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Por Consoly León Arias

Iniciamos 2021 en peores circunstancias de las ya existentes, cuando hace tan sólo unas semanas sepultábamos el annus horribilis que ha supuesto para la humanidad 2020.
La pandemia cercenó las ganas de disfrutar de la pasada primavera como un mal presagio, donde la catástrofe ha superado cualquier previsión posible. Una estratosférica crisis sanitaria imparable, caótica y sin precedentes, donde nuestros sanitarios se han dejado la piel, demostrando su calidad humana y profesionalidad desde el principio. Nuestro recuerdo a los miles de fallecidos, y afecto a cuantos supervivientes se hallan ligados de por vida a un lastre de secuelas con las que tendrán que convivir. A este dantesco escenario se suman otros de gran calado, como las terribles y temibles consecuencias que acucian la vapuleada realidad económica y social española, que arrastraba con debilidad, los efectos de crisis pasadas y que retratan la crónica de la agonía más lacerante de nuestra querida España.
Es casi imposible ser optimista en medio de tanta ofensa, tristeza y desesperación. Quizás el término más apropiado para englobar las extraordinarias circunstancias que concurren en España, y en el mundo globalizado sea INDIGNACIÓN, como palabra asociada a un evidente sentimiento de pesadumbre.
La desazón se magnifica por momentos con imágenes tan plásticas y desoladoras como las de las interminables “colas del hambre”, en los bancos de alimentos, comedores sociales de la Iglesia, y otras ONG que en un grito desesperado ante la situación, se afanan desde la solidaridad, y el compromiso, en hacer el bien mediante la caridad.
No hay espacio para lo positivo en esas colas, que junto a las del desempleo baten records históricos y nos trasladan a tiempos de posguerra, allá por el año 1940, el llamado año del hambre, a juzgar por todas las penurias y sufrimientos de aquellos que vivieron en aquellas fechas y cuyo testimonio hoy es crucial para conocer una dura realidad que muy a nuestro pesar, cada día es más semejante a la nuestra. Llegar a estos niveles es descorazonador, por no hablar de esas ansiadas vacunas que ahora observamos con recelo, y que pretenden inocularnos como meros conejillos de indias, sin atender razón alguna, y caiga quien caiga.
Mientras buena parte de nuestros mayores han sido el centro de la diana en esta pandemia, los más jóvenes se encuentran presos del desconcierto en un sistema educativo que hace malabares para formar, a veces, on line, a quienes algún día tendrán  que desempeñar la compleja tarea de recomponer las piezas de este puzle. Tendrán que trabajar  incansablemente  desde el sentido común y  la responsabilidad, enmendando los gravísimos e inenarrables errores cometidos por un puñado de ignorantes, los cuales aún sueñan  con una gobernanza de España asociada a una barita mágica y una poltrona de vagos.
Si en este desbarajuste hay algún resquicio de luz y esperanza, sin duda lo aportan nuestros jóvenes, a pesar del alto precio que estos tiempos les harán pagar.
La aparición de nuevas cepas del Covid-19 en Reino Unido y Japón, nos reafirman en la idea de un virus  harto difícil de extinguir, y por ende,  cobra fuerza la idea de un implacable virus diseñado en un laboratorio con cariz exterminador, y a sabiendas de que diferentes empresas farmacéuticas y adyacentes, serán las grandes beneficiadas  de esta hecatombe mundial.
En definitiva, es complicado ponerle al mal tiempo buena cara cuando llueve sobre mojado, en una estampa marcada por la ruina, la incertidumbre, el abandono, la tristeza, la enfermedad y la muerte, a la que ha querido sumarse un devastador temporal marcado por el frio y la nieve, llamado Filomena, en un momento histórico donde se disparan los precios de la luz, amen de una interminable lista de impuestos con los que el gobierno pretende avasallar  hasta el extremo al pueblo español, definiendo así a la española, como una sociedad tan empobrecida que  en demasiados casos roza niveles de marginalidad.
En medio de tanta inquietud, sólo nos queda aferrarnos a la fe, dar gracias a Dios por lo afortunados que somos y pensar que cada día ocurren milagros, a pesar que nuestro frenético ritmo de vida a menudo nos impide observarlos.

