Javier Fernández Pacheco

Llevamos varios días de protestas de los agricultores, por los bajos que son los precios a los que se les compra su producto.

Es cierto que, si comparamos esos precios con los precios finales que vemos en el supermercado, la diferencia es abismal. Los telediarios hablan de subidas del 600% desde el precio en origen hasta el lineal del supermercado o la frutería.

Estaba hace unos días en clase de “Finanzas corporativas para la toma de decisiones” cuando se me ocurrió preguntar a mis alumnos si alguien conocía lo que era un análisis DAFO. Y me sorprendió que todos, absolutamente todos los alumnos en clase conocían esta herramienta. Lo que nos puede dar una idea del grado de implantación que tiene en la actualidad.

Para los legos en la materia, DAFO son las iniciales de Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades y se trata de realizar dos análisis.

Un primer análisis interno en el que nos centramos en los puntos fuertes y los puntos débiles que la compañía tiene a la hora de enfrentarse al mercado. Y un segundo, de carácter más externo, en el que buscamos qué oportunidades tiene la compañía delante de sí, para aprovecharlas en aras mejorar su posición, y qué amenazas existen en el entorno que puedan hacerle fracasar. Es una metodología desarrollada en los años 60 del siglo pasado y que causó una auténtica revolución en el tratamiento de la estrategia empresarial.

Por otro lado, cuando yo estaba finalizando la carrera, su uso comenzaba a estar muy extendido y por aquel entonces (primeros ’90) se empezaba a hablar de otra herramienta, ésta desarrollada por Michael Porter en su libro “Competitive Advantage: Creating and Sustaining Superior Performance”, denominada cadena de valor y que analiza el valor que aporta sobre un producto, cada una de las compañías que intervienen sobre él y como este valor se distribuye entre los distintos operadores según se apliquen cinco fuerzas.

  • Entrada de nuevos competidores
  • Amenaza de productos sustitutos
  • Poder de negociación de los clientes
  • Poder de negociación de los proveedores​
  • Rivalidad entre los competidores existentes

Durante los próximos números usaremos estas dos herramientas, el análisis DAFO y el análisis de la cadena de valor para profundizar en la situación de la agricultura, intentado dar respuesta a preguntas como ¿Por qué se encuentran los agricultores en esta situación? ¿Qué factores son los que les están anclando en esta dinámica? ¿Qué oportunidades se vislumbran en el futuro? ¿Qué fortalezas pueden usar para aprovechar esas oportunidades y defenderse de las amenazas?, ¿Qué papel juega cada uno de los actores de la cadena de producción/distribución? ¿Qué valor aporta cada uno?, ¿Qué se puede hacer para que las retribuciones se correspondan con el valor creado por cada actor?

Es un análisis que podemos utilizar para este problema, pero que se puede utilizar también para que cada uno de los afectados, o los responsables locales, analicen su propia situación en otros casos, como la crisis del pequeño comercio local… y ahí lo dejo.

Javier Fernández-Pacheco

Os voy a contar una historia. Un caso que me ocurrió con un amigo –y cliente– hace apenas unos meses. Pero que desgraciadamente ocurre con cierta asiduidad.

Antonio tiene 45 años. De acuerdo con la legislación actual se debería jubilar en Julio de 2.039 –tras cumplir los 67– y después de haber cotizado durante algo más de cuarenta. Por delante le quedarán, estadísticamente hablando, casi 22 años de vida. Bueno, de vida y de gasto, claro está.

Cuando nos vimos la última vez, Antonio estaba convencido de no necesitar tanto dinero para vivir cuando se jubilase.

Para entonces tendría la hipoteca pagada, los chavales ya no estarían en casa para poner la y no es persona de grandes lujos. Con unos pocos euros para hacer la compra, tomar un “chato” de tanto en tanto y algún que otro viajecito –que a través del IMSERSO salen de lo más barato– debería tener suficiente. Aunque pensándolo bien, para pagar la calefacción con los fríos de Manzanares, hay que ahorrar el resto del año.

Estuvimos hablando del tema jubilación porque es algo que le preocupa. Bueno, en realidad le preocupa a él y a toda una generación que lo único que tiene claro es qué si cobran pensión, ésta será de menos importe que la que cobraron sus mayores.

Comenté que había una serie de artículos, publicados en los números 405 a 408 de Siembra, en los que tratábamos este tema y recordó haberlos leído. Es más, me dijo: –“Yo ya tengo un plan de pensiones porque, cuando me compré el piso hace trece años, el banco me obligó a contratar uno y estoy poniendo 50 € al mes. Así que ese aspecto lo tengo ya resuelto”– y sin embargo había algo que le preocupaba. No lo acababa de tener claro.

