hubiera sido “su” retablo, más allá de “alguna traza sobre papel” y de los cinco días de trabajos de albañilería que ya se habían realizado en el Abside. La muerte de Perolli, frustró que nuestra Catedral tuviera un retablo firmado por uno de los arquitectos más prestigiosos de Europa… El retablo mayor de la catedral de Manzanares, no estaría firmado por Perolli, pero lo estaría por unos paisanoa,… lo cual no quedaba nada mal para nuestro acervo histórico particular… hablaremos de ello en el siguiente capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Debo confesar que en mi viaje a Teruel cometí todos y cada uno de los siete pecados capitales. Absolutamente todos. Soberbia, avaricia, ira, gula, lujuria, pereza y envidia. En todos fui cayendo sin apenas tiempo para los remordimientos.

Para caer en el primero de ellos no precisé siquiera haber pisado la capital turolense. Pues ya en el propio trayecto, mientras conducía me rondaba en la cabeza la idea de que en aquel viaje estaba perdiendo el tiempo. Que si con todo lo que yo ya había visto dentro y fuera de España a ver que se me había perdido a mí en Teruel… que a ver qué pintaba yo en un sitio tan poco chic… La primera en la frente: la soberbia. Y contra la soberbia, ya sabemos, la humildad. Humildad que no tardó en llegar nada más poner un pie en la ciudad, pues el viaje prometía. Vaya que si prometía.

En Teruel la ruta hay que comenzarla recorriendo el puñado de torres mudéjares que definen el perfil de la ciudad. Torres de cerámicas y ladrillos modestos, colocados con mimo por manos musulmanas y cristianas. La de San Pedro, la de San Martín, la del Salvador. Y llega aquí la segunda caída (en la tentación, entiéndase). Pues de refilón observé cómo en una tienda ofrecían al turista una bandeja repleta de suspiros de amante. Y ante tal delicia de queso y huevo, con aire despistado fui cogiendo y cogiendo hasta dejar la bandeja como un tablero de ajedrez con apenas cuatro fichas en pie. Avaricia, pura avaricia. Y contra la avaricia, ya se sabe, la generosidad. Tuve entonces que poner remedio a mis remordimientos comprando allí mismo un par de tarros de cristal repletos de melocotones de Calanda de los que ya daría buena cuenta.

Ya bien entrada la tarde llega el plato fuerte del mudéjar turolense. La catedral de Santa María te abre sus puertas y te deja sin aliento cuando alzas la vista para recalar en su imponente artesonado. Una auténtica enciclopedia de la vida medieval tallada en más de treinta metros de madera. Con semejante artesonado, ni por un momento se echa de menos la consabida bóveda de las naves catedralicias. Para poder apreciar hasta el mínimo detalle de esta bellísima techumbre, de esta Capilla Sixtina de inspiración mudéjar, no hay más que acceder a la galería superior con entrada desde el coro. Y llega entonces el tercero (de los pecados capitales, claro está). Pues nada más poner un pie en la escalera, estallo de ira al impedirme un empleado el acceso al estar rozando ya la hora de cierre. Y contra la ira, no queda otra, paciencia. Propósito de enmienda y a aguardar resignado la aquiescencia del encargado.

Y como de alguna manera había que aplacar esta furia, me dispuse entonces a probar los manjares de la tierra. Tan solo tenía que escoger una buena barra donde alternar unos tintos con unas tapas de jamón. Y esto ya sabemos cómo acaba, pues el jamón te lleva al queso, el queso a la longaniza de Alcañiz, y al final no hay quien se resista a probar el ternasco recién asado. Gula, pura gula. Más que el dolor de tripa por el atracón (que de eso no tuve, pues soy de buen comer), me atacó entonces el dolor de los pecados. Y contra la gula, bien sabemos, la templanza. Y a otro día no me quedó más remedio que contentarme en el desayuno con un triste café con leche en una terracita de la Plaza del Torico. Triste por el solitario café, que no por la plaza, pues aunque coqueta y menuda, está flanqueada por edificios eclécticos con alguno modernista que te alegra la vista.

