Siguiendo la historia del precioso retablo mayor que tuvo nuestra Parroquia, en esta entrega escribiré sobre el largo y complicado proceso que supuso su construcción.

Al morir Perolli, el Concejo de Manzanares nombró apoderado y cesionario de la recién iniciada obra, al entallador local, Juan Ruiz de Elvira, apodado “el viejo”, buen conocedor de la Parroquia y persona de confianza de Egas “el Mozo”. En los últimos 20 años del Siglo XVI, el taller de “el viejo” fabricó el retablo; en un proceso complicado y lento, debido a impagos, pleitos y óbitos; que, por sus vicisitudes, merece ser relatado. Manzanares, era una rica Encomienda, pero el presupuesto de las obras a realizar en la Iglesia, ascendía a 16.000 ducados, algo demasiado oneroso. En 1588, se escribíó al respecto:… “ya se han gastado cantidad de dineros….la Iglesia no disponía de fondos para continuar las obras, ni el Concejo, ni los vecinos dinero, al padecer necesidad por la carestía de los años”. La obra se demoró, “dando pie” a pleitos de los encofradores contra Concejo e Iglesia y discrepancias con lo construido, por parte de los últimos..

La construcción se pactó en 1580, cuando Juan Ruiz de Elvira, que regentaba en Villarrubía de los Ojos, el principal taller de encofradores de la Mancha, con sus tres hijos: Juan, Cristobal y Pedro, recibió el encargo… En 1581, el hijo menor, Pedro, pagó 108.000 maravedíes, por la madera necesaria para el retablo, “que solía ser madera propia del lugar”. a un tal Andrés Contreras Carranza..  y otros 2.244 al carpintero de Manzanares, Francisco Sánchez, por cortarla y serrarla…El modelado y encofrado del retablo, comenzó en 1584, tras el visto bueno del Consejo de Ordenes. Pero, Concejo e Iglesia, vieron que el dinero escaseaba y, para afrontar el presupuesto, faltaban 10.000 ducados; cifra solo al alcance del Comendador, Don Alonso Fernández de Córdoba, marqués de Priego, al que ambas instituciones solicitaron en préstamo 6000 ducados. El Comendador se comprometió a entregarlos, con el redito del año siguiente.. pero, falleció antes de hacerlo efectivo. Con sorpresa, el Mayordomo que administraba sus bienes, D. Francisco Pérez, se negó, lo que motivó pleito del Concejo e Iglesia, contra el mayordomo y herederos del Comendador, presentándose al juicio Juan y Pedro Ruiz de Elvira, como parte interesada.. El enjuiciamiento del caso, y la falta de fondos, paralizó los trabajos; hasta 1592, en que se condena al Mayordomo y herederos del Comendador, a pagar los 6000 ducados… y, aunque la sentencia definitiva se dictó 5 años después, se permitieron pagos a cuenta para reanudar los trabajos del retablo; de forma que el 2 de octubre de 1595, Juan Ruiz de Elvira, hijo, (el padre murió en 1591) informó: “la obra y fábrica del retablo que está en la yglesia mayor de la villa de Mançanares esta acabada y conforme a las condiciones y executoria de su magestad se a de tasar”… Como era norma, el Concejo y la Iglesia, y los Ruiz de Elvira, eligieron tasadores, para valorar lo hecho…“en el año venidero de mil e quinientos e noventa e seis”. En mayo de 1596, el alcalde ordinario de Manzanares, D. Francisco Frías, citó al mayordomo de la Iglesia, Alonso González Camacho y a Juan Ruiz de Elvira, para “el aprecio de la obra”. Concejo e Iglesia, nombraron tasador a Don Toribio González, y Ruiz de Elvira a Don Juan Fernández; ambos, escultores toledanos reconocidos.. Las condiciones del contrato de construcción del retablo, habían dispuesto que la obra… “no a poder montar ni tasar en mas de cuatro mil e quinientos ducados, doscientos mas o menos”.Aparte, se explicitaba que solo trabajarían el retablo oficiales autorizados por el Concejo; que se reservaba el derecho a: “reclamar a los entalladores los retoques necesarios, en figuras y ornamentos del retablo en los que se advirtiesen imperfecciones o que no se hubieren hecho acordes a la talla”. En los escritos de tasación, se informó por los entalladores, lo que sigue:…“la parte de Juan Ruiz de Elvira que es quien a fecho la fábrica del dicho retablo y abiendolo cierto… escriptura y condiciones e executoria de su majestad con que Juan Bautista Peroli, pintor vecino del Viso se obligó a facer la dicha obra del dicho retablo” …“Ascendiendo el montante de retablo y capilla a 63.200 reales, además de otros 8.050 reales gastados en mejoras y en el asiento del retablo, incluyendo en esto último, a descontar, los gastos de andamios, madera y peones, necesarios para el dicho asiento…que ascienden a 2.500 reales”.

Ambos tasadores, hicieron quejas particulares. Los entalladores alegaron trabajos no incluidos en las estipulaciones:…“la talla y esculpido de la portada del Sagrario y su ornato interior”. “la de un pedestal de la custodia” “la de dos obispos que están en el primer cuerpo” y “la de 12 cogollas, situadas en los fronteros y a los lados de la custodia”.. Concejo e Iglesia se quejaron de: “Las figuras de San Bernardo y San Benito son muy pequeñas y no estan a la altura e perfeccion de la traça”.... “la fígura de Cristo crucificado, que esta encima del Sagrario, debía haber sido de “bulto grande”, pero, sin embargo, es muy pequeña”….“El Sagrario debería haber quedado más bajo, para que el sacerdote llegase a él con facilidad; pues, “de puntillas”, apenas si puede alcanzarlo, ya que había quedado más alto que la traza original”.. “a las cartelas que hacen el rincón del banco del retablo les falta ornato”… “la pintura de la Adoración de Nuestra Señora tiene muchas imperfecciones y los pilares de la obra deben ir adornados por delante y por los lados, lo cual no se ha hecho”.

Se aplicó respuesta, solución y pago a esas demandas…y se dio por concluido el “entallado en blanco” del Retablo Mayor de la Parroquia de Manzanares de la Mancha, en el último tiempo del Siglo XVI”…

Por Julio Ángel Ruíz González Calero

A Elena, que también quiere a Pepe desde la otra orilla.

Manzanares, 1928-2008

Las contadas crónicas que corren sobre González-Calero López coinciden en afirmar que sus conocimientos fueron tan resplandecientes como espinosa fue su vida –el inicio de esta, al menos- y tal vez no les falte razón. De orígenes humildes, artesano del hielo y repartidor ayudante de su padre, soltero y sin hijos, la vida de González-Calero López fue una sucesión de reveses familiares, ofensas personales y bandazos del destino, siempre entre la fábrica del negocio familiar y la cadencia de un caballo que, a la vez que tiraba de un carro lleno de gaseosas, en muchos casos, hacía las veces de compañero atento a los poemas del Romancero Gitano que memorizó puntualmente y no habrían de abandonarlo hasta el final de su vida.

