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                                Por Manuel Rodríguez Mazarro.

No me acoplo a este talante de realidades que nos ha tocado vivir, nos está costando trabajo acoplarnos al teje maneje, sobre todo a nosotros, las “viejas glorias”. Cuando hay que manejar los cajeros bancarios, nos ponemos nerviosos, siempre hay gente esperando en la puerta a distancia como si tuviésemos pandemia, ni con gafas vemos las indicaciones de la pantalla, se empañan los números, tememos equivocarnos y los de la puerta esperando.

                Añoro las ventanillas con personas sin mascarilla que respiran, las veías mover los labios, saludar, hablar y tratan de ayudarte. Actualmente son bocas y narices invisibles que no se sabe si ríe, gesticula o tiene bigote, solo ves una especie de bozal bajo los ojos y que algo se mueve por bajo. Los sordos que leen por el movimiento de labios ¿cómo se las arreglan?

Igual ocurre con los teléfonos a los que responde una voz pregrabada y aunque contestes, la voz continua su royo y a seguir pasos de laberinto, así veo a los actuales políticos ¡vergonzoso! la “escalada de fases”, el estado de alarma, la educación telemática, …

Que odisea aquella del estraperlo y reventa de mascarillas que no había en el mercado, se llegaron a prefabricar caseras con telas y cintas olvidadas en el baúl de los recuerdos, –salieron las máquinas de coser “viejas glorias” de Singer y Alfa volviendo a hilvanar pliegues. Gracioso cuando llegaban los aviones de China, cargados con material, resulta que nos engañaron como a tales.

Hablar con mascarilla puesta, resulta como las ventas por internet, donde se abren y se cierran pantallas y nadie sabe lo que compra, aunque te quedes frito sin poder respirar, te llevan al hospital sin virus, allí se cogía al tal miserere “covic-19” y los aparatos comprados con toda urgencia para poder respirar, se confundieron y eran para todo lo contrario, los conejillos de India fueron las “viejas glorias” que Dios los tenga en ella.

Pienso, opino y lo digo por “lo bajini”, nos estamos tragando el secreto del ridículo de tal atolondramiento que estamos padeciendo y GRACIAS AL EQUIPO MAL AMPARADO, PERSONAL HOSPITALARIO QUE PARA ELLOS QUEDE.

Termine ya la manipulación de “palos de ciego” que han dado nuestro enjambre parlamentario. En ello entro a unos más que otros, han demostrado y lo están que ahora tenemos que pagar con impuestos todas sus equivocaciones.

Me asusta la realidad que este virus ha provocado en nuestro Manzanares, poco se ha sabido, solo comentarios. Mundo veloz y digital que no ha servido para nada. Solo el pensar que hemos sido la voz de otros, lo que dijesen. Pensé en las “viejas glorias” nuestros abuelos, padres junto a los hijos, no había macro-hospitales, ni personal que asistiese a las muertes que surgían a diario. Hoy con cientos de miles mandatarios, alto jornal, rodeados de consejeros y telemandos, videoconferencias tampoco lo saben.

Hemos avanzado en tecnología de usar y tirar, eso nos ha pasado a las “viejas glorias”, los que levantamos los pueblos que hoy son deshabitados, en la actualidad somos declarados de “alto riesgo”. Lo único que nos une es el incordio de llevar consigo, “Mascarillas Sánchez”.

 

 

 

 

por Mercedes Sánchez Migallón

Decía José Luis Sampedro (que murió siendo bastante mayor): “Mientras me rija la cabeza y pueda ir solo al baño, estoy tan campante en este mundo”.

Leía el otro día en El Mundo, el artículo de Lucía Méndez. que nos recordaba cómo antes los viejos morían en sus casas, rodeados de sus hijos y cómo llevarlos a la residencia estaba considerado socialmente como un acto deshonroso y reprochable. Aunque, en realidad, no se les llevaba a la residencia, sino al asilo. Hoy la palabra asilo, con ese significado, está en desuso. Nos hemos vuelto más sutiles y la hemos cambiado por el de residencia. Pero lo llamemos de una manera u otra, lo cierto es que son pobres sustitutos de un hogar.

Sé que estas son interrogaciones retóricas, pero ¿cuántos de los ancianos que han muerto procedían de residencias?, ¿cuántas de estas muertes se hubieran evitado, o al menos hubieran sido menos frías, si el abuelete hubiera estado en casa? Y conste que este artículo no es un alegato contra los trabajadores de las residencias, donde me consta que hay grandes profesionales y gente muy entregada. Es solo que creo que ha llegado el momento de preguntarse qué hemos hecho con nuestros mayores.