Por Ramón Morales Sánchez Migallón.

En mi anterior escrito acababa con una felicitación a lo que nos quedaba por vivir de 2020 y éste lo voy a empezar pidiendo para el mismo un “descanse en paz” y que “Dios lo tenga donde se merezca”, ha sido un año de triste recuerdo y que difícilmente olvidaremos.

Hace ya algunos años, cuando advertí que ya había en mi haber más cumpleaños celebrados que los que me quedaban por celebrar, empecé a comprender y a mantener que la muerte no era sino parte de la vida y me he sentido preparado para “bajarme del tren” cuando llegue a la estación de destino. 2020 se marchó y se llevó con él a mucha gente, demasiada, y se me ocurre empezar a revisar todo aquello que hemos perdido con el año y lo que hace que hemos hecho bien en decirle adiós para no volver a acordarnos de él.

Este año hemos perdido muchas cosas y no sé si llegaremos a recuperarlas de nuevo.

Las caras: Salimos a la calle y nos encontramos con la gente embozada, como si estuviésemos en un falso carnaval ya que la mayoría de las máscaras son iguales ¡Qué horribles son las calles sin las caras!

La alegría: Nos ha tocado vivir la época apocalíptica del supermercado, de la falta de papel higiénico, de las colas en los establecimientos, de la ropa deportiva (¿para qué arreglarse?).

La estética: Ya hay mujeres que ni piensan en el maquillaje y hombres que no dudan en salir a la calle sin colocarse la prótesis dental ya que nadie lo va a notar. Diría que, con la cara hemos perdido también una de las formas de elevarnos la moral en estos tiempos en que tanto la necesitamos alta. Lo decía antes con lo de la ropa deportiva, ya ni vestimos, o lo hacemos en muy pocas ocasiones. Al perder la cara, también perdimos parte de nuestra estética. Y si eres de los que hacen teletrabajo, con el atuendo casero te sobra. Este año ¿han comprado mucha ropa? Pues eso.

La vida social: Hemos perdido ciertas fiestas como bodas, primeras comuniones, cumpleaños, Semana Santa, Navidad y tantas ocasiones en las que te juntabas con amigos para, simplemente, cenar y cambiar impresiones.

Los abrazos y los besos: Es una necesidad primordial, desde marzo no he abrazado ni a un hijo ni a un nieto, nos hacemos videollamadas o nos vemos por la ventana y sólo nos queda el consuelo de que lo hacemos por nuestro bien.

Los viajes: Me iría con placer a cualquier sitio, pero no voy; el miedo y la incertidumbre nos tienen paralizados, ahora también el confinamiento perimetral. Hasta 2020, todos los años hacíamos un viaje, normalmente cultural, aunque siempre de forma relajada. Este año, dentro de casa. Y es que no nos sienta nada bien la resignación en la renuncia a ciertas cosas.

La seguridad: Por primera vez nos vemos ante la incertidumbre de no saber qué nos depara el mañana, ni lo que pasará dentro de una semana, nos ha tocado vivir no ya al día, sino al momento. Ahora caemos en la cuenta de que hemos sido unos ingenuos pensábamos que todo estaba controlado y nos hemos dado de bruces con una realidad muy distinta, estamos rodeados por el caos. La Naturaleza nos ha dado un buen ‘zasca’ en plena boca.

La amabilidad: Lo compruebo cada día, la gente ha perdido la sonrisa bajo la mascarilla, muchos, también la esperanza. Ya escasean los saludos y, que yo sepa, el coronavirus no justifica de ninguna manera la falta de educación.

 

 

                                               Por Manuel Rodríguez Mazarro

Me cae bien el nombre de Estaca de Bares, ya saben, el cabo que en alguna ocasión visitamos en La Coruña y que forma parte de la costa atlántica. A lo que vamos, opino que actualmente el gremio de hostelería de Manzanares, se encuentra cargado de pesadumbre, debían formar una asociación que se llamara “ESTACAZO DE BARES”.

