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Por Pedro Lozano Martín Buro

El pasado 11 de septiembre un amigo me remitía con fruición un artículo de Carlos Zanón publicado en La Vanguardia bajo el título “Mi antigua vida”. El autor demandaba de forma desesperada recuperar su antigua vida. Relataba, no sin cierto halo de pesimismo, que llevaba varios meses esperándola y que no aparecía por ninguna parte. Se había puesto fechas límite para hacer más fácil la espera, su cumpleaños, el mes de mayo, el de agosto, pero pasaban las fechas y nada volvía a ser como antes. Nos narraba con gracia como a su antigua vida le gustaba viajar, hacer turismo, ir al cine e incluso hasta en alguna ocasión, no sé si con remordimiento, consideraba que la había desperdiciado. Deseaba que volviera la antigua vida y no sabía si ya la había perdido para siempre. Le contesté a mi amigo que el autor no había tenido en cuenta en su artículo a la incertidumbre que nos asola de forma pavorosa y que por culpa de ella no se veía el futuro con optimismo. Lo estamos palpando estos días en Manzanares, sin darnos cuenta habitamos con ella. Lo hacemos, aunque con cierta resignación, sin acostumbrarnos del todo, empezamos a modelar una nueva vida sin planes a largo plazo. Es una lata. Cierto.

Hay que aceptar que la incertidumbre ha venido para quedarse. Hay que reinventar una nueva forma de vivir, de planificar, de disfrutar, de gobernar, de ir al cine, al teatro, a los conciertos y no sumergirnos en el lamento recordando en el fondo de nuestros frágiles pensamientos como era antes y quedarnos lánguidamente de brazos cruzados.

Un futuro distinto, en parte, depende de nosotros, de ti y de mi, dándole forma, con incertidumbre, sí, pero con ilusión por hacer algo grande, salpimentando la vida con avidez, escrutándola, con mascarilla, sí, respetando las normas, el aforo biológico, las distancias de seguridad, con más espontaneidad, inmediatez y capacidad de sorpresa, también, pero con colegios, con deporte, con misas, cine, cultura y por qué no, con teatros. “Los hombres experimentados dicen que hay cuatro cosas que no vuelven: lo dicho, la flecha disparada, el pasado y las oportunidades perdidas”. No es de mi cosecha, no, se lo contaba a Andrés el autor americano Ted Chiang en su novela corta El Comerciante y la puerta del alquimista dándole una pista sobre cómo mirar el pasado y el futuro. Depende de nosotros salir a buscarlo. No podemos cerrar y bajar el telón sin encontrar soluciones por culpa de una pandemia que habita la incertidumbre.

 

 

 

Por Miriam Díaz Benito Palomo

 

El descontento de las bandas de Manzanares ante el abandono de su situación se ha visto incrementado con la decisión tomada por el Ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Es indudable que la cultura es uno de los campos que más ha luchado por adaptarse a la pandemia que se ha instalado en nuestras vidas. Ante el cierre de teatros, cines y conciertos, todos los artistas y compañías han encontrado su hueco en las redes, no sólo para seguir ofreciendo su contenido a un público siempre entregado, sino para poder seguir viviendo de su trabajo.

Sin embargo, la cultura ha sido la gran olvidada para los políticos de este país, que estudiaron primero como sacar a flote otros sectores como el del turismo o el de la vida nocturna. Este orden de prioridades se instaló también en Manzanares. Ante el pequeño respiro que dio el COVID durante la época estival, el pueblo comenzó a organizar su vida de ocio. Sin embargo, no fue este quien decidió qué se podría celebrar y qué no.

El telón de la XLVI Festival Internacional de Teatro Contemporáneo ‘Lazarillo’ se mantuvo cerrado mientras que las puertas de la plaza de toros local se abrieron de par en par. Así, el esfuerzo de organizar un festival de tal magnitud se echó por tierra en el último momento, al igual que el placer de disfrutarlo, abogando por lo que se conoce como el ‘arte nacional’.

¿La razón? El peligro de contagio ante la aglomeración de gente. Pero, ¿en aquella plaza se respetó acaso la distancia de seguridad entre los asistentes? Para sorpresa de muchos, lo que se pudo ver fue que las gradas en las que incidía el sol estaban vacías mientras que el público se aglutinó en la sombra. Entonces, ¿qué llevo al Ayuntamiento local a permitir esta corrida pero no un festival de teatro?