Pienso que el progreso nos ha llevado a  vivir una vida donde no hay lugar para ellos y por eso  los aislamos de la sociedad, de su entorno, de su mundo. En esta época acelerada en la que vivimos no se les respeta como ancianos y sabios, sino que se les aísla como personas que ya no pertenecen a nuestro tiempo y se les relega a las residencias. Se les aparta de su vida social y familiar, a la vez que nosotros vamos rompiendo nuestro vínculo con nuestro pasado del que tanto tenemos que aprender.

Todo esto ha hecho que los mayores se hayan convertido en “una fuente de oportunidades” para numerosas empresas privadas, pero la pandemia ha transformado “esa fuente” en un drama o en una tragedia. La sociedad busca culpables y las residencias se defienden diciendo: “no curamos, cuidamos”. Nuestros viejos han sido el flanco más vulnerable por un cóctel de circunstancias que han denunciado muchas personas cercanas al entorno: exceso de demanda que ha deteriorado la calidad con ratios muy bajas; familiares que no han controlado si se llevaban a cabo inspecciones; falta de protocolos, obsesión por ahorrar, por hacer negocio…Fíjense en el anuncio publicitario que aparecía en una revista de negocios, invitando a invertir en residencias de ancianos: “El poder, el talento y el dinero está en los senior”. Lo dice todo: nuestros ancianos son un nuevo modo de negocio.

Ahora quizá los ciudadanos nos lo pensemos dos veces y nos planteemos el derecho del viejo a morir en su cama y en su casa. Tal vez sería una buena solución que se primara más la atención a domicilio y la figura de los cuidadores, o que se proyectaran centros más pequeños, con mejores servicios, donde el anciano encuentre un ambiente de hogar y vaya a ellos incluso con buena salud.

Dicen que este virus nos va a enseñar muchas cosas y una de ellas es que debemos cuestionarnos nuestra escala de valores y nuestra forma de vida. Se ha dicho que estamos viviendo una situación paralela a la del final del Imperio Romano y que el sistema actual, tan capitalista y tan consumista, va a explotar y lo va a hacer por degradación ética y moral… Yo, sinceramente, creo que no va a cambiar nada. Va a aumentar el sufrimiento de muchas personas, los intereses políticos y económicos seguirán moviendo el mundo. Tal vez consigamos que se comercie menos con los ancianos y dependientes. Los que han vivido de cerca la tragedia sí que cambiarán conductas y valores y en ellos está la esperanza.

Sé que todas estas reflexiones son  polémicas porque cada familia es un mundo y cada uno sabe las múltiples razones que le obligan a llevar al viejo a la residencia. También me ha enseñado la experiencia que no hay verdades absolutas, por lo que ante una certeza lo mejor es obligarse a considerar la cuestión desde otra perspectiva. Por tanto, el debate queda abierto.

 

 

Por Pedro Lozano

 

Todo apunta a que este mes de julio será diferente, se ha suspendido oficialmente la feria del campo y de las fiestas no se dice nada. No habrá atracciones, ni chiringuitos, ni oiremos el eco de la tómbola Ecijana, aun así, notaremos algo raro, un sí pero no. Seguro.

Con feria o sin ella, las futuras generaciones se detendrán en las fotos tomadas en este mes de julio y sus miradas curiosas nos examinarán con indiscreción, escudriñarán nuestra ropa e indumentaria y se detendrán, lógicamente, en las mascarillas. En esas fotos acartonadas no percibirán la resignación, la incertidumbre o la distancia social, sólo verán con cierta guasa mascarillas diferentes, azules, blancas, estampadas, con flores y hasta con banderitas de España. El futuro revisará la estética de esas fotos, analizarán dónde fueron tomadas, los cambios de moda, las calles existentes, que sé yo, lo justo para hacerse una idea de cómo éramos. Sacarán todo tipo de conclusiones y harán un juicio rápido.

Algunos irán más allá y dirigirán su mirada a los políticos para ver qué medidas adoptaron y las compararán con otras poblaciones, determinarán quién acertó, quién se equivocó y quién o quiénes asumieron el liderazgo de una forma visible, eso tan difícil de encontrar en momentos complicados.

Ojalá que seamos distintos y que se pregunten por qué lo hicimos tan bien. El futuro nos juzgará por unas fotos tomadas, quién sabe, en este mes de julio.

Ojalá que aplaudan nuestro comportamiento y lo reconozcan, que no nos miren por culpa de una foto con escarnio e hilaridad como a los vecinos de Tomelloso. Así se escribe la historia. La madrugada del sábado 30 de mayo reunió una multitud de jóvenes que organizaron un botellón legendario en los alrededores del recinto ferial de la vecina localidad, municipio que como todos sabemos había sido muy castigado por la pandemia del coronavirus. El botellón desató la indignación no sólo de sus vecinos sino de toda la provincia. Se manejaron cifras de 500 a 3000 personas, vamos, un auténtico disparate. Cobró tal inercia la noticia que se hizo viral saliendo en todos los medios de comunicación como un canto a la irresponsabilidad de la población y una amonestación a su Ayuntamiento por su desgobierno. Su Alcaldesa, avergonzada, no asumió ninguna responsabilidad al respecto y solamente señaló, desviando el centro de atención que no era justo que por acciones de una minoría se pusiese en duda el comportamiento ejemplar del 99 por ciento de los ciudadanos durante la crisis sanitaria. Cierto, es injusto, pero creo que ese Ayuntamiento pudo haber hecho algo más para evitarlo.

