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            Manuel Rodríguez Mazarro

Hace ya algunos años en los bares de Manzanares no había grifos de cerveza “sin”, se cumplía año y medio de mili, no había supermercados, eran tiendas de tendero/a que hacían el artículo, se hablaba con la vecina, había tabernas con humo de “Ideales y Celtas” , se hervía la leche, conocimos al histórico Francisco Franco, los billetes de mil pesetas, revelar los carretes de fotos, fumar los maestros en la clase, máquinas de escribir, practicar el método Ogino, darle cuerda al reloj, los carros, galeras, tartanas, nació la democracia, …

Sería un próximo libro que realizar, interminable el cambio de nuestra generación: –El título: — “Las batallitas del abuelo”. Igual que la actual generación es la tecnología, como la anterior fue el manejo del esparto, la pleita, todo envase era de tal materia silvestre, trabajado con las manos, capachos, esteras, serijos, espuertas, cordetas, …

Pasamos a la transformación, la “era” del plástico, el automóvil, T.V., vacaciones, derechos y deberes pocos. Entonces todo se fue ajustando al consumo, usar y tirar al reciclaje. Gran problema mundial del cambio climático, gases, deshechos, escombreras, vertederos nucleares, llegando a contaminarnos unos a otros, primer ingrediente la mascarilla y lejía.

Estamos conviviendo familiarmente con los virus, “bichito” con diadema real cargándose a medio mundo, el reducirlo costará sudor y lágrimas. Causando más muertes que cualquier guerra mundial sin necesidad de bombas nucleares ni armamento sofisticado.

Un ejército nos cuesta más que tener al día nuestros hospitales y su personal bien equipado. Tenemos que estar preparados para un antes y un después.

Todo esto me recuerdan los seguros que casi todos tenemos, negocio, trabajo, doméstico, accidentes, incluso defunción y planes de pensión o jubilación. Lo bueno es pagarlo y no tener que necesitarlo, echar mano de ello y en caso de…, pues para eso está.    

El futuro. Cuando lleguen a conocer tal “marcianito” con vacunas y técnicas; vendrá otro y otro. Finalmente y pienso en Manzanares, fuera de los problemas con las mascarillas, guantes, confinamiento, paisajes vacíos, palabras repetitivas, residencias, videoconferencias, discursos, decisiones compartidas, musiquero “resistiré”, policías con “cumpleaños” y balcones a las ocho.

Vendrá la segunda parte del “Covic-19”, será la 20, 21, 22 y nos dieron las 23 y desnudos al anochecer nos encontró la luna, la canción de Joaquín Sabina. Se presentará el “virus-económico”, fatal levantar el árbol seco por mucho nitrato de Chile que le echemos al comercio en general, nuestra hostelería, olvidarnos de “nuestros sabores”, esas tapas, vino pálido, conversación a cara descubierta, saludos afectuosos, apretón de manos, ferias y fiestas, medievales, mercadillos, cines, teatros, pésames emotivos.

Dicen que volveremos a ser diferentes, más humanos, a pedirle sal y perejil a la vecina, complacientes, unida la familia, los hijos, abuelos. Quisiera ver el final de esta confinación casera, palabra que confundo con: confitado y confirmado. ¡Amén!           

                                                                             

               

 

 

 

               

        

Pedro Lozano Martín-Buro
lfpabogados@lfpabogados.es

Gracias al condensador de flujo, los agujeros de gusano y el envolvimiento cuántico ya es posible viajar por el tiempo. El 16 de junio del año 2032 el aterrizaje se efectuó sin dificultad en un lugar de la Mancha, en una Plaza, llamada de las Palomas. La comunicación estaba lastrada por un críptico intercambio de datos, no era muy fluida, aun así, ya se percibían los cambios producidos, especialmente, en el comercio local como consecuencia de la pandemia.

17:00 Hora local. Cumpliendo órdenes me preparo para tomar contacto. Abriendo la escotilla 23. Abandono la nave. Tiempo despejado, mayormente soleado con ligeros vientos de la sierra de siles; temperatura, 32 grados centígrados; humedad relativa, 40 por ciento. Corto.

