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Isabel Trujillo Parra

1° Bachillerato IES Azuer

COVID-19, pandemia, cuarentena, ¿se acabaron las clases? No, el curso escolar debía continuar. Este curso 2019/2020 que tan extrañamente ha concluido para todos. Y es que no todos los días se tiene una cantidad ingente de emails con tantos trabajos que anotar en la agenda. No todos los días se da un cambio drástico en la forma de recibir una clase o muchas, de aprender una asignatura o todas.

Me gustaría apuntar y dejar claro que en esta columna estoy hablando desde mi experiencia personal. Tengo constancia de que otras personas, ya sean alumnas, alumnos, profesoras, profesores, madres o padres, han vivido esta educación online de forma muy distinta, incluso en mi propia casa ha distado completamente la forma en la que mi hermano (2º de la ESO) y yo (1º de Bachillerato) hemos experimentado estos meses sin clases presenciales.

Ahora bien, ¿funciona la educación online? Desde mi punto de vista, no. Al menos actualmente y bajo estas circunstancias. Es evidente que tras el decreto del estado de alarma y la imposibilidad de dar clases presencialmente había que renovar todo el sistema, o al menos adaptarlo. Porque no, por mucho que nos quieran hacer creer, ni muchos profesores ni el sistema educativo en general están preparados para la educación online. Sinceramente, no soy siquiera partidaria de este sistema educativo en el que “aprender” significa “estudia esto de memoria, vomítalo sobre el folio en blanco y olvídalo”. Mucho menos apoyo la forma en la que se ha adaptado al formato digital. Todo ello teniendo en cuenta que cada profesor y profesora ha llevado su asignatura de distinta manera durante esta cuarentena.

Como se suele decir: “de todo tiene que haber en la Viña del Señor” y la educación no iba a ser la excepción a este refrán. Al igual que hay alumnas y alumnos que trabajan más o menos, que tienen más o menos interés por aprender, etc. hay profesoras y profesores que se preocupan más o menos por sus alumnos, por su trabajo y por que aprendamos realmente. Aún así, y hablando en general, el mayor problema que he encontrado en este sistema en línea es que todo se ha basado en realizar gran cantidad de trabajos y tareas, y no dejar tiempo para las clases, el estudio o el aprendizaje real. Yo me considero una persona muy autodidacta y no he tenido dificultad en realizar estos trabajos y tareas, a diferencia de algunos de mis compañeros; sin embargo, he echado de menos tiempo para escuchar a mis profesores y aprender, pues el día lo ocupaban ejercicios y trabajos de repetición.

A pesar de esto, no todo son críticas. También hay que reconocer el mérito de docentes y alumnos por adaptarse a esta nueva situación tan excepcional de forma tan rápida. Y me gustaría de verdad agradecer a todos esos profesores y profesoras que se han preocupado de responder cada uno de nuestros mails, que se han preocupado por el nivel y la exigencia de las tareas bajo estas circunstancias, y que han hecho su mayor esfuerzo por comprendernos y ayudarnos.

Confío en que si esta situación se alarga en el tiempo o vuelve a suceder, centros educativos, profesores y alumnos, hayamos sido capaces de adelantarnos a ella y hayamos preparado estrategias para dar y recibir mucho mejor esta educación en formato online.

 

 

Pablo Nieto-Sandoval Gutiérrez

Jorge Manrique, uno de los grandes autores de la historia de la literatura española, pasó a la historia por la utilización de un molde estrófico novedoso y característico para la realización de las Coplas a la muerte de su padre, una de las cumbres de las letras hispanas. Este molde consistía en la repetición dos versos de ocho sílabas y uno de cuatro; a este último se lo conoce como verso de pie quebrado y simboliza la ruptura de la vida (o lo que es lo mismo: la muerte).

Lo que los estudiantes —en todos los niveles del sistema— hemos vivido este año es un auténtico curso de pie quebrado: lo que empezó con ilusión y ganas se truncó de golpe con la llegada de la COVID-19.  Esto, por supuesto, es extrapolable a un servidor, que en septiembre del año pasado comenzó sus estudios de Filología Moderna en la Universidad.

Comenzar una nueva aventura —escribir un nuevo poema— es siempre algo interesante. Durante meses, con los estudios, con los compañeros, con las actividades, con los viajes…, todo —y todos— parecíamos fluir como las aguas del río de Heráclito un año más. Nadie pensaba que, tras los dos primeros versos, llegaba un tercero mucho más corto. El placer, la alegría, se esfumó tan rápido como llegó, de improviso, fugaz.