Según he leído la Delegación del Gobierno instó a los Ayuntamientos de la región y al Gobierno de Castilla-La Mancha a poner en conocimiento de la Guardia Civil y de la Policía Nacional incidentes como el sucedido en Tomelloso para que “la coordinación sea mayor a la hora de actuar”. Veremos cómo funciona esa coordinación y que las labores de inspección y control que les encomiendan las leyes y ordenanzas municipales se cumplan porque se acercan fechas interesantes para ponerlo a prueba. Recuérdalo tú, recuérdalo a otro, de nosotros depende evitar la segunda ola.

 

Por África Crespo

El 11 de marzo anuncian por los medios de comunicación que a partir del día siguiente cerraban los colegios en la Comunidad de Madrid. Desde ese momento todos los grupos de profesores de WhatsApp empiezan a emitir notificaciones. Todos estamos desconcertados. Jamás pensábamos que aquello del coronavirus podía llegar tan lejos. Ya empezábamos a escuchar la ausencia de algún compañero con síntomas de la enfermedad. Queríamos tomárnoslo a broma. Tal vez para maquillar la realidad. Cuando hubo el primer familiar fallecido de algún compañero aquello ya dejaba de hacer gracia.

Acudimos varios días al centro para organizar aquella quincena en la que los niños se quedarían en casa sin acudir presencialmente al centro. Organizamos tareas de repaso, comentarios de texto, lecturas obligatorias. Todo aquello que consideramos que podrían hacer sin nosotros.

Cuando a la semana se anunció quince días más de prórroga en el estado de alarma nos dimos cuenta de que aquello podía dilatarse más en el tiempo, era muy probable que no fuésemos a volver y no queríamos que nuestros niños perdieran el curso.

Nos pusimos manos a la obra para organizar el tercer trimestre a distancia. Nunca habíamos hecho algo así. Ni profesores ni alumnos estábamos preparados para ello. Nos faltaba material. Nos faltaban conocimientos. Nos faltaban plataformas de educación online que fueran eficaces. Desde el centro se facilitaron ordenadores tanto a alumnos como profesores. Aquello se había convertido en el medio fundamental para continuar con el proceso de enseñanza y aprendizaje.

Google classroom, drive, dropbox, Jitsi meet, Google meet, Zoom, Teams… todo aquello que jamás habíamos utilizado pasaron a formar parte de nuestro día a día.

Poco a poco, pasamos del caos a la organización. Preparaba mis clases los fines de semana para que mis alumnos se pudieran organizar. Me he grabado en audio lecciones de gramática y de literatura con el fin de que les llegara de la mejor manera posible. Pensaba en actividades que pudieran resolver. Y me citaba con ellos en alguna plataforma para hacer una videoconferencia para resolver dudas.

Los profesores hemos mantenido nuestro horario de reuniones. Viéndonos desde casa dándonos ánimos y enseñándonos los unos a los otros.

Nos hemos dado cuenta de que las evaluaciones pueden ser mucho más rápidas haciéndolas por plataformas como Teams, trabajando alumno a alumno de antemano y profesor por profesor.

Los alumnos han respondido de manera asombrosa. Han sido conscientes de la importancia del profesor. De la necesidad de su figura en nuestra ausencia. Han trabajado como nunca. Han aprendido que Internet sirve para mucho más que mandar mensajes o jugar a videojuegos. Han utilizado los recursos que tenían. Alguno de mis alumnos tan solo contaba con el móvil de su madre o padre al final del día. Y han visto su esfuerzo recompensado.

Muchos me preguntan sobre el futuro de las aulas. Sobre el qué pasará en septiembre. Y, sinceramente, no creo que nadie lo sepa. Todo dependerá de la evolución de la pandemia.

De momento, creo que ha quedado claro que los niños necesitan volver al colegio, recuperar su rutina y disciplina de estudio. Y que el profesor es una figura fundamental en el desarrollo de niños y adolescentes.

Estos últimos días de curso, alguno de mis alumnos me han contado cómo han vivido esta situación:

 

Estos últimos meses escolares han sido bastantes difíciles en diferentes aspectos, uno de ellos es que algunos de nosotros nos cuesta utilizar las plataformas virtuales y esto puede frustrarnos ya que en esta ocasión nuestras notas dependen de los trabajos realizados por estas. Además, no todos tenemos los materiales adecuados, un libro de texto, folios o un ordenador. A muchos de nosotros nos ha costado mucho entender los temas y, sinceramente, no todos los profes han dado una clase virtual para ayudarnos a comprender: al contrario, solo mandaban deberes. Sin embargo, hemos desarrollamos una parte autónoma como estudiantes, hemos podido medir el tiempo de estudio dándonos los descansos que necesitábamos y organizándonos de la manera que mejor nos parecía hasta hemos desarrollado habilidades tecnológicas y hemos aprendimos a valorar lo importante que es el instituto.

A., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

Este último trimestre ha sido bastante raro, pero a la vez muy interesante. Desde mi experiencia he aprendido a organizarme mejor ya que había fechas límites para entregar los trabajos. También he aprendido a utilizar mejor las plataformas digitales al igual que nuevas aplicaciones que nos ayudaban a comunicarnos de una forma más cómoda de comunicarnos con los profesores, que siempre han estado dispuestos a ayudarnos y resolvernos las dudas.

Al principio organizarse fue un poco difícil ya que era una experiencia nueva, y lo nuevo a veces da miedo. Pero poco a poco me fui acostumbrando hasta que se hizo una situación normal.

M., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

 ¿Que cómo estoy? Tengo 14 años y llevo tres meses encerrada en casa. He pasado de ver a mis amigas todos los días a tener que verlas por una pantalla, de madrugar para ir al instituto, a dormirme tarde porque no estaba cansada, del ambiente ruidoso de clase y los empujones en los pasillos al terrible silencio de casa, así es cómo me siento.

Al principio, las cosas eran bastante difíciles, ya que tenía unos horarios irregulares: me sentía siempre cansada, no tenía ganas ni de hacer la cama y se me acumulaban todas las tareas que debía entregar al final de la semana, y cuando me animaba a trabajar la plataforma se caía, o el ordenador se bloqueaba, o se quedaba sin batería, o se apagaba la luz y ocurría la gran catástrofe, ¡ el wifi no iba! Y todo el mundo en casa estaba histérico, menudo drama…

Van pasando los días, y cansada de todo el desorden decidí ponerme a organizarme todas las semanas un horario, en una hoja divido las tareas por asignaturas con su fecha y hora de entrega. Los problemas surgen cuando tengo dudas, al no tener una explicación tan fluida como en clase a veces la comunicación es difícil, y me retrasaba en la organización. Además, las correcciones no eran personales, mandaban solo las soluciones y era molesto, sobretodo después de haberme esforzado toda la semana en realizarlos, y aquí estoy con los ojos rojos por pasarme todo el día frente al ordenador.

A pesar de todo, me veo más responsable a la hora de mandar correos, ahora reviso lo que escribo y soy menos impulsiva, también soy más organizada e independiente, cuando no funcionaba la impresora tuve que arreglármelas.

He tenido tiempo para reflexionar y creo que quiero estudiar magisterio, ya que ahora valoro más nuestra educación.

 

A., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

 Por Francisco Menchén Bellón

 

“No es la especie más fuerte ni la más inteligente

la que sobrevive

sino la que mejor se adapta”

CHARLES DARWIN (1809-1882)

(Naturalista inglés)

 

¿Cómo convivir en la era post coronavirus?

Con la llegada del Covid-19 el planeta entero se ha paralizado, y no sólo la naturaleza ha chillado, sino también el ser humano ha reclamado su atención. Esta crisis existencial que hemos vivido ha venido a confirmarnos que vivimos en mundo conectado, que ha demostrado su resiliencia ante las grandes dificultades experimentadas.

El mundo ha cambiado totalmente y nada será igual a la etapa anterior, porque ya estamos inmersos en profundos cambios. Pero debemos reconocer que cuando el mundo real ha tenido que cerrar, el virtual ha abierto sus puertas. Este giro drástico puede ser el catalizador para dar un paso de gigante en la educación y empezar a crear una nueva humanidad.

Uno de las consecuencias de la pandemia podría ser repensar cómo educamos, qué necesitamos enseñar, y para qué educar. Desde tiempos atrás, los educadores de todo el mundo han estado hablando sobre la necesidad de redefinir la educación. Es un buen momento para conseguir que esta crisis disruptiva puede ayudarnos a rediseñar la educación del futuro.

Cómo hemos de convivir en un entorno donde se valoren nuestros recursos naturales propios de nuestros campos manchegos y, a la vez, podamos sentir cercana la Antártida o la vida del naturalista THOREAU, o las tribus aisladas del Amazonas. Estamos en una sociedad siempre en tránsito, donde la psicología humana es más lenta que los avances tecnológicos que ella misma ha generado.

¿Qué se le debe enseñar a los alumnos?

La noción del docente como poseedor del conocimiento ya no es adecuado para el siglo XXI. La generación “iGen” (Generación smartphone) puede obtener acceso al conocimiento e incluso aprender una habilidad técnica, a través de unos pocos clics en sus teléfonos, tabletas y computadoras. Será imprescindible reformular el papel del docente.