Segundo de cuatro hermanos, a los once años, manifiesta a su madre la necesidad de acompañarla a Burgos, lugar donde, en las postrimerías de la Guerra, un ministro ya legitimado los atiende y accede a firmar un indulto que, según informes oficiales, acabará llegando un día después de que fusilen a José, el padre. Sin conocer todavía el desgraciado final del que fuera vicealcalde de la localidad, no exentos de la moderada esperanza a la que en ocasiones se aferran los vencidos, regresan al pueblo una tarde desapacible de marzo con un sabor amargo en la boca y, aun entrelazadas con fuerza, frías las manos. Pocos días después, con el dolor de la noticia retumbando en sus oídos, González-Calero, sin entenderlas, empieza a leer unas páginas que hasta años después no sabrá que pertenecen a Unamuno y, con un desaliento que tardará en moderarse el tiempo que la vida le tiene reservado, escribe lo que veinte años después titulará como Filosofía rítmica de un dolor crónico, aún sin publicar.

A los quince, según sus biógrafos, González-Calero intenta ingresar en la Escuela de Arte de la capital de la provincia, por entonces, una réplica modesta y ensimismada de la madrileña Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Las pruebas de ingreso exigen un abandono inasumible de su puesto de trabajo y, ante la negativa materna, viuda convencida en cauterizar las heridas familiares a fuerza de no desatender en lo más mínimo el negocio familiar, Pepe renuncia a presentarse. Como firme defensor de la causa familiar, digiere con entereza sus lágrimas y continúa con su formación autodidacta. Algunos coinciden en afirmar que desde ese momento guarda un rencor a la madre que oscurecerá su carácter hasta la muerte. Entendí que el único y mayor aprecio con que algunas personas pueden obsequiarte es el silencio y una taza de caldo caliente en ciertas noches frías y desapacibles –confesará González-Calero a su sobrino-nieto, en clara alusión a su progenitora, pocos años antes de morir.

Los años que siguen los ocupan numerosas lagunas que, a día de hoy, aún no han conseguido esclarecerse. En conjetura de su último biógrafo, su adolescencia transita por una especie de letargo al que lo somete la existencia rutinaria y mecánica del trabajo y la consecuente escasa vida social a que el ambiente familiar da lugar. Acompañado de su hermano Julio, el menor de los hermanos, Pepe acude por las tardes a las clases que el maestro y fundador del colegio don Cristóbal les ofrece en un claro gesto de estima y respeto por el dolor de la familia. Con el paso de las semanas y su innato talento artístico, reaviva su amor por la pintura y el joven gaseosero, contagiado por la excitación creativa de sus caricaturas y sus rótulos futuristas, se inicia en la escritura. Unos meses después, en una tarde de un junio todavía de primavera, confiesa a su hermana María que sigue sintiéndose huérfano, separado del mundo. Tras unos minutos en que no logra sofocar unas lágrimas desconsoladas, admite que una pesadilla recurrente desde hace años lo empuja a salir de la cama a altas horas de la madrugada y a arrodillarse en el patio de la casa para alternar arañazos sordos en las piedras del suelo y gritos ahogados hacia cielo, como un lobo domesticado que quisiera liberarse de una cadena invisible. María siempre dudará de la veracidad del episodio debido a un cielo que Pepe describe como púrpura y verde, plagado de luces asfixiantes y amargas, en evidente sinestesia que sus cronistas han querido ver como un signo de la “ferviente imaginación poética” que mueve al joven artista en aquellos años.

Pasa el tiempo y, con él, los versos, las lecturas y las largas conversaciones con sus sobrinas y su sobrino-nieto. Declarado simpatizante del Athletic Club de Bilbao, único equipo verdaderamente español –le insistirá a su sobrino en numerosas ocasiones-, Pepe seguirá viviendo más de noche que de día y poblará las madrugadas con la polifonía de voces que le procuran los muchos programas de radio que graba en casetes. Sus versos permanecen bajo custodia familiar y piden ser publicados en el espacio de muy pocos años. La voluntad de un Pepe adulto y, más tarde, anciano, reposa intacta en los deseos de unas sobrinas y un sobrino-nieto que guardan con amor los restos de aquel hombre roto y herido que supo querer con silencio y orgullo discreto.

Muere la madrugada del 1 de enero de 2008, arropado por el desconsuelo de sus dos sobrinas y unas sábanas frías de hospital.

Manuel Rodríguez Mazarro

Con motivo de la actual reforma realizada en el Gran Teatro adaptándolo a proyección de películas y sonido “envolvente”. He querido recordar el pasado:

Los cines en Manzanares se inician en el Gran Teatro por la empresa Tromar, Pizarro y después pasó a ser de Perrote Ballesteros que es cuando empezaron las primeras proyecciones sin sonido. Años 1925-30 que solían alquilar a la empresa “Movietone” (movimiento y sonido) en días especiales, San Antón, Feria o Fiestas Patronales. En el contrato entraban tres técnicos, la máquina “Pathé (francesa) y el celuloide.

La sala repleta para ver aquello. —Parecido a cuando empezó a emitir TVE que solo se veía la carta de ajuste y relámpagos de pantalla que nos hacían los ojos chiribitas. Pero sobre una sábana blanca.

El Gran Teatro se llenaba a 0,50 de peseta. La primera película “muda” que se proyectó en Manzanares fue: –“El águila del mar” (3 junio 1928) súper-producción de tres horas (8 partes), “El Millón” (9-2-1933), “Ben-Hur” (23-4-1933), “El fantasma de la ópera”, “Esposas frívolas”, “Torero a la fuerza” (mayo 1934), “Nobleza Baturra” (nov.1935),…

“Morena Clara” en el Cine Recreo (5 y 6 sept.1936), plena contienda. En la misma publicidad viene el fandanguillo para que el público cantara al son de la mímica de Imperio Argentina.

Durante la proyección había varios comentaristas que leían en voz alta el guión y otros con efectos especiales, ruidos sobre el tablero, campanillas, taconeo, agua en el vaso, el látigo, truenos, lo anecdótico es que las escenas se movían para adelante, atrás y velocidad según el maquinista le daba a la manivela.

El ambiente musical eran las manos expertas de Jesús Cañadas con un piano, daba igual, una polca que la “parranda” y un gramófono de bocina en que ponía discos “Voz de su amo”, aquello se movía a golpes. El operador cuando se cansaba de darle caña, descansaba y beneficio para la cantina. Igual que en TV “volvemos dentro de 7 minutos”.