Como tantas veces, los intereses económicos y personales prevalecieron, creando así categorías dentro de la propia cultura. El toreo, cuestionablemente considerado como arte, ha prevalecido por encima de las risas, las lágrimas y las emociones que despierta la cultura de verdad en aquellos a los que les gusta. Los jóvenes y artistas locales se proclamaron contra el gobierno local, ¿dónde queda su espacio? Este verano no se han programado ni conciertos ni ningún otro tipo de acto, e incluso se han cancelado, pero sí se habilitó una jornada de festejos taurinos.

Salvemos entre todos la cultura, porque sin cultura estamos destinados al fracaso como personas y como pueblo. Esta es la frase con la que cierra el comunicado que las bandas de Manzanares firmaron y enviaron al Ayuntamiento. El descontento de estas ante el abandono de su situación en la nueva normalidad solo se ha visto incrementado con la decisión tomada por el ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Sin embargo, el mayor error que se ha cometido en Manzanares es, en mi opinión, considerar una vez más las corridas de toro como ‘arte’ o ‘cultura’. Poner al mismo nivel a un torero que a un pintor, músico o actor es comparar profesiones diametralmente contrapuestos. Mientras que unos crean para el disfrute de los demás, otros maltratan y asesinan. Por ello, si unos crean y otros destruyen ¿ambos son cultura? En mi opinión, no.

 

 

Por Juan Ramón Morales Sánchez Migallón

 

Ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas)

 

Yo sigo erre que erre con la situación que estamos viviendo: la ya lejana, que no ha dejado en ningún momento de ser un estado de guerra en la que no había bombas pero sí muertos, en la que, también como en la guerra, hemos tenido un frente, en el que no ha habido disparos, pero sí heridos y fallecidos, una situación en la que ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas). La recientemente pasada, que empezó llamándose desescalada (una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez “en el sentido de que su uso se explica como derivación negativa de ‘escalada‘, entendidas ambas en alusión a un proceso escalonado o gradual en un sentido y en el opuesto”), nos han intentado convencer, por activa y por pasiva de nuestra salida más fuertes, cuando no era verdad; que ‘juntos’ saldríamos de ésta, cuando, por razones lógicas, nos hablan de distanciamiento social; y la actual, que ya tiene gracia, parece que la nueva normalidad va a consistir en que nuestros niños estén en los colegios ‘metidos en una burbuja social’, el aforo en los locales, que nos han llevado, de nuevo, a las colas en los establecimientos, que nos tengan permanentemente vigilados, ya que la poca capacidad de algunos así lo va a requerir, pues los rebrotes son constantes y por muy controlados que nos digan que están, el número de fallecidos y de nuevos contagiados siguen aumentando, acercándonos de nuevo a un nuevo confinamiento.  Hemos vuelto por nuestros fueros, sin aprender absolutamente nada de la experiencia sufrida y ya estamos viendo Comunidades que caminan hacia atrás.

Existe, para mí, otra forma de salir de ésta que nada tiene que ver con lo anterior, que no dejan de ser un slogan publicitario, y no es otra que la solidaridad. Pero… ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué significa ser solidarios? Para mí ser solidarios no es, simplemente, dar una moneda a quien la pide, ofrecer un pedazo de pan a quien tiene hambre, o un vestido a quien está desnudo. La solidaridad no se puede confundir con la limosna. Es mucho más que ella. Ser solidarios es: ayudar, apoyar, acompañar, compartir, respaldar y proteger. Ser solidarios es:  dar, pero dar con amor, no sólo los bienes materiales sino también los espirituales, sonriendo, mirando a la cara, como quien da a un hermano; haciendo que aquel que recibe sienta que es querido; buscando que la necesidad quede satisfecha, al menos en buena parte. Ser solidarios es: mostrar al otro que nos interesa, que queremos su bienestar, que lo sentimos igual, que nada de lo que le sucede nos es extraño o indiferente. Ser solidarios es: servir de corazón, amar con el corazón. La solidaridad es una virtud humana, urgente en la vida social, porque apoya la convivencia y hace posible el compartir. La solidaridad es hermana de la justicia y de la compasión, que Jesús vino a enseñarnos, haciéndose solidario con nosotros, con la humanidad entera y con cada uno, primero con su venida y luego con su sacrificio salvador. Hay muchas maneras de ejercer la solidaridad. Cada uno puede buscar la que más se adecúe a sus circunstancias y posibilidades. Lo importante es ser solidarios con alguien de manera permanente.

