Por Manuel Rodríguez Mazarro

En el pleno ordinario de septiembre 2018, ocasionó debate las incongruencias de juntas y pegas que, por los alrededores, lugar denominado trasero Plaza del Gran Teatro y Juzgados se solían ver amantes de tertulia con “Don Simón” o “Gran Duque” y algún que otro tetrabrik con “abrefácil”. Presencié uno de estos descorches, sorpresa.

El abrefácil, según la frase indicativa con flecha incorporada es fácil de abrir, resultó no ser de tal efecto, cada oponente echaba mano al tetrabrik con carátula de caserío de viñedos, y el pequeño orificio no había manera de producir el desprecinto. Cada cual pronunciaba su frase, alguna de ellas fue: –“Este invento lo hicieron los científicos para alterar nuestras vidas”. Un señor con barbas de semana larga, comentó: “Con estos problemas de mascarilla han venido a ruinar las viejas normas de beber a morro”.

En el aposento “banco”, escuchaba la voz del parlamento plaza Gran Teatro, el más sensato agarró el envase de cartón y dijo: –“Cada vez nos lo están poniendo más difícil a los amantes a la naturaleza y a las plantas, sino destapo este aparato, habrá que emplear el compresor”. Un rato siguieron dándole vueltas al tetrabrik, sin ver el truquillo.

Llegó el “mellica”, trefe de garrón, garrota con borlas de cortina, conocido en la tertulia por el “prudente”. ¿Qué pasa? –¡nada, que no le damos en el “chís” a este asunto del “abrefácil” de las narices!– “cada vez más pegas por todo, van a hacer que no bebamos”.

El tal “prudente” agarro a Don Simón, le entró un bolígrafo en tal orificio y salió la anilla hacer puñetas. Toda la audiencia aplaudió aquél final feliz, compartiendo el interior del recipiente. Al fin el invento se dio por vencido gracias a la sabiduría del mellica “prudente”.

El resumen de aquella odisea viene a cuento en los actuales momentos que atravesamos del virus y pandemia “covic-19”, fugas eméritas, protagonistas que su mayor problema era poner en práctica el “abrefácil”. Añoranza de aquel pleno, en que se discutió para tomar medidas contra el consumo de “Don Simón” o “Gran Duque” en la Plaza del Gran Teatro y el deterioro que originaban higiénicamente y también hay que incluir los partidos de fútbol de joven edad que se organizan impidiendo el paso del transeúnte y algún balonazo imprevisto.

Colectivo que allí se reunía “marca España”, ambiente de esta plaza que actualmente se ha quedado viuda, se disfruta sin incomodidades y desgraciadamente ha tenido que venir la “corona-19” para dar solución sin crispaciones. No hay mal que por bien no venga.

 

 

Por Javier Sánchez-Migallón Royo

 

El sector del vino, desde el agricultor con sus viñedos, hasta la comercialización de la botella en un bar o restaurante ha sido muy perjudicado por el confinamiento. Empezando quizá por mayor importancia los bares y restaurantes de Manzanares, con comercialización CERO, es decir ni una botella de vino vendida desde que comenzó, hasta que poco a poco, se han podido ir abriendo, son los más perjudicados.

Seguimos con nuestras bodegas que han visto reducir sus ventas, en España y en el mundo, como más tarde comentaré, entre un 45 y un 65%, exceptuando la venta en el canal alimentación, que, si se ha visto incrementada, pero que no cubre las perdidas por el otro lado. Y las exportaciones a otros países que también se han reducido enormemente

Terminamos en el agricultor, que quizá hasta el momento ha sido el menos perjudicado, pero que lo será, seguro, de cara a esta próxima vendimia y a liquidación del precio de la uva en esta campaña en la que estamos al que sea cooperativista y en la ya casi inminente próxima campaña y vendimia.

Dicho esto, que es muy importante, creo y deseo que el sector del vino siempre ha sabido reinventarse y ha salido de innumerables crisis, la mayoría de las veces airoso.

Durante este tiempo de pandemia he tenido la suerte de participar en debates y catas via internet, cosa que nunca había hecho y la experiencia ha sido fenomenal, por eso se la quiero contar.