La primitiva máquinas de proyección funcionaba con mecheros de carburo y bujías eléctricas en plenas restricciones y muchas veces salir ardiendo el celuloide. Aventura era ir al cine y ver la película.

Salió el “Teatro de Verano” al final de los Paseos del Río, 102 (empresa Muñoz), solar de Roque y Alfonso Mazarro. En julio 1935 se proyectó la película “Sor Angélica”, de lágrimas y penas, asegurado el lleno a 1,40 pesetas. Los moqueros estaban al día y la hemorroide con las sillas de hierro.

Hubo un cine Cervantes en la calle de las Monjas (Blas Tello, 17), sala con suelo de yeso, butacas de madera, el maquinista era el dueño y su esposa la taquillera, serían los años 1945. Allí se estrenó la primera película de dibujos española “Garbancito de la Mancha (nov. 1945). Tenía escenario, actuó alguna compañía de folletines.

En Manzanares había un censor tajante, Enrique Villacañas, aquellos escotes, piernas sin cubrir e insinuaciones.

Presencié una censura. —Actuaba la compañía Finita Ruffet y Pepe Mairena, el de “ovejita lucera” en el Gran Teatro. Durante el ensayo, el censor interrumpía cuando le parecía “verde”, le comentó el empresario:– “¡parece mentira que sea usted joven que debería desnudar a las mujeres, no vestirlas!”

Junto a la cartelera, en la calle Empedrada una vitrina con la calificación, puntuación del resultado de las películas a proyectar que mandaba Información y Turismo. Clasificada 1ª para todos los públicos, 2ª solo mayores, 3ª superior a 18 años, 4ª gravemente peligrosa, por ejemplo “Gilda”.

Se monopolizó el negocio de cines (1955) empresa Fernando y Jesús de Juan con el Cine Avenida en C/ General Moscardó,13 (Paseo de la Estación), para el verano la “Terraza Cine Avenida” (calle Morago,7), “Cine Recreo”, Gran Teatro, negocio que después compró la sociedad Pedro Almarcha.

En los Paseos del Río en algunos patios de bodegas se adaptaron a cines. Ya eran sillas con asiento de enea, las pipas y la gaseosa “González” o “Pinilla” aparte. Delicias nocturnas veraniegas. Los miércoles y jueves era programa doble, en “sesión fémina”, la mujer era gratis.

El ¡bum! del cine, el juguete en el día de Reyes era “Cinexin”, funcionaba con pilas y películas de papel e igual que a las niñas eran las “cocinitas”, la Gisela, Mary Pepa o Mariquita Pérez. Hoy son tecnologías.

Fueron pasando los años y cerrando locales. El Avenida, Martín, Coliseum (1937), Parque, Scala, Delicias, Colón, Apolo,…todos doblaron el gorro.

Emiliano García Alcázar

La vida humana en efecto no es eterna. Se va consumiendo por medio de su normal evolución biológica y envejecimiento celular desde que vemos la luz de este mundo. El inmutable paso del tiempo no detiene esta evolución. Velozmente transcurre. Cada instante lo queremos hacer perdurable. Los recuerdos del pasado los revivimos con total nostalgia, intensidad y plenitud. La vida que nos ha regalado una madre quien nos ha engendrado con todo amor. El amor que es recíproco de una madre hacia un hijo que la honra y venera heredando esos dones y virtudes y manifestando la mayor dicha y gratitud. Es el estrecho vínculo materno-filial que aferra.

Y cuando llega ese instante de su despedida, balbucea el corazón de dolor, aflicción y profunda tristeza, tratando de mitigarlos en la desconsolada ausencia. Y con impotencia nos interrogamos si ha sido ingrata y cruel la naturaleza a través de esas fuerzas sobrenaturales implacables que no llegamos a comprender porque son inaprensibles para nosotros, y que hacen latir hasta su finitud de la existencia a todos los seres vivientes irradiándoles esa energía cósmica que insufla un ente o inteligencia superior hacedora de todo lo creado.

Mi madre tuvo una vida fecunda y sufrió tras padecer una enfermedad cognitiva vascular senil a su nonagenaria edad -92 años-, que fue degenerando sus facultades sin perder toda su consciencia. Durante la larga permanencia que he estado a su lado con sumo cuidado y dedicación, le desperté más de una sonrisa y un beso de agradecimiento. Dejó de existir un viernes 11 de septiembre a las 12 horas y 22 minutos de la noche. Momentos antes de expirar asistida con oxígeno por su insuficiencia cardio-respiratoria irreversible, la besé y tomé su mano diciéndole: “Soy tu hijo mayor, Emi”. “¡Te quiero mucho!”; y haciéndole escuchar en esos intensos, transcendentales y emotivos instantes la melodía de la composición “Para Elisa” de Beethoven, que ella tocaba hasta hace poco al piano y sin partitura, le exclamé con plena convicción, idealismo e identificación: “¡La Música es lo más maravilloso del mundo!”. ”¡Es el Dios supremo!”. En ese tránsito, me reconfortaron mis palabras, despidiéndome así de mi madre; y al hallar paz mi espíritu, entendí mejor la eternidad, porque la Música, reflejo de espiritualidad, es la creación más excelsa y sublime que transmite sentimientos y felicidad puros. Esa felicidad interior que expresaba en aquella máxima puesta en boca de mi propia madre y que servía de postludio a la más sentida y elocuente evocación en homenaje que le ofrendé en vida -la cual leí como recordatorio ante su tumba-, divulgada en mayo de 2016 en las páginas de este aclamado medio informativo colector de noticias y opiniones de nuestra entrañable población natal.

P:D.: Ilustración anexa: Retrato al óleo inédito de mi madre Custodia Alcázar Fernández, realizado por mi padre Emiliano García Roldán.

Manuel Rodríguez Mazarro

Rebobinar aquellas conversaciones de niño con mayores me rejuvenecen y la poca importancia que entonces le dábamos. Actualmente me sirven de encantamiento con sonrisa incluida. Cada vez que los padres nos mandaban a la peluquería, cuatro veces al año, según las estaciones meteorológicas y así era el corte más o menos apurado.

Asignado tenía para el corte de cabello, al peluquero Alfonso García Ruiz “Pocho” que daba conversación a unos y otros. De niños nos sentaban en unas tronas de patas altas, y el babero blanco como si fuésemos a comer, mano en el cogote y maquinilla de arriba abajo. Yo escuchaba y aquí el resultado de aquello: –Alfonso, desde los nueve años, entró de aprendiz con un tal “burraca” en la calle Cabrillas. El arte de cortar el pelo y afeitar, le enseñó “Marquito Chorra” con el que inició el trabajo.

