Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García.

El juicio, realizado por el sistema de jurado, tuvo lugar el 12 y el 13 de noviembre de 1912, en la audiencia de Ciudad Real. El tribunal estaba compuesto por los magistrados Campos Moro, Arboleya y Martínez, actuando el primero como presidente, el fiscal era de la Escosura y el abogado defensor, Julián Arredondo. Poco antes del comienzo del juicio, los accesos al Palacio de Justicia estaban abarrotados de gente, y custodiados por parejas de la guardia civil a pie y a caballo, que intentaban contener a la multitud.

     El juicio comenzó con el interrogatorio de los acusados. “Cañamón” reconoció los hechos y relató cómo llevaron a cabo el crimen, e indicó que él y “Borguetas” se fugaron del penal de Ceuta en momentos distintos, reuniéndose en la casa de este último. “Borguetas” declaró haberse fugado de Ceuta el 10 de agosto, que no conocía al resto de los acusados, y negó su participación en los asesinatos. Afirmó haber pasado esa noche en Tomelloso, cenando en casa de “Pajarillas”, no cambiando su declaración a pesar de la insistencia del fiscal y las pruebas presentadas.

     El “Portus” y José Bolaños también negaron todo, afirmando que no conocían la casa de los asesinados. El segundo alegó que había firmado su confesión forzado por los golpes. La mujer y la cuñada de Bolaños contestaron durante los interrogatorios lo contrario de lo que aparecía en sus declaraciones, denunciando que las habían firmado bajo presiones. El fiscal les recordó que incurrirían en un delito si no declaraban la verdad.

     Por la tarde se interrogó a la mujer de “Pajarillas”, que dijo no saber nada del asunto, y que su marido no estuvo en su casa la noche de 22, mientras que a la mañana siguiente encontró en la cuadra de su casa a “Cañamón” y “Borguetas”. Después pasaron por el estrado Luís Rodríguez y Ricardo Roncero, dueño y dependiente de una tienda, que compraron la ropa robada a las víctimas; Pedro José Velasco, médico que atendió a “Cañamón”; Alfonso Maeso Alcolea, jefe de la policía; Simón Bolaños, amigo de Doroteo que descubrió los cadáveres, y dos mujeres en cuya casa bebieron los acusados unos vasos de vino. También se leyeron las declaraciones de la persona que encontró la ropa de los acusados y del inspector de policía Juárez.

     El día siguiente continuaron los interrogatorios de testigos, presentando a continuación las pruebas documentales: el reconocimiento de la casa, los resultados de la autopsia, las pruebas periciales, las diligencias realizadas y los antecedentes penales de los acusados.

     Para finalizar, el fiscal y el defensor leyeron sus informes, solicitando el primero un veredicto de culpabilidad por asesinato con los agravantes de alevosía, premeditación, reincidencia, nocturnidad y allanamiento de morada, mientras que el segundo afirmó que no había pruebas, solicitando su absolución. A continuación, el presidente del tribunal realizó un resumen, que fue calificado como acertado e imparcial.

     Aunque terminaron a horas avanzadas de la noche, el jurado se retiró a deliberar. Una hora más tarde, emitió un veredicto de culpabilidad reconociendo todos los agravantes presentados. El fiscal solicitó la pena de muerte para los cuatro acusados, siendo esta la condena emitida por el tribunal. “Cañamón”, “Borguetas” y Bolaños escucharon impasibles la sentencia, al contrario que Portugués, que mostró una fuerte emoción durante su lectura[1].

     El viernes, 17 de abril de 1914, casi un año y medio después, comenzaron a correr rumores de que la ejecución era inminente, confirmándose el lunes 20 que dos días después se llevaría a cabo. El mismo día llegaron dos verdugos, procedentes de Madrid y Burgos, así como seis parejas de guardias al mando de un teniente, para reforzar la seguridad.

     A partir de ese momento comenzaron las peticiones de perdón, enviando el obispo y el alcalde de Ciudad Real telegramas al rey y al presidente del consejo de ministros, solicitando la conmutación de la pena de muerte por la de cadena perpetua. El martes a mediodía entraron los reos en la capilla, donde permanecieron las 18 horas anteriores a su ejecución, acompañados por varios sacerdotes y 24 hermanos de la Paz y Caridad, que se turnaron durante todo el tiempo de espera.

     Ante la falta de respuesta a sus telegramas, el martes por la mañana partieron en tren hacia Madrid el obispo Javier Irastorza y el presidente de la Diputación, Antonio Criado, a los que se sumaron en la capital el ministro Gasset y los diputados Gutiérrez de la Vega y González Llana, reuniéndose con el presidente del gobierno, Eduardo Dato, y el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Javier González de Castejón, a los que solicitaron el indulto de los reos. Sus gestiones fueron acompañadas de numerosos telegramas enviados por asociaciones obreras, benéficas y de prensa, así como de la Cruz Roja de Ciudad Real.

     Ese mismo día a las doce del mediodía fue leída la sentencia a los presos por el secretario y el oficial de la audiencia. En ese momento se abrió la puerta del Perdón de la iglesia de San Pedro, en Ciudad Real en la que se instaló un altar con el Cristo de los ajusticiados, una tradición que se realizaba cuando se iba a ejecutar una pena de muerte. La cruz de la imagen tenía numerosas estaquitas, faltándole veinte de ellas, tantas como el número de personas ajusticiadas.

     Las gestiones realizadas consiguieron arrancar al gobierno el indulto de dos de los presos: Francisco Portugués y José Bolaños, no así de los dos reincidentes, Orencio Peinado “Cañamón” y Miguel Galindo “Borguetas”, a los que se les confirmó la pena. La noticia del perdón llegó a la prisión la noche del 21. Al comunicársela a los indultados se les separó de los otros dos condenados, para evitarles mayor sufrimiento.

     A las doce de la noche, entró el último turno de acompañantes, formado por el secretario de cámara del Obispo, Pedro J. Menchén, el párroco y el coadjutor de San Pedro, Emilio Morales y Román Carrizo, un padre jesuita y cuatro hermanos de la Paz y Caridad. A las cuatro de la madrugada se celebró la misa, y a las seis comenzó la ejecución con garrote vil, en primer lugar de Orencio Peinado y a continuación de Miguel Galindo, destacando la devoción con la que este último besaba una estampa de la Virgen de Peñarroya, que le entregó el padre Menchén.

     Una vez realizadas las ejecuciones, los médicos reconocieron los cadáveres, y el verdugo más antiguo se dirigió al representante de la justicia, pronunciando la frase de rigor: “Señor Secretario. La ley está cumplida, sin novedad”. A continuación, comenzaron a tañer las campanas de San Pedro[2].

     En esta ocasión, teniendo en cuenta la crueldad del crimen y que dos de los condenados no eran de la localidad, en Manzanares no hubo ninguna movilización a su favor, centrándose las peticiones de indulto en la capital. No pudieron salvar a los cuatro condenados, al ser dos de ellos reincidentes y haber cometido doce años antes un crimen similar, con una mujer asesinada en el Pozo de la Serna. “Cañamón” y “Borguetas” pagaron con su vida, el cumplimiento de una justicia que todavía aplicaba la norma que equiparaba el castigo con el crimen cometido, “ojo por ojo y diente por diente”, y que tardaría todavía muchas décadas en ser erradicada de la legislación española.

[1] El Pueblo Manchego, 13 y 14 de noviembre de 1912; El País, 15 de noviembre de 1912.