Tras reponer fuerzas, a dos pasos de la plaza te plantas en la iglesia de San Pedro, que forma conjunto con el Museo de los Amantes. Allí es donde reposan los restos enamorados de Diego y de Isabel, y cuya historia de amor relata la guía como si estuviese viendo allí mismo a la desdichada Isabel besar los labios de su enamorado ya inerte. Con tal fogosidad desgrana la guía los detalles, que es fácil volver a caer en tentación, la lujuria en este caso, claro está. Y contra la lujuria, ya se sabe, acto de contrición y vuelta a los pensamientos castos a los que te obliga el templo que realmente estás pisando.

También le llegaría el turno a la pereza, pues después del par de horitas de visita guiada y de la reparadora sopa de ajo que aquí se gastan, la siesta se extendió más de la cuenta, y caí de lleno en el penúltimo pecado capital. Y contra la pereza, quién lo duda, diligencia. Y buena cuenta que di de semejante penitencia, pues a otro día me subí sin rechistar las cuestas hasta el castillo de Albarracín. Debo confesar que fue aquí, en este precioso Albarracín, donde pequé también de envidia. De envidia por aquellas mansiones señoriales, con sus ventanas enrejadas, sus puertas flanqueadas y sus escudos con apellidos de alta alcurnia. Y contra la envidia, ya sabemos, caridad. Una caridad que pronto se impone, pues pesa mucho más el amor hacia quienes me dan todo desinteresadamente que la envidia por los placeres materiales y mundanos.

Siete pecados capitales con sus siete virtudes reparadoras. Y todos ellos en una ciudad que modestamente te enamora como ya lo estuvieron Diego e Isabel. Y es que el pecado, el verdadero pecado, es no haberle dado a Teruel la oportunidad de ser visitado. Y yo, afortunadamente, de ese pecado no tengo ya que confesarme.

Por Pedro Villarroel

En este capítulo me ocuparé en describir como se fue construyendo y elevando al cielo de Manzanares la antigua Torre de nuestra parroquia, considerando las características más significativas de los “cinco cuerpos” que, de abajo arriba, la configuraron, definitivamente, pasada la mitad del siglo XVIII…Podemos imaginar a los paisanos de aquel tiempo, cada vez que circulaban por la Plaza Mayor, elevando su mirada para observar el rudimentario andamiaje de cuerdas y maderos, donde unos obreros, que parecían funambulistas, iban concretando la construcción de esa Torre,… ver como se elevaba, desde la galería de la Iglesia, su primer cuerpo, una mole sólida y cuadrada de piedra, a finales del siglo XVII…luego, algún tiempo después, apenas atisbado entre el andamiaje, la gente contemplaría la elevación del segundo cuerpo, tan característico y bien armado de aquella torre, el Campanario, una construcción octogonal de grandes ventanales, que permitían ver sus ocho campanas interiores…La campana que hacía más frente a la Plaza era un gran ejemplar; que tañía con especial sonoridad, gravedad y arrogancia, tendiendo a mitigar el sonido de las restantes, como queriendo mostrar su carácter dominante, para el anuncio de grandes aconteceres… Es probable que la Torre iniciara el “Siglo de las luces” terminando ese segundo cuerpo,.. y que fuera, en ese Siglo XVIII, mientras la guerra de sucesión, o durante la comendaturía del “Señor de los Cameros”, cuando se izaron al cielo sus tres últimos cuerpos… El tercer cuerpo, el del Reloj, compuesto de cuatro esferas que se correspondían con los cuatro contornos de la base de la Torre, cubiertas de bella pizarra. El cuarto cuerpo, una pequeña maravilla, constituida por un alto y airoso templete, con gráciles ventanales, y todo su conjunto circundado por un balconcillo. Finalmente, el quinto cuerpo, hecho a base de pequeños departamentos, dispuestos en correspondencia vertical con las esferas del reloj, daba gran armonía al conjunto de la bellísima torre antigua de la Catedral de Manzanares, en una airosa espiral apizarrada, que habría de conocerse, como “el nazareno”, sobre el que se izaron, en un glorioso día ignoto de aquella centuria ilustrada, una bola de acero, coronada por una Cruz de hierro de ochocientos kilos, que remató esa imponente Torre.. Fue en el año 1778, cuando podemos fechar el evento final que otorgó completitividad a la torre antigua; en esa fecha, más de un siglo después de ser colgadas en su campanario las dos primeras campanas, se instaló el primer reloj de la torre… de una sola esfera, y frente a la plaza… daba con un solo tañido las medias horas y con dos las horas…. ante la admiración y contento del vecindario, quienes orgullosos y satisfechos de aquel gran acontecimiento en sus vidas, dieron por bien empleados los 6.000 reales que costó el reloj, aunque en aquella dura época fuese un evidente exceso. Los vecinos, se paraban en la Plaza, a escuchar el tañido de las campanas, cuyo eco se propagaría por la senda del tiempo y los vetustos caminos, desafiando al horizonte por los siglos de los siglos…