Se estableció en el mismo sitio donde se jubiló, lugar histórico en la esplanada de la calle Toledo, parada y descarga de viajeros “La Sepulvedana” conocida por “la pava”, taxis y otros transportes de carretilla y carrillo. La casa pertenecía a la familia Sánchez Blanco que fue casino conocido por el de “Porras”; algún incidente hubo de juego y reuniones políticas. –Después fue “Auxilio Social” regido por las monjas de San Vicente Paul. –Finca que donaron para convento de Los Paules. Actualmente es bloque de pisos…

 

El peluquero Alfonso, en aquellos años de trabajo tan extendido y diferente al de la actualidad, ¡poquitas modas! para cabezas de varón. Peluqueros muy populares en el pueblo los hubo, como fueron: “zorrilla”, “molina”, “pitorra”, “miracielos”, “cantamañanas”, “el chato”, “carasapo”, “zurrapa”, “trinchapelos”. Total, treinta y dos barberías registradas en Manzanares, incluso dos y tres en la misma calle.

Las peluquerías eran habitaciones lúgubres, poca luz, ventana, una mesita con periódicos para entretener la espera, algunas sillas o banco de madera, como decoración frontal algún almanaque de señora descotada, la tablilla de los números 1 al 20 para guardar el orden y hora de clientes y un cepillo quita-pelos para la ropa al lado del perchero.

El componente de trabajo era dos o tres sillones, según oficiales trabajando, con asiento de rejilla, el avance sanitario los hizo con detalles de porcelana blanca y palanca marcha atrás de respaldo y reposa-cabeza abatible cubierto con un trozo de papel higiénico “Elefante”, que sustituían para cada cliente. Limpieza de cuello con brocha de fino esparto, manteo del paño blanco y… ¡el siguiente!

El complemento de este trabajo eran las repisas a los lados del gran espejo donde el cliente se veía de cuerpo entero, con el paño blanco al cuello mientras se realizaba el rasurado de “dos aguas”, decían que no era barba, eran cerdas. Frasco de brillantina, loción, masaje, tijeras, navaja, peine de hueso, jabón, suavizante, algodón, alcohol y frascos de cosas incluido el dosificador de polvos de talco para el sudor.

Era curioso el reclamo en las puertas de las barberías, las bacías de metal colgando y que Cervantes reflejó como el “Yelmo de Mambrino”, aquellos recipientes raros colgados, significado de vasija que sostenían los clientes alrededor del cuello para el enjabonado de la cara, afeitado y moje de brocha.

Los fines de semana eran completos, los sábados desde las ocho de la mañana, descanso para comer y hasta la noche. Costaba el arreglo incluido afeitado, 0,30 céntimos de peseta. La caja final podían ser noventa pesetas, en aquellos años era un capital, reparto proporcional según categorías entre los que trabajaban, en este caso sería Alfonso, “Reverte” y Manrique.

El peluquero-barbero de confianza era como el confesor, mientras los arreglos, surgían comentarios confidenciales sobre idilios ocultos con otras casas de confianza. Eran Celestinas de mundos íntimos de guardar secretos. Ellos fueron los primeros en recibir las propinas.

 El regreso de los gañanes, después de toda la semana en el campo, primordial era el aseo personal, la barbería, elemento obligado, aparte de ir a la fragua para aguzar las rejas del arado, el herraje de los animales, veterinario, la cuadra y atender dulcemente a la “parienta”.

Alfonso “Pocho” en ocasiones se remontaba a cuando en las barberías, se ejercía de recio sacamuelas, de practicante y se aplicaban sanguijuelas para sangrías de algunos males, picaduras o hinchazones. Eran unos gusanos con ventosa que absorbían la sangre del daño, era la medicina general muy común de la época.

Hubo años de miseria y de carencia de higiene, en los que la fauna del cabello era inagotable, piojos y pulgones que se refugiaban en el cuero cabelludo, miseria que se recogía con las recias púas de la peinilla, la cual arrancaba la caspa y otros seres vivientes imitando el arado romano por la recia besana.

 

Recordemos a nuestros antepasados, abuelas e incluso madres, disponían de una caja, estuche especial, de uso exclusivo que contenía los objetos del peinado y depilación, denominaban la “caja de los peines”, ellas conocían su contenido íntimo e intransferible; por la mañana al levantarse era primordial este elemento diario.

Manuel Rodríguez Mazarro

Un día de esos del carnaval pasado, porque después de los de febrero hay otros muchos durante el año, más jugosos y simpáticos, solo con observarnos ya surge el divertimiento, según el humor de cada cual, me surgió tal comentario para “historias de vida”.

Tengo presente una frase de Miguel de Cervantes, que dice: –“La creación es la obra del Todopoderoso” y aquí quedó plasmada con toda amplitud del hecho, la vida terrenal (planeta azul), incluí-dos los cuernos. En fin, complicado y mi cultura no es capaz de asimilar aquellas trenzas y mucho menos los líos mitológicos de los dinosaurios y el bióxido de carbono y los efectos invernadero. En la otra vida o reencarnación, según cada cual, se estilen otras cosas. Hoy, cuernos que no ves, corazón que no siente.

Desde entonces han existí-dos los cuernos, racional o irracional. Los hay de impacto, gran poderío, fuerte arbolado, majestuosos, presumí-dos, somnolientos, mitológicos, dulces, gran testuz, decaí-dos, disciplina-dos, alegres, políticos, meritorios,…

Interesante fue aquello del “becerro de oro”, en tiempos del Éxodo, la idolatría, la que se formaría en el campamento de Aarón adorando al gran macho de oro. Cuando llegó Moisés y vio el desmadre del “pecado”, prende en cólera, rompe las tablas de la ley que le habían entregado. Aquello…me pregunto ¿por qué tenía que ser un becerro?   

Y dicen que el último que se entera es el/la que los lleva puesto, estos días carnaval-eros fueron idóneos, propicios para ponerse mutuamente este disfraz de adornos mentales, obsequio de la misma naturaleza. Asunto delicado, en los tiempos actuales parece más pasadero la infidelidad entre parejas, hoy tenemos más medios de camuflaje y contactos moviliza-dos.

Hubo años en Manzanares que se prohibieron los carnavales, década de 1950. No por asuntos políticos ni tampoco religiosos, se trataba del problema, el intercambio corporal de ejercer las apetencias mutuas, días de –“oler a cuerno quemado”. Como dicen que en carnaval todo pasa…

Llegaban los días de las carnestolendas y el marido se disfrazaba dando rienda suelta a su libertad. La esposa aquello no se le “despintaba”, actuaba con prudencia, ocultaba sus facciones y acudía al lugar donde sabía que se encontraba el conyugue. La mujer pícara ella, daba facilidades, sobrepasada en momentos de intimidad, llegando al punto álgido y el varón se encontró con que la persona con la que había ligado, era su propia esposa. Podía ocurrir lo impensable entre los dos. Tema que nuestros abuelos pueden narrar páginas.  