[2] El Pueblo Manchego, 20, 21 y 22 de abril de 1914; El Correo Español, El País y La Correspondencia Militar, 20 de abril de 1914; El Siglo Futuro, La Época, El Heraldo Militar y La Correspondencia de España, 21 de abril de 1914; El Día de Madrid, La Mañana y El País, 22 de abril de 1914; La Época, 23 de abril de 1914.

Por Pedro Villarroel

En anteriores números de SIEMBRA, he comentado la historia constructiva de la Iglesia Parroquial de Manzanares, y parece oportuno recordar ahora, en los sucesivos, el complicado y dilatado proceso, prolongado más de dos décadas, que dio lugar a uno de los elementos más icónicos de su interior, el magnífico retablo que tuvo, hasta aquel trágico comienzo de la guerra incivil, en que fue destruido por el fuego y la sinrazón. Como sabemos, fue otro fuego accidental. acaecido el día del Corpus de 1571, el que arrasó “sin dexar señal alguna del retablo” el ábside primitivo de la Parroquial de Manzanares.  Poco sabemos de ese primer retablo, más allá que estaba enseñoreado por la patrona de la villa: “Nuestra Señora de la Alta Gracia”. Egas “el Mozo” se puso, enseguida, “manos a la obra”, para reconstruir la cabecera de la Catedral; y cabe suponer que, dado su carácter perfeccionista, no albergaría dudas que debía superar a la precedente y, de manera especial, en los concerniente a su retablo mayor. Egas “el Mozo”, “hizo de la necesidad, virtud”, y consideró al incendio una oportunidad para que la Catedral de Manzanares tuviera un retablo más acorde a la magnificencia que le habían otorgado las obras que él había concretado en años precedentes, ampliando el crucero, la propia Catedral y el bellísimo frontispicio que construyó en su fachada sur.

En aquel tiempo en que la Reforma protestante  echaba raíces en Europa; el Concilio de Trento, estableció que la Iglesia Católica potenciase en sus templos toda su simbología ideológica contrarreformista; con esculturas y cuadros de: Cristos, Vírgenes o Santos.. como “armamento” de divulgación y adoctrinamiento católico, en contraposición a la ausencia de esta caracterización simbólica en la cultura religiosa del luteranismo”…

De hecho, los retablos mayores de las Iglesias y Catedrales del Siglo de Oro, se constituyeron en la mejor y más eficaz arma simbólica (visual y doctrinal) del Catolicismo frente al Protestantismo… Naturalmente, Egas “el Mozo”, debió pensar en ello cuando diseñó “su” bellísimo Frontispicio barroco-renacentista en la fachada sur de la Catedral, que estaba cargado de toda esa simbología…Ahora, tenía la oportunidad de proponer algo parecido para el diseño del nuevo retablo del Altar Mayor. Así, siguiendo la misma idea configurativa, pensó en el diseño de una estructura en madera, que tapizaría la superficie semiovoidea del nuevo Abside… Estaría compuesta de una calle central, entronizada como el frontispicio, con la imagen de la Virgen de la Asunción y cuatro calles laterales (dos a cada lado de la central), donde se dispondrían imágenes y cuadros alegóricos al Nuevo Testamento, también parecido al diseñó del frontispicio.

“Se dio, entonces, la feliz circunstancia que, en aquel último cuarto del Siglo XVI, el afamado arquitecto y estucador italiano, Giovanni Battista Perolli, estaba contratado por Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, en la vecina villa del Viso, construyendo el Palacio que hoy lleva el nombre de este pueblo y el del Marqués. Aprovechando su estancia en tierras manchegas, los servicios de Perolli eran requeridos, para dirigir o diseñar pequeñas obras en villas próximas, como Manzanares, donde realizó originales aportaciones arquitectónicas en la Sacristía y en la propia Catedral….Quizá por eso, o por lo que gustaron esas aportaciones, el cura rector de Manzanares, Frey Alonso de Torrecilla, el mayordomo de nuestra Parroquial, el regidor Juan Bautista de Salinas y el alcalde; Martín Collado, estimaron oportuno plantear al Consejo de la Ordenes y al Concejo de la villa, la posibilidad de contratar a Perollí para dirigir la obra del nuevo Retablo Mayor de la Catedral de Manzanares, siguiendo las ideas de Egas “el Mozo”. No conocemos las interioridades del proceso de negociación con Perolli, seguramente difíciles por su contrato en exclusiva con Don Alvaro de Bazán…  que, en principio, le impedían dirigir una obra de esa magnitud.. Pero lo cierto es que, Perolli “entendió” muy bien las ideas de Egas “el Mozo”. y le gustó mucho el diseño que había planteado para el nuevo retablo y el reto que Iglesia y Concejo le proponían…Habló de ello con D. Alvaro de Bazán y, tras su anuencia , aceptó encantado el encargo…. siendo así, que:

“En fecha de 6 Junio de 1580, Perolli, firmó un contrato, ante el escribano local Francisco López Tarín, con las autoridades de la Iglesia y el Concejo de la villa, por el que se le adjudicaba, en un “primer remate”, la obra de un “retablo mayor” en nuestra Catedral de Manzanares”…“Recibió a cuenta, la cantidad de 92.548 maravedíes, e inició, enseguida, las primeras obras en el Abside  que contendría el nuevo retablo”

Pero las circunstancias hicieron que Giovani Battista Perolli enfermase gravemente, y falleciera en el curso de esas primeras tareas…sin que supiésemos nada de lo que hubiera sido “su” retablo, más allá de “alguna traza sobre papel” y de los cinco días de trabajos de albañilería que ya se habían realizado en el Abside. La muerte de Perolli, frustró que nuestra Catedral tuviera un retablo firmado por uno de los arquitectos más prestigiosos de Europa… El retablo mayor de la catedral de Manzanares, no estaría firmado por Perolli, pero lo estaría por unos paisanoa,… lo cual no quedaba nada mal para nuestro acervo histórico particular… hablaremos de ello en el siguiente capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Debo confesar que en mi viaje a Teruel cometí todos y cada uno de los siete pecados capitales. Absolutamente todos. Soberbia, avaricia, ira, gula, lujuria, pereza y envidia. En todos fui cayendo sin apenas tiempo para los remordimientos.

Para caer en el primero de ellos no precisé siquiera haber pisado la capital turolense. Pues ya en el propio trayecto, mientras conducía me rondaba en la cabeza la idea de que en aquel viaje estaba perdiendo el tiempo. Que si con todo lo que yo ya había visto dentro y fuera de España a ver que se me había perdido a mí en Teruel… que a ver qué pintaba yo en un sitio tan poco chic… La primera en la frente: la soberbia. Y contra la soberbia, ya sabemos, la humildad. Humildad que no tardó en llegar nada más poner un pie en la ciudad, pues el viaje prometía. Vaya que si prometía.

En Teruel la ruta hay que comenzarla recorriendo el puñado de torres mudéjares que definen el perfil de la ciudad. Torres de cerámicas y ladrillos modestos, colocados con mimo por manos musulmanas y cristianas. La de San Pedro, la de San Martín, la del Salvador. Y llega aquí la segunda caída (en la tentación, entiéndase). Pues de refilón observé cómo en una tienda ofrecían al turista una bandeja repleta de suspiros de amante. Y ante tal delicia de queso y huevo, con aire despistado fui cogiendo y cogiendo hasta dejar la bandeja como un tablero de ajedrez con apenas cuatro fichas en pie. Avaricia, pura avaricia. Y contra la avaricia, ya se sabe, la generosidad. Tuve entonces que poner remedio a mis remordimientos comprando allí mismo un par de tarros de cristal repletos de melocotones de Calanda de los que ya daría buena cuenta.