Igual que un fuego accidental, el día del Corpus de 1571, fue origen y razón de la reforma y ampliación del crucero y, en gran medida también, de la idea de crear una nueva torre para nuestra catedral, otro incendio, la madrugada del 21 de julio de 1936, esta vez provocado por el odio y la estulticia humana, acabó con aquella magnífica Torre, motivando la construcción de la actual, durante la postguerra, en un ejercicio de mimetismo arquitectónico bastante logrado, que puso a la visión de los manzanareños otra magnífica y bellísima Torre, algo más robusta y alta que la antigua, pero bastante parecida; ícono de este pueblo y también un auténtico Faro de la Mancha… reconocible en lontananza de campos y caminos, como señal de proximidad a Manzanares; y que, al paisano que se acerca, cuando la percibe en el horizonte, le provoca gran alegría y cierta congoja, sintiéndose atraido por ella… como si esa aguja esbelta, estuviese imantada… como si su aspecto bellísimo, que atrae a todo el que pasa cerca de Manzanares, lo hiciese en él de manera especial y más intensa…No es nada extraño este efecto y sensación…llega a su pueblo, al encuentro de su gente…y, aunque venga de lugares próximos o lejanos, y aunque este dejando atrás gentes y cosas buenas ¡¡¡ay, amigo mio!!!…este, al que llega, anunciado por la silueta frágil y esbelta de su Torre, perfilada en el incomparable cielo azul que dibuja su contorno; es, ni más ni menos, que su pueblo…allí están los colores y olores de su infancia…los lugares que evocan los ruidos y los juegos de su niñez, aquel pasillo, de aquella casa (la suya), donde aún parece oirse el sonido de los pasos del padre, de la madre o de los hermanos…allí está ese castillo que habla del origen calatravo de la villa y de sus gentes;… allí se acerca ese pueblo suyo, con su rio y sus paseos, sus plazuelas, sus parterres y su Gran Teatro, lugares que son testigo de juegos y de primeros amores… y esa Plaza, tantas veces transitada, con una Iglesia de precioso frontispicio. de cuyos techos surge esa Torre bellísima, símbolo e ícono, por siempre jamás, de la noble e hidalga villa de Manzanares de la Mancha.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García

El fugado fue acogido la primera noche por su hermano en su vivienda, tras lo cual se refugió durante tres o cuatro días en la casa de un guarda, situada en un monte cercano a La Solana, de la que escapó al ser descubierto, antes de que llegara la guardia civil. Desde allí se trasladó a Argamasilla de Alba, donde se hospedó en la posada “Casa de la plata” propiedad de Manuel Castaños alias “Chocolate”, vecino de La Solana. El 1 de febrero fue detenido, existiendo dos versiones de lo sucedido. Una indicaba que al cruzarse con él Eugenio González, alguacil de la localidad, le resultó sospechoso, siguiéndolo hasta la posada y dando aviso a la guardia civil; según la otra, fue denunciado por una mujer, viuda de un antiguo compañero del perseguido, conocida como “Chocolata”. Hasta el lugar donde se encontraba se desplazaron los guardias Juan Ledesma y José Román Mato, que procedieron a su detención, confiscándole una faca de grandes dimensiones, que llevaba en la manga de su chaqueta.