La infidelidad ha ocurrido siempre. Antes, corrían las noticias como la pólvora. Comenzaban en la misa del alba, continuaba en el mercado de la plaza, los cuchicheos del pueblo se desbordaban y ampliaban. ¡Fulano se ha visto con la fulana!, – se la encontró con el marido de la vecina o viceversa. Habladurías de peluquería o taberna terminaban con la frase: -¡Va!, líos de faldas y cuernos”.

En Manzanares, durante los carnavales hubo uno de estos salones de baile, refugio de amor libre que denominaban de la “puñalá”. Raro era el día, en estos finales de fiesta que, no ocurriera algún percance de dis-putas y líos. Actualmente se le llama “violencia de género y no deja rastro en factura”. Según se mire la curiosa definición, me refiero al “género” y al “rastro”.

 “Tras de cornudo apaleado”, para que veamos que ya en el siglo XVI los había de gran poderío, Giovanni Boccaccio lo personalizó en uno de sus cuentos. La señora se la dio a su marido con el camuflado criado y encima le dieron una buena paliza al amo cornudo.

Delicado es este asunto, esto debe ser como andar como el perro y el gato, buscando el pelo ajeno en las sabanas. Por eso, la moda actual es depilarse o se implantan mechas, el resto todo es selva.

Por quitar importancia a la misteriosa infidelidad, se suele decir: -“De los cuernos, lo que menos importancia tiene es que se acuesten con tu mujer o marido”-. Entre matrimonios, no gusta que nadie ajeno entre en su propiedad y trajine en los cajones del tocador. Aunque hay muchas maneras de llevar cuernos.

El pasaje de la historia es testigo de la cantidad de discusiones, separaciones, abortos,  ruinas, muertes, salida de conventos, que se lo digan a D. Juan Tenorio. En la época medieval, los caballeros cuando iban a las sangrientas luchas , dejaban a sus princesas en los castillos con el cinturón de castidad, el candado echado por si acaso ocurría la impropiedad del descorche.

La naturaleza nos fue describiendo los peligros de la infidelidad entre el hombre y la mujer. La Sagrada Biblia nos narra pasajes misteriosos de temas oscuros.

Con lo hermoso que es un animal con buen armamento frontal, elegante, verlo cabalgar, majestuoso por el campo, no digamos en la época de la “berrea” los disparates que se dirán en su dialecto, todos los humanos tenemos algo de animales, según la teoría de Darwin descendemos del primate y sus monadas. –¡Alguno no se atreve a decir ni muuu!

Los toros y vacas, de los que no me gustaría reencarnarme, aunque los mimen y cuiden. La cantidad de formas y maneras de ver los cuernos ajenos: bizco, cornigordo, cornilargo, cornicojo, zurdo, mocho, acaramelado, astifino, gachos, veleto, astillado, playero, escobillados, mogón, afeitados y mucho más que saben los ganaderos. Hay quien presume de ellos y de llevarlos, con elegancia.

Recuerdo el dicho de un personaje manzanareño. Pregunta: -¿Jaime, cuántos cuernos tienen los toros? Contestación: -¡dos como todo el mundo!- Y cuando Jaime estaba enfadado su contestación era: -¡dos como tu padre!

Desde niño nos enseñaban a jugar cantando y una de estas letras decía: –“caracol, col, col, saca los cuernos al sol, que tu padre y tu madre también los sacó”.

En el lenguaje común de nuestros pueblos han sido cantidad de refranes y frases que hacen alusión al tema, por ejemplo: –“Quien promete amor eterno es porque desconoce los cuernos”.- “Maridos que lejos se ausentan…cornamenta”.- Viejo que con joven casó, vive cabrito o muere cabrón”.- “Los cuernos, duelen al salir, pero ayudan a vivir”.- Bienaventurados los vikingos porque ellos tienen los cuernos postizos”.-

Manuel Rodríguez Mazarro

Existe comentario de un hecho que ocurrió en Manzanares, estuve siguiendo los pasos sobre un bulo y resulta que fue realidad. –El 30 de marzo de 1939, la tropa de la IV División de Navarra (requetés) pasaron por nuestro pueblo. Ejercito formado por legionarios, mercenarios y regulares, difícil de controlar tras varias semanas de camino desde Extremadura. –La guarnición se componía de 900 soldados de artillería, 1500 de campaña y 200 de caballería.

Entraron a Manzanares por el “Camino Ancho”. Salió a recibirlos el comandante en plaza Rodolfo García, aquél ejercito liberador con boinas rojas, los ¡Arriba España!, saludos, besos, ovaciones, abrazos, banderas, –“a partir un piñón”.

El regimiento de caballería se concentró en nuestra Plaza, donde había abrevaderos, los de artillería y campaña en la del Matadero y en el Castillo fue donde tenían la parte seria del tribunal militar, tajantes juicios.

Estuvieron varios días, se abastecieron y “limpiaron la era”. Tiempo justo en que vaciaron las tinajas de las bodegas de Manzanares, quedaron sin tartárico ni zumo de uva fermentado. –Este es el “bulo real”. –Durante la estancia, el personal de tropa tuvo sus ratos de expansión y el vino les vino divino.

Aún se encuentra en pié e intacta en sus dos alturas, preciosa y digna de conservar la bodega. Hace esquina calle del Carmen con la de Matadero (actual Pizarro), pertenece a la familia Tello-Mansilla y lindera con el colegio de las R.M. Concepcionistas.

Dicha bodega con veinte mil arrobas, el trasiego del personal era constante con zaques, cubas, pellejos y enseres donde se pudiera trasladar el vino, aparte del que cada cual había ingerido. Tinajas de 450 a 500 arrobas, o sea, más de 7.000 litros por recipiente, el primer día de visita perdieron líquido al límite del alcance humano. El jolgorio festero se supone durante los días de asentamiento en Manzanares. De verdadera fiesta entre vecinos con juntas y pegas.

En esta bodega, ocurrió un accidente. Uno de estos soldados se abrazó al brocal de la tinaja con tal “ansia viva” y esfuerzo que hizo para llegar al líquido que perdió el equilibrio, cayendo de bruces y por más que intentaron los compañeros en socorrerle, la inmersión fue instantánea. El cuerpo pudo recuperarse a través de unas arrebañaderas, ya con la dosis de ahogo profundo, sin recuperación posible.

Opino que aquel monolito de granito, por ciento desapareció, no se sabe dónde están sus restos. Respetando la historia de nuestro pueblo  se debía haber conservado con nueva inscripción: EN MEMORIA AL SOLDADO DESCONOCIDO, QUE PERDIÓ SU VIDA EN LA IV TINAJA DEL EMPOTRO DE UNA BODEGA.– Manzanares 30-3-1939.