Recojo un mensaje que nos ha dejado NATALIA GINZBURG (1916-1991), escritora italiana, que propone una educación radicalmente distinta a la habitual:

“Creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Esta escritora comprometida considera que las pequeñas virtudes se pueden encontrar a su alcance y beberlas en el aire”, porque son comunes y conocidas. Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire y deben ser la materia prima de nuestras relaciones cotidianas.

¿Cómo los docentes conseguirán que ningún alumno se quede atrás?

En la Agenda 2030 de Las Naciones Unidas, se explican los 17 objetivos para transformar nuestro mundo. ¡Que nadie se quede atrás! es el llamamiento que se hace para trabajar la sostenibilidad, la solidaridad y la sinergia. Recomienda construir una sociedad pacífica, próspera y justa, donde todos seamos protagonistas de este cambio.

Los docentes saben muy bien que, la infancia y la juventud se vive una sola vez. En este período es cuando se configura nuestro “estado del ser”, nuestra manera de entender el mundo, nuestra visión de futuro; es necesario que todos los estudiantes tengan las mismas oportunidades que, pongan los derechos humanos, el empoderamiento y la justicia social en el frontispicio de todas las acciones educativas.

Más que nunca, debemos entender que el futuro de toda la humanidad está en nuestras manos y sólo el trabajo en común, bien hecho y responsable, hará de nuestra sociedad un lugar de prosperidad para todos. Recomiendo a los educadores de Manzanares que indiquen sus prioridades sobre lo siguiente:

¿La escuela o instituto que juntos podemos crear?

o

¿La escuela o instituto que vamos a encontrarnos?

FRANCESCO TONUCCI, célebre pedagogo italiano, que ha vivido solo el confinamiento, acaba de manifestarse, con estas palabras: “Cuando empecemos de nuevo, tendremos que inventar una escuela que hoy no existe”.

 

 

 

 

 

 

Por Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas

La improvisación de las autoridades autonómicas en los primeros días de la pandemia no auguraba nada bueno para la finalización del curso académico. Recordemos que el día 12 de marzo por la mañana el presidente autonómico reprochó duramente al rector de la Universidad de Castilla-La Mancha que hubiera suspendido las clases. Su análisis sobre la complicada situación que se avecinaba no pudo ser más erróneo y simplista. Reducía la decisión de suspender las clases a una simple motivación de los profesores para tener “15 días de vacaciones” extra. Ese mismo día por la tarde, tras hacerse públicas las nuevas y restrictivas recomendaciones del gobierno de España, Emiliano García Page rectificó totalmente la posición que había mantenido por la mañana, ordenando el cierre de los colegios para el día siguiente.

Estas decisiones tan poco meditadas de la Junta provocaron que los docentes, sin apenas directrices por parte de la Consejería de Educación, tuvieran que improvisar en pocas horas como poner en marcha la educación online en cientos de colegios e institutos. En esos momentos, la calidad de la educación dependió, más que nunca, del compromiso de los docentes y, también, de sus conocimientos sobre las nuevas tecnologías. No es de extrañar, por tanto, que las familias tuviéramos que enfrentarnos en pocos días a una multitud de plataformas educativas y herramientas de videoconferencia (Meet, Teams, Zoom, Skype, Forms, Papas, Aula Virtual…) elegidas por cada profesor según sus conocimientos y experiencia previa.

No fueron estas las únicas dificultadas que tuvieron que afrontar las familias: conseguir equipamiento informático para los hijos y los padres con teletrabajo, encontrar un rincón en la casa para trabajar, ayudar aún más a los hijos con sus tareas, generar nuevas rutinas, etc. Los más pequeños, para los que el colegio supone más un juego o divertimento que una obligación, sufrieron especialmente la falta de contacto con sus compañeros y maestros. A esto habría que añadir que las declaraciones de la ministra de Educación, exigiendo prácticamente un aprobado general, devaluaron ante los alumnos la importancia del último trimestre escolar.

A pesar de estos inicios tan complicados, muchos docentes han conseguido gracias a su esfuerzo y dedicación avanzar con las materias y mantener la motivación de los alumnos. Es por ello que, desde una perspectiva más personal, quisiera agradecer públicamente el compromiso que han demostrado los profesores y maestros del colegio Santo Tomás de Ciudad Real, en el que estudian mis hijas.

Llegados a este punto, sólo queda esperar que el próximo curso pueda desarrollarse con normalidad y que, en caso contrario, las autoridades educativas sean, esta vez sí, lo suficientemente previsoras como para tomar medidas que permitan paliar las dificultades que pudieran surgir. Mientras escribo estas líneas, los bandazos y cambios de opinión de la ministra de Educación y los desencuentros entre las diferentes administraciones con competencias educativas en nuestro poco eficiente estado autonómico, vuelven a arrojar sombras y dudas sobre el nuevo curso académico. Esperemos que estos problemas puedan ser solventados, una vez más, gracias al esfuerzo de los docentes, alumnos y padres.