Empezamos con una conferencia debate con la Organización Internacional del Vino, con sede en París y en la que, con traductores, tuvimos un debate interesantísimo, gente que nos dedicamos al vino, de la práctica totalidad de países del mundo, EE. UU, Francia, Alemania, China, Argentina, Alemania, Italia, Nueva Zelanda, etc. Yo tuve el honor de representar, entre otros, a España como medio informativo. Por desgracia los datos fueron abrumadores, esperaban una caída de ventas a nivel mundial de un 45% y una honda preocupación.

A los pocos días tuve otra presentación por parte de la FEDERACION ESPAÑOLA DEL VINO, que reúne a la mayoría de los embotelladores y bodegas de España y que está presidida por Miguel Torres, de Bodegas Torres del Penedés. también se tuvo un importante debate y también por desgracia las conclusiones no fueron muy optimistas, con bares y restaurantes cerrados y el turismo relegado a la nada, el vino lo acusa enormemente.

Pero no todo es negativo y las bodegas españolas han comenzado a moverse, como dije, a reinventarse, frente a posiciones pesimistas que no vienen al caso, pero que hacen mucho daño al sector, pretendiendo enfrentamientos. Las bodegas comenzaron a promocionar sus vinos de varias maneras, con un decidido apoyo al sector hostelero, con regalos de las primeras botellas de vino para promocionar el consumo tan pronto abran los bares. “la primera copa la pagamos nosotros” es el lema de algunas bodegas en una excelente idea promocional.

Otra idea son catas telemáticas. También tuve la suerte de participar en una cata internacional de un vino de Rioja, en la que estábamos catando gente de América, Inglaterra, Francia, etc. Grandes Gurús del vino, como Tim Atkin, Máster of Wine británico y al que siguen sus consejos millones de personas en el mundo entero, participó también y tuve el placer de catar vinos junto a él y otros aproximadamente 30 catadores del mundo entero. Una experiencia nueva e inolvidable.

Muchas bodegas ofrecen sus vinos por internet acompañados de derecho a una cata telemática y está teniendo un enorme éxito. Se compra el pack de vino, te lo envían a tu casa y vía internet te dan una cata en la que puedes participar.

Con todo esto quiero decir, ciñéndonos al sector del vino, tan importante para Manzanares, que quizá nos toque pasar un tiempo malo, pero que hay que tener confianza en que saldremos adelante, al igual que en otros muchos sectores, quizá sea difícil, pero lo conseguiremos.

Recuerda cuando se salga de esto, apoyar nuestros vinos y nuestro comercio para ayudar a salir y que lo antes posible podamos brindar con un buen vino. Siempre mejor con vino.

 

 

 

Por Juan Ramón Morales

Jorge Bucay dijo que “Equivocarse es parte importante del aprendizaje pues sin equivocaciones no hay crecimiento”. Yo, después de una vida entera dedicada a la noble tarea de enseñar, creo que, por razones de edad, ya debo estar ‘pasado de moda’ en lo que se refiere a educación, aunque esto no me invalide para dar mi opinión al respecto, por eso empiezo con la frase de Bucay, si me equivoco, esto me hará crecer.

Siempre he mantenido que la inversión y los acuerdos en materia educativa deben ser a largo plazo y que los políticos deben llegar a los consensos necesarios para que una Ley educativa tenga una más longeva duración. En España, desde 1970, solo ha habido dos modelos educativos. El que puso en marcha Villar Palasí, que premió a los docentes con una merecida subida de sueldos, pero que hizo millonarios a Jesús Polanco y Francisco Pérez (dueños de Santillana) y la reforma de Maravall y Rubalcaba. Desde entonces estamos con variaciones sobre el mismo tema, sin que, al menos la mitad de la población, pueda haber contribuido con alguna idea en algo tan trascendental como es la educación en la vida de las personas.

