Manuel Rodríguez Mazarro

Un día de esos del carnaval pasado, porque después de los de febrero hay otros muchos durante el año, más jugosos y simpáticos, solo con observarnos ya surge el divertimiento, según el humor de cada cual, me surgió tal comentario para “historias de vida”.

Tengo presente una frase de Miguel de Cervantes, que dice: –“La creación es la obra del Todopoderoso” y aquí quedó plasmada con toda amplitud del hecho, la vida terrenal (planeta azul), incluí-dos los cuernos. En fin, complicado y mi cultura no es capaz de asimilar aquellas trenzas y mucho menos los líos mitológicos de los dinosaurios y el bióxido de carbono y los efectos invernadero. En la otra vida o reencarnación, según cada cual, se estilen otras cosas. Hoy, cuernos que no ves, corazón que no siente.

Desde entonces han existí-dos los cuernos, racional o irracional. Los hay de impacto, gran poderío, fuerte arbolado, majestuosos, presumí-dos, somnolientos, mitológicos, dulces, gran testuz, decaí-dos, disciplina-dos, alegres, políticos, meritorios,…

Interesante fue aquello del “becerro de oro”, en tiempos del Éxodo, la idolatría, la que se formaría en el campamento de Aarón adorando al gran macho de oro. Cuando llegó Moisés y vio el desmadre del “pecado”, prende en cólera, rompe las tablas de la ley que le habían entregado. Aquello…me pregunto ¿por qué tenía que ser un becerro?   

Y dicen que el último que se entera es el/la que los lleva puesto, estos días carnaval-eros fueron idóneos, propicios para ponerse mutuamente este disfraz de adornos mentales, obsequio de la misma naturaleza. Asunto delicado, en los tiempos actuales parece más pasadero la infidelidad entre parejas, hoy tenemos más medios de camuflaje y contactos moviliza-dos.

Hubo años en Manzanares que se prohibieron los carnavales, década de 1950. No por asuntos políticos ni tampoco religiosos, se trataba del problema, el intercambio corporal de ejercer las apetencias mutuas, días de –“oler a cuerno quemado”. Como dicen que en carnaval todo pasa…

Llegaban los días de las carnestolendas y el marido se disfrazaba dando rienda suelta a su libertad. La esposa aquello no se le “despintaba”, actuaba con prudencia, ocultaba sus facciones y acudía al lugar donde sabía que se encontraba el conyugue. La mujer pícara ella, daba facilidades, sobrepasada en momentos de intimidad, llegando al punto álgido y el varón se encontró con que la persona con la que había ligado, era su propia esposa. Podía ocurrir lo impensable entre los dos. Tema que nuestros abuelos pueden narrar páginas.  

La infidelidad ha ocurrido siempre. Antes, corrían las noticias como la pólvora. Comenzaban en la misa del alba, continuaba en el mercado de la plaza, los cuchicheos del pueblo se desbordaban y ampliaban. ¡Fulano se ha visto con la fulana!, – se la encontró con el marido de la vecina o viceversa. Habladurías de peluquería o taberna terminaban con la frase: -¡Va!, líos de faldas y cuernos”.

En Manzanares, durante los carnavales hubo uno de estos salones de baile, refugio de amor libre que denominaban de la “puñalá”. Raro era el día, en estos finales de fiesta que, no ocurriera algún percance de dis-putas y líos. Actualmente se le llama “violencia de género y no deja rastro en factura”. Según se mire la curiosa definición, me refiero al “género” y al “rastro”.

 “Tras de cornudo apaleado”, para que veamos que ya en el siglo XVI los había de gran poderío, Giovanni Boccaccio lo personalizó en uno de sus cuentos. La señora se la dio a su marido con el camuflado criado y encima le dieron una buena paliza al amo cornudo.

Delicado es este asunto, esto debe ser como andar como el perro y el gato, buscando el pelo ajeno en las sabanas. Por eso, la moda actual es depilarse o se implantan mechas, el resto todo es selva.

Por quitar importancia a la misteriosa infidelidad, se suele decir: -“De los cuernos, lo que menos importancia tiene es que se acuesten con tu mujer o marido”-. Entre matrimonios, no gusta que nadie ajeno entre en su propiedad y trajine en los cajones del tocador. Aunque hay muchas maneras de llevar cuernos.

El pasaje de la historia es testigo de la cantidad de discusiones, separaciones, abortos,  ruinas, muertes, salida de conventos, que se lo digan a D. Juan Tenorio. En la época medieval, los caballeros cuando iban a las sangrientas luchas , dejaban a sus princesas en los castillos con el cinturón de castidad, el candado echado por si acaso ocurría la impropiedad del descorche.