 

Por Antonia Isabel Sánchez Migallón

 

 

Desde el 13 de marzo del 2020, la situación provocada por el COVID-19 nos obligó a toda la población a confinarnos en nuestras casas, lo cual provocó que todo el profesorado nos viéramos forzados a cambiar radicalmente nuestra metodología de trabajo, sin saber muy bien que hacer, ni cómo actuar porque en un principio no sabíamos ni cuanto iba a durar este confinamiento, ni teníamos instrucciones claras sobre lo que debíamos hacer exactamente.

En ese momento, ya sin alumnos en los Centros, nos reunimos todos los profesores en Claustros extraordinarios. Decidimos mandar tareas online desde diversas plataformas, unas se colapsan, otras van mejor, tenemos que inventar, investigar, adaptarnos, ser autodidactas, convertirnos en youtubers. Y surgen los primeros problemas, hay muchas familias que no disponen de ordenador, ni de internet, ni de impresora, tan solo disponen de un móvil. Nos preguntamos entonces, ¿podemos realmente enseñar en esta situación?, ¿qué podemos hacer para llegar a todas las familias?,¿qué hacemos con los alumnos con dificultades de aprendizaje que necesitan una enseñanza muy individualizada?, y finalmente, ¿cómo valoramos esta enseñanza?

Intentamos dar respuesta a todo esto como podemos, no sin muchos altibajos. Seguimos mandando tareas, empezamos a hacer reuniones con los alumnos por Zoom, por videollamadas, pero aun así hay muchas familias a las que no llegamos, de las que no sabemos nada. Después de muchas llamadas logramos contactar con algunas familias y a través del comedor escolar les pasamos los materiales impresos, a otros se les prestan Tablet. En otros casos es la Cruz Roja la que les lleva las tareas directamente a sus casas.

Y mientras, ¿qué ocurre en los hogare? Bajo mi experiencia personal, siendo mi marido sanitario, trabajando, yo con un ordenador teletrabajando, mi hijo mayor en el otro ordenador, mi hijo pequeño pidiéndome el ordenador porque tenía que ver un vídeo para hacer la tarea… Al mismo tiempo haciendo las labores de la casa; le dejo el ordenador cuando hago la comida, pero mi hijo mayor tiene dudas, le tengo que ayudar… En resumen, siendo una privilegiada porque soy profesora, orientadora y madre y disponía de todos los medios tecnológicos, lo he vivido con mucha tensión. Pues no me imagino aquellos padres que no tenían medios, ni internet, o tan solo un móvil, y aquellas familias  en las que los dos padres trabajaban porque eran sanitarios y dejaban a los niños con otros familiares, o familias que no tenían conocimientos para explicar nada a sus hijos, ¿cuándo y cómo hacían estas tareas?

   Y después de todo, de este devenir, de intentar solucionar todos estos problemas, de este gran esfuerzo por adaptarnos a las circunstancias, yo me pregunto ¿esto es Educación?, pasando por alto las dificultades técnicas y logísticas descritas anteriormente, la educación online, por muy útil y por muchos medios que tengamos jamás podrá sustituir a la presencial, solo la complementa.

La Educación es contribuir al desarrollo cognitivo, físico y social de las personas y con la educación online perdemos una parte muy importante que es lo social. Con la Educación lo que pretendemos es ayudar a que los alumnos se desarrollen en todos los ámbitos de la persona para convertirse en adultos capaces de desenvolverse en una sociedad futura. Consecuentemente si perdemos esa parte no estaremos contribuyendo correctamente a este desarrollo.

Por lo tanto, sin desmerecer las recomendaciones sanitarias y la evolución de la Pandemia, esperamos que lo antes posible podamos volver a la enseñanza presencial, para poder paliar los efectos de este período y seguir contribuyendo al desarrollo de nuestros alumnos que con la enseñanza online evidentemente no se consigue. ¡Que regresemos a la verdadera escuela!

 

Isabel Trujillo Parra

1° Bachillerato IES Azuer

COVID-19, pandemia, cuarentena, ¿se acabaron las clases? No, el curso escolar debía continuar. Este curso 2019/2020 que tan extrañamente ha concluido para todos. Y es que no todos los días se tiene una cantidad ingente de emails con tantos trabajos que anotar en la agenda. No todos los días se da un cambio drástico en la forma de recibir una clase o muchas, de aprender una asignatura o todas.

Me gustaría apuntar y dejar claro que en esta columna estoy hablando desde mi experiencia personal. Tengo constancia de que otras personas, ya sean alumnas, alumnos, profesoras, profesores, madres o padres, han vivido esta educación online de forma muy distinta, incluso en mi propia casa ha distado completamente la forma en la que mi hermano (2º de la ESO) y yo (1º de Bachillerato) hemos experimentado estos meses sin clases presenciales.