 

Por Manuel Crescencio Moreno Gómez

El filósofo Blaise Pascal comentaba en el siglo XVII: “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”.

La pandemia de la COVID-19 nos ha obligado a estar quietos en nuestras casas. Si no hemos sabido o podido convivir con ello es fácil que, como dice Pascal, nos hayamos sentido infelices. Una infelicidad que, siguiendo algunas de las noticias más alarmistas, parece haberse manifestado bajo formas de ansiedad y depresión.

Es cierto que hemos podido encontrarnos más estresados, quizá más agobiados, a veces, incluso frustrados. Pero, ¿son éstos síntomas de empeoramiento de nuestra salud mental? ¿No son quizá experiencias normales de la vida que nos son desagradables pero que debemos aceptar y aprender a convivir con ellas? ¿No será que lo que nos ha pasado de verdad es que nos hemos aburrido mucho?

El aburrimiento no es una depresión, no es una enfermedad grave. El aburrimiento es un estado emocional normal, aunque no muy agradable.

Resulta tan poco de nuestro agrado que, para huir de él, muchas veces creamos nuevos problemas o nos hacemos más infelices. No estoy diciendo que el aburrimiento nos haga infelices, lo que digo es que la reacción de huida ante el aburrimiento puede causarnos nuevos males e incluso la infelicidad. ¿Qué hay detrás de las fiestas y salidas temerarias de este verano que han ayudado a propagar el virus? ¿No es acaso una huida del aburrimiento del hogar lo que las ha provocado? ¿Qué hay detrás de muchos actos que ponen en riesgo la vida como los excesos de velocidad, los saltos entre balcones, etc.? ¿Es acaso vivir un continuo huir del aburrimiento?

Viendo el daño tan nocivo que causa el virus del aburrimiento, que ha podido ayudar incluso a propagar otros virus, nos deberíamos preguntar si existe una vacuna que nos inmunice ante él. De existir una solución, como pasa para todas las experiencias profundamente humanas, quizá la encontremos no en un laboratorio, sino en una biblioteca. Seguramente no esté en el futuro, sino en el pasado. En Pascal ya hemos encontrado un consejo: “aprende a estar quieto en tu casa”, o mejor, “disfruta de tu hogar”. Para algunos eso puede ser sinónimo de no disfrutar de la vida. Quizá, quedándote quieto en tu casa no disfrutes de la vida (entiendo por la vida las rutinas de la vida tal y como nos las han presentado sociológicamente: hay que salir de fiesta, de viaje, etc. para ser feliz) pero, es muy posible, que aprendas a disfrutar de tu vida (entiendo por tu vida la capacidad de conocerse a uno mismo, descubrir tus aspiraciones más auténticas y aprender a realizarlas). Quizá, después de todo, para disfrutar de mi vida, el aburrimiento no sea una maldición sino todo lo contrario. El aburrimiento es posiblemente vacuna de sí mismo. En realidad, no es un virus, ni un problema. Es un surtidor de tiempo para mí. El tiempo que me genera de sobra lo puedo emplear para pararme, analizar cómo estoy invirtiendo mi tiempo y descubrir si es significativo el uso que hago de ese tiempo para mi vida.

¡Bendito aburrimiento, pues, si en lugar de desesperarme sirve para perfeccionarme! Y, así, aburriéndonos, nos volvamos a encontrar a nosotros mismos. No sea que nuestras vidas nómadas y estresadas absorban cada instante de nuestro tiempo y, con él, se lleven nuestra auténtica identidad.

“Y los hombres van a admirar las cimas de los montes y las olas del mar y las corrientes de los ríos, y se olvidan de sí mismos” (San Agustín de Hipona).

 

En el momento de escribir este editorial Manzanares acaba de entrar en el dudoso club de poblaciones con medidas especial de restricción por la proliferación de infectados por COVID. A ningún vecino con dos dedos de frente le ha podido pillar por sorpresa esta situación que se vislumbraba en el horizonte desde mediados de agosto cuando el aumento de casos día a día empezó a ser patente. Ahora toca cruzar los dedos, apretar los dientes, cerrar los puños o el gesto que cada uno prefiera hacer en su anatomía, pero, desde luego, estar preparados para un otoño azul oscuro casi negro.