Hicimos números sobre su ahorro. Lo tenía en un fondo muy tranquilo, que le venía dando un 2% anual. Así que nos fuimos a la tabla adjunta y comprobamos que, para cuando se jubilase, se iba a encontrar con 30.270 €.

En la mencionada tabla podéis ver el importe final, para cada 10 € ahorrados, según la edad a la que comencemos y para rentabilidades del 1% al 6%. En el caso de Antonio, como empezó con 32 años, saca un 2% anual y pone 50 € (que son 5 veces 10 €) cada mes, pues acabará con: 5 x 6.054 € = 30.270 €.

Antonio, después de jubilarse, vivirá 22 años. Y esos 30.270 € le van a suponer un incremento sobre su pensión de apenas 114,66 € al mes. Y es aquí donde viene el problema.

Que es doblemente problemático, porque si no hubiera ahorrado, sería consciente de la situación y habría pensado en otras opciones, pero como sabía que tenía un ahorro (sin saber de cuanto), pensó que lo tenía resuelto y eso es mucho peor porque cuando lo rescate, le vendrá la sorpresa. Y ya no tendrá margen de maniobra. 

Y es que, en cuestión de ahorros, el tamaño SÍ importa.

Javier Fernández-Pacheco

Justo antes del paréntesis, para informar de lo vivido en Barcelona en las últimas semanas, estábamos hablando sobre las teorías económicas que intentan explicar las razones que llevan a unos países a ser más ricos que otros.

Decíamos en aquel momento que hablaríamos de la teoría del Bandidaje Gubernamental, para detectar qué tenemos que evitar si no queremos que sea nuestro país quien caiga en la más absoluta pobreza. Porque esto no va solo de levantar países lejanos, sino también de mantener el nuestro.

Quien crea que España pertenece al primer mundo y que nadie nos moverá de ahí por muchos errores que cometamos, está muy equivocado. Los países pasan del desarrollo a la pobreza mucho más rápido de lo que pensamos.

Toda mi generación creció con una serie de dibujos animados que se llamaba Marco. En ella, un niño viajaba de los Apeninos a los Andes en busca de su mamá que había tenido que emigrar al extranjero para servir en casas y ganar así algo de dinero.

La acción transcurre a finales del siglo XIX, primeros del XX y la madre de Marco emigra de los Apeninos (Italia) a los Andes (Argentina) para sacarlos de la pobreza. En un periodo de cien años, el sentido de la emigración ha cambiado, pero puede volver a cambiar si no cuidamos nuestra economía.

Pero vamos a dar un paso atrás y preguntémonos ¿Quién crea riqueza en un país?

La respuesta es sencilla. La riqueza la crean las empresas –a través de sus trabajadores– y las administraciones públicas.

Y cuando digo empresas, no me refiero a las grandes multinacionales, sino a todos los tipos de empresa. Desde las enormes con miles de empleados, hasta los autónomos que trabajan en soledad. Y también las administraciones públicas, aunque con ciertos matices.

Es cierto que la Educación, la Sanidad, la Seguridad y otros tantos, son servicios presentados por las administraciones públicas y por tanto son generadores de riqueza. Pero no lo son en cambio la burocracia innecesaria, los amaños y, desde luego, los servicios redundantes. Esos no hacen más que ralentizar la fuerza creadora de riqueza de los anteriores.

Hay además un requisito sin el cual, la generación de riqueza se complica sobremanera. Se trata de la seguridad jurídica.

Consiste en que sepamos de antemano las reglas a que nos atenemos y que éstas se cumplan en dos vertientes.

La primera es que no haya cambios reiterados en las normas, y sobre todo que estos no se hagan con carácter retroactivo. Costará mucho que alguien invierta en su negocio si cree que le pueden cambiar las reglas a mitad de partida.

El segundo es la existencia de amiguismos, mordidas y corruptelas que, además de añadir incertidumbre como en el caso anterior, introducen ineficiencias que llevan a que se genere menos riqueza con los mismos recursos. Lo que nos puede llevar a que países con unos recursos magníficos acaban padeciendo una pobreza absoluta.

Seguro que todos hemos detectado alguna vez países que, a pesar de tener innumerables riquezas naturales, no consiguen salir de la pobreza.

De esta segunda vertiente es de la que se ocupa Mancur Olson cuando habla de bandidaje gubernamental.

