Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Aunque representar teatro canónico no es tan frecuente como debería, aún se llevan a los escenarios las obras magnas de multitud de autores de la historia de la literatura. Esto es positivo, pues, mutando las palabras de Gabriel Celaya, el teatro es un arma cargada de futuro: está bien tomar el canon[1] dramático y representarlo para acercar al pueblo los grandes temas y a los maestros de la literatura. Lo que no es tan agradable —más bien, me parece una aberración— es adaptarlo siguiendo tendencias que nada tuvieron que ver con las que el autor siguió en el momento de su escritura.

El resultado final es que la obra original no la reconoce ni la madre que la parió.

En las grandes ciudades de España, se aprecia una interesante oferta cultural, que incluye, por supuesto, el teatro. En la mayoría de las obras canónicas que se anuncian, bajo el título del autor, aparecía la desvergüenza: “adaptación/versión por…”. Ante esta barrabasada, se me ocurren dos comentarios: (a) Los grandes autores no necesitan adaptación, son tan universales que su mensaje ha trascendido su época y el público puede actualizarlos sin que se haya tocado una coma del texto original. Pensar lo contrario —que hace falta retocar hasta el último detalle— es propio de gente de menor valía con ínfulas de gloria al ver su nombre escrito bajo el de la celebridad. (b) ¿Qué se modifica de la obra? Desde diálogos, escenografía, personajes, vestuario, etc., hasta recortar la obra. El resultado final —como dijo Alfonso Guerra sobre España tras la victoria del PSOE en 1982— es que la obra original no la reconoce ni la madre que la parió.

Pongo un ejemplo para ilustrar esto. Hace tres años, fui al madrileño Teatro de la Comedia a ver la Compañía Nacional de Teatro Clásico representar La Dama Duende, de Calderón de la Barca. Se había alterado la época, la rima, los diálogos, los vestuarios… ¡nada en esa obra —quizás salvo el tema— podía recordar a las comedias de enredo que se representaban en un corral de comedias! Estaba todo desfigurado. Frente a esto, también está demostrado que se puede hacer una buena representación teatral fiel al canon. En Manzanares, en la presente temporada, se han llevado a las tablas dos obras de teatro de este tipo: Calígula, de Camus, y La Casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Ambas han respetado el texto original —sin retocar o recortar inútilmente— y el resultado ha sido apreciado por el respetable.

Quiero extraer dos conclusiones con este artículo: (a) Es responsabilidad del público interpretar la obra canónica y actualizarla —si quiere—. No se debe dar todo masticado. La obra que conmueve lleva a la reflexión y a la aplicación en la vida de la gente. (b) Actualizar —o adaptar— una obra es prostituirla. Quien quiera escribir, que lo haga. Si el modelo que sigue un autor en un texto es maravilloso, nada impide hacer otro siguiéndolo —con otros personajes, diálogos, ambientación, etc.—, salvo la falta de talento literario. Lo que sí es censurable es mantener al maestro como autor, con el nombre de un cualquiera como adaptador, y representar una obra que no reconoce ni la madre que la parió.

 


 

[1] Por “canon”, en literatura, entendemos el conjunto de grandes obras que, por unos motivos u otros, han pasado a la posteridad y merecen ocupar un lugar destacado —y ser objeto de estudio— en los manuales y en las bibliotecas.

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