La naturaleza nos fue describiendo los peligros de la infidelidad entre el hombre y la mujer. La Sagrada Biblia nos narra pasajes misteriosos de temas oscuros.

Con lo hermoso que es un animal con buen armamento frontal, elegante, verlo cabalgar, majestuoso por el campo, no digamos en la época de la “berrea” los disparates que se dirán en su dialecto, todos los humanos tenemos algo de animales, según la teoría de Darwin descendemos del primate y sus monadas. –¡Alguno no se atreve a decir ni muuu!

Los toros y vacas, de los que no me gustaría reencarnarme, aunque los mimen y cuiden. La cantidad de formas y maneras de ver los cuernos ajenos: bizco, cornigordo, cornilargo, cornicojo, zurdo, mocho, acaramelado, astifino, gachos, veleto, astillado, playero, escobillados, mogón, afeitados y mucho más que saben los ganaderos. Hay quien presume de ellos y de llevarlos, con elegancia.

Recuerdo el dicho de un personaje manzanareño. Pregunta: -¿Jaime, cuántos cuernos tienen los toros? Contestación: -¡dos como todo el mundo!- Y cuando Jaime estaba enfadado su contestación era: -¡dos como tu padre!

Desde niño nos enseñaban a jugar cantando y una de estas letras decía: –“caracol, col, col, saca los cuernos al sol, que tu padre y tu madre también los sacó”.

En el lenguaje común de nuestros pueblos han sido cantidad de refranes y frases que hacen alusión al tema, por ejemplo: –“Quien promete amor eterno es porque desconoce los cuernos”.- “Maridos que lejos se ausentan…cornamenta”.- Viejo que con joven casó, vive cabrito o muere cabrón”.- “Los cuernos, duelen al salir, pero ayudan a vivir”.- Bienaventurados los vikingos porque ellos tienen los cuernos postizos”.-

Manuel Rodríguez Mazarro

Existe comentario de un hecho que ocurrió en Manzanares, estuve siguiendo los pasos sobre un bulo y resulta que fue realidad. –El 30 de marzo de 1939, la tropa de la IV División de Navarra (requetés) pasaron por nuestro pueblo. Ejercito formado por legionarios, mercenarios y regulares, difícil de controlar tras varias semanas de camino desde Extremadura. –La guarnición se componía de 900 soldados de artillería, 1500 de campaña y 200 de caballería.

Entraron a Manzanares por el “Camino Ancho”. Salió a recibirlos el comandante en plaza Rodolfo García, aquél ejercito liberador con boinas rojas, los ¡Arriba España!, saludos, besos, ovaciones, abrazos, banderas, –“a partir un piñón”.

El regimiento de caballería se concentró en nuestra Plaza, donde había abrevaderos, los de artillería y campaña en la del Matadero y en el Castillo fue donde tenían la parte seria del tribunal militar, tajantes juicios.

Estuvieron varios días, se abastecieron y “limpiaron la era”. Tiempo justo en que vaciaron las tinajas de las bodegas de Manzanares, quedaron sin tartárico ni zumo de uva fermentado. –Este es el “bulo real”. –Durante la estancia, el personal de tropa tuvo sus ratos de expansión y el vino les vino divino.

Aún se encuentra en pié e intacta en sus dos alturas, preciosa y digna de conservar la bodega. Hace esquina calle del Carmen con la de Matadero (actual Pizarro), pertenece a la familia Tello-Mansilla y lindera con el colegio de las R.M. Concepcionistas.

Dicha bodega con veinte mil arrobas, el trasiego del personal era constante con zaques, cubas, pellejos y enseres donde se pudiera trasladar el vino, aparte del que cada cual había ingerido. Tinajas de 450 a 500 arrobas, o sea, más de 7.000 litros por recipiente, el primer día de visita perdieron líquido al límite del alcance humano. El jolgorio festero se supone durante los días de asentamiento en Manzanares. De verdadera fiesta entre vecinos con juntas y pegas.

En esta bodega, ocurrió un accidente. Uno de estos soldados se abrazó al brocal de la tinaja con tal “ansia viva” y esfuerzo que hizo para llegar al líquido que perdió el equilibrio, cayendo de bruces y por más que intentaron los compañeros en socorrerle, la inmersión fue instantánea. El cuerpo pudo recuperarse a través de unas arrebañaderas, ya con la dosis de ahogo profundo, sin recuperación posible.