Las colas en el centro de salud para hacerse la PCR, los alumnos que comienzan a faltar a sus clases y el progresivo vaciado de las calles hacen que pensemos, Dios no lo quiera, que vamos derechos a la situación de marzo o abril. La pregunta es ahora si el pequeño comercio que, ése sí, lleva ya bastante tiempo en la UCI, y los otros sectores económicos de nuestra ciudad aguantarán un invierno que se vislumbra desolador.

La retracción del consumo, la degradación de nuestras calles, y el desánimo general, el miedo y la incertidumbre pueden dar la puntilla a este Manzanares nuestro tan querido, pero tan herido.

La unidad a la que se nos llama desde el púlpito de la política ya tenemos claro los que vivimos aquí que solo funcionará si somos nosotros, los manzanareños de a pie, los que la practicamos: unión con nuestros comerciantes, nuestros vecinos de puerta, nuestros mayores, nuestros colegios, nuestros conocidos. Unión, solidaridad y acompañamiento (la responsabilidad va de suyo). Esa es la única unidad posible y necesaria. Lo demás, ya sabemos lo que es. Y nadie va a venir a sacarnos las castañas de fuego.

Sin embargo, ha de prevalecer la esperanza que, como pueblo, depositamos en nosotros mismos como individuos y como sociedad y la confianza de que de otras mas gordas hemos salido y afrontar lo que venga con energía y fortaleza.

 

 

 

Por Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

Las campañas de recolección de ajos, melones, uva, precisan en nuestra región de unos 20.000 temporeros. Mano de obra imprescindible para un trabajo en el campo muy duro, en el que cada vez un menor número de personas de aquí están dispuestas a participar.

Vienen todos los años, no es algo que nos suponga una novedad, y sin embargo, un porcentaje muy importante, no encuentra unas condiciones de trabajo y alojamiento que puedan considerarse dignas.

Malviven hacinados en naves sin las dotaciones mínimas de salubridad, en casas abandonadas, a merced de intermediarios que los ofrecen a empresarios agrícolas, quedándose con una gran parte de su salario.

Este año, a causa de la emergencia sanitaria del coronavirus, están teniendo mayor visibilidad y las autoridades están prestando mayor atención a este colectivo, por el riesgo de contagio que entraña sus precarias condiciones de vida y sus desplazamientos en furgones abarrotados a los lugares de trabajo.

Parece razonable y exigible una intervención conjunta de Gobierno autonómico, municipios afectados y empresarios agrícolas, destinada a poner orden en esta vergüenza generalizada que mantiene en condiciones muy parecidas a un tipo de esclavitud, a personas que se desplazan a realizar unas labores imprescindibles para la economía de nuestra región.

No es admisible mirar, como se ha hecho hasta ahora, para otro lado, todos saben cual es la situación de este colectivo, cuando van a venir, cuando van a marchar a otra zona, los abusos que sufren, la carencia de asentamientos dignos, o la falta de referencia en los convenios del campo a que se faciliten alojamientos y desplazamientos decentes.

El miedo a los temidos brotes de coronavirus, con los antecedentes de Lérida y Aragón, ha hecho que desde la Junta de Comunidades se tomen algunas medidas de control, novedosas y positivas, pero insuficientes. Es necesario prever alojamientos colectivos dotados de aseos y duchas, tener garantías de que los salarios llegan íntegros a los trabajadores, y que las jornadas laborales se desarrollen conforme a lo establecido legalmente.

Es cierto reconocer que un porcentaje significativo de empresarios agrícolas, cumplen con la legalidad, y tratan decentemente a sus empleados, pero todavía un gran número de temporeros viven situaciones que pueden considerarse como propias de la esclavitud que creíamos ya erradicada en este siglo XXI. Las asociaciones y ONGs que se preocupan por este problema, desde hace bastantes años, vienen denunciando esta situación, sin que haya habido reacciones ni se hayan tomado medidas eficaces para combatirla. Esperemos que sea algo que cambie en la llamada “nueva normalidad”.

