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Salvo el día de Merced, es difícil que se hable de la prisión de Herrera de la Mancha en los medios de comunicación social de Manzanares ni tampoco en los foros institucionales. La prisión, como otras entidades, centros o instituciones con las que vivimos en el Manzanares, genera noticias y en ocasiones hay motivos para referirse a ella como tema de actualidad. Sin embargo, pasan meses, años sin que en la vida pública se tenga noticia alguna de lo que ocurre alrededor del centro penitenciario. No se debe entender esta afirmación como reproche alguno a medios de comunicación social públicos o no. En el ámbito privado, en lo que interesa o deja de interesar a los ciudadanos no es un tema que ocupe conversaciones o que merezca alguna reflexión. Salvo cuando trasciende algún dato curioso, por no decir morboso, un silencio grave pesa sobre la cárcel. Es, verdaderamente un tabú en la vida pública de nuestra ciudad.

Sin embargo, hay ejemplos de que Herrera de la Mancha ocupa un cierto lugar en el imaginario y la memoria sentimental de muchos de nuestros vecinos. No sólo porque muchos de ellos trabajan o han trabajado entre sus muros sino porque hay imágenes que difícilmente olvidaremos como cuando el “autobús de Herrera” aparcaba en las puertas de los colegios escoltado por los cuatro latas de la Guardia Civil y los hijos de los funcionarios desfilaban ante la mirada de los agentes armados. El autobús marrón que muchas tardes veíamos aparcados a la altura de la Boutique London y en el que regresaban a casa familias que habían venido a hacer los recados habituales. Eras los tiempos de plomo y entonces la cárcel desarrolló un halo siniestro alrededor del que se organizaban los alegres chalets de los funcionarios llenos de niños.

Desde entonces muchas cosas han cambiado y en lo que respecta a la cárcel, a mejor. El centro de internamiento “de alta seguridad”, como se solía repetir al modo de mantra que hacía esa realidad aún más opaca, está ahora más tranquilo, la conflictividad ha descendido, la sombra del terrorismo no es ya tan alargada que nuble Manzanares desde un punto kilométrico de la carretera de Argamasilla.

Lo cierto es que la prisión forma parte de la vida de mucha gente que vive entre nosotros. Podríamos decir que mucha gente vive de la prisión. Tiene allí su puesto de trabajo o sus empresas son proveedoras de alimentos u otros materiales. Pero no es cuestión de valorar el tener en nuestro término municipal esta instalación como el que tiene una fábrica o una universidad. La toma de conciencia de que esta realidad se encuentra a pocos kilómetros de nuestras ordenadas vidas es más bien un débito moral de Manzanares.

En Herrera de la Mancha trabajan y viven personas. Hombres y mujeres que llevan a cabo una profesión durísima y poco reconocida. Rostros humanos que sufren y son olvidados. Que mejoran o que viven con frustración su indigencia moral. Personas que se salvan o se redimen. Que se condenan o que naufragan en medio de adiciones o enfermedades que comportan indiferencias o silencios muy negros.  Creemos que Manzanares podría hacer algo más por la cárcel, empezando por no olvidarla. Quizá las relaciones institucionales puedan ser más frecuentes, quizá se podrían organizar más actividades de voluntariado o reinserción (como ya ha ensayado Cáritas en los últimos años), quizá se podría dar mayor visibilidad a un mundo oscuro, por desconocido, con el que podemos implicarnos.

Se celebra ahora el 40 aniversario de su entrada en funcionamiento. Buena ocasión para que unos y otros volvamos la mirada hacia esa cúpula que desde la carretera vemos pasar a toda velocidad y que apenas percibimos con la misma indiferencia con la que vemos pasar los postes de la luz camino de levante.