En términos financieros, el valor añadido es la diferencia entre el coste de la producción y el precio final de venta o también el valor que adquieren los bienes y servicios al ser transformados durante el proceso productivo. A veces, ese valor no se pude cuantificar en euros, es un intangible.

Cuando realizamos una compra en un pequeño establecimiento de Manzanares, el producto que nos llevamos a casa ha adquirido un gran valor añadido: la cercanía y el consejo de la persona que lo vende, la confianza de poder reclamar o cambiarlo o arreglarlo si el resultado final no es el deseado, la buena conversación entre vecinos en el momento de la compra, la seguridad de que el vendedor se está comprometiendo personalmente porque no es una locución automática que te atiende por teléfono sino que es nuestro vecino, al que volveremos a ver en cualquier momento y que se siente vinculado y se responsabiliza.

Pero también nosotros podemos conferir un valor a nuestra compra, o más que valor, unos ciertos valores. Cada vez que compramos en nuestro pueblo contribuimos a que una familia salga adelante y prospere, lo que a su vez repercutirá en beneficio de otros comerciantes que a su vez podrán vender sus productos también y ganarse la vida honradamente. Contribuimos a que nuestras calles y plazas se animen y se propicie el encuentro personal entre los vecinos y se cree un tejido social amable y sano. Contribuimos a hacer de la compra un acto cercano y amistoso, humano, lejos de la pulsión de compra puramente consumista.

El producto adquirido en el pequeño comercio local adquiere un nuevo valor: el valor de la colaboración y la solidaridad entre vecinos.

En estos tiempos en que la revitalización del comercio local es clave en nuestra ciudad, no solo es necesario que compremos en nuestro pueblo con el valor añadido al que hacemos referencia, sino que también que a nuestra compra le añadamos valores, el valor añadido de la solidaridad, la ayuda, la buena vecindad y la responsabilidad con nuestro comercio, que es la vida del pueblo.

Por Pedro Lozano

lfpabogados@lfpabogados.es

Confusión, dudas y mensajes desalentadores. Cada dos minutos había un muerto y ni uno aparecía en televisión, sólo estadísticas y datos de fallecidos que no coincidían con la realidad. Veíamos los aplausos pero no sentíamos el dolor. En Manzanares no sabíamos cuántos ingresados, contagiados y difuntos se habían producido, sólo ecos difusos de sanitarios que describían cómo estaban las plantas. Parón informativo. Telón de acero. No culpo al Ayuntamiento, no tiene competencias sanitarias. Me recordaba al desconcierto surgido con la crisis sanitaria de la legionella que aún hoy no conocemos, ni dónde, ni cómo se originó. Existía cierta pretensión de ocultar la realidad y de convertir a la ciudadanía en meros espectadores que no piensan ni se cuestionan nada. Ignorancia convertida en imbecilidad, sin báculo, sin bastón de mando. “Decidnos la verdad, aunque sea dura”, reclamaba con arrojo desde su púlpito, Don Raúl, Párroco de Membrilla, antes de que lo dilapidasen en las redes sociales por enfrentarse al vacío informativo, simplemente, por suplicar algo que todos pedían, una información fiable. Chapó. Veíamos a nuestros sanitarios uniformados con bolsas de basura y pantallas faciales como si fueran arlequines y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad mendigando mascarillas. Ver así a nuestros héroes era un escarnio público.

En este contexto surgió la solidaridad espontánea del pueblo de Manzanares, así se escribe la historia.

Gracias a ella, hemos sido testigos silenciosos de nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada. Ni siquiera la web municipal. Empresas de Manzanares, autónomos, particulares, amas de casa que han ayudado a su prójimo, donando, cosiendo mascarillas, botas, creando pantallas con impresoras 3D, lo que fuera, para llegar donde no llegó la estulticia de los responsables de prever esta situación y dotar, al menos, a nuestros sanitarios y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de un stock suficiente. Han dado un testimonio grandioso de esperanza, generosidad, cooperación, ayuda y solidaridad a raudales de nuestro pueblo. Hay quién es generoso y se enriquece, hay quién ahorra demasiado y se empobrece.