 

 

 

 

Por Pablo Nieto-Sandoval Gutiérrez

Cuando escribo este artículo, a finales de junio, llevo días observando cómo la “nueva normalidad”, tras el desconfinamiento, ha resultado tener dos caras: la primera de ellas es permisiva y laxa; la segunda, puntillosa y restrictiva. Parece más que claro que todo tiene que ver con el interés que los responsables de cada área han mostrado a la hora de lograr que sus competencias vuelvan rápido a la situación pre-covid. Así, unos disfrutan de la —casi— normalidad y otros no pueden —casi— ni reunirse. Cuestión de prioridades…

Me parece comprensible que, para evitar el total colapso económico-social del país, se den facilidades a nuestros sectores estrellas: al turismo y a la restauración. Comprendo que la famosa distancia social no pueda ser mantenida en ciertos lugares y que la mascarilla sea incompatible con ciertas actividades como comer, complemento ideal de unas vacaciones. Puedo llegar a asumir que es necesario relajar el control fronterizo para que los extranjeros que tanto dan a nuestra economía puedan venir y disfrutar de nuestra tierra sin demasiado control. Teniendo como excusa la economía nacional, puedo entender que se den estas facilidades.

Lo que no puedo entender es que sectores como la cultura vayan por el camino empedrado y que sea casi imposible practicarlos. Se ha decidido, entre otras medidas, que los componentes de formaciones musicales deban tener una distancia de 1,5 metros entre ellos. Si consideramos la salud lo más importante, no hay nada que objetar. El problema llega cuando el músico que no ha podido ir al ensayo o el espectador que no tiene conciertos a los que acudir deciden ir al bar, porque ahí no le van a exigir mascarillas —a ver quién es el guapo que se toma una cerveza poniéndose y quitándose el dichoso complemento a cada trago— ni tampoco guardar la famosa distancia porque, oiga usted, la mesa es la que es.

No me entra en la cabeza que tal situación pueda darse sin que a alguien con dos dedos de frente que tenga el deber de tomar decisiones se extrañe o se pregunte al respecto. Sin embargo, me sorprende menos que sea —una vez más— la cultura el sector relegado siendo el máximo responsable del área el ministro Rodríguez Uribes, quien dijo: “primero la vida y después el cine”, como si no fueran compatibles de la misma manera que lo son la vida y el deporte profesional (en su mismo ministerio). Es lo que tiene sustituir a un buen profesional —como el señor Guirao— por un alguien a quien la cultura le importa bien poquito (y eso que gobierna el mismo partido).

No es la cultura el único sector perjudicado por la desescalada; miren la educación. Casi tenemos que dar gracias porque la ministra Celáa haya decidido matizar su afán de bimodalidad educativa, para alivio de alumnos, padres y docentes, y ahora se contemple dar clases con la máxima presencialidad posible. Es lógico que se considere que 35 alumnos en clases pequeñas son foco de contagios. Sin embargo, no se les ha ocurrido bajar la ratio —y de paso mejorar la calidad de la enseñanza—; ha sido preferible hacerse el harakiri y empeorar —aún más— el sistema de docencia español.

En definitiva, se ha aplicado una desescalada acorde al nivel de importancia que ciertos cráneos “previlegiados”, como los catalogaba Valle-Inclán en su genial Luces de Bohemia, han dado a sus áreas. Así, discotecas, bares, restaurantes, etc., tienen el nihil obstat para hacer de su capa un sayo y funcionar, prácticamente, como si el coronavirus hubiera sido un cuento infantil. Sin embargo, el mundo de la cultura permanece casi paralizado por las restricciones y a la educación le damos el sí con condiciones simplemente porque es imposible funcionar de otro modo. El doble rasero o la doble vara de medir del desconfinamiento: ¡Cómo se nota lo que les importa!

 

Es sabido que, aunque el año comienza en enero, en realidad, siempre hay dos comienzos de ciclo: el 1 de enero y el que viene aparejado al fin del descanso estival y el inicio del curso escolar en septiembre. Es la vuelta a los trabajos, a las rutinas, a los hábitos que mantenemos a lo largo de casi todo el año. Podríamos decir que es la “vuelta a la normalidad”. Ni que decir hay que este año esa vuelta a la normalidad no se llevará a cabo porque si bien es cierto que volveremos, esta vuelta será a “algo” que aún no sabemos qué será. Como poco, a esa cacareada “nueva normalidad” que ha acabado no siendo otra cosa que la constante incertidumbre. Lo único que sabemos de la “nueva normalidad” es que es la “no normalidad” y el continuo estado de suspense. Sin embargo, aunque vivimos en una era en la que la sociedad occidental soporta mal la ausencia de seguridad, a todo se hacen los cuerpos. No sabemos cómo será el curso escolar, no sabemos cómo irá la economía (aunque nos lo podemos barruntar), no sabemos si perderemos nuestro trabajo, no sabemos si se realizarán las habituales actividades municipales deportivas, culturales, comerciales… no sabemos ni siquiera si nos despertaremos algún día bajo la prohibición de salir de casa. Sin embargo, parece que todo ese estado de incertidumbre y zozobra lo hemos interiorizado y lo llevamos con la suficiente resignación como para poder vivir el día a día. Lo daremos por bueno si las autoridades en todos los ámbitos de la Administración toman decisiones acertadas para acabar, o al menos sobrellevar, esta terrible pandemia.

