En términos financieros, el valor añadido es la diferencia entre el coste de la producción y el precio final de venta o también el valor que adquieren los bienes y servicios al ser transformados durante el proceso productivo. A veces, ese valor no se pude cuantificar en euros, es un intangible.

Cuando realizamos una compra en un pequeño establecimiento de Manzanares, el producto que nos llevamos a casa ha adquirido un gran valor añadido: la cercanía y el consejo de la persona que lo vende, la confianza de poder reclamar o cambiarlo o arreglarlo si el resultado final no es el deseado, la buena conversación entre vecinos en el momento de la compra, la seguridad de que el vendedor se está comprometiendo personalmente porque no es una locución automática que te atiende por teléfono sino que es nuestro vecino, al que volveremos a ver en cualquier momento y que se siente vinculado y se responsabiliza.

Pero también nosotros podemos conferir un valor a nuestra compra, o más que valor, unos ciertos valores. Cada vez que compramos en nuestro pueblo contribuimos a que una familia salga adelante y prospere, lo que a su vez repercutirá en beneficio de otros comerciantes que a su vez podrán vender sus productos también y ganarse la vida honradamente. Contribuimos a que nuestras calles y plazas se animen y se propicie el encuentro personal entre los vecinos y se cree un tejido social amable y sano. Contribuimos a hacer de la compra un acto cercano y amistoso, humano, lejos de la pulsión de compra puramente consumista.

El producto adquirido en el pequeño comercio local adquiere un nuevo valor: el valor de la colaboración y la solidaridad entre vecinos.

En estos tiempos en que la revitalización del comercio local es clave en nuestra ciudad, no solo es necesario que compremos en nuestro pueblo con el valor añadido al que hacemos referencia, sino que también que a nuestra compra le añadamos valores, el valor añadido de la solidaridad, la ayuda, la buena vecindad y la responsabilidad con nuestro comercio, que es la vida del pueblo.

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.

La historia del Titanic es probablemente una de las narrativas que más fascinación producen en quien se acerca a ella. No sólo por el misterio que suscita ese prodigioso mundo parado en el tiempo y rodeado de silenciosas aguas que lo conservan al tiempo que lo escatiman a nuestra curiosidad devoradora sino por la terrible lección que uno aprende a poco que reflexiones sobre su historia.

En la aclamada película de Cameron, se pone en boca de Caledon Hockley la siguiente afirmación “Ni Dios podría hundirlo” cuando Rutt Dewitt Bukater pregunta “¿Así que este es el barco que dicen que es insumergible?”. Joseph Bruce Ismay, presidente y director de White Star Line, dijo cuando ya el agua había anegado la mitad de las bodegas “pero este barco es insumergible”. Thomas Andrews, su constructor, le contestó: “Este barco está hecho de hierro, le aseguro que puede hundirse y se hundirá”

El caso es que la confianza (ciega) en la ciencia ha marcado jalones importantes en la historia de la humanidad hasta ensoberbecer al hombre creyendo, ingenuamente, que por fin había desarrollado el ansiado conocimiento y poder absolutos sobre la naturaleza. Probablemente vivamos ahora, en el siglo XXI, cuando creemos que nuestra propia voluntad ha de poder doblegar incluso los constitutivos más radicales de lo que el hombre puede o es. Pero el hombre no es insumergible.

Hay dos actitudes ante la ciencia claramente diferenciadas en la dramática conversación entre Ismay y Andrews. Por una lado la del que cree que la técnica se yergue como dominadora absoluta y por otro la del que aprovecha el legítimo conocimiento para hacerse consciente de su propia finitud.

El caso es que el esplendoroso barco, desafío humano a las leyes de la naturaleza, un canto a la autoconfianza y la aspiración, por su extraordinario lujo, a la existencia de los dioses, se hundió ante la mirada atónita del mundo.

Mirábamos a los chinos curiosos y divertidos con la adolescente inconsciencia de que a nosotros eso no nos podía pasar, de que occidente era “insumergible”. Pero hay momentos en los que la ciencia y el misterio se reconcilian y nos recuerdan el oído la verdad inquietante y con mayúsculas de que el barco “se puede hundir”.

