A los que sigan habitualmente la información local les resultará familiar la coletilla “recuperar Manzanares” que frecuentemente se usa desde el actual Equipo de Gobierno. Se da la circunstancia de que el recurrente eslogan es aplicable ahora al serio problema que este mes trae a sus páginas Siembra y que tendrían que afrontar, antes o después, los actuales responsables del gobierno local.

Es evidente para cualquiera que pasee nuestras calles el estado de deterioro que presentan muchas de sus casas, algunas de ellas emblemáticas y otras incluso catalogadas en la Carta Arqueológica o protegidas por el catálogo del propio Ayuntamiento. Para agravar la situación, algunos de estos inmuebles están situados en pleno casco histórico lo que es detrimento para que Manzanares pueda convertirse en un destino turístico como lo son, por ejemplo, Almagro o Villanueva de los Infantes. Además de afear nuestras calles más céntricas y espantar el comercio y las inversiones, desmerecen la nobleza de la que podríamos hacer gala y el rico pasado del que los manzanareños presumimos. Una “ciudad de museos”, bien podría tratarse de un museo al aire libre; un museo de fachadas, rejas, balconadas, patios y portadas.

Acaso, deambulando por el centro de nuestro pueblo, nos venga a la memoria los tristes versos de Quevedo “miré los muros de la patria mía… que acaba con la funesta aseveración: “…y no hallé cosa en que poner los ojos /que no fuese recuerdo de la muerte” Por tanto, motivos no faltan para que el Ayuntamiento se ponga manos a la obra y para que se pueda aplicar con propiedad el lema “es necesario recuperar Manzanares”. En este campo, hasta el día de hoy no se ha hecho nada.

Pero no es sólo es responsabilidad del Ayuntamiento, aunque sea éste el responsable de liderar un proceso que ha de durar años, mediante incentivos, programas y propuestas más allá de las pírricas deducciones impositivas actuales. Son también los propietarios y la sociedad entera la que se debe empeñar en que Manzanares no tenga que lamentar, como otrora lamentó, la pérdida de tesoros arquitectónicos que nos dejarían huérfanos de identidad, y ayunos tanto de pasado como de futuro.

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