Alguno sigue funcionando por su situación y “nueva normalidad” de tramos cortados a circulación en días oportunos, haciendo peatonal la calle Toledo y Libertad. (Pienso que será cuestión de acuerdos con la vecindad). Personalmente me agrada sentarme en la mesa de una terraza y en medio de la calle, me recuerda la época de mis abuelos. Ellos no entendían de mascarillas ni de hidroalcóholico, saludarse con los codos y menos de teletrabajo.

Otros bares no tienen esa suerte por la ubicación en que se encuentran y los gastos generales son los mismos: tienen que cerrar.

Es comparado con la nueva cepa del corona-virus no conoce a nadie, pica, se mete, levanta roncha y última fase, ¡hasta luego!

Olvidemos aquellos lugares de tertulia, información, “gaceta” y trato con nuestra gente del pueblo, tomar una cerveza en barra o ver una boca con mellica, bigotes, labios con silbidos sinfónicos, sonrisa natural, besos de todo tipo y el gesto del gooool en TV. ¡Es una pena!, son las circunstancias. El colmo de nuestro anterior ministro de sanidad, llamarse Salvador.

Ya que estoy de cabos terrenales, tampoco estaría mal recordar el de “MACHICHACO” (Bermeo), semejante al anterior, creo que la palabra define el el estado en que se encuentra nuestro pequeño y mediano comercio “machichacaos”. Veremos, dijo un ciego, este año 2021 los que han quedado y la forma de respirar entre la “Filomena” y las vacunas.

Los autónomos, el pintor, carpintero, albañil, fontanero, chofer, electricista y el todo terreno que dan servicio fundamental a nuestras casas, sienten las cargas de seguros sociales, tasas municipales, carburantes, luz, gas, mercado, colegio… Todo es incertidumbre: la salud es lo más importante y las alarmas por contagio comunitario, ya se sabe… mucho miedo con aquello que tienen que tocar las manos que empiezan a descascarillarse de lejía.

Nos han cortado las alas en este año horrible del confinamiento. Precisamente “Confinamiento” ha sido palabra elegida por la Real Academia del pasado 2020. Me gustaba más “corona-vid”, compuesto de “corona y vid” o un gran vino reserva “Emérito-83 años” de las bodegas en Abu Dhabi, de Emiratos Árabes. Este es otro tema financiero que tiene su bouquet personal.

Hay una frase: –“el que come y bebe, bien duerme y quien duerme no peca, el que no peca sube al cielo, si al cielo vamos ¡pues comamos y bebamos!, –siempre y cuando podamos Así lo hicieron nuestros antepasados celestiales que dieron vida y mataban el virus con  azufre.

 

Por Pedro María Castellanos

Hay a quienes el gobierno de turno entrega dos castañas diciéndoles que son dos huevos y se ponen a batirlas para hacer tortilla. Si usted es uno de esos, por favor deje de leer este artículo. Si por el contrario es usted crítico y tiene cierto sentido común, enhorabuena, ha pasado el filtro y es usted bienvenido.

Hablando de filtros, existen unos purificadores de aire, llamados filtros hepa, que son capaces de limpiar el aire de partículas, bacterias, pólenes y virus. Incluso algunos expertos, cada vez más numerosos, se unen a la teoría de que estos filtros hepa, en su nivel 13, los conocidos como filtros hepa H13 o N13, son capaces incluso de limpiar el aire de coronavirus. Son tan efectivos, que, en todos los quirófanos del mundo desarrollado los utilizan para proteger a los pacientes. De hecho, se recomienda el uso de estos filtros, junto con medidores de calidad del aire, en lugares cerrados donde coincidan varias personas al mismo tiempo, como, por ejemplo: oficinas, centros comerciales y colegios.

El Grupo Municipal de UCIN, con su portavoz Pilar Maeso a la cabeza, pidió al Ayuntamiento de Manzanares, mediante un ruego, que, desde la administración local, se ayudara a los colegios de Manzanares en la adquisición de este tipo de filtros, con el fin de proteger a nuestros vecinos más jóvenes en su jornada lectiva. El equipo de gobierno del PSOE, con su alcalde Julián Nieva al frente, se negó en rotundo a esta propuesta, argumentando que el Ayuntamiento no iba a gastar un solo euro en este tipo de filtros y menos para dotar de ellos a los colegios competencia de la Junta.  Sin embargo, este mismo alcalde, que niega a nuestros hijos la posibilidad de respirar un aire limpio de virus en las aulas, no dudó en gastar miles de euros en pintar la fachada de los juzgados, a pesar de ser éste competencia del Ministerio del Interior.