Opino que aquel monolito de granito, por ciento desapareció, no se sabe dónde están sus restos. Respetando la historia de nuestro pueblo  se debía haber conservado con nueva inscripción: EN MEMORIA AL SOLDADO DESCONOCIDO, QUE PERDIÓ SU VIDA EN LA IV TINAJA DEL EMPOTRO DE UNA BODEGA.– Manzanares 30-3-1939.

Manuel Rodríguez Mazarro

Ya ha llovido desde que estuve hablando con Tomás Bautista Criado, conocido por “el bolo”, entonces él contaba con 90 años. Me gustaba hablar con los mayores, siempre aprendía, conclusiones sabias que la experiencia enseñaba y actualmente todo está en la tecnología. Su aprendizaje escolar fue de cinco meses en la escuela de San Juan (hoy telefónica). Época en la que a los padres les interesaba que los hijos ayudaran en la casa, en este caso era el campo, hortelano, que no perdiera el tiempo en leer y en escribir, era aquella mentalidad.

Recordaba el eclipse total de sol en mayo de 1900, me lo contó a su manera y con gracia: –“llegaron muchos forasteros a Manzanares, incluso la cantina de la estación hizo menú especial para tanta gente. Se quedó el pueblo totalmente de noche, en los corrales las gallinas se fueron a acostar y la borrica empezó a rebuznar. Vinieron retratistas extranjeros con aparatos de chimenea y patas, se subieron a la torre de la parroquia y otros al castillo con garrafas de vino que les regaló el Ayuntamiento, el alcalde un tal González Calero Carrascosa y allí en las alturas pasaron el día”. Este comentarista se imagina una película de Berlanga de aquella época.

Después surge hablar sobre la epidemia que atacó medio Manzanares del cólera morbo en el 1855. —“A los enfermos los llevaban a la finca “El Españoleto”, donde se encontraba el lazareto, por el camino de los cerros”. —El desastre de mortalidad que produjo en el pueblo durante un año, caían la media de cinco al día de colitis y diarreas. —Llevaban a los infectados allí y pocos se salvaban. Mandaron hervir el agua que sacábamos de los pozos y blanquear las habitaciones. —Desde entonces no han dejado de enterrar cerca del pueblo. En 1880 hicieron el cementerio “viejo” (desaparecido).

“El Bolo” con noventa años, su boina encasquetada y gran entereza, recordaba todo aquél episodio de la pandemia del cólera que afectó gravemente a Manzanares. –Dio tres golpes en el suelo con la garrota, pensando, recapacitando y me hizo la pregunta:– “mi padre, que proviene de cuando en las casas de campo, se marchaban de quintería y solo comían gachas, bollosopas y patatas con pringue, –el fuego de sarmientos, dormían en los pollos, la sartén de rabo largo, en el silencio, solo se oía el ruido de soltar lo agarrao de la cuchara y ahí quedó reflejado el “catapún”.

–De esto surge el oficio del sartenero, personaje inmemorial de arreglos de:– “todo tipo de pucheros, sartenes, cacerolas y lo relacionado a composturas de estaño, lañas a dornillos y tinajas”.—Chapuzas con recorte de latas, botanas que se hacían revisadas por medio de llenado de agua, en caso de algún salidero, tenía solución.—Arreglo de colocar el “culo” a la sartén de ese catapún o los remaches a las patas o poner el asa a la alcuza, las trébedes, la lechera de salir a la calle al cabrero, ordeño de ubre y hervir la leche.

Después de esta curiosa conversación con “el bolo”, me fui a la calle la Tercia, 39 a casa de José Crespo Fierrez, más conocido por el “Hermano Pío”. Otro personaje con 97 años que tenía entonces, longevo de pertenencia, panadero de oficio, reído de la vida, humor característico, abundante vivencia, prestigiosa memoria tapada con gorra de mil batallas que, con él estuve recorriendo chascarrillos y buenaventura de primeros de siglo pasado, me refirió:

Dicen de casar, casar,

yo también me casaría                                                                                  

si la vida de casado,

fuera como el primer día.

 

Las mozas de Manzanares

no saben partir jamón;

pero si saben llevar

pelitos a lo garsón.

                                                                     

El “Hermano Pío” nació en Membrilla y a los pocos años sus padres vinieron a Manzanares. — ¡Había que hacer buen pan de candeal! Y así se quedó de panadero con diez años. Lo levantaban a las cinco de la mañana, acarreaba los leños al horno y costales de harina al obrador en la tahona de los “cristianos”. — Hacíamos el mejor pan de “cruz” de Manzanares. –Mi interés era recordar aquel olor de hace décadas, de pan recién cocido, elaborado al estilo tradicional, a horno de leña.