17:08 Hora local. Observo personas que caminan rápidamente, todas con un móvil en su mano y separadas unas de otras por una distancia de dos metros. Van con mascarillas de diferentes colores y formas. Nadie se fija en mi. Corto.

17:09 Hora local. Hay carteles digitales que informan del número de infectados con diferentes gráficas. De forma intermitente y con luces de neón, qué curioso, aún se anuncian controles de velocidad en el polígono y cortes en el suministro del agua debido a mejoras de la red, se piden disculpas a los vecinos que parecen estar acostumbrados a esta situación. Corto.

17:11 Hora local. En el perímetro observado se aprecia una apuesta decidida por la vigilancia digital, hay cámaras por todos sitios. Por el móvil se investigan los movimientos, las compras, la velocidad, las amistades y los comentarios críticos en las redes sociales. Se controla cada clic. No existe la esfera privada, repito, no existe la esfera privada. Corto.

17:12 Hora local. Las cámaras captan las imágenes faciales y la temperatura corporal. Atención, atención, observo que en este lugar no hay comercios, ni tiendas, ni bares, está todo cerrado. Silencio ensordecedor. Sobrevuelan restos de carteles perdidos donde se puede leer “se alquila local comercial”. No hay espontaneidad, flexibilidad, capacidad de sorpresa ni cercanía. Es todo muy raro. Corto.

17:14 Hora local. Primer acercamiento a un ciudadano. Consideremos a ese chico con el móvil. Sigo sus pasos, avanza sólo, se detiene, reacciona, levanta la cabeza y continúa su ida siguiendo el horizonte de la punta de sus zapatos, manipulando y tocando el móvil sin soltarlo. Sigue su marcha. Levanta su mirada, me ve, soy un extraño y no me puede bloquear. Pido instrucciones para contactar. Corto.

17:23 Hora local. Primer contacto con habitante de la zona.

  • Hola, ¿qué buscas? ¿puedo ayudarte?. —se dirige a mi en forma amistosa—
  • Algún comercio en la zona. —contesto rápidamente—
  • Ya no quedan, ¿no lo sabe? El pueblo luchó hace 10 años contra la pandemia con grandes medidas higiénicas, controló el virus, pero olvidó, tras el confinamiento, que comprar podía ser un acto moral y no sólo económico y que debía prevenirse del consumismo sin ética y sin sentido social. Pasó lo que pasó, nos dejamos llevar por las compras masivas por Internet. En una sociedad del exceso como aquella, tan acelerada, el mejor antídoto hubiera sido no dejarse llevar. No lo hicimos…Hubo una segunda oleada que nos golpeó con ese otro virus que fue aún peor, el del egoísmo indiferente. Nos fulminó. Nos aisló e individualizó y el pequeño comercio desapareció.

18:05  Hora local. Vuelvo a la nave. Hay que hacer algo para cambiar el futuro. Corto y cambio.