Ya bien entrada la tarde llega el plato fuerte del mudéjar turolense. La catedral de Santa María te abre sus puertas y te deja sin aliento cuando alzas la vista para recalar en su imponente artesonado. Una auténtica enciclopedia de la vida medieval tallada en más de treinta metros de madera. Con semejante artesonado, ni por un momento se echa de menos la consabida bóveda de las naves catedralicias. Para poder apreciar hasta el mínimo detalle de esta bellísima techumbre, de esta Capilla Sixtina de inspiración mudéjar, no hay más que acceder a la galería superior con entrada desde el coro. Y llega entonces el tercero (de los pecados capitales, claro está). Pues nada más poner un pie en la escalera, estallo de ira al impedirme un empleado el acceso al estar rozando ya la hora de cierre. Y contra la ira, no queda otra, paciencia. Propósito de enmienda y a aguardar resignado la aquiescencia del encargado.

Y como de alguna manera había que aplacar esta furia, me dispuse entonces a probar los manjares de la tierra. Tan solo tenía que escoger una buena barra donde alternar unos tintos con unas tapas de jamón. Y esto ya sabemos cómo acaba, pues el jamón te lleva al queso, el queso a la longaniza de Alcañiz, y al final no hay quien se resista a probar el ternasco recién asado. Gula, pura gula. Más que el dolor de tripa por el atracón (que de eso no tuve, pues soy de buen comer), me atacó entonces el dolor de los pecados. Y contra la gula, bien sabemos, la templanza. Y a otro día no me quedó más remedio que contentarme en el desayuno con un triste café con leche en una terracita de la Plaza del Torico. Triste por el solitario café, que no por la plaza, pues aunque coqueta y menuda, está flanqueada por edificios eclécticos con alguno modernista que te alegra la vista.

Tras reponer fuerzas, a dos pasos de la plaza te plantas en la iglesia de San Pedro, que forma conjunto con el Museo de los Amantes. Allí es donde reposan los restos enamorados de Diego y de Isabel, y cuya historia de amor relata la guía como si estuviese viendo allí mismo a la desdichada Isabel besar los labios de su enamorado ya inerte. Con tal fogosidad desgrana la guía los detalles, que es fácil volver a caer en tentación, la lujuria en este caso, claro está. Y contra la lujuria, ya se sabe, acto de contrición y vuelta a los pensamientos castos a los que te obliga el templo que realmente estás pisando.

También le llegaría el turno a la pereza, pues después del par de horitas de visita guiada y de la reparadora sopa de ajo que aquí se gastan, la siesta se extendió más de la cuenta, y caí de lleno en el penúltimo pecado capital. Y contra la pereza, quién lo duda, diligencia. Y buena cuenta que di de semejante penitencia, pues a otro día me subí sin rechistar las cuestas hasta el castillo de Albarracín. Debo confesar que fue aquí, en este precioso Albarracín, donde pequé también de envidia. De envidia por aquellas mansiones señoriales, con sus ventanas enrejadas, sus puertas flanqueadas y sus escudos con apellidos de alta alcurnia. Y contra la envidia, ya sabemos, caridad. Una caridad que pronto se impone, pues pesa mucho más el amor hacia quienes me dan todo desinteresadamente que la envidia por los placeres materiales y mundanos.

Siete pecados capitales con sus siete virtudes reparadoras. Y todos ellos en una ciudad que modestamente te enamora como ya lo estuvieron Diego e Isabel. Y es que el pecado, el verdadero pecado, es no haberle dado a Teruel la oportunidad de ser visitado. Y yo, afortunadamente, de ese pecado no tengo ya que confesarme.

Por Pedro Villarroel

En este capítulo me ocuparé en describir como se fue construyendo y elevando al cielo de Manzanares la antigua Torre de nuestra parroquia, considerando las características más significativas de los “cinco cuerpos” que, de abajo arriba, la configuraron, definitivamente, pasada la mitad del siglo XVIII…Podemos imaginar a los paisanos de aquel tiempo, cada vez que circulaban por la Plaza Mayor, elevando su mirada para observar el rudimentario andamiaje de cuerdas y maderos, donde unos obreros, que parecían funambulistas, iban concretando la construcción de esa Torre,… ver como se elevaba, desde la galería de la Iglesia, su primer cuerpo, una mole sólida y cuadrada de piedra, a finales del siglo XVII…luego, algún tiempo después, apenas atisbado entre el andamiaje, la gente contemplaría la elevación del segundo cuerpo, tan característico y bien armado de aquella torre, el Campanario, una construcción octogonal de grandes ventanales, que permitían ver sus ocho campanas interiores…La campana que hacía más frente a la Plaza era un gran ejemplar; que tañía con especial sonoridad, gravedad y arrogancia, tendiendo a mitigar el sonido de las restantes, como queriendo mostrar su carácter dominante, para el anuncio de grandes aconteceres… Es probable que la Torre iniciara el “Siglo de las luces” terminando ese segundo cuerpo,.. y que fuera, en ese Siglo XVIII, mientras la guerra de sucesión, o durante la comendaturía del “Señor de los Cameros”, cuando se izaron al cielo sus tres últimos cuerpos… El tercer cuerpo, el del Reloj, compuesto de cuatro esferas que se correspondían con los cuatro contornos de la base de la Torre, cubiertas de bella pizarra. El cuarto cuerpo, una pequeña maravilla, constituida por un alto y airoso templete, con gráciles ventanales, y todo su conjunto circundado por un balconcillo. Finalmente, el quinto cuerpo, hecho a base de pequeños departamentos, dispuestos en correspondencia vertical con las esferas del reloj, daba gran armonía al conjunto de la bellísima torre antigua de la Catedral de Manzanares, en una airosa espiral apizarrada, que habría de conocerse, como “el nazareno”, sobre el que se izaron, en un glorioso día ignoto de aquella centuria ilustrada, una bola de acero, coronada por una Cruz de hierro de ochocientos kilos, que remató esa imponente Torre.. Fue en el año 1778, cuando podemos fechar el evento final que otorgó completitividad a la torre antigua; en esa fecha, más de un siglo después de ser colgadas en su campanario las dos primeras campanas, se instaló el primer reloj de la torre… de una sola esfera, y frente a la plaza… daba con un solo tañido las medias horas y con dos las horas…. ante la admiración y contento del vecindario, quienes orgullosos y satisfechos de aquel gran acontecimiento en sus vidas, dieron por bien empleados los 6.000 reales que costó el reloj, aunque en aquella dura época fuese un evidente exceso. Los vecinos, se paraban en la Plaza, a escuchar el tañido de las campanas, cuyo eco se propagaría por la senda del tiempo y los vetustos caminos, desafiando al horizonte por los siglos de los siglos…