El texto de la nueva Ley de Educación ha sido redactado con nocturnidad y alevosía, sin el más mínimo consenso, lo que supone volver a imponer una ley partidista e ideológica, sin visión de Estado y sin atender el clamor ciudadano por la estabilidad y a favor de un Pacto de Estado por la Educación y sólo con esto ya se está insultando gravemente a la democracia, a pesar de que se diga tanto que hay dos sindicatos que están de acuerdo, cuando estos sindicatos no son mayoritarios en el sector de la enseñanza. A la altura que estamos del año, es decir a un mes del inicio del curso hay 17 planes para comenzarlo, uno por Autonomía, y no sé si la gravedad de la situación que el Covid-19 nos está haciendo vivir, permita a principios de mes dejarnos corroborar lo que aquí voy a decir y que sí esta haciendo que la Ministra del ramo se encuentre escondida, o en paradero desconocido.

Con esta Ley se asesta un duro golpe a la Enseñanza Concertada, cuando el Estado no está preparado para garantizar la educación sin su permanencia, ni tampoco con su desaparición. ¿Cómo se puede mantener un Colegio Concertado con 8 o 10 alumnos por clase (son los que quedarían tras llenar a reventar los públicos)? Sin concertada, ¿dónde se meterían los alumnos sobrantes (construyendo colegios, aumentando el gasto público, ¿más?) y haciendo desaparecer empresas, en este caso educativas)? Y es que esta Ley se está inventando el Derecho a la Educación Pública, cuando el único derecho reconocido es el de la Educación. No quiero decir que esta Ley elimine de facto la enseñanza concertada, pero por algo hay que empezar.

Pero lo grave del asunto es que, con la nueva Ley, vamos a tapar con errores aquellos errores que, al parecer, no nos gustan. No se actualizan los contenidos; no se aumenta la autonomía de los centros; no se consigue, tampoco se ha buscado, un mayor apoyo de los profesionales; no se vertebra el sistema educativo y por lo tanto se pierde la igualdad de oportunidades, estableciéndose diferencias significativas de una comunidad autónoma a otra.

Se está intentando imponer un sistema incongruente y anticuado con el que las aulas se convertirán en el lugar en que será fácil intentar el adoctrinamiento.

Se discrimina a la Religión como asignatura (cuando no es obligatoria) y se va a imponer el desprecio por ciertos valores como el esfuerzo, el trabajo, el mérito o la capacidad al dejar pasar el Bachillerato con asignaturas suspensas. Una vez más, igualamos por debajo.

 

Por Javier López Mozos

Todos conocen la silueta de Don Quijote, en hierro, que aparece en las entradas de los pueblos de la ruta del Quijote o más bien, de la provincia de Ciudad Real.

La fotografía, muestra el muro que existe en Manzanares, ¿conocen dónde está ubicado? Probablemente sí, pero me atrevería a afirmar que no todos recuerdan dónde. Ahí lo dejo para que lo busquen en sus paseos. Desconozco cuántos muros con el perfil existían en nuestro pueblo -la última información de la que dispongo es que había otro, ya desparecido, cerca del Saga- somos encrucijada y probablemente habría alguno más. Hoy día, solo queda este y confío en que a ningún desalmado se le ocurra expoliarlo y… otra pieza de nuestro patrimonio que se pierde. Porque, son muchos los objetos que desaparecen de la noche a la mañana. Elementos como este, que son de todos, por desconocimiento de su valor artístico, cultural, de estilo, tendencias a las que representa o época de creación, se escapan de los catálogos y son abandonados a su suerte la mayoría de las veces. No podemos permitir que avispados los destrocen o se los lleven para sus colecciones.

Volviendo a la imagen e intentando observarla con otra mirada, se aprecia un deterioro evidente y es necesaria una intervención. Como miembro de El Zaque, me consta que esta Asociación Cultural lo tiene como una de sus preocupaciones de conservación y recuperación patrimonial.

Los muros se ven construidos con piedra caliza como la de los majanos, algunos con su zócalo en añil y el resto encalado; aparecen unos cuarterones en los que en su momento podía leerse una frase y el nombre de la población pintado o en letras de hierro al igual que el contorno de Don Quijote. En la mayoría aparece la frase “…un lugar de la Mancha.” y el nombre de la población, en nuestro caso, “Manzanares”, aunque hay pueblos como Argamasilla de Alba que modificaron la frase y dice “…el lugar de la Mancha”, lo mismo en Villanueva de los Infantes, o “…el corazón de la Mancha.” en Alcázar de San Juan, la mayoría poniendo en valor sus cualidades.