La sociedad civil, el pueblo de Manzanares, dejó de lado el rol de mero espectador pasivo que le querían asignar y se puso manos a la obra sin necesidad de que nadie le estimulase o le subvencionase. Surgió la solidaridad espontánea de forma anárquica ante la ausencia de gobierno y de autoridad. Frente al tópico, el anarquismo no es individualista se apoya en principios como la cooperación y la ayuda mutua pero ojo, no hay que tenerla en cuenta, la anarquía está rodeada de frágiles tabiques que lindan con el vicio o con el crimen. Debe ser transitorio. Hay que confiar en nuestro sistema político, reclamando soluciones, que estudien lo que pasa a su alrededor, prevean, organicen y miren más allá de las orejeras de su sectarismo y si, ni eso saben, al menos, como decía Don Raúl, exijámosles que no nos mientan, que nos digan la verdad, aunque que sea dura. Al menos, eso.

Manzanares a, 17.04.2020.

 

 

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Desconocía el número real de epidemiólogos que había en España. Me ha parecido increíble saber que pululan por las redes sociales grandes profesionales de la biomedicina y la microbiología. Son muchas las personas que, sentando cátedra y valiéndose del presentismo, ofrecen soluciones y remedios bien fundamentados a la población ante esta grave crisis del coronavirus. ¡Qué lástima que no estén en el Palacio de la Moncloa dando estos maravillosos consejos en las ruedas de prensa! No sabemos lo que nos perdemos.

Desconocía que nuestros políticos de la oposición tuvieran un conocimiento tan sólido —desde el principio— sobre el desarrollo de esta pandemia y me asombra que actuaran como si nada hasta que el gobierno tomó las primeras medidas. Ahora lo critican por lento… ¡qué extraño! Además, veo por las redes sociales cómo difunden verdades a medias y cómo la docta gente del primer párrafo las retransmite fervorosamente…

Desconocía la sapiencia de los tertulianos que, por videoconferencia, llenan las mesas de debate. Hace apenas dos meses parecían conocer todos los entresijos de la política y la economía mundiales. Hoy, descubro que conocen también todo lo relativo a esta pandemia.

Cual hombres renacentistas, duchos en todas las artes y ciencias, estos eruditos muestran, de manera divulgativa, toda su sabiduría. ¡Qué honor es poderlos oír por la tele y qué pena no encontrarlos en la Moncloa donde sus decisiones tendrían la relevancia que merecerían!

Desconocía el atraso tecnológico de la Moncloa… ¡y es la sede de la Presidencia del Gobierno! Se prohibieron por motivos sanitarios las ruedas de prensa y los periodistas tuvieron que mandar las preguntas previamente en lugar de seguirla por videoconferencia. Menos mal que el gallardo secretario de Estado de comunicación estaba preparado, raudo y veloz, para transmitir una selección de ellas a las autoridades para que pudieran informar pormenorizadamente de todos los detalles que daban a conocer. No sé muy bien por qué, pero El Mundo y ABC dejaron de participar en estas ruedas de prensa. Lo que sí sé es que inmediatamente adaptaron la sala para que pudiera seguirse vía telemática y estos medios volvieron. ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!, como decía Don Hilarión en La Verbena de la Paloma.

Pero, sobre todo, desconocía la capacidad de (casi) todos los españoles para cumplir con las estrictas medidas que el gobierno impuso para frenar la enfermedad. Desconocía que pudiéramos tragarnos nuestras ganas de ver la calle —y juntarnos— y quedarnos en casa perdiéndonos fiestas, celebraciones familiares, paseos, compras, … También desconocía que algunos tuvieran redaños para saltarse a la torera tales restricciones necesarias, pero, como en La historia interminable, eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…

 

Manuel Gallego Arroyo

Hemos teletrabajado. Hemos teleabrazado. Hemos telebesado. A mi parecer, si algo ha demostrado la crisis del Covid-19, ha sido la necesidad de realidad física que todos tenemos. Digo “realidad física”, la del tacto, la tangible, la del arrimo; esa de la que hemos hecho distancia, precisamente para darnos seguridad, para arroparnos y estar más unidos. Dentro de la paradoja, hay cosas en la vida, que al menos de momento, nos parecen insustituibles y que, con un golpe sordo, opaco, sin vibración apenas, han dado un aldabonazo en nuestras vísceras, creo, contundente.