El problema del bandidaje gubernamental es que se expande como un virus. Al ver como los dirigentes se saltan las normas, Los funcionarios acaban haciendo lo mismo en su propio provecho y de ahí al resto de la sociedad.

Pero claro, eso pasa en esos países pobres. Aquí por el momento pasa solo con los políticos (ERE, Gürtel, etc) y los funcionarios (Villarejo), pero aún no ha pasado al resto de la sociedad. Porque aquí todos nos damos de alta antes de hacer una “chapucilla”, declaramos el IVA y nos deducimos en la renta solo aquello que nos toca. ¿Verdad?

Javier Fernández-Pacheco

“Territorio Comanche” es una novela de Arturo Pérez Reverte publicada en 1.994 y ambientada en las guerras Yugoslavas de la primera mitad de los años 90.

Cuenta las vicisitudes que en ellas pasan dos corresponsales de guerra. Y escribiendo sobre lo que ha pasado esta última semana en Barcelona, podría uno sentirse como si de un corresponsal de guerra se tratara.

Lunes 14-10

Salgo del médico a media mañana en la calle Provença (1) y subo a la moto par acudir a una visita con un cliente en el Club Natación Barcelona del que ambos somos socios.

De repente el tráfico se para y quedamos atrapados. No podemos avanzar ni retroceder.

Gracias a circular en moto, puedo subirme a la acera y continuar caminando. Esa tarde, los Comités de Defensa de la República (CDR), acaban en el aeropuerto.

Martes 15-10

Dejo la moto en casa y decido moverme en metro. Es más difícil cortarlo. Pero claro, los 20’ de trayecto hasta la oficina, se transforman en casi una hora. Es molesto, pero no es nada dramático.

Esa noche se producen los primeros altercados verdaderamente violentos. Los CDR se ceban con Paseo de Gracia (2)

Miércoles 16-10

Cinco columnas de manifestantes marchan sobre Barcelona. Aprovecho que están entretenidos con los parlamentos, para ir a buscar a los niños al cole (3).

El decano nos escribe a los profesores para comunicarnos que se cancelan las clases en el campus de Ronda Sant Pere (4)

Por la noche, los CDR destrozarán los alrededores de la Consejería de interior (5) y hasta lanzan un cohete de feria a un helicóptero de los Mossos.

Jueves 17-10

Cuando al día siguiente llevo a los niños al colegio (3), la cosa está más o menos tranquila. Pero sigo yendo en metro. No confío en que me corten cualquier calle.

Por la noche salgo a correr a un parque que hay cerca de casa. Por el camino veo un grupo de CDRs que han cortado la Avenida Meridiana a la altura de Fabra i Puig.

Deben ser por lo menos cien y no debe haber menos de treinta o cuarenta policías municipales. Que digo yo, que no debería ser tan difícil dispersarlos.

Viernes 18-10

Día de huelga general. Decido quedarme trabajando desde casa por si acaso. Me paso el día hablando con clientes y preparando las clases de la semana siguiente.

Por la noche, la gran batalla de Urquinaona. Los CDR intentan asaltar la jefatura de la policía de Vía Laietana (6), pero son repelidos y retroceden hasta la Plaza de Urquinaona (7) donde se producen enfrentamientos durante nueve largas horas.

A Dios gracias, no estamos en guerra y las imágenes, a pesar de la aparatosidad, no reflejan un verdadero conflicto armado. Al menos por ahora.

Javier Fernández Pacheco

Hablábamos en el último número de Siembra sobre los dramas que se están viviendo en los últimos tiempos con las migraciones. Gentes que salen a la desesperada huyendo de Siria y su guerra, o del África Subsahariana y su pobreza extrema.

Dejamos pendiente para este número analizar lo que la economía nos enseña acerca de las acciones que se tendrían que poner en marcha en los países de origen para evitar que se produzcan estos movimientos a la desesperada.

Voy a dejar de lado la guerra, que desde mi punto de vista se da siempre por avaricia (siempre hay alguien que se enriquece en una guerra), y me voy a centrar en los problemas de pobreza extrema, pues es donde la economía tiene más que aportar.

Tim Harford, en su libro “El economista camuflado”, hace un análisis de las razones que existen para que mientras ciertos países salen de la pobreza y se unen al club de los países prósperos, otros por el contrario pasan años y años sin levantar cabeza, incapaces de conseguir que sus habitantes tengan un nivel de vida aceptable. Vamos a ver las teorías que analiza y las conclusiones a las que llega.