Si es verdad que al gobernante le corresponde tomar con tino las decisiones adecuadas en el momento propicio, es igualmente cierto que corresponde al ciudadano actuar con responsabilidad y seguir en todo momento las recomendaciones sanitarias que se tengan a bien dictar. Si durante la pasada primavera Manzanares en su conjunto dio una lección de responsabilidad, unión y solidaridad, nadie alberga dudas de que volverá a hacerlo, llegado el caso.

                                Por Manuel Rodríguez Mazarro.

No me acoplo a este talante de realidades que nos ha tocado vivir, nos está costando trabajo acoplarnos al teje maneje, sobre todo a nosotros, las “viejas glorias”. Cuando hay que manejar los cajeros bancarios, nos ponemos nerviosos, siempre hay gente esperando en la puerta a distancia como si tuviésemos pandemia, ni con gafas vemos las indicaciones de la pantalla, se empañan los números, tememos equivocarnos y los de la puerta esperando.

                Añoro las ventanillas con personas sin mascarilla que respiran, las veías mover los labios, saludar, hablar y tratan de ayudarte. Actualmente son bocas y narices invisibles que no se sabe si ríe, gesticula o tiene bigote, solo ves una especie de bozal bajo los ojos y que algo se mueve por bajo. Los sordos que leen por el movimiento de labios ¿cómo se las arreglan?

Igual ocurre con los teléfonos a los que responde una voz pregrabada y aunque contestes, la voz continua su royo y a seguir pasos de laberinto, así veo a los actuales políticos ¡vergonzoso! la “escalada de fases”, el estado de alarma, la educación telemática, …

Que odisea aquella del estraperlo y reventa de mascarillas que no había en el mercado, se llegaron a prefabricar caseras con telas y cintas olvidadas en el baúl de los recuerdos, –salieron las máquinas de coser “viejas glorias” de Singer y Alfa volviendo a hilvanar pliegues. Gracioso cuando llegaban los aviones de China, cargados con material, resulta que nos engañaron como a tales.

Hablar con mascarilla puesta, resulta como las ventas por internet, donde se abren y se cierran pantallas y nadie sabe lo que compra, aunque te quedes frito sin poder respirar, te llevan al hospital sin virus, allí se cogía al tal miserere “covic-19” y los aparatos comprados con toda urgencia para poder respirar, se confundieron y eran para todo lo contrario, los conejillos de India fueron las “viejas glorias” que Dios los tenga en ella.

Pienso, opino y lo digo por “lo bajini”, nos estamos tragando el secreto del ridículo de tal atolondramiento que estamos padeciendo y GRACIAS AL EQUIPO MAL AMPARADO, PERSONAL HOSPITALARIO QUE PARA ELLOS QUEDE.

Termine ya la manipulación de “palos de ciego” que han dado nuestro enjambre parlamentario. En ello entro a unos más que otros, han demostrado y lo están que ahora tenemos que pagar con impuestos todas sus equivocaciones.

Me asusta la realidad que este virus ha provocado en nuestro Manzanares, poco se ha sabido, solo comentarios. Mundo veloz y digital que no ha servido para nada. Solo el pensar que hemos sido la voz de otros, lo que dijesen. Pensé en las “viejas glorias” nuestros abuelos, padres junto a los hijos, no había macro-hospitales, ni personal que asistiese a las muertes que surgían a diario. Hoy con cientos de miles mandatarios, alto jornal, rodeados de consejeros y telemandos, videoconferencias tampoco lo saben.