Consoly León Arias

El coronavirus, es el virus más letal y feroz, que ha acampado a sus anchas por la faz de la tierra, desde que se iniciase 2020, y se ha ensañado, duramente, con los españoles.
 Hemos librado, muy probablemente, a nuestro pesar, una de las batallas más duras de nuestra existencia, perdiendo en el camino miles de personas, (algunas fuentes hablan de más de 50.000) seres humanos con nombres y apellidos, a los que esta pandemia ha sumido en una lista interminable de luto, desgarro e impotencia, mientras, la clase política, esos que dicen ser nuestros gobernantes, y estar al servicio de todos los españoles, aún no han mostrado la dignidad, y el sentido del deber suficiente, para honrar sus memorias, tal y como merecen, para que no perezcan en la desidia del olvido; y la sociedad, entienda de una vez por todas, que el covid-19, ha venido a gritar con el tenebrismo del dolor, la enfermedad y la muerte, que el ser humano carece de poder absoluto, para controlar situaciones tan implacables, como la que atravesamos en estos momentos, de incertidumbre, preocupación y temor.         
Esta pandemia nos ha mostrado la completa debilidad del hombre, que se ve, frente a la adversidad, como un gigante con los pies de barro, y cuyo coraje es deficiente para actuar ante el mal.   
En cierta medida, este monstruo, sinónimo de tragedia, nos ha llevado a plantearnos que sólo podemos confiar en la gracia de Dios, que está presente en todas las personas solidarias, portadoras de esperanza, y sembradoras del bien, que han luchando cara a cara contra el virus.            
El espíritu de Dios es el asidero al que nos hemos aferrado, en las horas más oscuras de la pandemia, desde la emoción contenida, y la oración, suplicando especialmente por los más necesitados, y por nuestra protección.  
Rayando el mes de junio, los gobernantes del mundo luchan con verdadera codicia, por la consecución de la ansiada vacuna, el antídoto contra este veneno que ha congelado nuestras vidas, tal y como la entendíamos, hasta  decretarse el estado de alarma, aquel 14 de marzo, para vivir anexionados a una mascarilla, el esencial hasta nueva orden, que no sirve de mordaza, para acallar las tropelías amasadas por un puñado de miserables, a los que poco les importan sus compatriotas.           

El día después, o la nueva realidad, se cierne sobre nosotros en forma de caceroladas, que conminan al gobierno a marcharse, tras acumular demasiados fallecidos y errores a sus espaldas, miles de despidos, cierres de empresas, millones de pérdidas irreparables en el sector turístico, principal fuente de ingresos de España.

También, el mundo de la cultura y el deporte, sufrirán irremediablemente, los devastadores efectos colaterales. Tampoco sabemos a fecha de hoy como se afrontará el próximo curso escolar, ni cómo o cuando se reanudará. Además del terrible impacto ocasionado en el ámbito de las ferias comerciales, la industria, y diferentes servicios, de los que nos hemos estado beneficiando toda la vida, sin apenas valorarlo, porque sencillamente, estaban a nuestro alcance. El presente y futuro, hemos de construirlo juntos, desde el esfuerzo y la generosidad, adaptándonos progresivamente a una situación novedosa, que jamás hubiésemos imaginado, y con numerosos inconvenientes, que nos llama a realizar un ejercicio de responsabilidad compartida, entendiendo la fatalidad, como una nueva oportunidad que nos brinda la vida, sin bajar la guardia.

 

 

Por Pedro Lozano

lfpabogados@lfpabogados.es

Confusión, dudas y mensajes desalentadores. Cada dos minutos había un muerto y ni uno aparecía en televisión, sólo estadísticas y datos de fallecidos que no coincidían con la realidad. Veíamos los aplausos pero no sentíamos el dolor. En Manzanares no sabíamos cuántos ingresados, contagiados y difuntos se habían producido, sólo ecos difusos de sanitarios que describían cómo estaban las plantas. Parón informativo. Telón de acero. No culpo al Ayuntamiento, no tiene competencias sanitarias. Me recordaba al desconcierto surgido con la crisis sanitaria de la legionella que aún hoy no conocemos, ni dónde, ni cómo se originó. Existía cierta pretensión de ocultar la realidad y de convertir a la ciudadanía en meros espectadores que no piensan ni se cuestionan nada. Ignorancia convertida en imbecilidad, sin báculo, sin bastón de mando. “Decidnos la verdad, aunque sea dura”, reclamaba con arrojo desde su púlpito, Don Raúl, Párroco de Membrilla, antes de que lo dilapidasen en las redes sociales por enfrentarse al vacío informativo, simplemente, por suplicar algo que todos pedían, una información fiable. Chapó. Veíamos a nuestros sanitarios uniformados con bolsas de basura y pantallas faciales como si fueran arlequines y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad mendigando mascarillas. Ver así a nuestros héroes era un escarnio público.