En general, los economistas piensan que el bienestar económico surge de la combinación de una serie de tres factores. Unas infraestructuras adecuadas (carreteras, electricidad, industrias, etc), unos recursos humanos capacitados y un nivel mínimo de tecnología. Si tenemos estos tres factores, el país debería salir de la pobreza.

Teoría de los Rendimientos Decrecientes

De acuerdo con esta teoría, pequeñas inversiones en infraestructura, en recursos humanos y tecnología en los países pobres deberían tener un efecto mucho mayor en esos países que el que tendría la misma inversión en los países ricos.

Por ejemplo, construir una escuela en un país con un alto grado de analfabetización puede hacer mucho más por la capacitación de las personas que el efecto casi imperceptible que tendría añadir una escuela más al sistema educativo de un país desarrollado. Es decir, el aprovechamiento de las inversiones que se hagan en estos factores es menor cuanto más desarrollado está el país.

Siguiendo esta lógica, los países pobres deberían progresar muy rápidamente e igualarían a los ricos en poco tiempo pues a los ricos, cada vez les costaría más trabajo mantener la ventaja competitiva que tienen sobre los pobres.

Pero lo cierto es que los países pobres no están alcanzando a los ricos y hay muchos casos (en especial en África y algunos países de América del sur) en los que están creciendo a un ritmo inferior al de los países ricos. Así que algo falla en esta teoría.

Teoría de los Rendimientos Crecientes

Esta otra teoría podría explicar la situación anterior. Nos dice que a veces creces más rápido cuando ya eres un país rico. De qué sirve tener wifi por todo el país si la gente no tiene ordenadores o teléfonos móviles. Lo que significaría que la brecha entre países ricos y pobres se haría cada vez más amplia.

Aunque lo cierto es que hay países que han conseguido prosperar de manera muy notable en los últimos años. Corea del Sur, Taiwán, China son países cuya trayectoria contradice la teoría anterior a menos que estos países hubieran conseguido realizar de golpe todas las inversiones necesarias para ponerse a la altura de los más ricos. Cosa que no ocurrió y sin embargo estos países han conseguido alcanzar a los más industrializados. ¿Por qué?

Pues en el próximo número hablaremos de las similitudes y diferencias entre países que han conseguido despegar y los que se han quedado atrás a través de la teoría del Bandidaje Gubernamental. Suena jugoso, ¿No creéis?

Javier Fernández Pacheco

Leía el otro día en prensa un artículo cuyo titular era: “El Tribunal de Cuentas certifica la quiebra de la Seguridad Social” con lo que ello conlleva respecto del sistema público de pensiones.

En realidad, lo que certifica el tribunal de cuenta es que el patrimonio de la Seguridad Social es negativo. Y eso quiere decir, ni más ni menos, que debe más dinero del que tiene.

Para cualquier empresa, eso supondría estar en quiebra y se procedería a la liquidación de ésta. Pero en este caso, la realidad no es tan grave como parece. Tranquilos que no se van a dejar de pagar las pensiones el próximo mes. Aunque en realidad, si no se dejan de pagar y no se liquida el sistema es porque éste tiene la garantía del Estado. Así que todos tranquilos.

Bueno, o no tan tranquilos. Porque lo que esto nos está diciendo es que en estos momentos los cobros de la Seguridad Social no son suficientes para cubrir los gastos. Y esos gastos se tendrán que pagar en algún momento, lo que quiere decir que la Seguridad Social (el Estado) tendrá que sacar el dinero de algún sitio. A menos que esta situación sea momentánea.

¿Se trata de una situación temporal?

Pues todo parece indicar que no. Que se trata de una situación que lejos de solucionarse se irá agravando con el tiempo.

Se irá agravando porque el número de pensionistas crece más deprisa que el número de trabajadores, la base de cotización de estos (que determina el importe de la pensión) es cada vez más elevado y como GAD vivimos cada vez más años, las pensiones se pagan durante más tiempo.

¿Qué opciones tiene el Estado?

Pues si consideramos que este sobre coste se tendrá que pagar, pues solo quedan tres opciones. La primera es aumentar los ingresos, aumentando las cotizaciones sociales (el pago a la Seguridad Social) o los impuestos. La segunda es reducir los gastos (reduciendo las pensiones). La tercera es una combinación de las dos anteriores.