–Se amasaba a mano y deprisica, en caso de dormirse, el manotazo y colleja del maestro. Allí no se utilizaban las levaduras, masa madre y sobao, del que salía crujiente por fuera y mullido por dentro, aguantaba una semana y estaba igual, de los que se llevaban costales los gañanes al campo sin quedarse “miajón”.

¿Cuál es el secreto de buen pan denominado de cruz? –“El “Hermano Pío” costándole trabajo el levantar la cabeza, me respondió: –buena harina panadera, se amasa con agua, se deja reposar para que fermente de un día para otro y ya está la masa madre. ¿El hacerle la cruz por arriba y pincharlo por detrás?, dijo: –es para que salga perfecto y los vapores de cocer salgan y no reviente o se abra. Cada panadero tiene su clave, no todos los pinchos traseros son los mismos.

¿Algo curioso de tus años mozos?: –“En las bodas, la invitación se tenía por costumbre el repartir un cantero de pan y vino hartar, los novios guardaban, conservaban ese trozo, se decía que era para evitar disgustos entre las familias y daba fertilidad”. –Frase del “Hermano Pío”:–Lo que no bebas en esta vida, eso te has perdió.

Pues este fue el resultado de dos vivencias con 90 y 97 años, que hoy tendrían 131 y 138, años lúcidos y trabajando desde que tenían doce o catorce. Aclarada la incógnita del “catapún y el pan de cruz”, relatadas directamente por “El Bolo y el Hermano Pío” aborígenes de Manzanares.

Manuel Díaz-Pinés Fernández-Prieto

‘GALMANGO’

“Venimos de esbozar en la anterior entrega, la crueldad de los episodios vividos en Manzanares, durante la Guerra de la Independencia, valorando la actuación de nuestras gentes y la del Párroco Álvarez de Sotomayor”.

 … “El triunfo fue rotundo y la posición conquistada, pero, a los pocos días, fue reconquistado por los refuerzos. Las represalias se produjeron a seguido y se ordenó por el mando que los supervivientes fueran pasados a cuchillo sin previa formación de causa.

El Párroco Sotomayor, salió al encuentro de las fuerzas francesas, pero no fue solo. Iba acompañado por el Cristo Arrodillado y pedía que el rigor de su mano se descargara sobre su persona pero que respetaran al pueblo, a sus feligreses y que el sacrificio del Párroco de aquellas almas, saciara sus ansias de sangre. El General Leger Belair, cedió ante el patetismo del momento, perdonó al pueblo y al Párroco y, quitándose el fajín, lo ciñó al Cristo Arrodillado como señal de sumisión y perdón. “Perdón” es el nombre del Cristo, Jesús del Perdón.

Precisamente sobre este episodio del Párroco de Manzanares, en el Gran Teatro, fue representada, el 14 de Septiembre de 1958, la obra de Antonio Iniesta, ‘SOTOMAYOR’, drama en tres actos – el tercero dividido en dos cuadros y apoteosis final en prosa –  con dirección de D. José Díaz de Lope Díaz y un grupo de Teatro del Frente de Juventudes. La representación tuvo tanto éxito de público, que hubo que repetir la obra en varias ocasiones. Entre los actores, estaban Luisillo, Mercedes Díaz, Pepe Enrique, Luis Zárate, Paco Calero … (en las fotografías que se muestran, puede verse el reparto y una foto del Grupo). Esta obra, formó parte del Programa de Actos en honor de Nuestro Padre Jesús del Perdón, del citado 1958, con motivo de las Fiestas Patronales. El evento fue patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de Manzanares, para exaltar la figura del Párroco, D. Pedro Álvarez de Sotomayor, que en un gesto inconmensurable de fe y valentía, salvó al pueblo de ser arrasado por las tropas napoleónicas, historia real de principios del pasado siglo, bien conocida por todos los manzanareños.