Muchos ayuntamientos cercanos a nuestra localidad, sí están ayudando a los colegios en la protección de los niños y jóvenes, y cabe preguntarse por qué el equipo de gobierno socialista de Manzanares se sigue negando a ello, obligando a muchos padres y colegios de nuestra localidad a sufragar los gastos de estos aparatos que al fin y al cabo redunda en la salud pública de nuestra localidad, algo que sí es competencia de nuestro Ayuntamiento, tanto es así que tenemos una concejalía expresamente para este fin.

De igual modo, llama poderosamente la atención, que el mismo equipo de gobierno que niega incluso la efectividad de estos filtros, contradiciendo a expertos mundiales, sí tenga dinero para comprar purificadores de aire para el Gran Teatro.

Supongo que como el Gran Teatro es más frecuentado por ellos que las aulas de nuestros colegios, entonces sí considera efectivos los purificadores, de lo que se puede deducir, que el coste y la efectividad de estos filtros depende de si van a ser utilizados en aquellos lugares que el equipo de gobierno frecuenta.

Cuando dentro de unos años tengamos de nuevo la oportunidad de decidir quiénes queremos que nos gobiernen, pensad que hubo un grupo político, una Unión de Ciudadanos Independientes de Manzanares, que quiso proteger nuestros colegios y se topó con el NO del PSOE manzanareño, y el NO del PSOE regional. Cuando llegue ese momento de elegir, acuérdense de quienes negaron proteger a sus hijos, de la misma forma que han de acordarse cada día de poner una mantita en sus mochilas. En otras palabras, acuérdense y sepan distinguir entre el huevo y la castaña.

Por Pedro Lozano Martín-Buro

Bajo los efectos de algún narcótico que reduce nuestra voluntad nos hemos ido acostumbrando a términos bélicos con una pasmosa facilidad, estado de alarma, confinamiento, salvoconducto, toque de queda, cierre perimetral, alerta III, entre otros. No oponemos resistencia a vivir atrincherados, ni a que nuestras vidas sean cercadas, silenciosamente, con concertinas invisibles. Vivimos en primera línea de fuego, en nuestros barracones domésticos, abriendo nuevos puentes de comunicación y estilos de vida, ya que el que conocíamos de un tiempo a esta parte, está fuera de stock. Antes de ayer fue el estado de alarma, ayer el toque de queda y hoy, lamentablemente, suena la sirena antiaérea del cierre perimetral en Manzanares a la que tenemos que adaptarnos. Mañana, Dios dirá.

El pasado 8 de enero los indicadores epidemiológicos mostraban un escenario de transmisión comunitaria muy intenso y se decretaron una serie de medidas nunca vistas que limitaban la libertad de circulación de personas en horario nocturno y restringía la entrada y salida de personas de nuestra localidad. La noticia publicada en la prensa nos llegó por mensajes de WhatsApp con enlaces a prensa provincial, sin previo aviso. Alcanzó nuestros móviles por círculos de confianza y se difundió rápidamente como si fuera un parte de guerra. Fue un aviso comunitario, de unos a otros, de forma espontáneamente. Funciona así. Un día antes se publicaba en Onda Cero que la residencia de mayores Los Jardines de Manzanares registraba 58 afectados (39 residentes y 19 trabajadores) por coronavirus y por esos días, ni Lanza, ni Tribuna, ni ningún medio público local se hizo eco de los casos de la Residencia no sé si por falta de información, por no generar ansiedad o una alarma social innecesaria. Realmente, no me gustó enterarme así. Hay muchos más ejemplos como este que no vienen al caso. Considero que seguimos siendo un pueblo, para lo bueno y para lo mano y que existen determinadas noticias que deberían difundirse de otra manera, por ejemplo, como se hace con éxito con los mensajes institucionales de mensajería instantánea para avisarnos de los cortes en el suministro del agua por mantenimiento de la red o el grupo de WhatsApp administrado por la Policía Local para prevenir la delincuencia en los comercios de Manzanares con datos inmediatos sobre posibles incidentes. Algo así debería crearse para el resto de ciudadanos, un canal con información directa que nos permita saber qué pasa y qué puede pasar, especialmente en tiempos de pandemia.