Ahora bien, ¿funciona la educación online? Desde mi punto de vista, no. Al menos actualmente y bajo estas circunstancias. Es evidente que tras el decreto del estado de alarma y la imposibilidad de dar clases presencialmente había que renovar todo el sistema, o al menos adaptarlo. Porque no, por mucho que nos quieran hacer creer, ni muchos profesores ni el sistema educativo en general están preparados para la educación online. Sinceramente, no soy siquiera partidaria de este sistema educativo en el que “aprender” significa “estudia esto de memoria, vomítalo sobre el folio en blanco y olvídalo”. Mucho menos apoyo la forma en la que se ha adaptado al formato digital. Todo ello teniendo en cuenta que cada profesor y profesora ha llevado su asignatura de distinta manera durante esta cuarentena.

Como se suele decir: “de todo tiene que haber en la Viña del Señor” y la educación no iba a ser la excepción a este refrán. Al igual que hay alumnas y alumnos que trabajan más o menos, que tienen más o menos interés por aprender, etc. hay profesoras y profesores que se preocupan más o menos por sus alumnos, por su trabajo y por que aprendamos realmente. Aún así, y hablando en general, el mayor problema que he encontrado en este sistema en línea es que todo se ha basado en realizar gran cantidad de trabajos y tareas, y no dejar tiempo para las clases, el estudio o el aprendizaje real. Yo me considero una persona muy autodidacta y no he tenido dificultad en realizar estos trabajos y tareas, a diferencia de algunos de mis compañeros; sin embargo, he echado de menos tiempo para escuchar a mis profesores y aprender, pues el día lo ocupaban ejercicios y trabajos de repetición.

A pesar de esto, no todo son críticas. También hay que reconocer el mérito de docentes y alumnos por adaptarse a esta nueva situación tan excepcional de forma tan rápida. Y me gustaría de verdad agradecer a todos esos profesores y profesoras que se han preocupado de responder cada uno de nuestros mails, que se han preocupado por el nivel y la exigencia de las tareas bajo estas circunstancias, y que han hecho su mayor esfuerzo por comprendernos y ayudarnos.

Confío en que si esta situación se alarga en el tiempo o vuelve a suceder, centros educativos, profesores y alumnos, hayamos sido capaces de adelantarnos a ella y hayamos preparado estrategias para dar y recibir mucho mejor esta educación en formato online.

 

 

Pablo Nieto-Sandoval Gutiérrez

Jorge Manrique, uno de los grandes autores de la historia de la literatura española, pasó a la historia por la utilización de un molde estrófico novedoso y característico para la realización de las Coplas a la muerte de su padre, una de las cumbres de las letras hispanas. Este molde consistía en la repetición dos versos de ocho sílabas y uno de cuatro; a este último se lo conoce como verso de pie quebrado y simboliza la ruptura de la vida (o lo que es lo mismo: la muerte).

Lo que los estudiantes —en todos los niveles del sistema— hemos vivido este año es un auténtico curso de pie quebrado: lo que empezó con ilusión y ganas se truncó de golpe con la llegada de la COVID-19.  Esto, por supuesto, es extrapolable a un servidor, que en septiembre del año pasado comenzó sus estudios de Filología Moderna en la Universidad.

Comenzar una nueva aventura —escribir un nuevo poema— es siempre algo interesante. Durante meses, con los estudios, con los compañeros, con las actividades, con los viajes…, todo —y todos— parecíamos fluir como las aguas del río de Heráclito un año más. Nadie pensaba que, tras los dos primeros versos, llegaba un tercero mucho más corto. El placer, la alegría, se esfumó tan rápido como llegó, de improviso, fugaz.

Esto fue lo que pasó en marzo. Los rumores del impacto de la enfermedad que iban llegando no perturbaban demasiado nuestro tranquilo devenir; nadie daba una importancia excesiva a un virus que, semanas antes del colapso, tildábamos, al igual que nuestros compañeros estudiantes de salud, de “gripe rara”. Que el verso se truncara fue, por tanto, aún más dramático. Se suspendieron las clases y se nos confinó en casa casi sin tiempo para recoger algunos de nuestros enseres. Los tres meses que pasaron nos enseñaron a valorar lo que tuvimos y a soñar con recuperarlo, a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que aquel que vivíamos.

Ahora parece que vuelve la normalidad. Despacio, el poeta que escribe nuestro poema esboza un nuevo verso de ocho sílabas, un verso de vida, de cambio, de esperanza. Merece la pena vivirlo, merece la pena luchar por recuperar lo que la pandemia nos quitó, pero siempre sin olvidar que, tras dos versos de ocho, viene el de cuatro con todo lo malo que tiene cortar de raíz las ilusiones que nos hemos hecho. ¡Carpe diem!

