A Ourense solo le falta una cosa. Por lo demás, el que se acerca a conocer la ciudad (mejor diría se aleja, porque desde Manzanares nos queda a casi 700 km) no dejará de toparse con placeres para el cuerpo y alivios para el alma.

Un primer paseo por el casco viejo te termina llevando, entre callejas y plazuelas, con sus fuentes y cruceiros, a la Plaza Mayor. Porticada e inclinada, como ninguna otra verás por España. Y de ahí a la catedral. La catedral de San Martín, románica tardía de transición al gótico. Te basta un vistazo al pórtico para caer en la cuenta de que merece la pena. Dentro te aguardan las bellas capillas del ábside, un destacado retablo y un reconfortante paseo meditado por sus naves. Nada mejor que la piedra desnuda para dar descanso al alma. ¿Y al cuerpo cuándo? Pues aquí mismo también. Nada más salir de la catedral hay que cambiar de tercio y liarse con la tapa de empanada por las rúas da Paz, Lepanto o Viriato. Digo empanada como bien podría decir mejillones o pulpo, ya sabemos que en Galicia no se falla.

Aunque tiene Ourense otro atractivo que combina como ningún otro el tema este del deleite para el cuerpo con el gozo para el alma. Ya lo vieron los romanos que conquistaron Ourense, que sabrían de esto un rato. Las termas. Sí, sí, verdaderas termas. Hay variedad donde elegir, pero ya te digo yo con las que el acierto es seguro: Las de Outariz, a escasos minutos de la ciudad en coche y pegaditas al Miño. No hay mejor modo para descansar cuerpo y mente que dejar el móvil en la taquilla y sumergirse en estas aguas reparadoras.

Y estando en Ourense no te vengas sin acercarte (aquí sí que digo a conciencia acercarse, pues solo son un puñado de kilómetros) a la Ribeira Sacra. Justamente donde el Sil, el afluente del Miño que todos estudiamos, serpentea entre acantilados de paredes rocosas y laderas de viñedos. Si vas a ir con prisas, mejor no vayas. Porque te vas a arrepentir de no poder pasar un buen rato en sus miradores contemplando el agua luchando con la roca. La vista desde lo alto es espectacular, pero también merece la pena darse el paseíto en catamarán para apreciar de cerca los terrenos escarpados donde parece imposible poder vendimiar esas uvas que acabarán siendo los afrutados vinos de la Ribeira Sacra. Lo dicho, que si vas con prisas, mejor no ir. Porque la idea es quedarse a dormir en un monasterio de los muchos que abundan por la zona (de ahí lo de Sacra, claro). Hay que rematar bien esta escapada, que va de hermanar el bálsamo para el alma con los goces para el cuerpo. Y no puede ser otro que el Monasterio de Santo Estevo, otrora cenobio o colegio de Artes, pero hoy un Parador de los emblemáticos. Aún recuerdo el rato que eché leyendo en su claustro (el de los Obispos, el más cautivador, porque tiene dos más) o deambulando por su iglesia. Si a esto le unes el placer de desayunar en el claustro de la Portería con esos panes que por aquí se gastan o de cenar bajo una auténtica bóveda en las viejas caballerizas un rodaballo con un albariño de la zona, ya tienes otra vez la simbiosis cabal entre lo mundano y lo etéreo.

A Ourense solo le falta una cosa. Y es que el mar bañe sus tierras. Aunque visto lo visto, ni falta que le hace.

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