Igual que un fuego accidental, el día del Corpus de 1571, fue origen y razón de la reforma y ampliación del crucero y, en gran medida también, de la idea de crear una nueva torre para nuestra catedral, otro incendio, la madrugada del 21 de julio de 1936, esta vez provocado por el odio y la estulticia humana, acabó con aquella magnífica Torre, motivando la construcción de la actual, durante la postguerra, en un ejercicio de mimetismo arquitectónico bastante logrado, que puso a la visión de los manzanareños otra magnífica y bellísima Torre, algo más robusta y alta que la antigua, pero bastante parecida; ícono de este pueblo y también un auténtico Faro de la Mancha… reconocible en lontananza de campos y caminos, como señal de proximidad a Manzanares; y que, al paisano que se acerca, cuando la percibe en el horizonte, le provoca gran alegría y cierta congoja, sintiéndose atraido por ella… como si esa aguja esbelta, estuviese imantada… como si su aspecto bellísimo, que atrae a todo el que pasa cerca de Manzanares, lo hiciese en él de manera especial y más intensa…No es nada extraño este efecto y sensación…llega a su pueblo, al encuentro de su gente…y, aunque venga de lugares próximos o lejanos, y aunque este dejando atrás gentes y cosas buenas ¡¡¡ay, amigo mio!!!…este, al que llega, anunciado por la silueta frágil y esbelta de su Torre, perfilada en el incomparable cielo azul que dibuja su contorno; es, ni más ni menos, que su pueblo…allí están los colores y olores de su infancia…los lugares que evocan los ruidos y los juegos de su niñez, aquel pasillo, de aquella casa (la suya), donde aún parece oirse el sonido de los pasos del padre, de la madre o de los hermanos…allí está ese castillo que habla del origen calatravo de la villa y de sus gentes;… allí se acerca ese pueblo suyo, con su rio y sus paseos, sus plazuelas, sus parterres y su Gran Teatro, lugares que son testigo de juegos y de primeros amores… y esa Plaza, tantas veces transitada, con una Iglesia de precioso frontispicio. de cuyos techos surge esa Torre bellísima, símbolo e ícono, por siempre jamás, de la noble e hidalga villa de Manzanares de la Mancha.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García

El fugado fue acogido la primera noche por su hermano en su vivienda, tras lo cual se refugió durante tres o cuatro días en la casa de un guarda, situada en un monte cercano a La Solana, de la que escapó al ser descubierto, antes de que llegara la guardia civil. Desde allí se trasladó a Argamasilla de Alba, donde se hospedó en la posada “Casa de la plata” propiedad de Manuel Castaños alias “Chocolate”, vecino de La Solana. El 1 de febrero fue detenido, existiendo dos versiones de lo sucedido. Una indicaba que al cruzarse con él Eugenio González, alguacil de la localidad, le resultó sospechoso, siguiéndolo hasta la posada y dando aviso a la guardia civil; según la otra, fue denunciado por una mujer, viuda de un antiguo compañero del perseguido, conocida como “Chocolata”. Hasta el lugar donde se encontraba se desplazaron los guardias Juan Ledesma y José Román Mato, que procedieron a su detención, confiscándole una faca de grandes dimensiones, que llevaba en la manga de su chaqueta.

A las once de la mañana del día siguiente fue trasladado a Manzanares, y puesto a disposición del juzgado a las cuatro de la tarde, junto al dueño de la posada, que fue liberado poco después al demostrarse su inocencia. El miedo a que Miguel Galindo se pudiera fugar, provocó que durante su traslado de la cárcel al juzgado, lo llevaran con esposas en las manos y unos grilletes especiales en los pies, de los que salía una cadena que era portada por un guardia civil.

Las investigaciones de la policía descubrieron que “Cañamón” y “Borguetas” habían trabajado como jornaleros durante la última vendimia con Doroteo, y sabían que disponía de dinero. También fue detenido Simón Bolaños Lara, amigo de Doroteo y conocido de “Cañamón”, que la tarde del crimen había estado jugando a las cartas con el asesinado; así como la mujer y los tres hijos de “Borguetas”1.

Pese a su negativa a reconocer los hechos, las pruebas iban cerrando el cerco sobre los asesinos. La mañana del 8 de febrero se realizó el registro de la casa de “Borguetas”, y de un pozo se extrajo un bulto con varias prendas de mujer (una toca, una falda y un mantón) atadas con una piedra, que podían proceder del robo y en las se observaban manchas que parecían de sangre. Dos días más tarde, un hijo de “Borguetas” conocido como “El cojo de Espartero”, declaró ante el sargento de la guardia civil, que entre las diez y las once de la mañana del 23 de enero, arrojó un martillo y tres limas, que le había entregado su madre, en una noria, situada en la huerta del “Marqués”, junto al río Azuer, propiedad de Agatino Chacón, marqués de Salinas.

Al suponer que las citadas herramientas serías las utilizadas para cometer el crimen, a medianoche se colocaron tres potentes bombas para vaciar la noria. Pese a dos días de infructuosos esfuerzos, solo se logró que las aguas descendieran cinco de las doce varas que tenían, provocando las corrientes de avenida que volviera a llenarse nuevo. Por ello se decidió contratar un buzo de Alicante, el cual bajó a reconocer la noria, situada cerca de las eras de San Blas, el día 16 a las cuatro de la tarde, acudiendo un inmenso gentío a ver las operaciones, pero solo encontró algunos cubos viejos2.

Finalmente, después de más de veinte días de interrogatorios y pruebas periciales, el 15 de febrero, Miguel Galindo Expósito “Borguetas” acabó confesando el crimen y denunció al resto de implicados en el suceso: Francisco Portugués alias “Portus”, José Bolaños alias “Federal”, ambos de Manzanares y Fermín Jiménez alias “Pajarillas”, de Tomelloso.

Con esta confesión y la declaración de “Cañamón”, se pudo conocer la correlación de los hechos. “Cañamón” durmió en Membrilla el 19 de enero, y de allí fue a La Solana, para reunirse con “Borguetas”, saliendo ambos el 21 para Manzanares, donde se dedicaron a pedir limosna. El 22 se reunieron con el resto de sus cómplices para llevar a cabo el robo, situándose en una rinconada que hacía la acera frente a la casa, esperando una oportunidad para entrar, que llegó cuando salió Carmen a hacer un recado, dejando la puerta entreabierta.

El “Portus” se quedó vigilando desde la acera de enfrente y “Cañamón” se apostó detrás de la puerta de entrada. El resto penetró en la cocina, matando primero a la mujer que los recibió gritando: “ahí vienen los ladrones”, y a continuación al marido, que no tuvo tiempo de ofrecer resistencia. Al poco llegó Carmen, a la que “Cañamón” intentó entretener, pero al penetrar en la casa reconoció a José Bolaños, por lo que este le dio dos golpes causándole la muerte, siendo arrastrada por “Cañamón” hasta el centro de la cocina.

Una vez cometido el crimen, se dedicaron a buscar el dinero, encontrando 2.500 pesetas detrás de varios cuadros, a continuación salieron en distintas direcciones, para reunirse en casa de José Bolaños, marchando este disfrazado con ropas de mujer, que abandonó poco después. Decidieron que “Borguetas” se quedara como depositario del dinero, para repartirlo días después, y se marcharon los tres implicados que no eran de Manzanares, por el camino de Argamasilla hasta el “cerro de la Cruz”, donde escondieron las ropas manchadas de sangre debajo de unas piedras. “Cañamón” reclamó su parte, a lo cual se negó “Borguetas”, llegando a las manos e hiriéndose mutuamente, llevando el primero la peor parte. Tras separarse de “Pajarillas”, robaron en una casilla de peones camineros de La Solana, para que les sirviera de coartada. Luego fueron a la casa de un hermano de “Borguetas”, Pedro Galindo, que no aceptó acoger a “Cañamón”, al que no le quedó más remedio que acudir al juez municipal para que le curaran sus heridas, momento en que fue detenido.

La noche del mismo día 15, el juez municipal Alfonso Vega y Fidel Serrano fueron a detener a Francisco Portugués, que no opuso resistencia, mientras que se montó un operativo para rodear la casa de José Bolaños con policías locales y guardias civiles, procediendo a su arresto, ocupándole un revolver cargado. Las operaciones terminaron a las cuatro de la mañana, con la detención de familiares de los nuevos implicados. Al estar la cárcel abarrotada, fueron llevados al ayuntamiento y al teatro viejo, para asegurar su incomunicación.