Analizando con otra mirada, ¿se han fijado en la figura? Qué estilizada y proporcionada la postura de Don Quijote sobre el caballo, recta con la espalda tiesa y la cabeza ligeramente levantada con el mentón apuntando hacia adelante, arrogante, seguro de sí, mirando al horizonte y escudriñando el pueblo en el que se dispone a hacer entrada y a sabiendas que será bienvenido. Y del rocín, ¿qué me dicen?, cómo muestra su cansancio, cómo va con la cabeza gacha, deseando llegar a su cuadra, que lo cepillen, den agua y pienso, aguardando una nueva larga jornada.

El conjunto es bello y tiene muchas connotaciones, el artista supo darle el tamaño y la forma justa para que hablase por sí mismo. A este autor no le han indultado a Don Quijote como a Manuel Prieto (autor del toro de Osborne). Ahí está esperando a que lo adecentemos, lo recuperemos, se haga más visible, para ser el primer paisano que vea el caminante o viajero cuando llega a la población y se haga una idea de que aquí, todos somos Quijotes.

 

 

Por Francisco Burruezo Martínez

Leí en el último número de SIEMBRA el Artículo de Opinión de Jesús Isidro Sánchez titulado ¿Nuestra historia será parte de nuestro futuro? Y me llamó mucho la atención: llevo viviendo 23 años en Manzanares, he pasado por la calle “El Manifiesto” pero nunca he oído a nadie hablar de qué sea y qué importancia tenga. Lo mismo me pasa con las demás situaciones que presenta Jesús. Estoy de acuerdo con él en que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro: lo primero que hacen los pueblos que quieren valorarse a sí mismos es poner en valor su propia lengua, sus giros, su geografía, su historia, sus edificios, sus personajes notables, los hechos importantes que en ellos han sucedido…

Y una posible razón puede encontrarse en la visión sesgada de las ideologías dominantes a través de las distintas épocas… e incluso en el “vicio nacional” que es la envidia: basta que una cosa buena no la haya hecho yo, sino los de pensamiento distinto, para que yo la denigre o, por lo menos le aplique la ley del silencio: de aquello no se habla hasta que se olvida.

Leí el otro día un ejemplo: los ingleses proclamaron a los cuatro vientos el fracaso de la Armada española que intentó atacarles y fracasó: ellos la bautizaron como la “Armada Invencible”, cuando en definitiva se perdieron unos 30 barcos y regresaron 100, casi todos barcos de transporte. Sin embargo, un año después los ingleses enviaron una gran armada a España, para conquistarla, al mando de Drake, con más barcos -180-, y no consiguieron nada y volvieron a Inglaterra “con el rabo entre las piernas”: con 15.000 muertos y miles de desertores. Y entre 40 y 50 barcos se perdieron o fueron capturados. Pero de esto es muy difícil encontrar un titulado español de grado superior que tenga ese conocimiento. ¿No es posible que nos suceda lo mismo en Manzanares?: podemos tener episodios gloriosos, pero no los hicieron “los nuestros” o de alguna manera nos avergüenzan, aunque sea un poquito.

Siempre he luchado por desmitificar el valor “religioso” que se da a las distintas ideologías: es llamativo que casi siempre se basen en “si no estás conmigo, estás contra mí”. Puedo no estar contigo en algún punto, estar de acuerdo en otros y aportar distintas manifestaciones colaterales porque existe una inmensa gama de grises…

El defensor de una ideología suele presentarse con una gran supremacía moral: las causas que defiende son siempre justas, sensatas, razonables, morales, superiores y llevan a una evolución imparable hacia un bien mayor. Y, entonces, claramente, los que no piensan como ellos se oponen incomprensiblemente a tanta bondad, y por tanto sus causas son siempre injustas, insensatas, irracionales, hipócritas y como un fósil del pasado.

Suelo poner el ejemplo de que la ideología es como mirar un objeto solamente desde un punto de vista y explicar toda la vida desde lo que se ve. Si observo una caja de cerillas a lo largo veo unas cosas, si lo hago a lo ancho veo otras distintas, si la pongo en vertical veré otras y así es la vida, que tiene sus luces y sus sombras, sus rugosidades y sus hondonadas… y sus diferencias. Entonces, ¿las ideologías son intocables? Quizá nos lleven a “mirar el mundo por el ojo de un canuto”.