A pesar de todo, existen otras verdades verdaderas, igualmente matemáticas y misteriosas que podemos aprender: que el esfuerzo y el talento humano pueden mitigar el dolor del hombre mediante la investigación y la ciencia; que el hombre es fuerte y débil al mismo tiempo y su solidaridad y amor ayudan al semejante y lo sostienen en la calamidad y el que el hombre, al fin y al cabo, es, sola y meramente, criatura.

 

 

Uno de los factores que hace a los pueblos más habitables y humanos es el cuidado y la integración de su patrimonio. No sólo como algo que se atesora y exhibe con la mentalidad del que guarda un bien preciado en una urna de cristal sino como algo que se disfruta y se vive, integrado en la comunidad. El patrimonio histórico y artístico nos une al pasado y a las vidas y venturas de los que fueron y ya no están. En los espacios que vieron los ojos de los muertos o que aquellos habitaron sentimos la presencia de sus vidas y asumimos con responsabilidad la historia de los pueblos. Por eso es tan importante y no por un mero lucimiento fetichista de un lujo estético.

Manzanares tiene en la Fábrica de Harinas una responsabilidad al tiempo que una oportunidad. Afortunadamente ahora es propiedad del pueblo y no se podrá escurrir el bulto como ocurriera con el llorado Casino. No nos podemos permitir el lujo de que ocurra lo mismo. Junto con el primer Gran Teatro y el Casino, la Fabrica culmina un eje que confería a nuestra localidad un señorío y singularidad irrepetibles y es la conexión con lo que Manzanares fue y puede seguir siendo. Lamentablemente, de los dos primeros edificios sólo queda una sombra, un espectro. El alcalde que tenga el coraje, la habilidad y la imaginación de dar una nueva vida al tercero merecerá un puesto de honor entre los regidores de nuestra historia.

En el presente número de la revista Siembra se reflexiona ampliamente sobre las posibilidades del magnífico edificio de la Fábrica de Harinas. Es probable que la inversión que el edificio necesite para, de nuevo, sentir el bullicio de la vida en su interior sea cuantiosa. Por eso se hace necesaria la financiación público privada y la intervención de otras administraciones sin que se nos hurte a los manzanareños poder sobre su destino. Y, en principio y en definitiva, sólo la voluntad política podrá salvar del un naufragio el imponente navío varado, triste pero digno, a orillas del Azuer.

En el último mes ha estado de actualidad en los medios de comunicación la noticia de que volvemos a batir records de baja natalidad en nuestro país. Nacen menos niños al tiempo que aumenta la esperanza de vida lo que se salda con un progresivo envejecimiento de la población y una creciente despoblación en eso que ha dado en llamarse de manera recurrente “la España vaciada”. Es obvio que no podemos comparar (aún) Manzanares ni la provincia de Ciudad Real con otros territorios españoles en los que las comarcas se empobrecen irremediablemente y los pueblos languidecen hasta morir. No obstante muchas familias jóvenes tienen que hacer su vida ya fuera del pueblo, quizá en grandes ciudades ante la falta de oportunidades laborales. Pero sin duda, la tranquilidad y comodidad de localidades más “manejables” podría ser un activo para muchas familias con niños pequeños: la conciliación de la vida familiar y laboral es mucho más fácil, la cercanía de los abuelos, un entorno más próximo y cálido, una vivienda más asequible y un nivel de vida en general más barato; la confianza que da conocer a los vecinos, no tener que hacer largas distancias para ir a los colegios o a los puestos de trabajo, la posibilidad de que los niños jueguen más seguros y se relacionen con más libertad y confianza con otros niños… Si estas ventajas se complementaran con unos buenos servicios y comunicaciones, un comercio activo y una buena oferta cultural y de ocio no cabría duda de que la vida “en provincias” se haría mucho más atractiva para jóvenes familias.

Si los niños llenan las escuelas, las escuelas atraerán maestros y el hospital y otros servicios requerirá más contratación al tiempo que la vida económica y social del pueblo florecerá. Se abrirán negocios que satisfagan las necesidades de las familias y a su vez, éstos atraerán más familias y se consolidará la población.

La familia, qué duda cabe, es un activo.