También y relacionado con tantos momentos vividos en nuestro pueblo durante la Guerra de la Independencia, hay una publicación destacada de D. José María Rodríguez Rodríguez, historiador y poeta manzanareño, cuyos trabajos, traspasaron las fronteras de nuestra provincia. Había nacido en Manzanares en 1871 y vivió más de 90 años, publicando poesía costumbrista e investigando hechos históricos de su pueblo, que escribía a máquina y repartía personalmente, valiéndose de su bicicleta que le ayudaba a sobrellevar su cojera. En mi poder tengo – mecanografiado por el mismo Sr. Rodríguez – un relato de la citada Guerra, de la que destaco solo unas palabras: “ Veinte y ocho de mil ocho cientos nueve, viendo el Gobierno la fama adquirida por este pueblo, la Junta Central Gubernativa del Reino, le concede en nombre del Rey, Fernando Séptimo, aquel tan deseado, el título de ‘FIDELÍSIMA’, que lo brilla y enaltece y dicha enseña la ostenta en su escudo por su denuedo… Y termina su relato  con las palabras, Viva España, de España la Mancha y de la Mancha, Manzanares”.

En el aspecto folclórico, Manzanares ha sabido guardar, en contra de las corrientes modernas, todo el sabor de sus tradiciones patrias. En los últimos años, grupos de aficionados manzanareños, hombres y mujeres con mucho talento, representaron diferentes zarzuelas en el Gran Teatro manzanareño (ver fotografía, con muchísimas caras conocidas en La Rosa del Azafrán, desgraciadamente ya fallecidas). La seguidilla y la jota manchega aún se conservan como regusto de las costumbres de siglos pasados. Existe una corriente de favor porque estas manifestaciones artísticas no desaparezcan y en la célebre zarzuela “La Rosa del Azafrán” se pone de manifiesto toda la riqueza y tipismo de las costumbres y  se canta con música de seguidilla la letra de D. Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, siendo la  música del Maestro Guerrero. Estas estrofas del libreto de la Rosa del Azafrán, son memorables y las sabe de memoria casi todo el mundo. Los padres las cantan a los hijos, que ya las aprenden a edad temprana. Por ejemplo:

 

Manzanares, Manzanares

ya no es tierra de manzanos,

pero a mujeres bonitas

no hay quien le gane la mano.

Son esbeltas y bizarras,

son graciosas y arrogantes.

¡Pa gustarle al que me gusta

quién fuera de Manzanares!

 

Desde Manzanaritos a La Solana

hay una legüecita 

de tierra llana.

No hay una yegua que en menos de dos horas

se ande esa legua.

 

Aunque soy de la Mancha

no mancho a nadie;

más de cuatro quisieran

tener mi sangre.

 

Aunque la Mancha tenga

cien mil lugares,

no hay lugar más bonito 

que Manzanares.

 

Manzanares, ha tenido a lo largo de su existencia figuras preclaras de las ciencias y las artes, pero el caso extraordinario, el que en los finales del pasado siglo llamó la atención, fue el de la conocida por la “Ciega de Manzanares” (1818-1894) que, ciega y analfabeta, armó un verdadero alboroto en los medios artísticos y literarios de la Corte.

Sin preparación cultural previa, fue el caso típico de poetisa clásica de metro y rima perfectísimos. A su versificación inmaculada, se unía la sorprendente facilidad de improvisación sobre la base de un pie forzado, quedando boquiabiertos los oyentes. Fue, además, una gran latinista que aprendió solo de oídas a través de las persianas de un Instituto de esta ciudad. Por este procedimiento, llegó a ser profesora destacada y llegó hasta a disertar en este idioma en la Universidad de Granada. Gozó de las preferencias de S. M. la Reina Dña. Isabel II.

La “Ciega de Manzanares”, vivió de la caridad y murió en esta ciudad el 26 de julio de 1894, teniendo proyectado el Ayuntamiento la construcción de un monumento que perpetúe su honrosa memoria. Manzanares lo ansía y podrá ver colmado sus anhelos.

Los vinos de Manzanares, estimadísimos en el ámbito nacional, pero que también saben surcar las rutas de los conquistadores hacia tierra de Indias, se encuentran en una fase que puede ser decisiva para su industrialización. El vino se embotella, no solamente los vinos especiales, sino que los vinos comunes, esos modestos vinos que se beben en todas las mesas de España, también están industrializándose con vistas a una mayor difusión de sus excelencias. Todo el mundo podrá saborearlos y, como consecuencia lógica de sus virtudes, ha de incrementarse su venta en proporciones imposibles de calcular.

 En estas tareas de tipo patriótico, merecen figurar con caracteres de distinción las firmas comerciales: Agustín Serrano, Félix Espinar, Carmen G-Calero, Bodegas Felguera, Cooperativa Jesús del Perdón, Antonio Noblejas Velasco y otros muchos que comenzarán a embotellar a no tardar, estando sus proyectos comerciales en vías de ejecución.