Hablo en efecto del beso, y del abrazo sin distancia. Del tocar y ser tocado. De la caricia. De todos esos melindres sentimentales que a veces ocultamos por vergüenza y que ahora bailan la danza de la lluvia en nuestras conciencias.

Hay en efecto cosas que son insustituibles, “indesplazables” por más que las obviemos: la presencia real, la presencia física. A la postre es lo que nos hace humanos. El virus ha puesto al descubierto la muleta que es la virtualidad, la red, la distancia fingida, la comunicación sin el cara a cara, al mismo tiempo que la ha hecho insustituible, más real.  Hay cosas, claro, cosas, que sólo pueden ser presenciales. Un respirador por ejemplo. Pero también un aula, un sanitario, un dependiente, un tendero, un policía, un basurero, bombero, un ganadero, limpiador, agricultor, transportista … tu pueblo … ¿una mujer o un hombre, también lo son “realmente”? Y hay cosas que no queremos y están ahí, y que si son pertinaces pueden llegar a doler mucho, por no decir a fastidiar muchas vidas, un virus por ejemplo. Eso que considerábamos “un simple virus”, una pandemia, una desgracia del pasado o de otros lugares, un periclito canto de otras civilizaciones.

Y lo curioso, ciertamente curioso y paradójico, es que la realidad virtual ha venido a poner sus paños medicinales sobre la herida covídica. Es el sino del tiempo que nos ha tocado vivir, el de la pandemia virtual de un mundo global que, después de todo, nos demuestra que la falta de tacto se puede y se debe suplir con la pantalla táctil. Me río yo de los votos que hemos hecho de cambio para el futuro; me río.  

Algunos pensarán que gracias a estas pantallas se han salvado millones de vidas, que hemos mantenido el teletrabajo, sostenido parte del comercio sin ponerle cara. La economía. Así es. Por lo mismo que se puede decir que ya las pantallas amenazaban con el virus, que han venido por el mismo camino, marcando el sendero, que dibujaban ya su retrato, en tanto hacían sordina.

Cuando la desgracia nos golpea, sentimos con firmeza la sacudida de la menesterosidad, aquel sordo, opaco, seco aldabonazo. A la postre, el hombre, cargado de vida, con su vida a cuestas, no es sino un ser vulnerable. Hemos aprendido que las sociedades también, por muy evolucionadas que se consideren, son vulnerables y penden de esa misma vida, que apenas es un hilo, un hilo que amenazan demasiados intereses, además de los víricos. Suele olvidarse, cuando la confortabilidad se instala en la comunidad de afortunados que pueden mirar disimuladamente, al través de la superficie iluminada, la evolución de la tragedia. Pero a veces la tragedia baja y se atreve a darnos en el hombro. Claro que no hablo de tragedia individual, hablo de tragedia colectiva, la que se escapa de las manos, de las posibilidades, la que pone en aprietos reales y que luego, pasado el tiempo, catalogamos bajo el rótulo de “desgracia”, “ceguera colectiva”, “grandes intereses”, “mentalidades”, esa que en apariencia sólo está en los manuales de historia, en los que no suele poner que somos unos afortunados por poder leer manuales de historia. Luego está la realidad; la realidad física.   

Pero la vida tiene esas y otras cosas. Otros regalos, porque la vida sigue, fluida y real. Desconozco, a día de hoy -¡parece mentira!- si los manuales de historia sirven para algo.

Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

En la crisis de 2008 el sector inmobiliario y la construcción sufrieron, sin duda, los efectos más severos de la explosión de la burbuja inmobiliaria, además quedo estigmatizado y desprotegido, mientras que otros sectores como el financiero, tan culpables o más de aquella burbuja, fueron rescatados y pudieron salir a flote.

En esta crisis del Covid 19, van a ser otros los sectores más afectados, la hostelería, el turismo, el ocio, la cultura, líneas aéreas, etc, pero como es lógico, la incertidumbre y la preocupación sobre las repercusiones de lo que está pasando y cómo será la salida, llegan a todos los ámbitos.       

