África Crespo

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Estas navidades he recibido una visita muy especial. Mi amiga Celia y su hijo Raúl decidieron hacer las maletas y venirse a pasar unos días a la Mancha y así alejarse del bullicio de Madrid. Se hospedaron en el Parador de Manzanares. Tuvieron nuestro pueblo de referencia porque yo vivo aquí. Y vinieron sin planes, a lo que surgiera. Yo me volqué en hacerles de su estancia lo más agradable posible.

Llegaron a la hora de comer y no dudé en llevarlos al Castillo de Pilas Bonas. Me pareció que era el lugar perfecto para que comenzaran su visita por nuestra ciudad. Se quedaron impresionados con el sitio. Me dijeron que se pensaban que irían a un restaurante llamado Castillo y no a un castillo de verdad. Su camarero, Manu, nos hizo de aquella visita un momento muy especial. Comimos de maravilla platos típicos de nuestra región y después nos enseñó el castillo.

Jamás lo había visto desde la perspectiva histórica que él nos lo mostró. Mis turistas quedaron encantados y yo comencé a enamorarme y a valorar mucho más nuestro castillo. Me quedé mirando la sala donde dicen que estuvo la reina Isabel la Católica como si me encontrar en un plató de cine. Aquello me pareció apasionante. Sabía que estuvo aquí, pero aquel día todo lo vi con otros ojos. Con ojos de turista, una perspectiva que jamás había probado en mi pueblo.

Paseamos después por la calle El Carmen y la calle Mojas. Iba pensando que el pueblo estaba vacío, nadie por las calles. Sin embargo, Raúl y Celia iban disfrutando de la tranquilidad, del canto de los pájaros, del frío de la tarde de diciembre rozando sus mejillas, del aire puro que respiraban y de las formas que hacían las nubes. Esto en Madrid es impensable. Ni aire puro, ni nubes, ni tranquilidad.

Llegamos a la casa de Malpica donde se encuentra el Museo del Queso y el museo de Ignacio Sánchez Mejías. Les fui contando toda la historia que yo me sé, los entresijos de la generación del 27, el porqué de aquel museo. Me di cuenta de que lo iba haciendo con ilusión, con euforia, con júbilo. Todo aquello resumía la historia de mi amado Manzanares.

Quería enseñarles mucho más. Hacer muchas más cosas, pero el tiempo marchaba en nuestra contra. Les mostré con ilusión y nostalgia nuestro convento de las Monjas de Clausura. Desee que no se echara a perder. Lo veía tan bonito…

Fuimos a comprar vino a la tienda de la Cooperativa Jesús del Perdón. Después, a la carrera, llegamos a la casa que Cabrera tiene en la calle Jesús del Perdón a comprar una gran variedad de quesos manchegos. Me encantó el trato que tuvieron con ellos. Probaron todos los quesos sobre los que preguntaron. Les encantaron y a mí me gustó que trataran así a mis turistas.

Siguieron la ruta por Ruidera, Infantes y San Carlos del Valle, de este último aseguraron que era el pueblo más bonito de España. Según su criterio, claro.

Y para acabar con esos días navideños desayunamos churros con chocolate en la cafetería El Temple. Allí leímos varios ejemplares de Siembra, que los propietarios guardan con cuidado sobre el piano. Estaban impresionados.. El lugar les pareció maravilloso, el trato.

Salimos rumbo a Diverinfancia. Un pabellón con decenas de actividades para niños y todo ello gratuito. Llegamos muy pronto y había muy poca gente lo que fue aún mejor. Los niños lo pasaron genial.

Y yo viví aquel viaje como una turista más. Una turista de mi pueblo, del que me he vuelto a enamorar.

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