Por Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

Las campañas de recolección de ajos, melones, uva, precisan en nuestra región de unos 20.000 temporeros. Mano de obra imprescindible para un trabajo en el campo muy duro, en el que cada vez un menor número de personas de aquí están dispuestas a participar.

Vienen todos los años, no es algo que nos suponga una novedad, y sin embargo, un porcentaje muy importante, no encuentra unas condiciones de trabajo y alojamiento que puedan considerarse dignas.

Malviven hacinados en naves sin las dotaciones mínimas de salubridad, en casas abandonadas, a merced de intermediarios que los ofrecen a empresarios agrícolas, quedándose con una gran parte de su salario.

Este año, a causa de la emergencia sanitaria del coronavirus, están teniendo mayor visibilidad y las autoridades están prestando mayor atención a este colectivo, por el riesgo de contagio que entraña sus precarias condiciones de vida y sus desplazamientos en furgones abarrotados a los lugares de trabajo.

Parece razonable y exigible una intervención conjunta de Gobierno autonómico, municipios afectados y empresarios agrícolas, destinada a poner orden en esta vergüenza generalizada que mantiene en condiciones muy parecidas a un tipo de esclavitud, a personas que se desplazan a realizar unas labores imprescindibles para la economía de nuestra región.

No es admisible mirar, como se ha hecho hasta ahora, para otro lado, todos saben cual es la situación de este colectivo, cuando van a venir, cuando van a marchar a otra zona, los abusos que sufren, la carencia de asentamientos dignos, o la falta de referencia en los convenios del campo a que se faciliten alojamientos y desplazamientos decentes.

El miedo a los temidos brotes de coronavirus, con los antecedentes de Lérida y Aragón, ha hecho que desde la Junta de Comunidades se tomen algunas medidas de control, novedosas y positivas, pero insuficientes. Es necesario prever alojamientos colectivos dotados de aseos y duchas, tener garantías de que los salarios llegan íntegros a los trabajadores, y que las jornadas laborales se desarrollen conforme a lo establecido legalmente.

Es cierto reconocer que un porcentaje significativo de empresarios agrícolas, cumplen con la legalidad, y tratan decentemente a sus empleados, pero todavía un gran número de temporeros viven situaciones que pueden considerarse como propias de la esclavitud que creíamos ya erradicada en este siglo XXI. Las asociaciones y ONGs que se preocupan por este problema, desde hace bastantes años, vienen denunciando esta situación, sin que haya habido reacciones ni se hayan tomado medidas eficaces para combatirla. Esperemos que sea algo que cambie en la llamada “nueva normalidad”.

 

 

 

 

Por Pedro Lozano Martín-Buro

 

Bartleby, el escribiente es un libro de Herman Melville, autor de Moby Dick. Este cuento narra la historia de un empleado ejemplar de un despacho de Abogados de Wall Street, que de un día para otro decidió no cumplir sus obligaciones de una manera surrealista. Cuando su jefe le pedía que examinara un documento, Bartleby comenzó a contestar lacónicamente de la siguiente manera «Preferiría no hacerlo» (I would prefer not to, en el original). A partir de entonces, a cada nuevo requerimiento, contestaba únicamente esta frase, “Preferiría no hacerlo”, aunque continuaba haciendo otras tareas. Bartleby no abandonaba nunca la oficina, se quedaba a vivir allí pero cuando se le requería para hacer algo Bartleby respondía siempre con la misma frase. Preferiría no hacerlo. Esta falta de compromiso también la hemos visto este verano en Manzanares en relación con el botellón, la pandemia y los problemas de seguridad sanitaria con los vecinos del paseo del río. La respuesta del Ayuntamiento como si del mismo Bartleby se tratara fue similar. Vean.

Ante la preocupación generalizada por los rebrotes surgidos en todo el territorio nacional relacionados con el ocio nocturno y que estaba afectando a grupos de población cada vez más jóvenes, se pidió en el Pleno que se hiciera una valoración sobre los riesgos de la celebración del botellón en Manzanares en el barrio vecinal de la Isla Verde. La respuesta fue de traca, al estilo Bartleby, “el botellón es un acto de socialización…si las circunstancias cambian y hay que prohibir el botellón, lo haremos”.