A las once de la mañana del día siguiente fue trasladado a Manzanares, y puesto a disposición del juzgado a las cuatro de la tarde, junto al dueño de la posada, que fue liberado poco después al demostrarse su inocencia. El miedo a que Miguel Galindo se pudiera fugar, provocó que durante su traslado de la cárcel al juzgado, lo llevaran con esposas en las manos y unos grilletes especiales en los pies, de los que salía una cadena que era portada por un guardia civil.

Las investigaciones de la policía descubrieron que “Cañamón” y “Borguetas” habían trabajado como jornaleros durante la última vendimia con Doroteo, y sabían que disponía de dinero. También fue detenido Simón Bolaños Lara, amigo de Doroteo y conocido de “Cañamón”, que la tarde del crimen había estado jugando a las cartas con el asesinado; así como la mujer y los tres hijos de “Borguetas”1.

Pese a su negativa a reconocer los hechos, las pruebas iban cerrando el cerco sobre los asesinos. La mañana del 8 de febrero se realizó el registro de la casa de “Borguetas”, y de un pozo se extrajo un bulto con varias prendas de mujer (una toca, una falda y un mantón) atadas con una piedra, que podían proceder del robo y en las se observaban manchas que parecían de sangre. Dos días más tarde, un hijo de “Borguetas” conocido como “El cojo de Espartero”, declaró ante el sargento de la guardia civil, que entre las diez y las once de la mañana del 23 de enero, arrojó un martillo y tres limas, que le había entregado su madre, en una noria, situada en la huerta del “Marqués”, junto al río Azuer, propiedad de Agatino Chacón, marqués de Salinas.

Al suponer que las citadas herramientas serías las utilizadas para cometer el crimen, a medianoche se colocaron tres potentes bombas para vaciar la noria. Pese a dos días de infructuosos esfuerzos, solo se logró que las aguas descendieran cinco de las doce varas que tenían, provocando las corrientes de avenida que volviera a llenarse nuevo. Por ello se decidió contratar un buzo de Alicante, el cual bajó a reconocer la noria, situada cerca de las eras de San Blas, el día 16 a las cuatro de la tarde, acudiendo un inmenso gentío a ver las operaciones, pero solo encontró algunos cubos viejos2.

Finalmente, después de más de veinte días de interrogatorios y pruebas periciales, el 15 de febrero, Miguel Galindo Expósito “Borguetas” acabó confesando el crimen y denunció al resto de implicados en el suceso: Francisco Portugués alias “Portus”, José Bolaños alias “Federal”, ambos de Manzanares y Fermín Jiménez alias “Pajarillas”, de Tomelloso.

Con esta confesión y la declaración de “Cañamón”, se pudo conocer la correlación de los hechos. “Cañamón” durmió en Membrilla el 19 de enero, y de allí fue a La Solana, para reunirse con “Borguetas”, saliendo ambos el 21 para Manzanares, donde se dedicaron a pedir limosna. El 22 se reunieron con el resto de sus cómplices para llevar a cabo el robo, situándose en una rinconada que hacía la acera frente a la casa, esperando una oportunidad para entrar, que llegó cuando salió Carmen a hacer un recado, dejando la puerta entreabierta.