Hemos avanzado en tecnología de usar y tirar, eso nos ha pasado a las “viejas glorias”, los que levantamos los pueblos que hoy son deshabitados, en la actualidad somos declarados de “alto riesgo”. Lo único que nos une es el incordio de llevar consigo, “Mascarillas Sánchez”.

 

 

 

 

por Mercedes Sánchez Migallón

Decía José Luis Sampedro (que murió siendo bastante mayor): “Mientras me rija la cabeza y pueda ir solo al baño, estoy tan campante en este mundo”.

Leía el otro día en El Mundo, el artículo de Lucía Méndez. que nos recordaba cómo antes los viejos morían en sus casas, rodeados de sus hijos y cómo llevarlos a la residencia estaba considerado socialmente como un acto deshonroso y reprochable. Aunque, en realidad, no se les llevaba a la residencia, sino al asilo. Hoy la palabra asilo, con ese significado, está en desuso. Nos hemos vuelto más sutiles y la hemos cambiado por el de residencia. Pero lo llamemos de una manera u otra, lo cierto es que son pobres sustitutos de un hogar.

Sé que estas son interrogaciones retóricas, pero ¿cuántos de los ancianos que han muerto procedían de residencias?, ¿cuántas de estas muertes se hubieran evitado, o al menos hubieran sido menos frías, si el abuelete hubiera estado en casa? Y conste que este artículo no es un alegato contra los trabajadores de las residencias, donde me consta que hay grandes profesionales y gente muy entregada. Es solo que creo que ha llegado el momento de preguntarse qué hemos hecho con nuestros mayores.

Pienso que el progreso nos ha llevado a  vivir una vida donde no hay lugar para ellos y por eso  los aislamos de la sociedad, de su entorno, de su mundo. En esta época acelerada en la que vivimos no se les respeta como ancianos y sabios, sino que se les aísla como personas que ya no pertenecen a nuestro tiempo y se les relega a las residencias. Se les aparta de su vida social y familiar, a la vez que nosotros vamos rompiendo nuestro vínculo con nuestro pasado del que tanto tenemos que aprender.

Todo esto ha hecho que los mayores se hayan convertido en “una fuente de oportunidades” para numerosas empresas privadas, pero la pandemia ha transformado “esa fuente” en un drama o en una tragedia. La sociedad busca culpables y las residencias se defienden diciendo: “no curamos, cuidamos”. Nuestros viejos han sido el flanco más vulnerable por un cóctel de circunstancias que han denunciado muchas personas cercanas al entorno: exceso de demanda que ha deteriorado la calidad con ratios muy bajas; familiares que no han controlado si se llevaban a cabo inspecciones; falta de protocolos, obsesión por ahorrar, por hacer negocio…Fíjense en el anuncio publicitario que aparecía en una revista de negocios, invitando a invertir en residencias de ancianos: “El poder, el talento y el dinero está en los senior”. Lo dice todo: nuestros ancianos son un nuevo modo de negocio.

Ahora quizá los ciudadanos nos lo pensemos dos veces y nos planteemos el derecho del viejo a morir en su cama y en su casa. Tal vez sería una buena solución que se primara más la atención a domicilio y la figura de los cuidadores, o que se proyectaran centros más pequeños, con mejores servicios, donde el anciano encuentre un ambiente de hogar y vaya a ellos incluso con buena salud.

Dicen que este virus nos va a enseñar muchas cosas y una de ellas es que debemos cuestionarnos nuestra escala de valores y nuestra forma de vida. Se ha dicho que estamos viviendo una situación paralela a la del final del Imperio Romano y que el sistema actual, tan capitalista y tan consumista, va a explotar y lo va a hacer por degradación ética y moral… Yo, sinceramente, creo que no va a cambiar nada. Va a aumentar el sufrimiento de muchas personas, los intereses políticos y económicos seguirán moviendo el mundo. Tal vez consigamos que se comercie menos con los ancianos y dependientes. Los que han vivido de cerca la tragedia sí que cambiarán conductas y valores y en ellos está la esperanza.

Sé que todas estas reflexiones son  polémicas porque cada familia es un mundo y cada uno sabe las múltiples razones que le obligan a llevar al viejo a la residencia. También me ha enseñado la experiencia que no hay verdades absolutas, por lo que ante una certeza lo mejor es obligarse a considerar la cuestión desde otra perspectiva. Por tanto, el debate queda abierto.