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Manuel Gallego Arroyo

A pesar de todo, y por más que quieran contarnos, el progreso peca muchas veces de ingratitud con el pasado. Es que su razón de ser consiste, las más de las veces, en desprender toda costra, mondar cáscaras, en fin, arrancar de la vida todo aquello que, sido, pretenda prolongar el paseo y solaz de los cadáveres exquisitos. A veces, en lo que es una irremediable precipitación, actúa como un juez sentencioso e inflexible con lo, en apariencia, caduco.

Ahora que la ley de las modas, ahora que el progreso con su mano a veces fría levanta enormes muros, imponentes vallas, como las que han nacido al final de los Paseos del Río, ahora digo, podremos contemplar cómo se cerrará el horizonte, se cegarán las perspectivas y se angostarán los trasvases de almas; ahora y ya mañana, observaremos cómo a la caída del sol, se precipitarán las sombras del enrejado progreso sobre los paseos y sus arriates, árboles y arbustos, y sobre los paseantes de ojos confusos en el tornasolado.

Creo que con la decisión “envalladora” se han perdido algunas cosas (¿realmente podemos decir “cosas”?) que a lo mejor sería de justicia que las tuviésemos en conciencia, por si hubiera alguna posibilidad de recuperar la dignidad de lo arrinconado.

De un lado la estética del cierre de las calles del paseo, angostado y marginado, en su perspectiva (la de los Paseos Príncipe de Asturias). Pero también la del Paseo de los Pinos, que, viniendo desde los Cinco Puentes al encuentro de aquellos, ha quedado desplazada, oculta y empobrecida en un feo recodo. Como pobre y sin sentido queda, desde el Banco de la Paciencia, toda vista, amurallada toda lontananza.

Obsérvese que no hablamos de nada nuevo, pues, de cuanto ahora se ha hecho monda, fue ya una propuesta con la que se trató de resolver (mediante los emplazamientos que llegarían a ser símbolos cantados por la cultura popular), uno de los problemas urbanísticos de esta localidad, el de las limitaciones que impone la vía férrea.

Rememoremos no obstante el porte humilde, contemplativo y melancólico de aquel banco, el de la Paciencia, pasante de trenes y testigo del horizonte, ahora mudado de simbólico guardagujas, en arrinconado guardavallas. Rememoremos la anchura y vastedad del lugar, explanada que pasaba la mayor parte del año dejada de sí, clamando qué hacerse de ella.

En descargo sólo queda referir cómo una vez más el futuro ha logrado corregir una deficiencia del pasado, ampliando en superficie de metros cuadrados el espacio para exposiciones feriales, a la postre, asunto vital en el modernizador desarrollo de nuestro pueblo.