A primeras horas de la mañana del día siguiente se interrogó a “Pajarillas”, detenido en Tomelloso, negando su participación en los hechos, pero al realizar un careo con “Cañamón”, sufrió un ataque congestivo, motivo por el que falleció a las dos de la tarde. José Bolaños y Francisco Portugués negaron los hechos, pero durante el careo con “Cañamón”, el primero confesó, declarándose culpable del asesinato de la mujer, y que “Pajarillas” mató a Doroteo ayudado por “Borguetas”, y este último asesinó a la niña.

La mujer de José Bolaños aclaró algunas circunstancias que faltaban por conocer, quedando el caso cerrado. Todos, excepto el “Portus” se habían reunido en su casa, donde merendaron y bebieron, dirigiéndose desde allí a realizar el asalto de la casa de Doroteo, uniéndose a ellos el que faltaba, en la calle. Una vez consumada la acción, volvieron todos a la casa, donde ella tuvo que lavar la ropa y las botas manchadas de sangre, y no lo denunció por miedo a su marido, que la maltrataba con frecuencia, hecho que fue corroborado por su hermana. El acusado que no confesó fue “Borguetas”, pese a realizar cuatro careos con “Cañamón”, José Bolaños, la mujer y la cuñada de este último, negando en todo momento su intervención en los hechos, dando muestras de gran cinismo y sangre fría3.

(continuará)


1 El Pueblo Manchego, 1, 3, 4 y 7 de febrero de 1911; La Época, El Globo, El Imparcial y El Siglo Futuro, 3 de febrero de 1911; El Día de Madrid y La Mañana, 7 de febrero de 1911; ABC, 8 de febrero de 1911.

2 El Pueblo Manchego, 8, 9, 10, 11, 13 y 14 de febrero de 1911.

3 El Pueblo Manchego, 15, 16 y 17 de febrero de 1911; La Época, 15 de febrero de 1911; El Imparcial, El Globo, El Día de Madrid y La Época, 16 de febrero de 1911; El País, 17 de febrero de 1911.

Por Pedro Villarroel

En este artículo, comentaré la cronología histórica más brillante de la Parroquial de Manzanares, cuando la conjunción de una serie de circunstancias, y la participación de ciertos personajes claves en la historia de este Templo y del propio Manzanares, habrían de dar lugar a la transformación de la Parroquial de la Plaza Mayor en una auténtica Catedral. como resultado de su ampliación y amejoramiento en la segunda centuria del siglo XVI… En solo cuatro décadas, la recién inaugurada Parroquial de la Plaza, en 1521, había quedado pequeña, por el gran crecimiento poblacional y urbano de Manzanares… entonces, nuestros regidores plantearon ampliarla, haciéndola representativa y acorde a la importancia que nuestra Encomienda adquirió en ese siglo…. Y un hecho circunstancial y regional, vino a facilitar esa ampliación, la relación con el vecino Almagro, del que dependió jurídicamente Manzanares hasta medio siglo antes.. Así que, nuestros regidores tenían estrecha relación con sus coetáneos de Almagro; y supieron, y oyeron hablar, de un joven arquitecto almagreño, Enrique Egas “el Mozo”, que, en su villa, acababa de construir la “Iglesia de la Madre de Dios”. Nuestro Concejo, arropado por la Orden Calatrava y el mecenazgo de algunos notables de la villa, contactó con Egas “El Mozo”, para proponerle se hiciese cargo de las obras de ampliación de la Parroquia de Manzanares. .Y, ese genio, “Egas, El Mozo”, arquitecto y escultor, hijo y nieto de dos grandes maestros de la arquitectura de la época, Egas Cueman y Enrique Egas, y sobrino de Alonso de Covarrubias, aceptó de inmediato el reto, cuando advirtió que tendría manos y mente libre para diseñar el trabajo a su arte y manera…Desde ese momento, “El Mozo”, quedó unido a lo mejor de la historia de Manzanares y de su iglesia parroquial, a la que convirtió en una auténtica Catedral, entre1550 y 1564”…En ese breve tiempo, dirigió y desempeñó un trabajo de construcción muy activo, en el que participó personalmente, hasta plasmar de manera extraordinaria en nuestro Templo su arte innovador, caracterizado por una mezcla de rasgos del gótico tardío y del barroco-renacentista,. heredados de su abuelo y padre y de su tío Alonso de Covarrubias, que se concretaron, sobre todo, en los tres grandes ámbitos estructurales del edificio: los góticos; en los techos y en la configuración del crucero y del ábside; los barrocos, en el diseño del nuevo Altar Mayor…y los platerescos, en lo que constituiría en la mejor y más significativa obra de arte de este pueblo, el bellísimo Frontispicio Plateresco de la fachada sur de nuestra Parroquial..

En resumen, la obra de Egas el Mozo, consistió en trazar y construir un nuevo crucero, más alto y ancho, elevar y rehacer la cubierta, reconstruir el ábside y enriquecer el aspecto exterior de la Iglesia con portadas, ventanas y otros elementos ornamentales. El ensanche de los brazos del crucero propició, en el tiempo sucesivo, el desarrollo y creación de las capillas laterales de la Iglesia a ambos lados de la nave central… Todas las capillas del lado del evangelio, se construyeron en esa segunda mitad del Siglo XVI, bajo la supervisión del maestro Egas, comenzando por la más cercana al crucero, la bellísima capilla de la Transfiguración, que estará unida para siempre a la familia y al nombre de su patrocinador, otro manzagato ilustre, Don Miguel Merino-Morales, aquel que fue anfitrión de la Santa Teresa de Jesús en su mansión de la Calle del Carmen…, y, en esta capilla, recibirían sepultura sucesivas generaciones de esa histórica saga”…“La Capilla Central, llamada de San Ildefonso, fue la primera de todas en iniciarse…. Egas, dirigió personalmente su construcción, siendo fundada por otra saga noble de Manzanares, la de los Quesada, en concreto a instancias de Dª María González de Inojedo, viuda del bachiller Francisco de Quesada. La tercera capilla de ese lado del evangelio, dedicada a San Miguel, la mandó construir un curioso personaje de leyenda, D. Cristóbal Ruiz de Vigo “El Perulero”, ..Según nos dicen los escritos, este misionero, vigués, marchó de joven al Perú (de ahí su mote), para evangelizar a los nativos. Vuelto a España como un rico indiano, se estableció en nuestra villa, decidiendo fundar esta capilla, para lo que pidió licencia al Rey Felipe II, que la firmó el “Bosque de Segovia” a 31 de agosto de 1561. Dicha Capilla, albergó la Pila Bautismal más clásica de la villa, siendo, desde entonces, un orgullo para los manzanareños, ser bautizados en la misma, existiendo el dicho de: “manzagato y cristianado, donde el Perulero”….Don Cristobal Ruiz, dotó a su capilla de los ornamentos y lo necesario para el culto, dejando… “una renta anual de 500 Ducados, para decir una misa semanal en la misma y cuidarla”,… aparte: “donar otros 25 ducados a un estudiante de su linaje,..y que, si se graduaba sin tener prebendas, se le dieran otros 50 ducados”,… Estableció, en su testamento, que “todo el dinero restante lo emplearan para “casar huérfanas” y “dar limosna a los necesitados del Hospital de Santiago”, que dependía de su Patronato. Al morir, fue enterrado en la capilla por él fundada, quedando en su tumba su figura tallada”.