La calidad de vida de los vecinos del paseo del río y la seguridad sanitaria del resto de la población no importaban, prevalecía la socialización de los jóvenes.

Ver para creer, parece que no disponían de las gafas adecuadas para ver la realidad y acercarse a la lógica con sentido común ya que no sólo no se preocuparon por los problemas de esos vecinos y de la seguridad sanitaria del resto de la población, sino que cegados olvidaron que estamos en una pandemia y que más vale prevenir que curar. No era el momento de debatir sobre botellón sí o botellón no, era el momento de anticiparse, de mirar a largo plazo. No era política, es algo natural que caía por su propio peso.

Días más tarde, afortunadamente la situación se recondujo y el Ayuntamiento de Manzanares rectificó y decidió expedir un decreto de alcaldía por el que se prohibía el botellón, bien porque las circunstancias cambiaron y no lo supimos, por sentido común o simplemente porque analizaron lo que otros pueblos y ciudades estaban haciendo.

El botellón es algo difícil de resolver, es un problema que existe en todas las poblaciones y no le exijo al Ayuntamiento que encuentre la fórmula que nadie tiene. Es otro debate. Era algo más sencillo o más difícil, según se mire. Estamos en un momento único, en plena pandemia, donde no hay que actuar como Bartleby, el escribiente, hay que dar lecciones de liderazgo visible, previniendo problemas futuros y tomando decisiones comprometidas.

 

Por Silvia Gordillo de la Cruz

 

Este octubre de 2020 hará treinta y cinco años desde que, por cuestiones familiares, me trasladé de Manzanares a Madrid.

Me subieron en uno de aquellos Intercity amarillo y marrón (los “platanitos”) con mi madre. Tenía diez años y dejaba atrás mi Colegio Altagracia, mi Parroquia de Altagracia, y quedaban en las vías muchas cosas de mi incipiente vida.

Para mi Madrid era la ciudad donde vivía mi yaya, la de la Cabalgata de Reyes con camellos de verdad, los autobuses azules (después rojos y de nuevo azules), el Metro, la cafetería de El Corte Ingles, el zoo…

En Madrid todo era grande. Si en Manzanares ibas a cualquier sitio andando, yo, los primeros días de clase, tenía que coger un tren que, además, no iba al aire libre, sino por túneles.

Incluso llegando a un cole nuevo y teniendo que hacerte a los compañeros de clase, Madrid me acogió de maravilla. Nunca me sentí forastera. Pasé de vivir en una casa desde dónde veía el Parterre y las carteleras, a otra donde los edificios eran todos de ladrillo y jardines entre medias, con sus praderitas de césped que recordaban a los de algunas vacaciones en la playa.

Crecí, y volvía a Manzanares, primero con mis padres y luego, más mayor, según mis apetencias.

En Manzanares recuperé amigas del coro de Altagracia, que ya adolescentes, habían ampliado su pandilla y en la que me incluyeron sin alboroto. Era gracioso, porque pasé a ser “Silvia, la de Madrid”, y tampoco así me sentía forastera en mi pueblo.

Y dirán ustedes que a qué viene toda esta reflexión. Por ser mi primera colaboración en esta querida revista, que lleva entrando en casa tantos años, quería que supieran un poco de mí.

Curiosamente mi madre, que tanto disfrutaba leyéndola, porque a ella “tan de Madrid” le encantaba seguir unida al pueblo donde vivió trece años, no va a poder leerla. Porque en estos meses tan raros, se nos ha marchado. Bueno, creo que con estas moderneces del siglo XXI, quizás llegue este ejemplar al cielo de las madres y disfrute leyéndome.

Les decía que se preguntarán por esta reflexión. Pues viene a un concepto, que con esto de la COVID (aún no sé si masculino o femenina), se ha desarrollado en cierto imaginario común: la “madrileñofobia”.

Si no les suena, les explicaré un poco en qué consiste. Se trata de cierto reparo que han manifestado en algunas zonas de nuestro país a la llegada de visitantes madrileños, ya que, por venir de una zona donde el virus ha tenido mayor número de casos, se les considera de alguna forma peligrosos.