Este tipo de comunicación municipal pública, en estos días, sería de gran ayuda para informarnos de los casos existentes, del número de personas confinadas por contacto estrecho, de posibles focos de contagio, que sé yo, para aleccionarnos, avisarnos y alertarnos de que no debemos bajar la guardia. Vienen mal dadas y todo suma. Considero que hoy día, hay datos, noticias que deberían propagarse de otra forma, estamos en primera línea de fuego, cansados, bajo los efectos de la anestesia de la indiferencia, pero, aún conscientes, no olvidamos que los medios de comunicación municipal pueden funcionar de otra manera.

 

La revista Siembra reflexiona este mes sobre la llegada del AVE a Manzanares. Como se podrá comprobar en páginas interiores, tan ansiado proyecto no será una realidad, al menos a corto o medio plazo. Algunos de nosotros puede que “ya no lo veamos”, por utilizar la sabrosa expresión manchega, aunque pueda resultar catastrofista (esperemos que no fatídica). Sin embargo, no han sido pocas las declaraciones públicas que se han hecho al respecto invitando a pensar que el milagro ocurriría en poco tiempo. Nos recuerda un poco a aquella “Ciudad del transporte” que se tuvo la habilidad de “colocar” en dos campañas electorales y de cuya existencia apenas quedó un penacho de humo que se evaporara desde el suelo. Los políticos no deberían vender la piel del oso antes de cazado, bien muerto y desollado para no correr el riesgo de que los ciudadanos pensemos que nos están engañando. Además, acabamos persuadidos de que no se va a hacer todo lo que se anuncia que se va a hacer. Y desengañados. Podría pensarse que los “anuncios osados” por utilizar un eufemismo, salen gratis, pero, después de todo, los ciudadanos no somos tontos y jugar con nuestras expectativas e ilusiones, al no ser honrado, acaba teniendo un pecio político.

Hay diferentes maneras de entender la política. Algunos la entienden como “gestión”, otros como “relato”, muchos como “comunicación” y algunos simplemente como “poder”. Para Siembra la más deseable sería quizá la de “proyecto”. Proyecto es imaginar a medio o largo plazo una ciudad y trabajar día a día para construirla. No es cortoplacismo ni es “fotografismo”. No es bombo y platillo ni creación de expectativas, cuando menos, arriesgadas. La comunicación está bien, pero los hechos están mejor.

La tercera ola se lleva todo por delante

En el momento de escribir estas líneas, Manzanares, y España entera se encuentra sepultada por la tercera ola de la terrible pandemia que padecemos. Más que ola, podríamos llamarla sunami cruel que se ha llevado por delante la vida de queridos vecinos y la salud de familias enteras. Además, corremos el riesgo de que se lleve también por delante el modo de vida de honrados trabajadores, empresarios y autónomos y que ven como sus negocios se van a pique irremediablemente sin que, impotentes, puedan hacer nada. Es urgente un plan de estímulos económicos directos para rescatar la economía de la ciudad en un momento crítico de nuestra historia como pueblo. De ello depende que el tejido social de Manzanares no se deteriore más y que la despoblación y la falta de expectativas acabe engulléndonos sin contemplaciones y dejándonos sin futuro.

 

Diego R. Gallego Fernández-Pacheco

La pandemia que está marcando otra forma de vivir y de relacionarnos en este infausto 2020, y que ha hecho mella de forma muy especial en determinados sectores como la hostelería, precisa de reacciones más o menos imaginativas para adaptarse a esta nueva realidad – que no nueva normalidad.