A los efectos de nivel de riesgo en el trabajo, el Ministerio de Sanidad considera que la construcción tiene baja posibilidad de exposición e infección, siempre, claro está, que se cumplan las medidas y recomendaciones de seguridad y salud para los trabajadores. En las obras deberá haber termómetros, no se compartirán herramientas ni equipos, se guardarán las distancias, se utilizarán mascarillas (quirúrgicas o EPI), guantes, habrá soluciones hidroalcohólicas para desinfectar,  no se formarán corrillos, etc. Quizás el mayor riesgo se puede producir en los desplazamientos, y se recomienda el uso de transporte individual, en lugar de los habituales furgones. En Manzanares y nuestra comarca, no se suele utilizar el transporte público y el riesgo es menor.

La actividad después del parón de 2 semanas se ha reanudado, aunque no al 100%, debido a que en la fase en que nos encontramos, no se permiten obras que no sean de urgencia en domicilios particulares. Considero que es muy importante que se normalice totalmente la actividad de la construcción para dañar menos a la economía del país. En España el sector emplea a 1,27 millones de trabajadores, y supone el 10 % del PIB, aparte de toda la industria y servicios complementarios y dependientes. Puede, si se hacen bien las cosas, que junto a la agricultura, ganadería, transporte e industria, pueda ayudar y compensar  el obligado parón de los sectores que obligatoriamente deben parar o reducir drásticamente su actividad. Hay que tener en cuenta que la construcción ha sido siempre un nicho de creación de empleo de gran potencialidad.

Las expectativas de futuro, aunque inciertas pueden ser hasta prometedoras. En este encierro, muchas personas al estar obligados a pasar tanto tiempo en su casa, habrán percibido muchas deficiencias y problemas, que en definitiva les llevarán a la idea de que no les gusta. Es muy probable, que en la medida de lo posible, haya quien piense reformarla o cambiar de vivienda, para ir donde se den mejores condiciones, por si hubiera otro próximo confinamiento. En todo caso, hay un parque de viviendas envejecido, de mala calidad constructiva, con carencias importantes en aislamiento térmico y acústico, con instalaciones obsoletas y con falta de mantenimiento, que será preciso rehabilitar. Las administraciones públicas van a tener una oportunidad de promover, financiar y tomar la iniciativa en esta necesaria tarea.

 

                       

                                                                         

Por Pedro María Castellano

Hay quienes, a los nacidos en Manzanares, nos llaman manzagatos. Incluso quien lo hace en tono despectivo. Sin embargo, yo creo que es todo lo contrario. Dicen de los gatos que son fuertes, astutos y habilidosos, no en vano se cree que tienen siete vidas y que cuando caen, lo hacen siempre de pie. Y así es el carácter de los que hemos nacido en Manzanares. Hemos demostrado en multitud de ocasiones que somos una sociedad fuerte y que las veces que las circunstancias nos han intentado derribar, hemos sabido caer de pie.

Son muchísimos los actos heroicos de gente cotidiana que nos encontramos a diario. Multitud de gestos de cariño hacia los que, día tras día, se enfrentan a esta pesadilla. Innumerables los voluntarios de nuestra localidad, que dedican su tiempo a fabricar mascarillas e ingenian EPI para ayudar a quienes intentan combatir esta pandemia. Y hemos de estar orgullosos como sociedad, porque ese tiempo y esos actos de cariño, van dirigidos a todos nosotros, ya que, de una forma u otra, todos nos enfrentamos al maldito virus, ya sea de forma pasiva, quedándonos en nuestras casas para no contagiarnos ni contagiar a nuestros vecinos, o de forma activa, en el hospital, centros de salud, residencias de ancianos, policías y cuerpos de seguridad o limpiando nuestras calles y recogiendo nuestra basura.

Los pequeños comercios de Manzanares, han demostrado ser mucho más grandes que cualquier gran superficie.