En 1564, fecha estimada en que Egas El Mozo había concluido su trabajo, quedó conformado un precioso conjunto gótico-renacentista… con un altar mayor entronizado por la imagen goda de la Virgen de Altagracia”… “poco más sabemos de aquella cabecera, pues, solo 7 años después, llegó la trágica noche del día del Corpus de 1571, cuando un pavoroso incendio la destruyó en su totalidad, incluido todo lo que quedaba bajo el nuevo y recién terminado crucero”. En el siguiente capítulo de esta serie, comentaré como se reconstruyó toda esa ruina…

Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

Cuando el acusado fue interrogado por el tribunal, contó las agresiones que había sufrido, negó haber dicho que mataría al guardia Hornero y justificó el desarme a los dos guardias jurados porque le perseguían, citando algunos hechos que había obviado en su primera declaración prestada al teniente Alderete, lo que justificó porque en ese momento “no tenía la cabeza en buen estado”.

Al mediodía se produjo un descanso, reanudándose la sesión a las tres de la tarde. El fiscal modificó sus conclusiones, retirando las acusaciones de resistencia a la fuerza armada por los hechos del corral de “la Retamosa”, aunque mantuvo la solicitud de pena de muerte y una indemnización de 1.000 pesetas para la viuda del guardia Hornero. El tribunal se retiró a deliberar, no haciéndose pública la sentencia hasta varios días después, tras ser remitida en pliego cerrado al capitán general de la zona, siendo condenado a pena de muerte y una indemnización de 2.000 pesetas.

El 10 de julio se celebró la vista del consejo de guerra en la Sala de Justicia del Tribunal Supremo de Marina y Guerra para confirmar o revisar la pena impuesta en el consejo de guerra ordinario celebrado en Ciudad Real. El tribunal estaba formado por el teniente general Santiago como presidente, el vicealmirante Auñón y los generales de división Manrique de Lara, Terán y Cortés, actuando como consejeros togados los señores Jiménez Carrasco y Conejos. El abogado defensor fue de nuevo el capitán Alfonso Martínez Campos, que tras un brillante alegato, solicitó que se rebajara la pena a un grado inferior, mientras que como teniente fiscal actuó el coronel Cesar Buceta, que se conformó con la pena impuesta, la cual acabó siendo ratificada por el tribunal1.

Una vez confirmada la sentencia, se inició una campaña a favor del indulto, marchando de Manzanares una comisión hacia Madrid, con una petición apoyada por las autoridades civiles y judiciales, el clero y el pueblo. El periódico de Ciudad Real “El Pueblo Manchego” inició una activa campaña a favor del reo, respaldada por la prensa de todo el país. El 13 de julio se produjo una imponente manifestación de vecinos de Manzanares de todas las clases sociales frente al ayuntamiento, para apoyar las gestiones de su alcalde, paralizando las industrias sus trabajos en solidaridad. El alcalde llegó a pedir al resto de pueblos de la provincia que le apoyaran en su solicitud, sumándose a ella el ayuntamiento de Ciudad Real y numerosas poblaciones.

Las peticiones de indulto fueron muy numerosas, llegando a dirigirse cientos de telegramas al presidente del gobierno en ese sentido, destacando entre ellos los del Obispo de Ciudad Real y el de la redacción de “El Pueblo Manchego”, contestando el presidente del gobierno al primero: “Recibido su telegrama y bien desearía atenderlo pero no oculto que tratándose del fuero de Guerra es asunto difícil”, mientras que la respuesta al periódico fue más clara y directa, indicando que si se tratara del fuero civil la resolución hubiera sido favorable, pero “tratándose del fuero militar nada puedo ofrecerle”.

El presidente del gobierno, José Canalejas, se negaba a conceder el indulto para evitar enfrentarse a los militares, pese a que el ministro de Fomento y diputado por la provincia de Ciudad Real, Rafael Gasset, lo apoyaba. Canalejas dejó el asunto en manos de su ministro de Guerra, el general Agustín de Luque, el cual parecía poco favorable al indulto, pues ya había dado la orden para desplazar al verdugo y las fuerzas necesarias para asistir a la ejecución.

Para desbloquear la situación, el obispo de Ciudad Real, Remigio Gandásegui, decidió viajar hasta Santander donde se encontraba el rey a punto de salir de viaje para Inglaterra, solicitando una audiencia especial con el monarca. El 21 de julio fue recibido a bordo del yate “Giralda” a las doce y media de la mañana, mostrándose Alfonso XIII proclive a sus peticiones. Tras la entrevista envió un telegrama a Canalejas informándole de su deseo de ejercer su prerrogativa de indulto con el preso, si no había ningún obstáculo por parte del gobierno. Ante la petición real, ya no hubo excusas posibles, por lo que Canalejas confirmó el indulto que convertía la pena de muerte en cadena perpetua.

La noticia del perdón llegó a la sede de “El Pueblo Manchego” en un telegrama de Valero Caudevilla, mayordomo del obispo, que fue confirmado poco después por otros dos procedentes de Santander, uno de ellos de un periodista del “Diario Montañés”. De inmediato el redactor del periódico, Francisco Sastre Moreno, se dirigió a la cárcel donde se entrevistó con el jefe de la prisión Mariano Calzado, que en ese momento recibió la confirmación telefónica del indulto por parte del gobernador civil de la provincia.

El redactor y el jefe, acompañados por otros empleados de la prisión, junto con el mayordomo del Obispo, el párroco de San Pedro, Emiliano Morales, y el jefe de la policía urbana, Sr. Pacheco, se dirigieron hasta el calabozo donde se encontraba el detenido, que estaba situado en el patio de la prisión. Allí le dieron la noticia del perdón y de las gestiones realizadas por el obispo para conseguirlo, lo que provocó escenas de júbilo entre el resto de los presos. El cumplimiento de la pena estaba previsto para ese mismo día, y el verdugo que se desplazaba desde Albacete, se volvió en Alcázar de San Juan.

Al conocerse la noticia, la banda municipal de Ciudad Real recorrió las calles de la capital, acompañada de más de mil personas que vitoreaban al rey y al obispo, mientras que las campanas de la catedral y de las iglesias fueron echadas al vuelo, al tiempo que se lanzaban cohetes para celebrar la noticia. A la cárcel llegaron numerosos regalos para Ramón, y a las siete de la tarde se le notificó oficialmente el perdón por parte del juez instructor, Jacinto Pérez. Hasta bien avanzada la noche, la gente se agolpó en los alrededores de la cárcel para celebrarlo.

En Manzanares, que se encontraba en fiestas, el telegrama fue llevado al ayuntamiento por un operario de telégrafos, que también informó a la madre del reo. El alcalde, Antonio Rubio aprovechó que ese día se celebraba la corrida de toros, para leer el telegrama desde el palco presidencial de la plaza, lo que provocó la alegría entre los asistentes, que aplaudieron puestos en pie, al tiempo que la banda de música interpretaba la marcha real2.

El caso de Ramón Clemente fue un alegato del pueblo contra la pena de muerte, y cómo las circunstancias de pobreza y necesidad de un hombre sin estudios ni medios de subsistencia, maltratado por practicar el furtivismo, fueron los detonantes que desencadenaron el trágico desenlace, sin que el acusado pudiera ser tachado de criminal.


1 El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911; La Mañana, 18 de mayo de 1911; El País, El Día y El Globo, 11 de julio de 1911.

2 El Pueblo Manchego, 12, 13, 14, 20 y 22 de julio de 1911; La Época, 21 de julio de 1911; La Correspondencia de España, 22 de julio de 1911.