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García

El comercio de los pueblos de nuestra comarca estaba asociado, al igual que en otras zonas, a la interacción entre las villas y los territorios rurales que las rodeaban. La producción agraria y las materias primas producidas en su entorno eran trasladadas a los lugares donde se concentraban los puestos de venta en los pueblos, que se solían articular alrededor de las plazas públicas, como foco de compra y venta de productos. En los años finales del siglo XV y comienzos del XVI se produjo un auge de la economía en La Mancha, como consecuencia de varios factores: el aumento demográfico, las buenas cosechas, el alza de los precios agrarios por la llegada de los metales americanos y el desarrollo de la artesanía local, para satisfacer las necesidades de los nuevos pobladores. Todo ello favoreció el aumento del comercio, por un lado, de los mercaderes que se encargaban del traslado de los productos agrícolas y artesanales que se producían en distintas zonas, asistiendo a mercados y creando redes comerciales, y por otro, de las tiendas que se establecieron en los pueblos, para la venta de los productos locales y de los importados por dichos mercaderes, los cuales en algunos casos cumplían ambas funciones, pues a su labor comercial y de negocio, unían la posesión de una tienda en los pueblos donde estaban establecidos.

     La existencia de tiendas en Manzanares está datada desde fechas tempranas, pues en la primera década del siglo XVI, la cofradía de San Sebastián ya poseía una lindera con las casas de Alonso Sánchez Calero el Viejo. Al mismo tiempo se constata la existencia de mercaderes locales que asistían a ferias, y se desplazaban comprando y vendiendo sus productos por toda la provincia.

     Un claro ejemplo de ello, lo encontramos en Cristóbal de Villarreal Barceno. Cuando su padre Diego Barceno, fue asesinado en Ciudad Real, durante los tumultos antijudíos de 1474, su madre, Leonor López, se trasladó a Manzanares con sus nueve hijos, siendo Cristóbal el más pequeño de ellos. Su madre y sus seis hermanas se ganaron la vida cosiendo y tejiendo, mientras que de sus hermanos uno se trasladó a Sevilla como paje y el otro se hizo sastre, estableciéndose en Membrilla[1].

     Cristóbal fue instruido durante su infancia en una escuela de Membrilla, siendo enviado posteriormente a Sevilla, donde estuvo dos años y medio al servicio de un mercader, Alfonso de Villarreal. Tras ello, completó su aprendizaje en Tembleque, con el contador Fernando de Ribera, adquiriendo los conocimientos de contabilidad necesarios para desarrollar su trabajo. Una vez adquirida la formación adecuada, se estableció en Manzanares con su madre, donde abrió una tienda de especiería, con la que empezaría a ganarse la vida de manera independiente. Más adelante, se unió a otros comerciantes de Daimiel y Villarta, recorriendo ferias y mercados de diversos lugares, aumentando así de forma importante su radio de acción. Su gran actividad le permitió aumentar su negocio en Manzanares, instalando un matadero de cerdos en su casa, en la que vendía los productos de la matanza, al tiempo que actuaba de intermediario de productos textiles, teniendo posiblemente la propiedad total o parcial de un batán, lo que le hacía participar en la mayor parte del proceso productivo textil. En 1513 fue detenido, juzgado y condenado por judaizante[2].

     Vemos como este formado mercader converso de origen judío, no se limitó a abrir una tienda para vender los productos, sino que tejió una amplia red comercial, ampliando y diversificando sus negocios, lo que le aseguraba amplios ingresos, producto de una activa red mercantil, lo que provocaba el rechazo de sus vecinos “cristianos viejos” que lo acabaron denunciado, terminando así con su lucrativo negocio.

     La mayoría de las tiendas de Manzanares, al igual que en otras localidades, se establecieron en la Plaza Pública, y acabaron siendo controladas por los poderes públicos de la villa, que veían en ellas un lucrativo negocio. En la segunda mitad del siglo XVI, de las cinco tiendas que había en la plaza, una era propiedad del Concejo, otra del bachiller Quesada, que era alcalde ordinario, y el resto de personas vinculadas a oficios municipales, con lo mantenían el control y monopolio del principal centro comercial de la villa, arrendándolas a altos precios. Los establecimientos comerciales estaban controlados por las élites locales y el propio ayuntamiento, que las alquilaban a personas con formación como tenderos, quienes se encargaban de su gestión, mientras que otros pequeños establecimientos eran propiedad de cofradías o personas particulares.