Hay quien puede pensar que se puede emitir deuda para pagar este gasto, que en realidad es lo único que se está haciendo por el momento para pagar las pensiones. Pero esa idea no es buena porque lejos de solucionar el problema, lo traslada al futuro agravándolo con el pago de intereses.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

Pues ante todo tomar conciencia de lo que se nos viene encima, que todos tendremos que hacer renuncias.

Y exigir que se reúna el Pacto de Toledo a ver si de una vez son capaces de tomar decisiones valientes que, aunque puedan ser impopulares, nos lleven a un sistema de Pensiones que sea sostenible para un par de generaciones por lo menos.

Debido a mi labor como asesor financiero, acudo cada año a distintas reuniones organizadas por diferentes entidades que se dedican a la gestión patrimonial.

En estas reuniones, la entidad gestora del evento difunde la que será, según su opinión, la evolución de la economía y los mercados financieros durante los siguientes meses.

En otras palabras, nos transmiten el resultado que arrojan los estudios confeccionados por sus equipos de economistas sobre la futura evolución de los tipos de interés, la de los beneficios empresariales –que son la base de las subidas y bajadas de la bolsa–, la de la inflación, etc.

De esta manera, yo utilizo esa información para asesorar a mis clientes sobre qué hacer con su dinero a lo largo de los siguientes meses, con un conocimiento más preciso de la situación del mercado.

Pues bien, una de las previsiones que siempre aparecen –y yo diría que en la que más yerran– es la que realizan sobre la cotización del dólar.

Es muy complicado realizar previsiones sobre la evolución de una moneda porque su valor es influenciable no solo por las decisiones tomadas por las autoridades locales, sino que también lo está por las decisiones tomadas por autoridades extranjeras.

Me explico. Ya habíamos visto en anteriores artículos qué si ponemos en circulación más dinero que cosas que se puedan comprar con ese dinero, creamos inflación, pues habrá más dinero para las mismas cosas y esas cosas serán más caras.

Desde esa perspectiva, las decisiones que tome el Banco Central Europeo (BCE) sobre la cantidad de dinero en circulación, influyen en la inflación que tengamos. Y también en la fortaleza del Euro. Un Euro es fuerte cuando puede comprar muchas cosas y se va debilitando conforme sufrimos inflación y puede comprar cada vez menos cosas.

Así que la fortaleza del Euro frente al dólar depende de la política monetaria del BCE. Pero también depende de la política monetaria de la Reserva Federal Americana, pues es la que influirá sobre la inflación en Estados Unidos y en consecuencia en la fortaleza que podrá tener o dejar de tener allí un dólar americano.

Parece lógico pensar –y en realidad es así como ocurre– que el valor de una moneda respecto a la otra dependerá de la fortaleza que cada una de ellas tenga dentro de su país. Y si tuviéramos un producto exactamente igual, vendido a ambos lados del Atlántico, podríamos comparar y saber si una de las monedas esta “cara” o “barata”.

Así nació el Índice Big Mac, creado por la revista  The Economist en 1986 y utilizado por los economistas para comparar los niveles de precios de dos países e intentar determinar así si una de las monedas está infra o sobre valorada.

Un Big Mac –bocadillo por excelencia de McDonald’s– se produce en todo el mundo utilizando las mismas cantidades, calidades y procesos, por lo que, siguiendo la lógica anterior, un Big Mac debería tener el mismo precio en todo el mundo después de aplicar el correspondiente tipo de cambio.

Por ejemplo, a principios de 2.019, un Big Mac costaba 4,05 € en Europa, mientras que en Estados Unidos el precio del mismo bocadillo era de 5,58 dólares. Eso implica que, para gastar lo mismo en un Big Mac, el tipo de cambio debería ser de 0,726 euros por cada dólar. Con ese tipo de cambio el Big Mac costaría igual en ambos países, pues si tengo los 5,58 dólares que cuesta allí y los convierto en Euros, tendré los (5,58 x 0,726 = 4,05) 4,05€ que cuesta el Big Mac en Europa.

Pero el tipo de cambio en enero era de 0,87 euros por cada dólar y entonces, al cambiar los 5,58 dólares nos darían (5,58 x 0,87 = 4,85) 4,85 €, lo que quiere decir que podríamos comprar un Big Mac y parte de otro. Cada “dólar” está comprando demasiados euros (el dólar estaría sobrevalorado).

El índice Big Mac es bastante preciso en el largo plazo (los tipos de cambio tienden a compensar las diferencias de precio), y además nos ha ayudado a entender de una forma sencilla el funcionamiento de los tipos de cambio.

(Imagenes obtenidas en Theeconomist.com)