por Mercedes Sánchez Migallón

Decía José Luis Sampedro (que murió siendo bastante mayor): “Mientras me rija la cabeza y pueda ir solo al baño, estoy tan campante en este mundo”.

Leía el otro día en El Mundo, el artículo de Lucía Méndez. que nos recordaba cómo antes los viejos morían en sus casas, rodeados de sus hijos y cómo llevarlos a la residencia estaba considerado socialmente como un acto deshonroso y reprochable. Aunque, en realidad, no se les llevaba a la residencia, sino al asilo. Hoy la palabra asilo, con ese significado, está en desuso. Nos hemos vuelto más sutiles y la hemos cambiado por el de residencia. Pero lo llamemos de una manera u otra, lo cierto es que son pobres sustitutos de un hogar.

Sé que estas son interrogaciones retóricas, pero ¿cuántos de los ancianos que han muerto procedían de residencias?, ¿cuántas de estas muertes se hubieran evitado, o al menos hubieran sido menos frías, si el abuelete hubiera estado en casa? Y conste que este artículo no es un alegato contra los trabajadores de las residencias, donde me consta que hay grandes profesionales y gente muy entregada. Es solo que creo que ha llegado el momento de preguntarse qué hemos hecho con nuestros mayores.

Pienso que el progreso nos ha llevado a  vivir una vida donde no hay lugar para ellos y por eso  los aislamos de la sociedad, de su entorno, de su mundo. En esta época acelerada en la que vivimos no se les respeta como ancianos y sabios, sino que se les aísla como personas que ya no pertenecen a nuestro tiempo y se les relega a las residencias. Se les aparta de su vida social y familiar, a la vez que nosotros vamos rompiendo nuestro vínculo con nuestro pasado del que tanto tenemos que aprender.

Todo esto ha hecho que los mayores se hayan convertido en “una fuente de oportunidades” para numerosas empresas privadas, pero la pandemia ha transformado “esa fuente” en un drama o en una tragedia. La sociedad busca culpables y las residencias se defienden diciendo: “no curamos, cuidamos”. Nuestros viejos han sido el flanco más vulnerable por un cóctel de circunstancias que han denunciado muchas personas cercanas al entorno: exceso de demanda que ha deteriorado la calidad con ratios muy bajas; familiares que no han controlado si se llevaban a cabo inspecciones; falta de protocolos, obsesión por ahorrar, por hacer negocio…Fíjense en el anuncio publicitario que aparecía en una revista de negocios, invitando a invertir en residencias de ancianos: “El poder, el talento y el dinero está en los senior”. Lo dice todo: nuestros ancianos son un nuevo modo de negocio.

Ahora quizá los ciudadanos nos lo pensemos dos veces y nos planteemos el derecho del viejo a morir en su cama y en su casa. Tal vez sería una buena solución que se primara más la atención a domicilio y la figura de los cuidadores, o que se proyectaran centros más pequeños, con mejores servicios, donde el anciano encuentre un ambiente de hogar y vaya a ellos incluso con buena salud.

Dicen que este virus nos va a enseñar muchas cosas y una de ellas es que debemos cuestionarnos nuestra escala de valores y nuestra forma de vida. Se ha dicho que estamos viviendo una situación paralela a la del final del Imperio Romano y que el sistema actual, tan capitalista y tan consumista, va a explotar y lo va a hacer por degradación ética y moral… Yo, sinceramente, creo que no va a cambiar nada. Va a aumentar el sufrimiento de muchas personas, los intereses políticos y económicos seguirán moviendo el mundo. Tal vez consigamos que se comercie menos con los ancianos y dependientes. Los que han vivido de cerca la tragedia sí que cambiarán conductas y valores y en ellos está la esperanza.

Sé que todas estas reflexiones son  polémicas porque cada familia es un mundo y cada uno sabe las múltiples razones que le obligan a llevar al viejo a la residencia. También me ha enseñado la experiencia que no hay verdades absolutas, por lo que ante una certeza lo mejor es obligarse a considerar la cuestión desde otra perspectiva. Por tanto, el debate queda abierto.

 

 

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