En este contexto surgió la solidaridad espontánea del pueblo de Manzanares, así se escribe la historia.

Gracias a ella, hemos sido testigos silenciosos de nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada. Ni siquiera la web municipal. Empresas de Manzanares, autónomos, particulares, amas de casa que han ayudado a su prójimo, donando, cosiendo mascarillas, botas, creando pantallas con impresoras 3D, lo que fuera, para llegar donde no llegó la estulticia de los responsables de prever esta situación y dotar, al menos, a nuestros sanitarios y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de un stock suficiente. Han dado un testimonio grandioso de esperanza, generosidad, cooperación, ayuda y solidaridad a raudales de nuestro pueblo. Hay quién es generoso y se enriquece, hay quién ahorra demasiado y se empobrece.

La sociedad civil, el pueblo de Manzanares, dejó de lado el rol de mero espectador pasivo que le querían asignar y se puso manos a la obra sin necesidad de que nadie le estimulase o le subvencionase. Surgió la solidaridad espontánea de forma anárquica ante la ausencia de gobierno y de autoridad. Frente al tópico, el anarquismo no es individualista se apoya en principios como la cooperación y la ayuda mutua pero ojo, no hay que tenerla en cuenta, la anarquía está rodeada de frágiles tabiques que lindan con el vicio o con el crimen. Debe ser transitorio. Hay que confiar en nuestro sistema político, reclamando soluciones, que estudien lo que pasa a su alrededor, prevean, organicen y miren más allá de las orejeras de su sectarismo y si, ni eso saben, al menos, como decía Don Raúl, exijámosles que no nos mientan, que nos digan la verdad, aunque que sea dura. Al menos, eso.

Manzanares a, 17.04.2020.

 

 

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Desconocía el número real de epidemiólogos que había en España. Me ha parecido increíble saber que pululan por las redes sociales grandes profesionales de la biomedicina y la microbiología. Son muchas las personas que, sentando cátedra y valiéndose del presentismo, ofrecen soluciones y remedios bien fundamentados a la población ante esta grave crisis del coronavirus. ¡Qué lástima que no estén en el Palacio de la Moncloa dando estos maravillosos consejos en las ruedas de prensa! No sabemos lo que nos perdemos.

Desconocía que nuestros políticos de la oposición tuvieran un conocimiento tan sólido —desde el principio— sobre el desarrollo de esta pandemia y me asombra que actuaran como si nada hasta que el gobierno tomó las primeras medidas. Ahora lo critican por lento… ¡qué extraño! Además, veo por las redes sociales cómo difunden verdades a medias y cómo la docta gente del primer párrafo las retransmite fervorosamente…

Desconocía la sapiencia de los tertulianos que, por videoconferencia, llenan las mesas de debate. Hace apenas dos meses parecían conocer todos los entresijos de la política y la economía mundiales. Hoy, descubro que conocen también todo lo relativo a esta pandemia.

Cual hombres renacentistas, duchos en todas las artes y ciencias, estos eruditos muestran, de manera divulgativa, toda su sabiduría. ¡Qué honor es poderlos oír por la tele y qué pena no encontrarlos en la Moncloa donde sus decisiones tendrían la relevancia que merecerían!

Desconocía el atraso tecnológico de la Moncloa… ¡y es la sede de la Presidencia del Gobierno! Se prohibieron por motivos sanitarios las ruedas de prensa y los periodistas tuvieron que mandar las preguntas previamente en lugar de seguirla por videoconferencia. Menos mal que el gallardo secretario de Estado de comunicación estaba preparado, raudo y veloz, para transmitir una selección de ellas a las autoridades para que pudieran informar pormenorizadamente de todos los detalles que daban a conocer. No sé muy bien por qué, pero El Mundo y ABC dejaron de participar en estas ruedas de prensa. Lo que sí sé es que inmediatamente adaptaron la sala para que pudiera seguirse vía telemática y estos medios volvieron. ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!, como decía Don Hilarión en La Verbena de la Paloma.