Parece que hay bastante unanimidad entre las opiniones autorizadas de epidemiólogos y expertos, en que la probabilidad de contagiarse del virus de Covid-19 en ambientes interiores es muy elevada, mientras que al aire libre el riesgo disminuye exponencialmente. Ello implica reducción de aforos drásticos en locales cerrados, prohibición de consumir en barras, etc. Es cierto que se pueden mejorar las condiciones con buenos sistemas de climatización y ventilación, o usando filtros tipo HEPA que al parecer retienen de modo muy eficiente la mayor parte de las partículas nocivas, pero inevitablemente, el miedo y la prevención de una parte de la población van a reducir de modo notorio la clientela en el interior de bares, cafeterías y restaurantes.

Sin embargo, en primavera y verano las terrazas en patios o en plazas y calles han funcionado razonablemente bien, existiendo un bajo riesgo de contagio si se guardan las distancias establecidas y se toman las medidas de protección e higiénicas exigibles. La dificultad y el reto que presentan los meses de otoño e invierno que nos esperan, es dar respuestas para seguir haciendo viable la posibilidad de seguir disfrutando de las terrazas pese a la climatología más  desapacible.

En los países del Norte, donde la mayor parte del año registran bajas temperaturas, utilizan desde hace muchos años en exteriores las estufas que ya  empiezan a verse por aquí, complementadas con mantas para abrigarse, aparte que las personas suelen ir preparadas  con ropas adecuadas. Pero lo más general es el uso de terrazas acristaladas, que delimitan el espacio, protegen de la parte donde es necesario parar el viento y ventilan por el lado más favorable. Además, el nivel de diseño de muchas de ellas es compatible con zonas de gran interés histórico o paisajístico.

Sin duda, en esos esquemas habría que fijarse, e intentar ver cómo se pueden aplicar aquí. Sería interesante estudiar fórmulas, patrocinadas por el propio ayuntamiento, en que se determinara una terraza acristalada tipo, compatible con nuestro casco histórico, y que se cofinanciaran los costes de implantación con los hosteleros que decidieran participar en la idea. Esas terrazas, bien elegidas, ofrecen muy buena imagen, ambientan los con frecuencia desangelados espacios urbanos y permitirían a mucha gente reacia a pasar a los interiores de los locales, seguir manteniendo un nivel de relación y actividad social aceptable. Pero, además de dar vida a la ciudad, permitiría la supervivencia de algunos establecimientos de hostelería que en las actuales condiciones tienen un porvenir inmediato muy difícil.

 

 

 

                Por Enri García Chaparro

No somos conscientes del paso del tiempo ni valoramos a lo que habitualmente estamos acostumbrados a tener hasta que un día, y de un plumazo, nos lo arrebatan todo.

Este año 2020 es un año para olvidar. Pero, contradictoriamente, será el año del recuerdo, el que irá tatuado en nuestra piel, en nuestro corazón y en nuestra memoria hasta el final de nuestros días.

Somos inconformistas por naturaleza, motivo por el cual no solemos apreciar las pequeñas cosas que, tras perderlas, se nos manifiestan de manera desproporcionada con un valor añadido incalculable.

Manzanares es un pueblo con una gran actividad social. Hemos visto, con desolación, lo que una pandemia es capaz de generar a nivel económico, lúdico, intelectual, vecinal…

Cuando en diciembre del año pasado se comenzaba a escuchar lo de “ese virus que había en China” parecía inimaginable que fuera a llegar hasta aquí, hasta un pueblo de la Mancha con una población de dieciocho mil habitantes. Un pueblo, donde al menos, una vez al mes, disfrutamos de algún tipo de celebración.

Comenzó enero y nuestras calles estuvieron iluminadas con la ilusión de recibir a los Reyes Magos de Oriente. Los que después dieron paso a nuestros Santos Viejos hasta llegar a Carnaval. Y ahí quedó la cosa porque ya el fatídico 14 de marzo el gobierno de la nación nos daba una de las peores noticias que hubiéramos querido escuchar: España entraba en Estado de alarma. Un jarro de agua fría, una incertidumbre cortante, en una situación irreconocible.

