En el último mes ha estado de actualidad en los medios de comunicación la noticia de que volvemos a batir records de baja natalidad en nuestro país. Nacen menos niños al tiempo que aumenta la esperanza de vida lo que se salda con un progresivo envejecimiento de la población y una creciente despoblación en eso que ha dado en llamarse de manera recurrente “la España vaciada”. Es obvio que no podemos comparar (aún) Manzanares ni la provincia de Ciudad Real con otros territorios españoles en los que las comarcas se empobrecen irremediablemente y los pueblos languidecen hasta morir. No obstante muchas familias jóvenes tienen que hacer su vida ya fuera del pueblo, quizá en grandes ciudades ante la falta de oportunidades laborales. Pero sin duda, la tranquilidad y comodidad de localidades más “manejables” podría ser un activo para muchas familias con niños pequeños: la conciliación de la vida familiar y laboral es mucho más fácil, la cercanía de los abuelos, un entorno más próximo y cálido, una vivienda más asequible y un nivel de vida en general más barato; la confianza que da conocer a los vecinos, no tener que hacer largas distancias para ir a los colegios o a los puestos de trabajo, la posibilidad de que los niños jueguen más seguros y se relacionen con más libertad y confianza con otros niños… Si estas ventajas se complementaran con unos buenos servicios y comunicaciones, un comercio activo y una buena oferta cultural y de ocio no cabría duda de que la vida “en provincias” se haría mucho más atractiva para jóvenes familias.

Si los niños llenan las escuelas, las escuelas atraerán maestros y el hospital y otros servicios requerirá más contratación al tiempo que la vida económica y social del pueblo florecerá. Se abrirán negocios que satisfagan las necesidades de las familias y a su vez, éstos atraerán más familias y se consolidará la población.

La familia, qué duda cabe, es un activo.

La política municipal ha de ser, por tanto, dirigida a cuidar y mimar a la familia, con ventajas fiscales, ayudas para la vivienda, promoción de servicios deportivos, culturales y de ocio, ayudas a la conciliación y sobre todo poner en valor y ponderar en cada oportunidad que se presente la generosa contribución de las familias a la vida de la sociedades y de los pueblos.

Es verdad que las administraciones se desviven en todo lo que se refiere a la tercera edad, y hacen bien, o a colectivos de todo tipo. Echamos de menos, sin embargo, en más ocasiones de las que se dan, una política más visible y activa a favor de la familia. Y las familias son la vida de los pueblos. Son el presente y el futuro de Manzanares.

Salvo el día de Merced, es difícil que se hable de la prisión de Herrera de la Mancha en los medios de comunicación social de Manzanares ni tampoco en los foros institucionales. La prisión, como otras entidades, centros o instituciones con las que vivimos en el Manzanares, genera noticias y en ocasiones hay motivos para referirse a ella como tema de actualidad. Sin embargo, pasan meses, años sin que en la vida pública se tenga noticia alguna de lo que ocurre alrededor del centro penitenciario. No se debe entender esta afirmación como reproche alguno a medios de comunicación social públicos o no. En el ámbito privado, en lo que interesa o deja de interesar a los ciudadanos no es un tema que ocupe conversaciones o que merezca alguna reflexión. Salvo cuando trasciende algún dato curioso, por no decir morboso, un silencio grave pesa sobre la cárcel. Es, verdaderamente un tabú en la vida pública de nuestra ciudad.

Sin embargo, hay ejemplos de que Herrera de la Mancha ocupa un cierto lugar en el imaginario y la memoria sentimental de muchos de nuestros vecinos. No sólo porque muchos de ellos trabajan o han trabajado entre sus muros sino porque hay imágenes que difícilmente olvidaremos como cuando el “autobús de Herrera” aparcaba en las puertas de los colegios escoltado por los cuatro latas de la Guardia Civil y los hijos de los funcionarios desfilaban ante la mirada de los agentes armados. El autobús marrón que muchas tardes veíamos aparcados a la altura de la Boutique London y en el que regresaban a casa familias que habían venido a hacer los recados habituales. Eras los tiempos de plomo y entonces la cárcel desarrolló un halo siniestro alrededor del que se organizaban los alegres chalets de los funcionarios llenos de niños.

Desde entonces muchas cosas han cambiado y en lo que respecta a la cárcel, a mejor. El centro de internamiento “de alta seguridad”, como se solía repetir al modo de mantra que hacía esa realidad aún más opaca, está ahora más tranquilo, la conflictividad ha descendido, la sombra del terrorismo no es ya tan alargada que nuble Manzanares desde un punto kilométrico de la carretera de Argamasilla.

Lo cierto es que la prisión forma parte de la vida de mucha gente que vive entre nosotros. Podríamos decir que mucha gente vive de la prisión. Tiene allí su puesto de trabajo o sus empresas son proveedoras de alimentos u otros materiales. Pero no es cuestión de valorar el tener en nuestro término municipal esta instalación como el que tiene una fábrica o una universidad. La toma de conciencia de que esta realidad se encuentra a pocos kilómetros de nuestras ordenadas vidas es más bien un débito moral de Manzanares.

En Herrera de la Mancha trabajan y viven personas. Hombres y mujeres que llevan a cabo una profesión durísima y poco reconocida. Rostros humanos que sufren y son olvidados. Que mejoran o que viven con frustración su indigencia moral. Personas que se salvan o se redimen. Que se condenan o que naufragan en medio de adiciones o enfermedades que comportan indiferencias o silencios muy negros.  Creemos que Manzanares podría hacer algo más por la cárcel, empezando por no olvidarla. Quizá las relaciones institucionales puedan ser más frecuentes, quizá se podrían organizar más actividades de voluntariado o reinserción (como ya ha ensayado Cáritas en los últimos años), quizá se podría dar mayor visibilidad a un mundo oscuro, por desconocido, con el que podemos implicarnos.

Se celebra ahora el 40 aniversario de su entrada en funcionamiento. Buena ocasión para que unos y otros volvamos la mirada hacia esa cúpula que desde la carretera vemos pasar a toda velocidad y que apenas percibimos con la misma indiferencia con la que vemos pasar los postes de la luz camino de levante.