La política municipal ha de ser, por tanto, dirigida a cuidar y mimar a la familia, con ventajas fiscales, ayudas para la vivienda, promoción de servicios deportivos, culturales y de ocio, ayudas a la conciliación y sobre todo poner en valor y ponderar en cada oportunidad que se presente la generosa contribución de las familias a la vida de la sociedades y de los pueblos.

Es verdad que las administraciones se desviven en todo lo que se refiere a la tercera edad, y hacen bien, o a colectivos de todo tipo. Echamos de menos, sin embargo, en más ocasiones de las que se dan, una política más visible y activa a favor de la familia. Y las familias son la vida de los pueblos. Son el presente y el futuro de Manzanares.

Salvo el día de Merced, es difícil que se hable de la prisión de Herrera de la Mancha en los medios de comunicación social de Manzanares ni tampoco en los foros institucionales. La prisión, como otras entidades, centros o instituciones con las que vivimos en el Manzanares, genera noticias y en ocasiones hay motivos para referirse a ella como tema de actualidad. Sin embargo, pasan meses, años sin que en la vida pública se tenga noticia alguna de lo que ocurre alrededor del centro penitenciario. No se debe entender esta afirmación como reproche alguno a medios de comunicación social públicos o no. En el ámbito privado, en lo que interesa o deja de interesar a los ciudadanos no es un tema que ocupe conversaciones o que merezca alguna reflexión. Salvo cuando trasciende algún dato curioso, por no decir morboso, un silencio grave pesa sobre la cárcel. Es, verdaderamente un tabú en la vida pública de nuestra ciudad.

Sin embargo, hay ejemplos de que Herrera de la Mancha ocupa un cierto lugar en el imaginario y la memoria sentimental de muchos de nuestros vecinos. No sólo porque muchos de ellos trabajan o han trabajado entre sus muros sino porque hay imágenes que difícilmente olvidaremos como cuando el “autobús de Herrera” aparcaba en las puertas de los colegios escoltado por los cuatro latas de la Guardia Civil y los hijos de los funcionarios desfilaban ante la mirada de los agentes armados. El autobús marrón que muchas tardes veíamos aparcados a la altura de la Boutique London y en el que regresaban a casa familias que habían venido a hacer los recados habituales. Eras los tiempos de plomo y entonces la cárcel desarrolló un halo siniestro alrededor del que se organizaban los alegres chalets de los funcionarios llenos de niños.

Desde entonces muchas cosas han cambiado y en lo que respecta a la cárcel, a mejor. El centro de internamiento “de alta seguridad”, como se solía repetir al modo de mantra que hacía esa realidad aún más opaca, está ahora más tranquilo, la conflictividad ha descendido, la sombra del terrorismo no es ya tan alargada que nuble Manzanares desde un punto kilométrico de la carretera de Argamasilla.

Lo cierto es que la prisión forma parte de la vida de mucha gente que vive entre nosotros. Podríamos decir que mucha gente vive de la prisión. Tiene allí su puesto de trabajo o sus empresas son proveedoras de alimentos u otros materiales. Pero no es cuestión de valorar el tener en nuestro término municipal esta instalación como el que tiene una fábrica o una universidad. La toma de conciencia de que esta realidad se encuentra a pocos kilómetros de nuestras ordenadas vidas es más bien un débito moral de Manzanares.

En Herrera de la Mancha trabajan y viven personas. Hombres y mujeres que llevan a cabo una profesión durísima y poco reconocida. Rostros humanos que sufren y son olvidados. Que mejoran o que viven con frustración su indigencia moral. Personas que se salvan o se redimen. Que se condenan o que naufragan en medio de adiciones o enfermedades que comportan indiferencias o silencios muy negros.  Creemos que Manzanares podría hacer algo más por la cárcel, empezando por no olvidarla. Quizá las relaciones institucionales puedan ser más frecuentes, quizá se podrían organizar más actividades de voluntariado o reinserción (como ya ha ensayado Cáritas en los últimos años), quizá se podría dar mayor visibilidad a un mundo oscuro, por desconocido, con el que podemos implicarnos.

Se celebra ahora el 40 aniversario de su entrada en funcionamiento. Buena ocasión para que unos y otros volvamos la mirada hacia esa cúpula que desde la carretera vemos pasar a toda velocidad y que apenas percibimos con la misma indiferencia con la que vemos pasar los postes de la luz camino de levante.