Las pymes de nuestra localidad, han sabido adaptarse a esta situación y se han apresurado a facilitar sus teléfonos para atendernos y hacernos llegar todo aquello que necesitamos, sin necesidad de salir de nuestras casas y exponernos al contagio. Nuestros agricultores y ganaderos son gigantes que cada día, se enfrentan a los molinos del miedo armados con su empeño de hacernos servir los alimentos que necesitamos.

La crisis del coronavirus que estamos sufriendo, es dura, muy dura. E incluso esta realidad que vivimos, se vuelve aterradora cuando por desgracia, podemos poner nombres y caras a las cifras que escuchamos de afectados y fallecidos. Cuando nos toca de cerca. Pero lo superaremos, porque somos manzagatos, y por muy hondo que parezca el pozo del covid19, vamos a caer de pie. Y no importa si por momentos nos falta el aliento, porque tenemos siete vidas, hemos sido bautizados con vino blanco y a nosotros, los manzagatos, nada ni nadie nos puede vencer.

 

Por Úrsula López

Trabajo desde hace más de 20 años en Atención Primaria. La Atención Primaria nos brinda tradicionalmente la oportunidad de poder desarrollar un estrecho contacto con el paciente, una confianza mutua y nos permite incorporarnos a sus vidas y acompañarles, a veces, en momentos alegres y en otras ocasiones en momentos dolorosos y difíciles.

Aunque aparentemente nuestra labor no es tan mediática como la que estamos viendo en estos días de los hospitales, es una atención más cercana y familiar, y en las circunstancias actuales está siendo determinante para asegurar la atención y el seguimiento de los pacientes, y para que los servicios de urgencias no se colapsen.

Nuestro día a día en los Centros de Salud se ha modificado de forma sustancial.

No solo en algo tan evidente como nuestro aspecto físico, en el que hemos cambiado ropa de calle, hemos eliminado cualquier atisbo de maquillaje, pendientes y cadenas, y los hemos sustituido por mascarillas, gorros y gafas protectoras.

Hemos hecho cotidianos actos como el de limpiar y desinfectar continuamente todo aquello que usamos o tocamos.

Hemos cambiado la forma en la que nos relacionamos entre nosotros, intentando mantener siempre la distancia adecuada de seguridad, incluso en las reuniones informativas.

Pero lo que más ha cambiado es la gestión en la consulta diaria. El objetivo es el de evitar las consultas presenciales, siempre que se pueda, y ayudar de este modo a que la gente pueda seguir estando atendida sin salir de casa.

Por eso nuestra principal herramienta de trabajo está siendo el teléfono, al que nos pasamos pegados largas horas durante la jornada; con él intentamos ofrecer consuelo, transmitir confianza en estos momentos de miedo y dudas; nos proporciona a veces alegrías y tranquilidad, cuando vemos que el paciente está evolucionando de forma satisfactoria, y a veces preocupación o incertidumbre, si lo que oímos al otro lado es una voz entrecortada por la dificultad respiratoria, como posible signo de complicación de la infección por coronavirus.

En estas ocasiones informas al paciente de que vas a realizar una consulta en su domicilio para valorar la situación o le sugieres en situaciones más graves, que acuda al servicio de urgencias hospitalario, aunque no es raro que toque pactar y negociar, porque hay quien prefiere esperar en sus casas. La gente está aguantando en estos días mucho más de lo razonable. Piden perdón mil veces por estar malos, por necesitar atención, por distraerte, como dicen, con todo lo que hay que hacer, también con sus problemas. Como si fuera su culpa encima el haber enfermado.

En los peores momentos a través de él nos llega el mensaje del fallecimiento de un familiar y solo podemos ofrecer consuelo.

Son momentos de impotencia, miedos y lágrima fácil.

También de compartir sentimientos y preocupaciones: La celadora, que tiene a su hermana ingresada y que da gracias los lunes por estar  bien y poder comenzar la semana trabajando; la enfermera que lleva 3 semanas  viviendo en habitaciones separadas de su marido, por miedo a contagiarle; la administrativa que está infectada y se siente culpable por ello y no poder estar trabajando, con la falta que hace; el médico que está ingresado por una infección por Covid 19, y todavía se preocupa por ti, por si te lo ha pegado en la última guardia juntos.