Pero, sobre todo, desconocía la capacidad de (casi) todos los españoles para cumplir con las estrictas medidas que el gobierno impuso para frenar la enfermedad. Desconocía que pudiéramos tragarnos nuestras ganas de ver la calle —y juntarnos— y quedarnos en casa perdiéndonos fiestas, celebraciones familiares, paseos, compras, … También desconocía que algunos tuvieran redaños para saltarse a la torera tales restricciones necesarias, pero, como en La historia interminable, eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…

 

Manuel Gallego Arroyo

Hemos teletrabajado. Hemos teleabrazado. Hemos telebesado. A mi parecer, si algo ha demostrado la crisis del Covid-19, ha sido la necesidad de realidad física que todos tenemos. Digo “realidad física”, la del tacto, la tangible, la del arrimo; esa de la que hemos hecho distancia, precisamente para darnos seguridad, para arroparnos y estar más unidos. Dentro de la paradoja, hay cosas en la vida, que al menos de momento, nos parecen insustituibles y que, con un golpe sordo, opaco, sin vibración apenas, han dado un aldabonazo en nuestras vísceras, creo, contundente.

Hablo en efecto del beso, y del abrazo sin distancia. Del tocar y ser tocado. De la caricia. De todos esos melindres sentimentales que a veces ocultamos por vergüenza y que ahora bailan la danza de la lluvia en nuestras conciencias.

Hay en efecto cosas que son insustituibles, “indesplazables” por más que las obviemos: la presencia real, la presencia física. A la postre es lo que nos hace humanos. El virus ha puesto al descubierto la muleta que es la virtualidad, la red, la distancia fingida, la comunicación sin el cara a cara, al mismo tiempo que la ha hecho insustituible, más real.  Hay cosas, claro, cosas, que sólo pueden ser presenciales. Un respirador por ejemplo. Pero también un aula, un sanitario, un dependiente, un tendero, un policía, un basurero, bombero, un ganadero, limpiador, agricultor, transportista … tu pueblo … ¿una mujer o un hombre, también lo son “realmente”? Y hay cosas que no queremos y están ahí, y que si son pertinaces pueden llegar a doler mucho, por no decir a fastidiar muchas vidas, un virus por ejemplo. Eso que considerábamos “un simple virus”, una pandemia, una desgracia del pasado o de otros lugares, un periclito canto de otras civilizaciones.

Y lo curioso, ciertamente curioso y paradójico, es que la realidad virtual ha venido a poner sus paños medicinales sobre la herida covídica. Es el sino del tiempo que nos ha tocado vivir, el de la pandemia virtual de un mundo global que, después de todo, nos demuestra que la falta de tacto se puede y se debe suplir con la pantalla táctil. Me río yo de los votos que hemos hecho de cambio para el futuro; me río.  

Algunos pensarán que gracias a estas pantallas se han salvado millones de vidas, que hemos mantenido el teletrabajo, sostenido parte del comercio sin ponerle cara. La economía. Así es. Por lo mismo que se puede decir que ya las pantallas amenazaban con el virus, que han venido por el mismo camino, marcando el sendero, que dibujaban ya su retrato, en tanto hacían sordina.

Cuando la desgracia nos golpea, sentimos con firmeza la sacudida de la menesterosidad, aquel sordo, opaco, seco aldabonazo. A la postre, el hombre, cargado de vida, con su vida a cuestas, no es sino un ser vulnerable. Hemos aprendido que las sociedades también, por muy evolucionadas que se consideren, son vulnerables y penden de esa misma vida, que apenas es un hilo, un hilo que amenazan demasiados intereses, además de los víricos. Suele olvidarse, cuando la confortabilidad se instala en la comunidad de afortunados que pueden mirar disimuladamente, al través de la superficie iluminada, la evolución de la tragedia. Pero a veces la tragedia baja y se atreve a darnos en el hombro. Claro que no hablo de tragedia individual, hablo de tragedia colectiva, la que se escapa de las manos, de las posibilidades, la que pone en aprietos reales y que luego, pasado el tiempo, catalogamos bajo el rótulo de “desgracia”, “ceguera colectiva”, “grandes intereses”, “mentalidades”, esa que en apariencia sólo está en los manuales de historia, en los que no suele poner que somos unos afortunados por poder leer manuales de historia. Luego está la realidad; la realidad física.   