Manuel Rodríguez Mazarro

Ya ha llovido desde que estuve hablando con Tomás Bautista Criado, conocido por “el bolo”, entonces él contaba con 90 años. Me gustaba hablar con los mayores, siempre aprendía, conclusiones sabias que la experiencia enseñaba y actualmente todo está en la tecnología. Su aprendizaje escolar fue de cinco meses en la escuela de San Juan (hoy telefónica). Época en la que a los padres les interesaba que los hijos ayudaran en la casa, en este caso era el campo, hortelano, que no perdiera el tiempo en leer y en escribir, era aquella mentalidad.

Recordaba el eclipse total de sol en mayo de 1900, me lo contó a su manera y con gracia: –“llegaron muchos forasteros a Manzanares, incluso la cantina de la estación hizo menú especial para tanta gente. Se quedó el pueblo totalmente de noche, en los corrales las gallinas se fueron a acostar y la borrica empezó a rebuznar. Vinieron retratistas extranjeros con aparatos de chimenea y patas, se subieron a la torre de la parroquia y otros al castillo con garrafas de vino que les regaló el Ayuntamiento, el alcalde un tal González Calero Carrascosa y allí en las alturas pasaron el día”. Este comentarista se imagina una película de Berlanga de aquella época.

Después surge hablar sobre la epidemia que atacó medio Manzanares del cólera morbo en el 1855. —“A los enfermos los llevaban a la finca “El Españoleto”, donde se encontraba el lazareto, por el camino de los cerros”. —El desastre de mortalidad que produjo en el pueblo durante un año, caían la media de cinco al día de colitis y diarreas. —Llevaban a los infectados allí y pocos se salvaban. Mandaron hervir el agua que sacábamos de los pozos y blanquear las habitaciones. —Desde entonces no han dejado de enterrar cerca del pueblo. En 1880 hicieron el cementerio “viejo” (desaparecido).

“El Bolo” con noventa años, su boina encasquetada y gran entereza, recordaba todo aquél episodio de la pandemia del cólera que afectó gravemente a Manzanares. –Dio tres golpes en el suelo con la garrota, pensando, recapacitando y me hizo la pregunta:– “mi padre, que proviene de cuando en las casas de campo, se marchaban de quintería y solo comían gachas, bollosopas y patatas con pringue, –el fuego de sarmientos, dormían en los pollos, la sartén de rabo largo, en el silencio, solo se oía el ruido de soltar lo agarrao de la cuchara y ahí quedó reflejado el “catapún”.

–De esto surge el oficio del sartenero, personaje inmemorial de arreglos de:– “todo tipo de pucheros, sartenes, cacerolas y lo relacionado a composturas de estaño, lañas a dornillos y tinajas”.—Chapuzas con recorte de latas, botanas que se hacían revisadas por medio de llenado de agua, en caso de algún salidero, tenía solución.—Arreglo de colocar el “culo” a la sartén de ese catapún o los remaches a las patas o poner el asa a la alcuza, las trébedes, la lechera de salir a la calle al cabrero, ordeño de ubre y hervir la leche.

Después de esta curiosa conversación con “el bolo”, me fui a la calle la Tercia, 39 a casa de José Crespo Fierrez, más conocido por el “Hermano Pío”. Otro personaje con 97 años que tenía entonces, longevo de pertenencia, panadero de oficio, reído de la vida, humor característico, abundante vivencia, prestigiosa memoria tapada con gorra de mil batallas que, con él estuve recorriendo chascarrillos y buenaventura de primeros de siglo pasado, me refirió:

Dicen de casar, casar,

yo también me casaría                                                                                  

si la vida de casado,

fuera como el primer día.

 

Las mozas de Manzanares

no saben partir jamón;

pero si saben llevar

pelitos a lo garsón.

                                                                     

El “Hermano Pío” nació en Membrilla y a los pocos años sus padres vinieron a Manzanares. — ¡Había que hacer buen pan de candeal! Y así se quedó de panadero con diez años. Lo levantaban a las cinco de la mañana, acarreaba los leños al horno y costales de harina al obrador en la tahona de los “cristianos”. — Hacíamos el mejor pan de “cruz” de Manzanares. –Mi interés era recordar aquel olor de hace décadas, de pan recién cocido, elaborado al estilo tradicional, a horno de leña.

–Se amasaba a mano y deprisica, en caso de dormirse, el manotazo y colleja del maestro. Allí no se utilizaban las levaduras, masa madre y sobao, del que salía crujiente por fuera y mullido por dentro, aguantaba una semana y estaba igual, de los que se llevaban costales los gañanes al campo sin quedarse “miajón”.

¿Cuál es el secreto de buen pan denominado de cruz? –“El “Hermano Pío” costándole trabajo el levantar la cabeza, me respondió: –buena harina panadera, se amasa con agua, se deja reposar para que fermente de un día para otro y ya está la masa madre. ¿El hacerle la cruz por arriba y pincharlo por detrás?, dijo: –es para que salga perfecto y los vapores de cocer salgan y no reviente o se abra. Cada panadero tiene su clave, no todos los pinchos traseros son los mismos.

¿Algo curioso de tus años mozos?: –“En las bodas, la invitación se tenía por costumbre el repartir un cantero de pan y vino hartar, los novios guardaban, conservaban ese trozo, se decía que era para evitar disgustos entre las familias y daba fertilidad”. –Frase del “Hermano Pío”:–Lo que no bebas en esta vida, eso te has perdió.

Pues este fue el resultado de dos vivencias con 90 y 97 años, que hoy tendrían 131 y 138, años lúcidos y trabajando desde que tenían doce o catorce. Aclarada la incógnita del “catapún y el pan de cruz”, relatadas directamente por “El Bolo y el Hermano Pío” aborígenes de Manzanares.

Manuel Díaz-Pinés Fernández-Prieto

‘GALMANGO’

“Venimos de esbozar en la anterior entrega, la crueldad de los episodios vividos en Manzanares, durante la Guerra de la Independencia, valorando la actuación de nuestras gentes y la del Párroco Álvarez de Sotomayor”.

 … “El triunfo fue rotundo y la posición conquistada, pero, a los pocos días, fue reconquistado por los refuerzos. Las represalias se produjeron a seguido y se ordenó por el mando que los supervivientes fueran pasados a cuchillo sin previa formación de causa.

El Párroco Sotomayor, salió al encuentro de las fuerzas francesas, pero no fue solo. Iba acompañado por el Cristo Arrodillado y pedía que el rigor de su mano se descargara sobre su persona pero que respetaran al pueblo, a sus feligreses y que el sacrificio del Párroco de aquellas almas, saciara sus ansias de sangre. El General Leger Belair, cedió ante el patetismo del momento, perdonó al pueblo y al Párroco y, quitándose el fajín, lo ciñó al Cristo Arrodillado como señal de sumisión y perdón. “Perdón” es el nombre del Cristo, Jesús del Perdón.