Todos vamos con las máximas precauciones, pero es inevitable el miedo de llegar a casa y poder contagiar a tu propia familia. Tanto es así que algunos han optado por enviar a sus hijos fuera, a pesar de no poder verles en semanas.

Yo, echo de menos poder ver a mi madre más allá que desde la calle. Echo de menos sentarme con mis hijos a ver una peli todos juntos en el sofá o darles un beso de buenas noches.

Pero si hay algo que esta situación nos ha  demostrado, es la gran generosidad de la gente: Está siendo un regalo poder contar con el apoyo inestimable y el compromiso no solo de todos mis compañeros del Centro de Salud, desde la Unidad Administrativa hasta el personal de limpieza, sino también con el de un montón de ciudadanos, que están apoyándonos y contribuyendo a que podamos trabajar mejor y a que podamos trabajar protegidos, y a los que damos las gracias una y mil veces.

Trabajando todos juntos lograremos superar esto algún día. Y junto a este deseo de esperanza, el recuerdo especial para todos aquellos que ya no podrán acompañarnos y un beso enorme a sus familiares en estos duros momentos de  dolor y soledad.

 

 

                                                                      

Por Jesús Villegas Cano

Cuando este confinamiento pase, uno de los aspectos que recordaremos es el de el apabullante número de mensajes de todo tipo que a todas las horas del día nos acometen. Resulta difícil separar el trigo de la paja y hay que aventar cuidadosamente para entresacar alguna valiosa pepita después de cerner durante horas el fango que nos echan encima. En eso estaba cuando me llamó la atención un video (¡otro más!) de un popular psiquiatra de los que a veces aparecen en televisión. Esperaba otro mensaje de tantos llenos de obviedades de fácil digestión y sin embargo era todo lo contario. Un mensaje oscuro, incluso podría decirse siniestro, descriptivo de la realidad que nos rodea. Paradójicamente, me reconfortó.

El mensaje hacía referencia a una experiencia de una de tantas personas que trabajaban en el saturado y doliente sistema sanitario español. El sanitario en cuestión comentaba cómo debía asistir a la muerte de ancianos solos, desorientados, que preguntaban insistentemente por su familia o por qué tenían que estar atados. Confesaba que cuando llegaba a casa, lloraba porque nunca se había enfrentado a una situación tan dura y cruel y que le costaba Dios y ayuda volver a trabajar al día siguiente.

Entre hacer una exhibición morbosa de féretros en línea o de cuerpos hacinados y esconder a propósito la realidad de la muerte hay un mundo. Durante el confinamiento que se prolonga ya más de un mes hemos asistido a un ejercicio de trivialización de este Estado de alarma que solo es asumible por una sociedad infantilizada y narcotizada por dosis y dosis de frivolidad y por una estrategia deliberada de ocultamiento del dolor. Se nos escamotea la verdad. Y no me refiero al número real de la cifra de muertos o a las responsabilidades de unos o de otros. Me refiero a una verdad ulterior y trascendental: que nos tienen encerrados en casa por una infección de dimensiones planetarias, que la muerte existe y que nos espera en la calle. Ante esta realidad, que es pavorosa, hacen falta arrobas de almibarados mensajes porque no hay persona que lo engulla sin más, de tanto acíbar como trae consigo. Se nos lanzan mensajes naífs que solo desde la buena voluntad que la población está demostrando o desde la ingenuidad más absoluta pueden ser asumidos con naturalidad. Animan a disfrazar a los niños y nosotros con ellos, a aplaudir y cantar, a cocinar y a hacer ejercicio, a ingeniosos divertimentos y juegos; programan series de televisión absurdas, e incluso ofensivas, para no ver lo que tenemos delante de nuestras narices que es la muerte misma de nuestros padres y abuelos. La muerte al estilo medieval. La muerte en proporciones industriales. Intentan hacernos tragar, para predisponernos positivamente contra el miedo y la coacción a la que, no niego que necesariamente, estamos siendo sometidos, la idea de que “somos héroes” por quedarnos en casa, por teletrabajar, por hacer los ejercicios que nos manda el profesor o por ir a ejercer nuestra profesión al hospital cuando la realidad es que no existe otra alternativa. Dicen “héroes” cuando en realidad deberían decir “víctimas”. Víctimas, sí, de la imprevisión, del desconcierto, de la enfermedad, de las circunstancias de la vida, si se quiere. Víctimas y no héroes. Víctimas dolientes de un golpe atroz y devastador.