 

Por María Teresa García Perales

Hubo un tiempo en que muchos detuvimos nuestra actividad cotidiana, trabajando desde casa, compartiendo muchas horas con los nuestros, una oportunidad única de disfrutar de “un tiempo en familia”, en el cual pudimos llevar a cabo actividades que antes no podíamos realizar por falta de tiempo.

Las ventanas nos separaban de las calles, donde el silencio nos hablaba por sí solo. En ellas, los niños daban rienda a su creatividad con mensajes como “Todo irá bien” o “Quédate en casa”. Nos dimos cuenta de cuánto se puede echar de menos la vida que un tiempo atrás considerábamos tan rutinaria y el valor que pueden tener, gestos tan sencillos como reunión de amigos, un paseo o el contacto con la naturaleza…

Como maestra, nunca olvidaré el jueves 12 de marzo de 2020, en el que, tras un día intenso y lleno de incertidumbre, nos llegaban noticias a nivel local y nacional de las medidas adoptadas por algunos centros educativos en relación a la situación provocada por la pandemia. Por la tarde, el gobierno autonómico nos confirmaba oficialmente la suspensión de la actividad docente presencial y nos conducía a una situación extraordinaria y muy novedosa para maestros y alumnado.

Al día siguiente, con las instrucciones que nos llegaron, los maestros nos reunimos para replantearnos el cómo organizarnos para seguir con nuestra actividad docente, al menos durante los 15 días que en principio pensábamos que iba a durar esta situación. Las familias que pudieron se acercaron al centro a recoger los libros y el material que sus hijos tenían en clase. Muchos también solicitaron la clave de Papas 2.0, la plataforma educativa de la Consejería de Educación que sirve como herramienta de comunicación e información entre los agentes de la comunidad educativa, además de facilitar la gestión administrativa en los procesos que son convocados.

A partir de ahí, los equipos docentes de los distintos niveles se reunieron para decidir cómo planificar los contenidos de los temas que quedaban por dar, las pautas a seguir y los cauces a utilizar para enviar la tarea. Se nos rompieron los esquemas y la situación nos obligó en adaptar nuestra forma de enseñar “eminentemente presencial” a una especie de lo que nos hemos acostumbrado a oír tanto en estos meses pasados: “el teletrabajo”.

En pocas horas tuvimos que adaptarnos a una forma de enseñar diferente, lo cual hizo necesario “reprogramar lo anteriormente programado”, salir del aula, modificar y reestructurar nuestra relación docente – discente, que es la “esencia del proceso pedagógico”, esa interacción en la que el maestro transmite y el estudiante puede expresarse, donde hay un continuo feedback instantáneo en el aula.

Durante el fin de semana los maestros seguimos en contacto entre nosotros. Era el momento de preparar material y los tutores explicaron a los padres cómo iban a organizar la actividad. Aunque parecía sencillo desde fuera, el paso del tiempo nos ha ayudado a reinventarnos y a utilizar recursos muy variados. Los maestros y alumnos no estaban familiarizados con las clases “online”, pero al ver que el tiempo se prolongaba, fuimos familiarizándonos con gran variedad de aplicaciones de software para las videoconferencias con nuestros alumnos y compañeros, desarrollando clases virtuales, aclarando dudas y grabando vídeos explicativos donde no faltaban mensajes continuos de ánimo para motivar al alumnado, porque sabíamos que “nuestros niños”, como cariñosamente los llamamos,  necesitaban estar tranquilos y llevar el confinamiento lo mejor posible.

Tampoco podemos olvidar a una minoría de alumnos que necesitaban más ayuda y que sufrían la “brecha digital” en sus casas, lo cual les impedía seguir la enseñanza no presencial porque carecían de conectividad o dispositivos para comunicarse con sus maestros. Para ellos, la Administración fue proporcionando los medios para acceder a internet y poder así llevar a cabo las tareas como el resto de sus compañeros.

En resumen, podemos decir que ha habido un gran esfuerzo tanto de familias, como de alumnos y maestros y que no ha sido nada fácil. Se ha intentado mantener el contacto por los medios antes mencionados, pero ha habido  multitud de casuísticas en cada hogar,  que no pueden ni deben pasar desapercibidas: carencia de medios tecnológicos, angustia por la pérdida del trabajo o de algún ser querido, padres que han seguido trabajando fuera o dentro de sus casas, otros que se han quedado sin trabajo de la noche a la mañana y docentes que además de sus alumnos tenían hijos a quien atender y que quizás tenían que compartir con ellos los recursos tecnológicos para poder avanzar con sus tareas,  etc…

No sabemos aún cómo se presentará el próximo curso porque los expertos creen que el riesgo de un posible rebrote de COVID-19 está ahí. Sigamos cumpliendo las recomendaciones que se nos dan y ojalá pudiésemos estar de regreso en septiembre a las aulas habiendo superado esta difícil prueba, para así poder seguir desarrollando esta función indispensable que constituye la educación.