Cada vez que vuelvo de la capital, a ver a la familia, a las amistades, a ver mi pueblo, mi tierra, se repite una situación que me ha empezado a preocupar. Siempre se inicia este regreso con el típico ¿Qué tal por Madrid? Mi respuesta intenta acercar lo que conozco en la ciudad, al pueblo. Pero cuando devuelvo la pregunta ¿Qué tal por aquí? las respuestas son el título de esta redacción: “Bien… lo de siempre”, “Sin más…” ,“Ya sabes… aquí hay poco que hacer”, “El pueblo está muerto”…

A veces pienso que el motivo de esto es la comparación. Es cierto que no se puede, ni se debe comparar, Manzanares con Madrid, cada una tiene sus cosas, pero no se trata de ir buscando qué es más, sino de ver y honrar las bondades que se tienen, aprender a disfrutarlas y seguir creciendo como sociedad.

Antes de marcharme a estudiar, mi opinión era similar a las anteriores: una tierra bonita para ver amaneceres y atardeceres, pero en la que no había mucho más allá, sin más… Posteriormente, buscando información sobre la Fábrica de Harinas de Ayala y Juan, en la sección local de la biblioteca, di con el libro de Julián Granados sobre María Francisca Díaz-Carralero Rodelgo, La Ciega de Manzanares. El poema de la contraportada me emocionó y conocer este emblema local, cambió mi visión del pueblo, se empezó a colorear.

De modo que, la forma de mirar, tiene relación con lo que conoces, con lo vivido, con la memoria. Cuando tienes una experiencia en un lugar, generas un recuerdo que tiene como núcleo la emoción que hayas sentido. Al volver a ese lugar, retomas ese recuerdo, revives esa emoción y tu mirada se ve influenciada. Por ello hay lugares de mi infancia, la casa de mis abuelos, que veo como conocidos y con encanto; pero si otra persona los ve, podría parecerle feo e incluso preguntarse cómo jugué ahí. De modo que “la belleza está en los ojos de quien mira”. Yo añado, que se debe a lo que sabes del lugar, a lo vivido y a las emociones que generadas. Así que cuando miro a Manzanares, para contárselo a otra persona ajena, veo a La Ciega, a Piña… veo todas esas historias que conozco, y se rellena el pueblo.

El patrimonio arquitectónico hace de reactivador de esta memoria colectiva. Sin embargo sigue ocurriendo que nuestros espacios se olvidan, se deterioran y luego se les mete sin la pala sin ningún pudor, esa ha sido la historia de nuestro pueblo y la de tantos otros. Con esa destrucción de nuestro pasado se pierde el enlace con ese tiempo, se pierde la energía que depositaron nuestros antepasados, la memoria de ese lugar, su significado, su #IDENTIDAD. Es así como se llega a la España Vaciada, tema tan actual en este momento. Con ello, no me refiero a los pueblitos antiguos abandonados, sino que me refiero al vaciado de cultura y de historia. Entonces es cuando no ves nada en tu pueblo, más que un conjunto de casas nuevas y coches, sin fuste ninguno, por tanto, no sientes arraigo, y consecuentemente, te vas sin haberle dado oportunidad.

¿Por qué los padres guardan joyas para que las hereden sus hijos, pero permitimos que estas otras joyas, como el Casino de Manzanares, desaparezcan? ¿Qué ocurría si destruye  la casa donde se redactó el Manifiesto de Manzanares? ¿Cómo se lo transmites a alguien? Sería más difícil activar ese recuerdo al no tener la huella física. Y transmitirlo sería un ejercicio de imaginación más intenso, puesto que tendrías que imaginarte ese espacio y luego la historia.

Cuantos llantos y críticas he visto por lo del Casino. Pero hay que dejar de llorar por lo hecho en el pasado, porque poco se puede hacer ya. Hay que llorar por lo que podemos estar a punto de perder. Siento decirlo, pero he leído muchas más críticas feroces desde sofás, que  ejemplos de acción comprometida, porque nadie quiere ser el “tonto” que da más, o que da el primer paso en soledad, también porque creemos que no podemos hacer nada. Pero siempre se puede hacer o aportar. Si una cosa te importa: dilo, sácale fotos, compártelo con otras personas, propón e imagina, actúa a favor de esa causa y sé ejemplo de ello.

Aunque algunas de estas huellas físicas se hayan derrumbado o desaparecido, siguen estando presentes gracias a la cultura que tenemos. Muchas veces veo que se trata lo cultural como ocio prescindible, con afán de ser negocio que produzca turismo para ser útil, y sólo comprensible para determinadas élites.  Otras veces, se trata como algo antiguo que creemos saber y estamos aburridos de ver. Y al ser en su mayoría gratuito, causa menor interés “porque puedo ir si surge y si no pues nada”, no duele perdérselo. Y además, esto afecta a otras acciones culturales que tienen un precio, y nos parecen caras por haber asumido todo lo anterior.

Se define cultura como: Conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etc. Yo lo considero una base necesaria para saber quiénes somos, de dónde venimos, qué tenemos; es nuestra identidad. Gracias a ello podemos mirar hacia dónde vamos. Por ello insisto, que hay que valorar más las acciones culturales y a quienes las hacen.

En este ámbito las cosas verdaderamente mueren, primero, cuando desaparece esa huella física, cuando se derrumba un edificio singular o una casa típica manchega, para construir una “moderna”, también cuando se quema una foto, o se tira a la basura “porque ya no se pueden acumular más trastos”. Finalmente les llega la muerte total cuando se olvidan de manera irreparable.

Quiero que se piense ahora, en todas las historias que han muerto verdaderamente debido al fallecimiento de tantas personas por covid… Fotos y rincones que ya no podremos leer sin estas personas, conocimiento local, de todo tipo, que cae en el olvido. Historias que ya no heredaremos y que nos empobrecemos al perderlas.

Por ello, es tan importante la cultura, porque que recuerda pasados, reinterpreta presentes y nos hace imaginar futuros. Es la manera que tenemos de preservar nuestra identidad y de desarrollarnos como sociedad, para seguir evolucionando.

¿Cómo va a venir  nadie a tu tienda, a tu hostal, a tu bar, a tu pueblo, a tu tierra, si “no hay ná”?

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