     La llegada de una nueva minoría en 1577, los moriscos granadinos reasentados en Manzanares tras la revuelta de las Alpujarras, con la capacidad y decisión necesarias para ejercer el comercio, estuvo a punto de desestabilizar el negocio. La pretensión de los moriscos de establecer tiendas para la venta de fruta, especias y lienzos, provocó que el ayuntamiento limitara el número de tiendas de la plaza a cinco, que eran las que existían en ese momento, impidiendo su aumento, por lo que los moriscos fueron desplazados a una calle situada en las afueras de la localidad, en la que establecieron sus negocios, la cual fue conocida desde ese momento como Zacatín[3], que significa “mercado de ropa” en algarabía (árabe hispano), nombre que todavía conserva.

     Parte de los productos alimentarios, se solían producir en la localidad, como los cereales, legumbres, vino, carne, y algunas frutas, mientras que otros se obtenían en las huertas de poblaciones cercanas. La mayoría de los artículos para la construcción se adquirían o  elaboraban en el pueblo y sus alrededores, como la piedra, tierra, cal y yeso, así como productos textiles sencillos, lo que fomentaba el comercio local y comarcal. Sin embargo, la falta de algunos productos básicos, hacía necesario un comercio más amplio, que traía aceite de Andalucía, pescado de Sevilla, Cartagena y Málaga, hierro de Vizcaya, madera de Alcaraz, Cuenca y la Sierra de Segura, junto a paños de seda y mercaderías ordinarias de Toledo y otros lugares[4].

     En el siglo XVII se mantenían las tiendas de la plaza, apareciendo citada la de Martín de Quijada, cuando se proyectó la ampliación de aquella, y a comienzos del siglo XVIII, en un proceso inquisitorial, vuelve a citarse una tienda de la localidad, al frente de la cual estaba María Núñez, en la que se vendían alimentos y frutos secos[5]. En esta ocasión se observa cómo las mujeres tenían cierto peso y presencia dentro del comercio local, lo cual se verá corroborado en los años siguientes.

(continuará)

 


[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). Sección Inquisición, Tribunal de Toledo, legajo 163, expediente 7, Proceso contra María López por judaizante, 1512-1522.

[2] AHN. Sección Inquisición. Tribunal de Toledo, legajo 188, expediente 10, Proceso contra Cristóbal de Villarreal Barceno, 1513-1523 y TOLEDANO GALERA, Juan: “Conversos y comercio en el Campo de Calatrava en la Edad Media. Siglos XV-XVI” en Cuadernos de Estudios Manchegos, II época, nº 23-24. Instituto de Estudios Manchegos. Ciudad Real, 2001, pp. 32, 39 y 40.

[3] GÓMEZ VOZMEDIANO, M. F.: Mudéjares y moriscos en el Campo de Calatrava. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real, 2000, p. 104.

[4] VIÑAS MEY, C. y PAZ, R.: Relaciones histórico-geográficas-estadísticas de España ordenadas por Felipe II. Ciudad Real. Centro Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1971, p. 297.

[5] AHN. Consejo de Órdenes Militares, legajo 6089, visita de 1607 y Tribunal de la Inquisición de Toledo, legajo 33, expediente 16, Proceso de fe de Manuel Carrán y Manuel Pajero, 1707.

Hay fotografías que encontramos olvidadas en cajones de cualquier mueble, guardadas en cajas de zapatos o en latas de carne-membrillo, sobres pajizos de pegar con la lengua o en álbumes olvidados. Al verlas junto a facturas, recibos y estampas recordatorios de algún pariente, la mente empieza a “furular” aquellos momentos con los atrasos correspondientes de años. Personas que desaparecieron y dejaron algo que referir de la vida, esa huella transcurrida, el simple comentario de aquel día cotidiano.

Esta instantánea principal está realizada en la calle “Ancha” (Jesús del Perdón), bar-restaurante de Dionisio “Saga”, una especie de “café Gijón” de pueblo, local lindero con la ermita de La Veracruz que después pasó a ser “El Pancho”.

Dionisio, personaje dedicado toda su vida a la hostelería, primero estuvo en la repostería del “Gran Casino” (2 años), después a este lugar, junto a su familia. Cogía la cazuela de barro y lo primero era regarla de vino, ajos, aceite de Julio Fernández, cordero manchego o merluza fresca que le descargaban a diario y el resto como en la mili, “se le supone”. Así lo hacía en los fogones que manejó muchos en su vida. Gran cocinero, conversador y conocedor de la gastronomía. Después se instaló en la misma calle, local más amplio y gran comedor, “Mesón de Don Quijote”, decía: –los negocios se hacen en lugares de paso, donde la gente entra y sale. Cuando hicieron la desviación de carretera, cortaron el paso por Manzanares y “El Saga” fue buscando lo que actualmente conocemos. Nombrado “Sembrador 2011”.