El “Portus” se quedó vigilando desde la acera de enfrente y “Cañamón” se apostó detrás de la puerta de entrada. El resto penetró en la cocina, matando primero a la mujer que los recibió gritando: “ahí vienen los ladrones”, y a continuación al marido, que no tuvo tiempo de ofrecer resistencia. Al poco llegó Carmen, a la que “Cañamón” intentó entretener, pero al penetrar en la casa reconoció a José Bolaños, por lo que este le dio dos golpes causándole la muerte, siendo arrastrada por “Cañamón” hasta el centro de la cocina.

Una vez cometido el crimen, se dedicaron a buscar el dinero, encontrando 2.500 pesetas detrás de varios cuadros, a continuación salieron en distintas direcciones, para reunirse en casa de José Bolaños, marchando este disfrazado con ropas de mujer, que abandonó poco después. Decidieron que “Borguetas” se quedara como depositario del dinero, para repartirlo días después, y se marcharon los tres implicados que no eran de Manzanares, por el camino de Argamasilla hasta el “cerro de la Cruz”, donde escondieron las ropas manchadas de sangre debajo de unas piedras. “Cañamón” reclamó su parte, a lo cual se negó “Borguetas”, llegando a las manos e hiriéndose mutuamente, llevando el primero la peor parte. Tras separarse de “Pajarillas”, robaron en una casilla de peones camineros de La Solana, para que les sirviera de coartada. Luego fueron a la casa de un hermano de “Borguetas”, Pedro Galindo, que no aceptó acoger a “Cañamón”, al que no le quedó más remedio que acudir al juez municipal para que le curaran sus heridas, momento en que fue detenido.

La noche del mismo día 15, el juez municipal Alfonso Vega y Fidel Serrano fueron a detener a Francisco Portugués, que no opuso resistencia, mientras que se montó un operativo para rodear la casa de José Bolaños con policías locales y guardias civiles, procediendo a su arresto, ocupándole un revolver cargado. Las operaciones terminaron a las cuatro de la mañana, con la detención de familiares de los nuevos implicados. Al estar la cárcel abarrotada, fueron llevados al ayuntamiento y al teatro viejo, para asegurar su incomunicación.

A primeras horas de la mañana del día siguiente se interrogó a “Pajarillas”, detenido en Tomelloso, negando su participación en los hechos, pero al realizar un careo con “Cañamón”, sufrió un ataque congestivo, motivo por el que falleció a las dos de la tarde. José Bolaños y Francisco Portugués negaron los hechos, pero durante el careo con “Cañamón”, el primero confesó, declarándose culpable del asesinato de la mujer, y que “Pajarillas” mató a Doroteo ayudado por “Borguetas”, y este último asesinó a la niña.

La mujer de José Bolaños aclaró algunas circunstancias que faltaban por conocer, quedando el caso cerrado. Todos, excepto el “Portus” se habían reunido en su casa, donde merendaron y bebieron, dirigiéndose desde allí a realizar el asalto de la casa de Doroteo, uniéndose a ellos el que faltaba, en la calle. Una vez consumada la acción, volvieron todos a la casa, donde ella tuvo que lavar la ropa y las botas manchadas de sangre, y no lo denunció por miedo a su marido, que la maltrataba con frecuencia, hecho que fue corroborado por su hermana. El acusado que no confesó fue “Borguetas”, pese a realizar cuatro careos con “Cañamón”, José Bolaños, la mujer y la cuñada de este último, negando en todo momento su intervención en los hechos, dando muestras de gran cinismo y sangre fría3.

(continuará)


1 El Pueblo Manchego, 1, 3, 4 y 7 de febrero de 1911; La Época, El Globo, El Imparcial y El Siglo Futuro, 3 de febrero de 1911; El Día de Madrid y La Mañana, 7 de febrero de 1911; ABC, 8 de febrero de 1911.

2 El Pueblo Manchego, 8, 9, 10, 11, 13 y 14 de febrero de 1911.

3 El Pueblo Manchego, 15, 16 y 17 de febrero de 1911; La Época, 15 de febrero de 1911; El Imparcial, El Globo, El Día de Madrid y La Época, 16 de febrero de 1911; El País, 17 de febrero de 1911.