Precisamente sobre este episodio del Párroco de Manzanares, en el Gran Teatro, fue representada, el 14 de Septiembre de 1958, la obra de Antonio Iniesta, ‘SOTOMAYOR’, drama en tres actos – el tercero dividido en dos cuadros y apoteosis final en prosa –  con dirección de D. José Díaz de Lope Díaz y un grupo de Teatro del Frente de Juventudes. La representación tuvo tanto éxito de público, que hubo que repetir la obra en varias ocasiones. Entre los actores, estaban Luisillo, Mercedes Díaz, Pepe Enrique, Luis Zárate, Paco Calero … (en las fotografías que se muestran, puede verse el reparto y una foto del Grupo). Esta obra, formó parte del Programa de Actos en honor de Nuestro Padre Jesús del Perdón, del citado 1958, con motivo de las Fiestas Patronales. El evento fue patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de Manzanares, para exaltar la figura del Párroco, D. Pedro Álvarez de Sotomayor, que en un gesto inconmensurable de fe y valentía, salvó al pueblo de ser arrasado por las tropas napoleónicas, historia real de principios del pasado siglo, bien conocida por todos los manzanareños.

También y relacionado con tantos momentos vividos en nuestro pueblo durante la Guerra de la Independencia, hay una publicación destacada de D. José María Rodríguez Rodríguez, historiador y poeta manzanareño, cuyos trabajos, traspasaron las fronteras de nuestra provincia. Había nacido en Manzanares en 1871 y vivió más de 90 años, publicando poesía costumbrista e investigando hechos históricos de su pueblo, que escribía a máquina y repartía personalmente, valiéndose de su bicicleta que le ayudaba a sobrellevar su cojera. En mi poder tengo – mecanografiado por el mismo Sr. Rodríguez – un relato de la citada Guerra, de la que destaco solo unas palabras: “ Veinte y ocho de mil ocho cientos nueve, viendo el Gobierno la fama adquirida por este pueblo, la Junta Central Gubernativa del Reino, le concede en nombre del Rey, Fernando Séptimo, aquel tan deseado, el título de ‘FIDELÍSIMA’, que lo brilla y enaltece y dicha enseña la ostenta en su escudo por su denuedo… Y termina su relato  con las palabras, Viva España, de España la Mancha y de la Mancha, Manzanares”.

En el aspecto folclórico, Manzanares ha sabido guardar, en contra de las corrientes modernas, todo el sabor de sus tradiciones patrias. En los últimos años, grupos de aficionados manzanareños, hombres y mujeres con mucho talento, representaron diferentes zarzuelas en el Gran Teatro manzanareño (ver fotografía, con muchísimas caras conocidas en La Rosa del Azafrán, desgraciadamente ya fallecidas). La seguidilla y la jota manchega aún se conservan como regusto de las costumbres de siglos pasados. Existe una corriente de favor porque estas manifestaciones artísticas no desaparezcan y en la célebre zarzuela “La Rosa del Azafrán” se pone de manifiesto toda la riqueza y tipismo de las costumbres y  se canta con música de seguidilla la letra de D. Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, siendo la  música del Maestro Guerrero. Estas estrofas del libreto de la Rosa del Azafrán, son memorables y las sabe de memoria casi todo el mundo. Los padres las cantan a los hijos, que ya las aprenden a edad temprana. Por ejemplo:

 

Manzanares, Manzanares

ya no es tierra de manzanos,

pero a mujeres bonitas

no hay quien le gane la mano.

Son esbeltas y bizarras,

son graciosas y arrogantes.

¡Pa gustarle al que me gusta

quién fuera de Manzanares!

 

Desde Manzanaritos a La Solana

hay una legüecita 

de tierra llana.

No hay una yegua que en menos de dos horas

se ande esa legua.

 

Aunque soy de la Mancha

no mancho a nadie;

más de cuatro quisieran

tener mi sangre.

 

Aunque la Mancha tenga

cien mil lugares,

no hay lugar más bonito 

que Manzanares.

 

Manzanares, ha tenido a lo largo de su existencia figuras preclaras de las ciencias y las artes, pero el caso extraordinario, el que en los finales del pasado siglo llamó la atención, fue el de la conocida por la “Ciega de Manzanares” (1818-1894) que, ciega y analfabeta, armó un verdadero alboroto en los medios artísticos y literarios de la Corte.

Sin preparación cultural previa, fue el caso típico de poetisa clásica de metro y rima perfectísimos. A su versificación inmaculada, se unía la sorprendente facilidad de improvisación sobre la base de un pie forzado, quedando boquiabiertos los oyentes. Fue, además, una gran latinista que aprendió solo de oídas a través de las persianas de un Instituto de esta ciudad. Por este procedimiento, llegó a ser profesora destacada y llegó hasta a disertar en este idioma en la Universidad de Granada. Gozó de las preferencias de S. M. la Reina Dña. Isabel II.

La “Ciega de Manzanares”, vivió de la caridad y murió en esta ciudad el 26 de julio de 1894, teniendo proyectado el Ayuntamiento la construcción de un monumento que perpetúe su honrosa memoria. Manzanares lo ansía y podrá ver colmado sus anhelos.

Los vinos de Manzanares, estimadísimos en el ámbito nacional, pero que también saben surcar las rutas de los conquistadores hacia tierra de Indias, se encuentran en una fase que puede ser decisiva para su industrialización. El vino se embotella, no solamente los vinos especiales, sino que los vinos comunes, esos modestos vinos que se beben en todas las mesas de España, también están industrializándose con vistas a una mayor difusión de sus excelencias. Todo el mundo podrá saborearlos y, como consecuencia lógica de sus virtudes, ha de incrementarse su venta en proporciones imposibles de calcular.

 En estas tareas de tipo patriótico, merecen figurar con caracteres de distinción las firmas comerciales: Agustín Serrano, Félix Espinar, Carmen G-Calero, Bodegas Felguera, Cooperativa Jesús del Perdón, Antonio Noblejas Velasco y otros muchos que comenzarán a embotellar a no tardar, estando sus proyectos comerciales en vías de ejecución.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García

El comercio de los pueblos de nuestra comarca estaba asociado, al igual que en otras zonas, a la interacción entre las villas y los territorios rurales que las rodeaban. La producción agraria y las materias primas producidas en su entorno eran trasladadas a los lugares donde se concentraban los puestos de venta en los pueblos, que se solían articular alrededor de las plazas públicas, como foco de compra y venta de productos. En los años finales del siglo XV y comienzos del XVI se produjo un auge de la economía en La Mancha, como consecuencia de varios factores: el aumento demográfico, las buenas cosechas, el alza de los precios agrarios por la llegada de los metales americanos y el desarrollo de la artesanía local, para satisfacer las necesidades de los nuevos pobladores. Todo ello favoreció el aumento del comercio, por un lado, de los mercaderes que se encargaban del traslado de los productos agrícolas y artesanales que se producían en distintas zonas, asistiendo a mercados y creando redes comerciales, y por otro, de las tiendas que se establecieron en los pueblos, para la venta de los productos locales y de los importados por dichos mercaderes, los cuales en algunos casos cumplían ambas funciones, pues a su labor comercial y de negocio, unían la posesión de una tienda en los pueblos donde estaban establecidos.