Ignacio García-Noblejas Santaolalla

VIDA LOCAL.-

El lunes 5 y con el rótulo de “Distinción a doña Rosario Sánchez-Blanco Bernal” se reseña esta noticia, que extractamos: “Esta mañana el señor alcalde don Pedro González-Román, acompañado de diversos miembros de la Junta y del Rvdo. P. Cristino del Carpio, se personó en el domicilio de la señora Sánchez-Blanco al objeto de hacerle entrega de un artístico pergamino en el que consta el agradecimiento de la cofradía por las continuas muestras de apoyo…”.

Lunes, 12 “Apertura de curso en la Academia de San Luis Gonzaga”: “El día cinco de los corrientes se procedió a la ceremonia de apertura… en la Iglesia parroquial ofició el reverendo P. Manuel de Hontoria. A las diez y media y con asistencia de los profesores don Vicente Plazuelo, don Francisco Muñoz de Luna, don Hilario Hernández, don José Díaz de Lope Díaz y don León Ramos, el director de la Academia don Cristóbal del Río y del Barco procedió a declarar abierto el curso””

ALFONSO LOZANO VALLE EXPONE EN CIUDAD REAL

La exposición de pintura del pintor de Manzanares Alfonso Lozano Valle en Ciudad Real dio lugar a varias noticias de las que “Lanza” se hizo eco; así, el viernes 16 el titular era “Próxima exposición de Alfonso Lozano Valle” y a continuación Uno de los jóvenes valores de la pintura manchega es el manzanareño Alfonso Lozano Valle…La Excma. Diputación Provincialpor medio de su presidente, el manzanareño don José Antonio García-Noblejas García-Noblejas, ofreció su orientación para que Lozano Valle exponga en Ciudad Real”

El sábado 24 es una entrevista que hace “Lanza” al pintor Lozano Valle y la exposición tuvo lugar y de ello se hace eco “Lanza” en su edición del lunes 26: “Inauguración de la exposición de pintura de Lozano Valle” donde leemos que fueron 25 los óleos expuestos “destacando sus bodegones y paisajes…”.

DEPORTES.-

Partido de altos vuelos del que se hace eco la edición del lunes 9 de octubre con este titular: “Ganó 8-2 el At. De Madrid al combinado provincial en Manzanares”. Resaltamos lo más importante de la crónica: “Se esperaba que el equipo que visitó Manzanares para enfrentarse a un combinado provincial se impusiera de modo fácil. Y el transcurso del primero tiempo resultó lo mejor de todo con el único gol de los madrileños, si bien en la reanudación los cambios hechos dieron claramente por resuelto el partido en favor del Atlético…A pesar de lo lluvioso del día hubo una enorme entrada…La bella señorita Mercedes Fernández hizo el saque de honor

Por Pedro Villarroel

Esta historia comienza a finales del Siglo XV, cuando a instancias del Concejo del Lugar de Manzanares, y con la anuencia de la Orden Calatrava y el Arzobispado de Toledo, cristaliza la idea de transladar la primitiva Iglesia Parroquial de la Plaza del Castillo, a la nueva Plaza Mayor que se estaba diseñando al otro extremo de la calle del Carmen.

El proyectado traslado, y el que esta nueva Iglesia parroquial quedaría consagrada bajo la advocación de la patrona, Virgen de la Altagracia, fue percibido por la mayoría de los cofrades que formaban su Hermandad, herederos de los fundadores calatravos del Lugar, como una gran amenaza al control que ostentaban sobre el culto a la Virgen de Gracia, algo que tenían asegurado hasta entonces, casi en exclusiva, en la pequeña y primitiva parroquial de la Calle del Carmen… Estos hidalgos calatravos locales, encuadrados en la poderosa “Cofradía de la Santa María Virgen de Gracia”, enseguida mostraron desacuerdos con el Concejo e, incluso, con sus superiores de la Orden Calatrava y el Arzobispado de Toledo, acerca de la patrimonialidad de la imagen de la Virgen María de Gracia,, manifestando su negativa a que dicha imagen entronizase el nuevo Templo.. Esas discrepancias, quedaron plasmadas en informes de los “visitadores” de la Orden Calatrava, escritos de los Cofrades y legajos del Concejo…motivando, al final del Siglo XV, que la “Cofradía de la Santa María Virgen de Gracia” decidiese construir una Ermita al norte del Lugar de Manzanares, en el camino de Toledo, para llevar allí la imagen dorada original de la Virgen de Gracia… Y todos estos hechos, explican bien los vericuetos que se sucedieron en los primeros veinte años del siglo XVI, hasta que se terminó la Parroquial de la Plaza Mayor…Sabemos que un personaje principal del Lugar en ese tiempo, Fray Martín Sánchez Manzanares, noble e insigne paisano, y párroco de Manzanares, se posicionó del lado del Concejo y de la Orden Calatrava, en el proyecto de transición parroquial de la iglesia vieja a la nueva…pero, por no establecer más disenso con la mayoría de cofrades de la Hermandad de la Virgen de Gracia, que estaban en contra, Fray Martín decidió que, en la solemne procesión de traslado de la primitiva parroquial de la Plaza del Castillo, a la recién terminada de la Plaza Mayor, celebrada en 1520, solo pasease por la calle del Carmen, el Santísimo Sacramento, dejando a la Virgen de Gracia en la primitiva iglesia.. Por lo mismo, intercedió para que las obras de la nueva Parroquial concluyesen cuanto antes.. y, en esa línea de conciliación, encargó y trajo, personalmente, de Alcala de Henares, en 1521, una bella imagen goda de la Virgen de Gracia para entronizar la nueva Parroquial… y que, así, la imagen original permaneciese en la Iglesia primitiva, hasta que estuviera terminada la Ermita que la Hermandad construía al norte de Manzanares..

Algunos, han especulado con el significado, en esta historia transicional, de una pequeña iglesia, descubierta en el interior de una casa particular de la calle de la Iglesia, y de cuya existencia y características hemos sabido por la investigación de nuestro insigne paisano Jerónimo Lozano García-Pozuelo. Es posible que “ejerciese de templo parroquial adjunto” mientras se construía la cercana gran parroquial de la Plaza… Según Don Jerónimo, esa pequeña iglesia fue la que dio nombre a la calle, y no la nueva parroquial…y, quizá, pudo contener en su pequeño altar, durante un tiempo no precisado, la primitiva Virgen de Gracia, hasta que fuese transladada a la nueva Ermita de la Virgen de Gracia.. aunque esto, a la vista de lo que hemos narrado con anterioridad, parece menos probable.

Asi las cosas, se inaugura, al comienzo del tercer decenio del Siglo XVI, la nueva gran parroquial de Manzanares… que deslumbró a todos, con su altar mayor entronizado por la ya mencionada bella imagen goda de la Virgen de Gracia, y con ornamentos no vistos hasta entonces en ningún Templo de Manzanares…

Esa Iglesia era mucho más baja que la que podemos ver ahora, ya que, aunque disponía de una pequeña y bonita torre con su campanario, no tenía nada que ver con la bellísima y esbelta aguja actual. Tampoco existía entonces el magnífico frontispicio que hoy todo el mundo admira, y su crucero era mucho más bajo y pequeño…La nave, también era más estrecha, carecía de las arcadas que hoy la rodean, y no estaban construidas las capillas laterales, que las nobles familias de la villa añadieron en años posteriores del siglo XVI… Es decir, lo mejor de nuestra magnífica Catedral estaba por llegar; pues aún no había incidido en su historia particular, un genial arquitecto almagreño, Enrique Egas, apodado “el mozo”, que engrandeció física y artísticamente el templo hasta límites inimaginables.