El miedo, suele decirse, es libre. Pero no creo que el problema de esta pandemia sean quienes desde Madrid llegan a otras zonas. Se solucionaría levantando una valla en el límite provincial o teniendo que lucir en el brazo un parche con el oso y el madroño una vez que se pasara el Tajo en Aranjuez, el túnel de Guadarrama, el puerto de Somosierra….

Según el índice de incidencia acumulada de la enfermedad en España, Madrid ni encabeza ni ha encabezado rankings de casos porcentuales. Sí de totales, pero porque hay más población. Pero en este agosto, provincias como Burgos, Cuenca o Ávila doblan el índice.

Será en septiembre, en octubre, o el año próximo, pero Madrid volverá a ser tierra de acogida de estudiantes, trabajadores buscando oportunidades o cualquier otro motivo.

Y entonces, no preguntarán de dónde eres, como nadie lo ha hecho conmigo en estos treinta y cinco años. Porque se sabe que uno es de donde nace y, según el sabio refranero, también de donde se pace. Y si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Madrid, o Manzanares, también.

Abandonemos esos sentimientos. Pensemos que de esta saldremos juntos, no por quienes nos gobiernan. Se hará como siempre ha hecho este país: ignorando el DNI y arrimando el hombro.

 

Por Pablo Nieto-Sandoval Gutiérrez

Cuando escribo este artículo, a finales de junio, llevo días observando cómo la “nueva normalidad”, tras el desconfinamiento, ha resultado tener dos caras: la primera de ellas es permisiva y laxa; la segunda, puntillosa y restrictiva. Parece más que claro que todo tiene que ver con el interés que los responsables de cada área han mostrado a la hora de lograr que sus competencias vuelvan rápido a la situación pre-covid. Así, unos disfrutan de la —casi— normalidad y otros no pueden —casi— ni reunirse. Cuestión de prioridades…

Me parece comprensible que, para evitar el total colapso económico-social del país, se den facilidades a nuestros sectores estrellas: al turismo y a la restauración. Comprendo que la famosa distancia social no pueda ser mantenida en ciertos lugares y que la mascarilla sea incompatible con ciertas actividades como comer, complemento ideal de unas vacaciones. Puedo llegar a asumir que es necesario relajar el control fronterizo para que los extranjeros que tanto dan a nuestra economía puedan venir y disfrutar de nuestra tierra sin demasiado control. Teniendo como excusa la economía nacional, puedo entender que se den estas facilidades.

Lo que no puedo entender es que sectores como la cultura vayan por el camino empedrado y que sea casi imposible practicarlos. Se ha decidido, entre otras medidas, que los componentes de formaciones musicales deban tener una distancia de 1,5 metros entre ellos. Si consideramos la salud lo más importante, no hay nada que objetar. El problema llega cuando el músico que no ha podido ir al ensayo o el espectador que no tiene conciertos a los que acudir deciden ir al bar, porque ahí no le van a exigir mascarillas —a ver quién es el guapo que se toma una cerveza poniéndose y quitándose el dichoso complemento a cada trago— ni tampoco guardar la famosa distancia porque, oiga usted, la mesa es la que es.

No me entra en la cabeza que tal situación pueda darse sin que a alguien con dos dedos de frente que tenga el deber de tomar decisiones se extrañe o se pregunte al respecto. Sin embargo, me sorprende menos que sea —una vez más— la cultura el sector relegado siendo el máximo responsable del área el ministro Rodríguez Uribes, quien dijo: “primero la vida y después el cine”, como si no fueran compatibles de la misma manera que lo son la vida y el deporte profesional (en su mismo ministerio). Es lo que tiene sustituir a un buen profesional —como el señor Guirao— por un alguien a quien la cultura le importa bien poquito (y eso que gobierna el mismo partido).

No es la cultura el único sector perjudicado por la desescalada; miren la educación. Casi tenemos que dar gracias porque la ministra Celáa haya decidido matizar su afán de bimodalidad educativa, para alivio de alumnos, padres y docentes, y ahora se contemple dar clases con la máxima presencialidad posible. Es lógico que se considere que 35 alumnos en clases pequeñas son foco de contagios. Sin embargo, no se les ha ocurrido bajar la ratio —y de paso mejorar la calidad de la enseñanza—; ha sido preferible hacerse el harakiri y empeorar —aún más— el sistema de docencia español.