Pero la vida tiene esas y otras cosas. Otros regalos, porque la vida sigue, fluida y real. Desconozco, a día de hoy -¡parece mentira!- si los manuales de historia sirven para algo.

Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

En la crisis de 2008 el sector inmobiliario y la construcción sufrieron, sin duda, los efectos más severos de la explosión de la burbuja inmobiliaria, además quedo estigmatizado y desprotegido, mientras que otros sectores como el financiero, tan culpables o más de aquella burbuja, fueron rescatados y pudieron salir a flote.

En esta crisis del Covid 19, van a ser otros los sectores más afectados, la hostelería, el turismo, el ocio, la cultura, líneas aéreas, etc, pero como es lógico, la incertidumbre y la preocupación sobre las repercusiones de lo que está pasando y cómo será la salida, llegan a todos los ámbitos.       

A los efectos de nivel de riesgo en el trabajo, el Ministerio de Sanidad considera que la construcción tiene baja posibilidad de exposición e infección, siempre, claro está, que se cumplan las medidas y recomendaciones de seguridad y salud para los trabajadores. En las obras deberá haber termómetros, no se compartirán herramientas ni equipos, se guardarán las distancias, se utilizarán mascarillas (quirúrgicas o EPI), guantes, habrá soluciones hidroalcohólicas para desinfectar,  no se formarán corrillos, etc. Quizás el mayor riesgo se puede producir en los desplazamientos, y se recomienda el uso de transporte individual, en lugar de los habituales furgones. En Manzanares y nuestra comarca, no se suele utilizar el transporte público y el riesgo es menor.

La actividad después del parón de 2 semanas se ha reanudado, aunque no al 100%, debido a que en la fase en que nos encontramos, no se permiten obras que no sean de urgencia en domicilios particulares. Considero que es muy importante que se normalice totalmente la actividad de la construcción para dañar menos a la economía del país. En España el sector emplea a 1,27 millones de trabajadores, y supone el 10 % del PIB, aparte de toda la industria y servicios complementarios y dependientes. Puede, si se hacen bien las cosas, que junto a la agricultura, ganadería, transporte e industria, pueda ayudar y compensar  el obligado parón de los sectores que obligatoriamente deben parar o reducir drásticamente su actividad. Hay que tener en cuenta que la construcción ha sido siempre un nicho de creación de empleo de gran potencialidad.

Las expectativas de futuro, aunque inciertas pueden ser hasta prometedoras. En este encierro, muchas personas al estar obligados a pasar tanto tiempo en su casa, habrán percibido muchas deficiencias y problemas, que en definitiva les llevarán a la idea de que no les gusta. Es muy probable, que en la medida de lo posible, haya quien piense reformarla o cambiar de vivienda, para ir donde se den mejores condiciones, por si hubiera otro próximo confinamiento. En todo caso, hay un parque de viviendas envejecido, de mala calidad constructiva, con carencias importantes en aislamiento térmico y acústico, con instalaciones obsoletas y con falta de mantenimiento, que será preciso rehabilitar. Las administraciones públicas van a tener una oportunidad de promover, financiar y tomar la iniciativa en esta necesaria tarea.

 

                       

                                                                         

Por Úrsula López

Trabajo desde hace más de 20 años en Atención Primaria. La Atención Primaria nos brinda tradicionalmente la oportunidad de poder desarrollar un estrecho contacto con el paciente, una confianza mutua y nos permite incorporarnos a sus vidas y acompañarles, a veces, en momentos alegres y en otras ocasiones en momentos dolorosos y difíciles.