Me gustaría acabar este artículo con dos citas que me han inspirado esta opinión. En La casa de Bernarda Alba, entre las muchas aseveraciones categóricas del inolvidable personaje, Bernarda le dice a una de sus hijas: “La muerte hay que mirarla cara a cara”. La otra es de un conocidísimo poema de Blas de Otero, “Hombre”: “Oh, Dios, si he de morir quiero tenerte/despierto”. Cambiémoslo por la afirmación que verdaderamente nos hará héroes y no pusilánimes niños: “si he de morir, quiero estar despierto”. Somos adultos maduros, por favor, menos paternalismo. Dígannos la Verdad para poder asumirla.

 

 

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.

  Manuel Rodríguez Mazarro

                Hace muchos años, aquellos en que la Semana Santa eran días de relajación, silencios, luto riguroso, cierre de locales públicos, ausencia de gente en las calles, nada de aglomeración, bares y tabernas cerradas, incluso el casino donde pudiera haber alguna conversación, nada de partidas y menos del dominó que hacía ruido, impensable el cine, los novios no podían verse, respirar sin ruidos. Incluso la iglesia tapaba las imágenes con mantos morados, la mujer con velo, pañuelo y rosario en mano.

                El potaje tradicional riguroso en las casas, garbanzos que la noche anterior se había revisado en mesa camilla, aquél negro que siempre los había o algún resto de vaina y gorgojo, espinacas, raspa de bacalao, pellas de pan y algún resto del día anterior. Vida aquella que me ha hecho recordar estos de la actual Sra. Pandemia “corona-virus”, bichito redondo con formato y aspecto de marcianito rodeado de trompetillas.

                Llevamos días, semanas y lo que nos queda en estado de alarma, situación crítica, retortijón de flora intestinal, no lo escribo con humor sarcástico, es pura realidad, sicosis corporal del pueblo con estado de embriaguez que produce este “saque de manga” del virus covic-19 que trae locos al mundo entero con saturación de hospitales y si Manzanares corría peligro de ser pueblo “tranquilo”, lo que faltaba al mediano y pequeño comercio.

                Esta pandemia nos está produciendo un clima depresivo general, con lo que esto acarrea en gastos generales. Hablan de ser pasajera de momento son quince días de estancia casera, silencio en las calles, uno cincuenta metros de distancia entre personas, estornudo y toses entre el ala, lavatorio de manos como Pilatos en días de Pasión. —Ya veremos lo que nos dicen las estadísticas, sobre las separaciones de parejas, en estos de enclaustramiento.

                Mucho papel higiénico. —Hablando con dependencia de una grande superficie me hablaron de haber vendido 9.000 rollos en un solo día de este tipo de confort compacto, suave de doble cara y kilométrico, no había cliente que en el carro no fuese con dos o tres paquetones del menester. Posiblemente la gente haga manualidades calmando nervios.

                Nos saludamos todos de lejos con caras largas, menudo potaje de transformación, miedo estamos pasando. La noche del 28-19 de marzo, cambio de hora, amanecer en domingo con la correspondiente odisea de “situación crítica”, la policía en la calle pidiendo ¿Qué hace usted por aquí?, no es broma estamos “acojonados y cagaos”, los hipocondriacos no me extraña lo del papel higiénico.

                La Semana Santa de este 2020 y para más “Inri” es bisiesto pasará a la historia. Me ha recordado lo que me referían mis padres, sobre la Guerra Civil (1936-40). Tiendas cerradas, miedo general, bares y lugares de ocio cerrado, saludos misteriosos, coche fantasma, fiscalía de tasas, estraperlo, decomiso, permisos y multas por andar por la calle, topos, vigilancia, hospitales saturados, escuelas cerradas, Auxilio Social,…  ¡Que Dios nos pille confesados!