     La existencia de tiendas en Manzanares está datada desde fechas tempranas, pues en la primera década del siglo XVI, la cofradía de San Sebastián ya poseía una lindera con las casas de Alonso Sánchez Calero el Viejo. Al mismo tiempo se constata la existencia de mercaderes locales que asistían a ferias, y se desplazaban comprando y vendiendo sus productos por toda la provincia.

     Un claro ejemplo de ello, lo encontramos en Cristóbal de Villarreal Barceno. Cuando su padre Diego Barceno, fue asesinado en Ciudad Real, durante los tumultos antijudíos de 1474, su madre, Leonor López, se trasladó a Manzanares con sus nueve hijos, siendo Cristóbal el más pequeño de ellos. Su madre y sus seis hermanas se ganaron la vida cosiendo y tejiendo, mientras que de sus hermanos uno se trasladó a Sevilla como paje y el otro se hizo sastre, estableciéndose en Membrilla[1].

     Cristóbal fue instruido durante su infancia en una escuela de Membrilla, siendo enviado posteriormente a Sevilla, donde estuvo dos años y medio al servicio de un mercader, Alfonso de Villarreal. Tras ello, completó su aprendizaje en Tembleque, con el contador Fernando de Ribera, adquiriendo los conocimientos de contabilidad necesarios para desarrollar su trabajo. Una vez adquirida la formación adecuada, se estableció en Manzanares con su madre, donde abrió una tienda de especiería, con la que empezaría a ganarse la vida de manera independiente. Más adelante, se unió a otros comerciantes de Daimiel y Villarta, recorriendo ferias y mercados de diversos lugares, aumentando así de forma importante su radio de acción. Su gran actividad le permitió aumentar su negocio en Manzanares, instalando un matadero de cerdos en su casa, en la que vendía los productos de la matanza, al tiempo que actuaba de intermediario de productos textiles, teniendo posiblemente la propiedad total o parcial de un batán, lo que le hacía participar en la mayor parte del proceso productivo textil. En 1513 fue detenido, juzgado y condenado por judaizante[2].

     Vemos como este formado mercader converso de origen judío, no se limitó a abrir una tienda para vender los productos, sino que tejió una amplia red comercial, ampliando y diversificando sus negocios, lo que le aseguraba amplios ingresos, producto de una activa red mercantil, lo que provocaba el rechazo de sus vecinos “cristianos viejos” que lo acabaron denunciado, terminando así con su lucrativo negocio.

     La mayoría de las tiendas de Manzanares, al igual que en otras localidades, se establecieron en la Plaza Pública, y acabaron siendo controladas por los poderes públicos de la villa, que veían en ellas un lucrativo negocio. En la segunda mitad del siglo XVI, de las cinco tiendas que había en la plaza, una era propiedad del Concejo, otra del bachiller Quesada, que era alcalde ordinario, y el resto de personas vinculadas a oficios municipales, con lo mantenían el control y monopolio del principal centro comercial de la villa, arrendándolas a altos precios. Los establecimientos comerciales estaban controlados por las élites locales y el propio ayuntamiento, que las alquilaban a personas con formación como tenderos, quienes se encargaban de su gestión, mientras que otros pequeños establecimientos eran propiedad de cofradías o personas particulares.

     La llegada de una nueva minoría en 1577, los moriscos granadinos reasentados en Manzanares tras la revuelta de las Alpujarras, con la capacidad y decisión necesarias para ejercer el comercio, estuvo a punto de desestabilizar el negocio. La pretensión de los moriscos de establecer tiendas para la venta de fruta, especias y lienzos, provocó que el ayuntamiento limitara el número de tiendas de la plaza a cinco, que eran las que existían en ese momento, impidiendo su aumento, por lo que los moriscos fueron desplazados a una calle situada en las afueras de la localidad, en la que establecieron sus negocios, la cual fue conocida desde ese momento como Zacatín[3], que significa “mercado de ropa” en algarabía (árabe hispano), nombre que todavía conserva.

     Parte de los productos alimentarios, se solían producir en la localidad, como los cereales, legumbres, vino, carne, y algunas frutas, mientras que otros se obtenían en las huertas de poblaciones cercanas. La mayoría de los artículos para la construcción se adquirían o  elaboraban en el pueblo y sus alrededores, como la piedra, tierra, cal y yeso, así como productos textiles sencillos, lo que fomentaba el comercio local y comarcal. Sin embargo, la falta de algunos productos básicos, hacía necesario un comercio más amplio, que traía aceite de Andalucía, pescado de Sevilla, Cartagena y Málaga, hierro de Vizcaya, madera de Alcaraz, Cuenca y la Sierra de Segura, junto a paños de seda y mercaderías ordinarias de Toledo y otros lugares[4].

     En el siglo XVII se mantenían las tiendas de la plaza, apareciendo citada la de Martín de Quijada, cuando se proyectó la ampliación de aquella, y a comienzos del siglo XVIII, en un proceso inquisitorial, vuelve a citarse una tienda de la localidad, al frente de la cual estaba María Núñez, en la que se vendían alimentos y frutos secos[5]. En esta ocasión se observa cómo las mujeres tenían cierto peso y presencia dentro del comercio local, lo cual se verá corroborado en los años siguientes.

(continuará)

 


[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). Sección Inquisición, Tribunal de Toledo, legajo 163, expediente 7, Proceso contra María López por judaizante, 1512-1522.

[2] AHN. Sección Inquisición. Tribunal de Toledo, legajo 188, expediente 10, Proceso contra Cristóbal de Villarreal Barceno, 1513-1523 y TOLEDANO GALERA, Juan: “Conversos y comercio en el Campo de Calatrava en la Edad Media. Siglos XV-XVI” en Cuadernos de Estudios Manchegos, II época, nº 23-24. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real, 2001, pp. 32, 39 y 40.

[3] GÓMEZ VOZMEDIANO, M. F.: Mudéjares y moriscos en el Campo de Calatrava. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real, 2000, p. 104.

[4] VIÑAS MEY, C. y PAZ, R.: Relaciones histórico-geográficas-estadísticas de España ordenadas por Felipe II. Ciudad Real. Centro Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1971, p. 297.

[5] AHN. Consejo de Órdenes Militares, legajo 6089, visita de 1607 y Tribunal de la Inquisición de Toledo, legajo 33, expediente 16, Proceso de fe de Manuel Carrán y Manuel Pajero, 1707.