Y pasó marzo, y abril, y no hubo Semana Santa, ni tampoco celebramos la romería de San Isidro, ni las comuniones, ni el Corpus, ni el día de la Comunidad. Fercam fue improvisado de manera virtual, y quedaron las catas y los tractores abandonados en el corazón.  Y cuando pudimos salir a la calle el dolor y la angustia se reflejaba en cada situación. Y con ello acabó agosto y la ansiada espera para disfrutar de nuestro querido Patrón quedó postergada también. Ni fiestas patronales ni Jornadas Medievales.  Y ahora llegan los Santos y hay más gente en el cementerio y llegará, por supuesto, diciembre, y una Navidad distinta donde apenas habrá nada que celebrar… y el giro se habrá completado.

Esto en lo referente a lo lúdico y social. Cuando aún tenemos las bibliotecas cerradas, el teatro vacío, las conferencias virtuales y nuestras aulas a la espera de nada malo ocurra.

¿Y la economía? Nuestro pueblo cuenta con un polígono industrial donde trabajan miles de personas. Fijas, eventuales, temporales…con un eje geográfico que nos sitúa en un punto estratégico de unión con el resto de comunidades. Empresas con muchos, muchos años de antigüedad y otras de nueva creación. Empresas que en tal solo unas horas tuvieron que actuar de manera crítica e inmediata para buscar soluciones al sustento de tantas y tantas familias. Empresas que, a día de hoy siguen intentando salir adelante por el bien de todos.

Pero también Manzanares cuenta con centenares de pequeños negocios, de autónomos que han visto cómo las puertas de sus negocios se han cerrado y muchas para no volverse a abrir.

Ante esta situación de calamidad, para la que no se estaba preparado, han surgido familias enteras al borde de la ruina. Familias cercanas, vecinas, cuya situación económica ha sido enormemente mermada. Los servicios sociales municipales, así como Cruz Roja o Cáritas han visto incrementada su lista de auxilio social.

No podemos quedarnos impasibles ante lo que está ocurriendo, ante lo que esta pandemia con nombre propio nos ha traído y, con certeza, se quedará con nosotros durante un largo periodo de tiempo.

No debemos olvidarnos de nadie. Ahora no valen las quejas ni la inconformidad. Ahora debemos de mantenernos unidos, fuertes, cuidarnos entre todos y conseguir salir adelante a pesar de las secuelas.

 

Por Miriam Díaz Benito Palomo

 

El descontento de las bandas de Manzanares ante el abandono de su situación se ha visto incrementado con la decisión tomada por el Ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Es indudable que la cultura es uno de los campos que más ha luchado por adaptarse a la pandemia que se ha instalado en nuestras vidas. Ante el cierre de teatros, cines y conciertos, todos los artistas y compañías han encontrado su hueco en las redes, no sólo para seguir ofreciendo su contenido a un público siempre entregado, sino para poder seguir viviendo de su trabajo.

Sin embargo, la cultura ha sido la gran olvidada para los políticos de este país, que estudiaron primero como sacar a flote otros sectores como el del turismo o el de la vida nocturna. Este orden de prioridades se instaló también en Manzanares. Ante el pequeño respiro que dio el COVID durante la época estival, el pueblo comenzó a organizar su vida de ocio. Sin embargo, no fue este quien decidió qué se podría celebrar y qué no.

El telón de la XLVI Festival Internacional de Teatro Contemporáneo ‘Lazarillo’ se mantuvo cerrado mientras que las puertas de la plaza de toros local se abrieron de par en par. Así, el esfuerzo de organizar un festival de tal magnitud se echó por tierra en el último momento, al igual que el placer de disfrutarlo, abogando por lo que se conoce como el ‘arte nacional’.

¿La razón? El peligro de contagio ante la aglomeración de gente. Pero, ¿en aquella plaza se respetó acaso la distancia de seguridad entre los asistentes? Para sorpresa de muchos, lo que se pudo ver fue que las gradas en las que incidía el sol estaban vacías mientras que el público se aglutinó en la sombra. Entonces, ¿qué llevo al Ayuntamiento local a permitir esta corrida pero no un festival de teatro?

Como tantas veces, los intereses económicos y personales prevalecieron, creando así categorías dentro de la propia cultura. El toreo, cuestionablemente considerado como arte, ha prevalecido por encima de las risas, las lágrimas y las emociones que despierta la cultura de verdad en aquellos a los que les gusta. Los jóvenes y artistas locales se proclamaron contra el gobierno local, ¿dónde queda su espacio? Este verano no se han programado ni conciertos ni ningún otro tipo de acto, e incluso se han cancelado, pero sí se habilitó una jornada de festejos taurinos.