La calle Jesús del Perdón era travesía obligada, carretera de Madrid-Cádiz del que existía uno de esos indicadores en la puerta de la casa de Matías Muñoz Km. 174 y el 175 en el “puente de los pobres”. Manzanares fue lugar estratégico de “parada y fonda”. Están registradas seis posadas, diez pensiones, tres hoteles, un Alberge Nacional y cantidad de habitaciones particulares alquiladas, aparte de lugares de juego, bares, tabernas y otros de entretenimiento que tenían vida nocturna “alegre”. Así lo especifica el “Baremo Provincial” (Enrique Lérida- C. Real). Nuestro pueblo tenía vida callejera las veinticuatro horas del día, con menos habitantes que Tomelloso o Valdepeñas se igualaban en animada nocturnidad, habiendo necesidad de vigilancia con serenos de gorra y pareja de municipales.

En el mes y año de esta fotografía se estaban rodando escenas de la película “La Venganza”, coproducción escrita y dirigida por Juan Antonio Bardem, duró tres meses, de finales de junio al 29 de septiembre del año 1957, en plena siega. Parte en Membrilla y en Alhambra.

En este plano se encuentran sentados los paisanos conocidos: Rafael Ochoa, pensativo, gafas de sol. Antonio Pacheco mirando algo y no precisamente el “móvil”. Emilio Manrique de Lara con botas camperas, Emilio el “yesero”. Al fondo de pie, el comentado Dionisio Saga con su atuendo de buen restaurador y dispuesto, Rosas (corredor de cereales), Lolo y Pura (la madre de los Sagas). Durante aquel periodo de rodaje fue el proveedor, servicio de restaurante y cafetería para todo el personal contratado. En la mesa se aprecia el final de sendas cañas, sillas de tijera, aquellas de madera que alquilaban para los velatorios de rosario fúnebre, con acompañamiento familiar y esclavitud para las posaderas.

El director J. A. Bardem en varias ocasiones los llamaba a dichos protagonistas, pidiéndoles orientación y consejo de la forma de convivir el segador con el amo, como conocedores y haber pataleado el campo, queriendo representarlo en el drama peliculero que se estaba rodando sobre la siega. Aunque el guion ya estaba escrito, la censura política le hizo cambiar varios papeles e incluso el titular que era “Los Segadores” tuvo que cambiarlo por “La Venganza” decían que coincidía con el titular del himno nacional catalán y la acción del guion trasladarlo a 1931 para que no coincidiera con la época actual del rodaje y de esta forma perdiera su carga política.

Por tal razón y con cabreo sobrecargado el Sr. Bardem recurría a personas que conociesen el movimiento y trato con los trabajos del campo a pleno sol, caserío, amoríos, celos, vestimenta, segadores en familia e incluso me comentó Antonio Pacheco que llegaron a intervenir en varios planos con Carmen Sevilla, Raf Vallone que hacia el personaje de “Luis el Torcido”, Jorge Mistral y sobre todo con Bardem que llevaba el peso. Preocupación palpable que se refleja en esta fotografía.

Se alargó el rodaje de la película, los planos ya hechos no sirvieron. Todos los días los taxis de Severiano y Tomasín tenían que traer y llevar al lugar escénico a los personajes, unas veces desde el Parador, otras a Madrid; ellos hicieron su agosto. Una vez a la semana en el Cine Avenida visualizaban los planos, cortes, repeticiones de escenas. Me gustaba aquel entresijo oculto, las peleas, luchas, navajas, riñas, sangre. La voz potente de ¡corteeen!, ¡acción!, el golpe seco de la plaqueta: –¡toma número 128-B!

Ver al actor en vivo, su transformación, el montaje, todo es puro camelo, velocidad de cámara y fantasía. Curioso la sección de maquillaje, muy interesante el vestuario y peluquería, la iluminación, enfoque, primeros planos, el trabajo y efectos de los “especialistas”, movimiento de cámaras. Sorprende ver el rodaje y finalmente verla en pantalla. Escenas que ni aparecen.

Película que ganó la crítica Internacional del Festival de Camnes, siendo denominada al Oscar a la mejor película extranjera. Esto es estar “tras de las cortinas”, los teloneros observan y el actor hace su papel. Después queda según el guion y dirección.