Aunque aparentemente nuestra labor no es tan mediática como la que estamos viendo en estos días de los hospitales, es una atención más cercana y familiar, y en las circunstancias actuales está siendo determinante para asegurar la atención y el seguimiento de los pacientes, y para que los servicios de urgencias no se colapsen.

Nuestro día a día en los Centros de Salud se ha modificado de forma sustancial.

No solo en algo tan evidente como nuestro aspecto físico, en el que hemos cambiado ropa de calle, hemos eliminado cualquier atisbo de maquillaje, pendientes y cadenas, y los hemos sustituido por mascarillas, gorros y gafas protectoras.

Hemos hecho cotidianos actos como el de limpiar y desinfectar continuamente todo aquello que usamos o tocamos.

Hemos cambiado la forma en la que nos relacionamos entre nosotros, intentando mantener siempre la distancia adecuada de seguridad, incluso en las reuniones informativas.

Pero lo que más ha cambiado es la gestión en la consulta diaria. El objetivo es el de evitar las consultas presenciales, siempre que se pueda, y ayudar de este modo a que la gente pueda seguir estando atendida sin salir de casa.

Por eso nuestra principal herramienta de trabajo está siendo el teléfono, al que nos pasamos pegados largas horas durante la jornada; con él intentamos ofrecer consuelo, transmitir confianza en estos momentos de miedo y dudas; nos proporciona a veces alegrías y tranquilidad, cuando vemos que el paciente está evolucionando de forma satisfactoria, y a veces preocupación o incertidumbre, si lo que oímos al otro lado es una voz entrecortada por la dificultad respiratoria, como posible signo de complicación de la infección por coronavirus.

En estas ocasiones informas al paciente de que vas a realizar una consulta en su domicilio para valorar la situación o le sugieres en situaciones más graves, que acuda al servicio de urgencias hospitalario, aunque no es raro que toque pactar y negociar, porque hay quien prefiere esperar en sus casas. La gente está aguantando en estos días mucho más de lo razonable. Piden perdón mil veces por estar malos, por necesitar atención, por distraerte, como dicen, con todo lo que hay que hacer, también con sus problemas. Como si fuera su culpa encima el haber enfermado.

En los peores momentos a través de él nos llega el mensaje del fallecimiento de un familiar y solo podemos ofrecer consuelo.

Son momentos de impotencia, miedos y lágrima fácil.

También de compartir sentimientos y preocupaciones: La celadora, que tiene a su hermana ingresada y que da gracias los lunes por estar  bien y poder comenzar la semana trabajando; la enfermera que lleva 3 semanas  viviendo en habitaciones separadas de su marido, por miedo a contagiarle; la administrativa que está infectada y se siente culpable por ello y no poder estar trabajando, con la falta que hace; el médico que está ingresado por una infección por Covid 19, y todavía se preocupa por ti, por si te lo ha pegado en la última guardia juntos.

Todos vamos con las máximas precauciones, pero es inevitable el miedo de llegar a casa y poder contagiar a tu propia familia. Tanto es así que algunos han optado por enviar a sus hijos fuera, a pesar de no poder verles en semanas.

Yo, echo de menos poder ver a mi madre más allá que desde la calle. Echo de menos sentarme con mis hijos a ver una peli todos juntos en el sofá o darles un beso de buenas noches.

Pero si hay algo que esta situación nos ha  demostrado, es la gran generosidad de la gente: Está siendo un regalo poder contar con el apoyo inestimable y el compromiso no solo de todos mis compañeros del Centro de Salud, desde la Unidad Administrativa hasta el personal de limpieza, sino también con el de un montón de ciudadanos, que están apoyándonos y contribuyendo a que podamos trabajar mejor y a que podamos trabajar protegidos, y a los que damos las gracias una y mil veces.

Trabajando todos juntos lograremos superar esto algún día. Y junto a este deseo de esperanza, el recuerdo especial para todos aquellos que ya no podrán acompañarnos y un beso enorme a sus familiares en estos duros momentos de  dolor y soledad.