En definitiva, se ha aplicado una desescalada acorde al nivel de importancia que ciertos cráneos “previlegiados”, como los catalogaba Valle-Inclán en su genial Luces de Bohemia, han dado a sus áreas. Así, discotecas, bares, restaurantes, etc., tienen el nihil obstat para hacer de su capa un sayo y funcionar, prácticamente, como si el coronavirus hubiera sido un cuento infantil. Sin embargo, el mundo de la cultura permanece casi paralizado por las restricciones y a la educación le damos el sí con condiciones simplemente porque es imposible funcionar de otro modo. El doble rasero o la doble vara de medir del desconfinamiento: ¡Cómo se nota lo que les importa!

 

                                Por Manuel Rodríguez Mazarro.

No me acoplo a este talante de realidades que nos ha tocado vivir, nos está costando trabajo acoplarnos al teje maneje, sobre todo a nosotros, las “viejas glorias”. Cuando hay que manejar los cajeros bancarios, nos ponemos nerviosos, siempre hay gente esperando en la puerta a distancia como si tuviésemos pandemia, ni con gafas vemos las indicaciones de la pantalla, se empañan los números, tememos equivocarnos y los de la puerta esperando.

                Añoro las ventanillas con personas sin mascarilla que respiran, las veías mover los labios, saludar, hablar y tratan de ayudarte. Actualmente son bocas y narices invisibles que no se sabe si ríe, gesticula o tiene bigote, solo ves una especie de bozal bajo los ojos y que algo se mueve por bajo. Los sordos que leen por el movimiento de labios ¿cómo se las arreglan?

Igual ocurre con los teléfonos a los que responde una voz pregrabada y aunque contestes, la voz continua su royo y a seguir pasos de laberinto, así veo a los actuales políticos ¡vergonzoso! la “escalada de fases”, el estado de alarma, la educación telemática, …

Que odisea aquella del estraperlo y reventa de mascarillas que no había en el mercado, se llegaron a prefabricar caseras con telas y cintas olvidadas en el baúl de los recuerdos, –salieron las máquinas de coser “viejas glorias” de Singer y Alfa volviendo a hilvanar pliegues. Gracioso cuando llegaban los aviones de China, cargados con material, resulta que nos engañaron como a tales.

Hablar con mascarilla puesta, resulta como las ventas por internet, donde se abren y se cierran pantallas y nadie sabe lo que compra, aunque te quedes frito sin poder respirar, te llevan al hospital sin virus, allí se cogía al tal miserere “covic-19” y los aparatos comprados con toda urgencia para poder respirar, se confundieron y eran para todo lo contrario, los conejillos de India fueron las “viejas glorias” que Dios los tenga en ella.

Pienso, opino y lo digo por “lo bajini”, nos estamos tragando el secreto del ridículo de tal atolondramiento que estamos padeciendo y GRACIAS AL EQUIPO MAL AMPARADO, PERSONAL HOSPITALARIO QUE PARA ELLOS QUEDE.

Termine ya la manipulación de “palos de ciego” que han dado nuestro enjambre parlamentario. En ello entro a unos más que otros, han demostrado y lo están que ahora tenemos que pagar con impuestos todas sus equivocaciones.

Me asusta la realidad que este virus ha provocado en nuestro Manzanares, poco se ha sabido, solo comentarios. Mundo veloz y digital que no ha servido para nada. Solo el pensar que hemos sido la voz de otros, lo que dijesen. Pensé en las “viejas glorias” nuestros abuelos, padres junto a los hijos, no había macro-hospitales, ni personal que asistiese a las muertes que surgían a diario. Hoy con cientos de miles mandatarios, alto jornal, rodeados de consejeros y telemandos, videoconferencias tampoco lo saben.

Hemos avanzado en tecnología de usar y tirar, eso nos ha pasado a las “viejas glorias”, los que levantamos los pueblos que hoy son deshabitados, en la actualidad somos declarados de “alto riesgo”. Lo único que nos une es el incordio de llevar consigo, “Mascarillas Sánchez”.