Por Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

Tras eludir el cerco se escondió en el Herrador donde durmió. Aunque la prensa informó que la mañana siguiente Ramón se había encontrado con un pastor y su madre que se dirigían a Manzanares, y le había robado al muchacho la ropa para vestirse, en realidad durante la madrugada se presentó en la “Casa de Cantó” donde se encontró con Juan Taravilla, Sebastián López y otro paisano apellidado Sánchez, los cuales le facilitaron ropa y comida. Al marcharse para evitar problemas a sus benefactores, les dijo que cerraran la puerta y no miraran por dónde se iba. Durante el resto del día estuvo recorriendo los campos, procurando evitar a sus perseguidores.

El día 16 se escondió en la noria “del buen agua”, y por la noche disfrazado de mendigo, entró en las calles de Manzanares y fue a una casilla de la vía, donde vivía su novia Dolores Lujan. Ella, tras hablar con él, le pidió que se marchara al no estar su padre en la casa. La noche siguiente volvió a recorrer las calles del pueblo, en este caso disfrazado de mujer.

Entre el 18 y el 20 de noviembre estuvo deambulando por el campo, recorriendo el monte de la Mancha, Madara y el Torreón, durmiendo en una cueva situada cerca de este último lugar. El 21 se presentó en la finca de Rogeros y el día siguiente en Madara, donde los jornaleros y gañanes del campo le dieron de comer así como papel de fumar. El 23 llegó a la finca de Tomé, en la que Apolonio Granados le facilitó comida, marchándose a la media hora. Ese mismo día, el dueño de la finca, Gabriel Criado Romero, se trasladó a Manzanares, para informar a Francisca, la madre de Ramón, que lo había visto y se encontraba bien, entregándole ésta un pedazo de tocino y unas cajetillas de tabaco para su hijo1.

Ante el fracaso del operativo para capturar al prófugo y la sospecha de que se encontraba en las proximidades de Manzanares, y era ayudado por su familia, amigos y trabajadores de la zona, el teniente coronel Enrique López Millán, jefe de la comandancia, se entrevistó con el alcalde Antonio Rubio y le pidió que negociara con sus padres y amigos una posible entrega.

El padre de Ramón, al tener conocimiento de que su hijo acudía a la casa de campo de Tomé, se trasladó a ella con el objeto de convencerlo para que terminara con su huida. Ramón manifestó su deseo de entregarse a las autoridades, pero tenía miedo de que le pegaran o torturaran, convenciéndole para que lo hiciera ante el alcalde, el cual garantizaba que no sería maltratado.

La noche del 25 se presentó en la finca a las doce de la noche, cenó con la familia del dueño, acostándose a continuación. A la mañana siguiente, Gabriel Criado lo escondió entre sacos de patatas en un carro de su propiedad, y acompañado por su padre, se dirigieron al ayuntamiento, donde Ramón se entregó a dos alguaciles que había en la puerta, los cuales lo llevaron ante el alcalde, que lo acompañó personalmente hasta la guardia civil. El detenido fue tranquilamente por las calles de Manzanares sin necesidad de ir esposado, siendo trasladado con posterioridad a la cárcel de partido.

Las circunstancias del suceso y su larga huida crearon una corriente de simpatía en Manzanares hacia Ramón Clemente, y aunque reprobaban la muerte del guardia civil, pedían clemencia para él, al imaginar que sería condenado a muerte. El 29 de noviembre, tres días después de su entrega, el alcalde convocó una reunión de los concejales, mayores contribuyentes y “personas de valía” acordando la formación de una comisión formada por él mismo, el diputado provincial Ángel García Noblejas, Joaquín Sánchez Cantalejo y el párroco Inocente Hervás, para trasladarse a Madrid, donde en compañía del diputado de distrito, el conde de Casa Valiente y el senador Muñoz Jarava, solicitar al presidente del Gobierno, al ministro de Guerra y al presidente del Congreso que si el recluso fuera condenado a muerte, influyeran para que le fuera conmutada la pena por la inmediata inferior2.

Al haber matado a un guardia civil, el juez de Manzanares se inhibió, y el caso pasó a la jurisdicción militar, por lo que el 26 de enero fue trasladado a la prisión de Ciudad Real, donde se celebraría el consejo de guerra. El 16 de mayo de 1911, a las nueve de la mañana en el Cuartel de la Misericordia, se constituyó el tribunal que había de juzgarlo, formado por el teniente coronel Juan Cervera Perojo como presidente, el capitán Jacinto Pérez de Hoz de juez de actuaciones, el teniente auditor Manuel Fernández Callepaja de asesor y los vocales Baldomero Calfuentes, Celso Guelbenzo, Jesús Martínez, Arturo de Arigoncedo, José Ruiz y Cándido Soto. El fiscal fue Julián Gómez Díaz y el abogado defensor, el capitán Alfonso Martínez Campos.

La expectación del juicio hizo que la sala estuviera totalmente llena, así como las habitaciones inmediatas y las galerías exteriores del cuartel, sobre todo de gente humilde. El procesado se mostró sereno e incluso ajeno en la sala. Los hechos fueron relatados siguiendo las diligencias realizadas por el Juzgado instructor, y al tratarse de un juicio militar no se interrogó a los testigos, sino que se procedió a la lectura de las declaraciones contenidas en el sumario que relataban la odisea de Ramón durante su huida, incidiendo la mayoría de ellas en el hecho de que habían dado alojamiento y comida al acusado de forma voluntaria, no ejerciendo éste la fuerza en ningún momento. Otro detalle que relataron los testigos, fueron los malos tratos y las palizas que recibió Ramón de la guardia civil y en especial de Hornero, cuando fue detenido por practicar la caza furtiva en varias ocasiones, así como las lesiones que sufrió como consecuencia de ellas.

Ramón, en su declaración, había alegado que no se presentó a las autoridades al ser requerido porque temía que lo llevaran al cuartel de la guardia civil en lugar de a la cárcel. Cuando vio llegar a la pareja temió que vinieran a matarlo, pues Hornero le había amenazado de muerte en la última ocasión que lo detuvo, por lo que tomó la escopeta y realizó dos disparos contra él, no explicándose como pudo herir al cabo Ramírez. Finalmente, indicó que se entregó al alcalde, porque no quería verse en la necesidad de matar a más padres de familia.

El fiscal calificó en sus conclusiones el hecho como maltrato de obra a la fuerza armada, con el resultado de un muerto y un herido, con las circunstancias agravantes de nocturnidad, ejecutar el hecho en un descampado, huida al campo y desarme de guardias jurados, solicitando la pena de muerte. El abogado defensor justificó su actuación por el miedo insuperable, su ineducación y los prejuicios que en él habían arraigado contra la guardia civil, presentándolo como un muchacho montaraz y falto de educación, pero bueno y honrado que no frecuentaba las tabernas ni los malos ambientes. También destacó que había sido maltratado en varias ocasiones, que la escopeta estuviera cargada con postas “como para ir de caza de animales y no de hombres”, y que al ocurrir los hechos a las seis de la tarde se excluía la circunstancia de nocturnidad3.


1 El Día de Madrid, 18, 19 y 25 de noviembre de 1910; La Correspondencia Militar, 18 de noviembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

2 La Época, 26 y 27 de noviembre, 3 de diciembre de 1910; El Liberal, 27 de noviembre de 1910; La Mañana, 28 de noviembre de 1911; El Día de Madrid, 28 y 30 de noviembre de 1910; El Globo, 3 de diciembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

3 La Época, 27 de enero de 1911; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911; La Mañana, 18 de mayo de 1911; La Época, 19 de mayo de 1911.