 

 

                                                                      

Por Jesús Villegas Cano

Cuando este confinamiento pase, uno de los aspectos que recordaremos es el de el apabullante número de mensajes de todo tipo que a todas las horas del día nos acometen. Resulta difícil separar el trigo de la paja y hay que aventar cuidadosamente para entresacar alguna valiosa pepita después de cerner durante horas el fango que nos echan encima. En eso estaba cuando me llamó la atención un video (¡otro más!) de un popular psiquiatra de los que a veces aparecen en televisión. Esperaba otro mensaje de tantos llenos de obviedades de fácil digestión y sin embargo era todo lo contario. Un mensaje oscuro, incluso podría decirse siniestro, descriptivo de la realidad que nos rodea. Paradójicamente, me reconfortó.

El mensaje hacía referencia a una experiencia de una de tantas personas que trabajaban en el saturado y doliente sistema sanitario español. El sanitario en cuestión comentaba cómo debía asistir a la muerte de ancianos solos, desorientados, que preguntaban insistentemente por su familia o por qué tenían que estar atados. Confesaba que cuando llegaba a casa, lloraba porque nunca se había enfrentado a una situación tan dura y cruel y que le costaba Dios y ayuda volver a trabajar al día siguiente.

Entre hacer una exhibición morbosa de féretros en línea o de cuerpos hacinados y esconder a propósito la realidad de la muerte hay un mundo. Durante el confinamiento que se prolonga ya más de un mes hemos asistido a un ejercicio de trivialización de este Estado de alarma que solo es asumible por una sociedad infantilizada y narcotizada por dosis y dosis de frivolidad y por una estrategia deliberada de ocultamiento del dolor. Se nos escamotea la verdad. Y no me refiero al número real de la cifra de muertos o a las responsabilidades de unos o de otros. Me refiero a una verdad ulterior y trascendental: que nos tienen encerrados en casa por una infección de dimensiones planetarias, que la muerte existe y que nos espera en la calle. Ante esta realidad, que es pavorosa, hacen falta arrobas de almibarados mensajes porque no hay persona que lo engulla sin más, de tanto acíbar como trae consigo. Se nos lanzan mensajes naífs que solo desde la buena voluntad que la población está demostrando o desde la ingenuidad más absoluta pueden ser asumidos con naturalidad. Animan a disfrazar a los niños y nosotros con ellos, a aplaudir y cantar, a cocinar y a hacer ejercicio, a ingeniosos divertimentos y juegos; programan series de televisión absurdas, e incluso ofensivas, para no ver lo que tenemos delante de nuestras narices que es la muerte misma de nuestros padres y abuelos. La muerte al estilo medieval. La muerte en proporciones industriales. Intentan hacernos tragar, para predisponernos positivamente contra el miedo y la coacción a la que, no niego que necesariamente, estamos siendo sometidos, la idea de que “somos héroes” por quedarnos en casa, por teletrabajar, por hacer los ejercicios que nos manda el profesor o por ir a ejercer nuestra profesión al hospital cuando la realidad es que no existe otra alternativa. Dicen “héroes” cuando en realidad deberían decir “víctimas”. Víctimas, sí, de la imprevisión, del desconcierto, de la enfermedad, de las circunstancias de la vida, si se quiere. Víctimas y no héroes. Víctimas dolientes de un golpe atroz y devastador.

Me gustaría acabar este artículo con dos citas que me han inspirado esta opinión. En La casa de Bernarda Alba, entre las muchas aseveraciones categóricas del inolvidable personaje, Bernarda le dice a una de sus hijas: “La muerte hay que mirarla cara a cara”. La otra es de un conocidísimo poema de Blas de Otero, “Hombre”: “Oh, Dios, si he de morir quiero tenerte/despierto”. Cambiémoslo por la afirmación que verdaderamente nos hará héroes y no pusilánimes niños: “si he de morir, quiero estar despierto”. Somos adultos maduros, por favor, menos paternalismo. Dígannos la Verdad para poder asumirla.

 

 

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.