Salvemos entre todos la cultura, porque sin cultura estamos destinados al fracaso como personas y como pueblo. Esta es la frase con la que cierra el comunicado que las bandas de Manzanares firmaron y enviaron al Ayuntamiento. El descontento de estas ante el abandono de su situación en la nueva normalidad solo se ha visto incrementado con la decisión tomada por el ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Sin embargo, el mayor error que se ha cometido en Manzanares es, en mi opinión, considerar una vez más las corridas de toro como ‘arte’ o ‘cultura’. Poner al mismo nivel a un torero que a un pintor, músico o actor es comparar profesiones diametralmente contrapuestos. Mientras que unos crean para el disfrute de los demás, otros maltratan y asesinan. Por ello, si unos crean y otros destruyen ¿ambos son cultura? En mi opinión, no.

 

 

Por Juan Ramón Morales Sánchez Migallón

 

Ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas)

 

Yo sigo erre que erre con la situación que estamos viviendo: la ya lejana, que no ha dejado en ningún momento de ser un estado de guerra en la que no había bombas pero sí muertos, en la que, también como en la guerra, hemos tenido un frente, en el que no ha habido disparos, pero sí heridos y fallecidos, una situación en la que ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas). La recientemente pasada, que empezó llamándose desescalada (una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez “en el sentido de que su uso se explica como derivación negativa de ‘escalada‘, entendidas ambas en alusión a un proceso escalonado o gradual en un sentido y en el opuesto”), nos han intentado convencer, por activa y por pasiva de nuestra salida más fuertes, cuando no era verdad; que ‘juntos’ saldríamos de ésta, cuando, por razones lógicas, nos hablan de distanciamiento social; y la actual, que ya tiene gracia, parece que la nueva normalidad va a consistir en que nuestros niños estén en los colegios ‘metidos en una burbuja social’, el aforo en los locales, que nos han llevado, de nuevo, a las colas en los establecimientos, que nos tengan permanentemente vigilados, ya que la poca capacidad de algunos así lo va a requerir, pues los rebrotes son constantes y por muy controlados que nos digan que están, el número de fallecidos y de nuevos contagiados siguen aumentando, acercándonos de nuevo a un nuevo confinamiento.  Hemos vuelto por nuestros fueros, sin aprender absolutamente nada de la experiencia sufrida y ya estamos viendo Comunidades que caminan hacia atrás.

Existe, para mí, otra forma de salir de ésta que nada tiene que ver con lo anterior, que no dejan de ser un slogan publicitario, y no es otra que la solidaridad. Pero… ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué significa ser solidarios? Para mí ser solidarios no es, simplemente, dar una moneda a quien la pide, ofrecer un pedazo de pan a quien tiene hambre, o un vestido a quien está desnudo. La solidaridad no se puede confundir con la limosna. Es mucho más que ella. Ser solidarios es: ayudar, apoyar, acompañar, compartir, respaldar y proteger. Ser solidarios es:  dar, pero dar con amor, no sólo los bienes materiales sino también los espirituales, sonriendo, mirando a la cara, como quien da a un hermano; haciendo que aquel que recibe sienta que es querido; buscando que la necesidad quede satisfecha, al menos en buena parte. Ser solidarios es: mostrar al otro que nos interesa, que queremos su bienestar, que lo sentimos igual, que nada de lo que le sucede nos es extraño o indiferente. Ser solidarios es: servir de corazón, amar con el corazón. La solidaridad es una virtud humana, urgente en la vida social, porque apoya la convivencia y hace posible el compartir. La solidaridad es hermana de la justicia y de la compasión, que Jesús vino a enseñarnos, haciéndose solidario con nosotros, con la humanidad entera y con cada uno, primero con su venida y luego con su sacrificio salvador. Hay muchas maneras de ejercer la solidaridad. Cada uno puede buscar la que más se adecúe a sus circunstancias y posibilidades. Lo importante es ser solidarios con alguien de manera permanente.