Esto fue lo que pasó en marzo. Los rumores del impacto de la enfermedad que iban llegando no perturbaban demasiado nuestro tranquilo devenir; nadie daba una importancia excesiva a un virus que, semanas antes del colapso, tildábamos, al igual que nuestros compañeros estudiantes de salud, de “gripe rara”. Que el verso se truncara fue, por tanto, aún más dramático. Se suspendieron las clases y se nos confinó en casa casi sin tiempo para recoger algunos de nuestros enseres. Los tres meses que pasaron nos enseñaron a valorar lo que tuvimos y a soñar con recuperarlo, a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que aquel que vivíamos.

Ahora parece que vuelve la normalidad. Despacio, el poeta que escribe nuestro poema esboza un nuevo verso de ocho sílabas, un verso de vida, de cambio, de esperanza. Merece la pena vivirlo, merece la pena luchar por recuperar lo que la pandemia nos quitó, pero siempre sin olvidar que, tras dos versos de ocho, viene el de cuatro con todo lo malo que tiene cortar de raíz las ilusiones que nos hemos hecho. ¡Carpe diem!

 

Por María Teresa García Perales

Hubo un tiempo en que muchos detuvimos nuestra actividad cotidiana, trabajando desde casa, compartiendo muchas horas con los nuestros, una oportunidad única de disfrutar de “un tiempo en familia”, en el cual pudimos llevar a cabo actividades que antes no podíamos realizar por falta de tiempo.

Las ventanas nos separaban de las calles, donde el silencio nos hablaba por sí solo. En ellas, los niños daban rienda a su creatividad con mensajes como “Todo irá bien” o “Quédate en casa”. Nos dimos cuenta de cuánto se puede echar de menos la vida que un tiempo atrás considerábamos tan rutinaria y el valor que pueden tener, gestos tan sencillos como reunión de amigos, un paseo o el contacto con la naturaleza…

Como maestra, nunca olvidaré el jueves 12 de marzo de 2020, en el que, tras un día intenso y lleno de incertidumbre, nos llegaban noticias a nivel local y nacional de las medidas adoptadas por algunos centros educativos en relación a la situación provocada por la pandemia. Por la tarde, el gobierno autonómico nos confirmaba oficialmente la suspensión de la actividad docente presencial y nos conducía a una situación extraordinaria y muy novedosa para maestros y alumnado.

Al día siguiente, con las instrucciones que nos llegaron, los maestros nos reunimos para replantearnos el cómo organizarnos para seguir con nuestra actividad docente, al menos durante los 15 días que en principio pensábamos que iba a durar esta situación. Las familias que pudieron se acercaron al centro a recoger los libros y el material que sus hijos tenían en clase. Muchos también solicitaron la clave de Papas 2.0, la plataforma educativa de la Consejería de Educación que sirve como herramienta de comunicación e información entre los agentes de la comunidad educativa, además de facilitar la gestión administrativa en los procesos que son convocados.

A partir de ahí, los equipos docentes de los distintos niveles se reunieron para decidir cómo planificar los contenidos de los temas que quedaban por dar, las pautas a seguir y los cauces a utilizar para enviar la tarea. Se nos rompieron los esquemas y la situación nos obligó en adaptar nuestra forma de enseñar “eminentemente presencial” a una especie de lo que nos hemos acostumbrado a oír tanto en estos meses pasados: “el teletrabajo”.

En pocas horas tuvimos que adaptarnos a una forma de enseñar diferente, lo cual hizo necesario “reprogramar lo anteriormente programado”, salir del aula, modificar y reestructurar nuestra relación docente – discente, que es la “esencia del proceso pedagógico”, esa interacción en la que el maestro transmite y el estudiante puede expresarse, donde hay un continuo feedback instantáneo en el aula.

Durante el fin de semana los maestros seguimos en contacto entre nosotros. Era el momento de preparar material y los tutores explicaron a los padres cómo iban a organizar la actividad. Aunque parecía sencillo desde fuera, el paso del tiempo nos ha ayudado a reinventarnos y a utilizar recursos muy variados. Los maestros y alumnos no estaban familiarizados con las clases “online”, pero al ver que el tiempo se prolongaba, fuimos familiarizándonos con gran variedad de aplicaciones de software para las videoconferencias con nuestros alumnos y compañeros, desarrollando clases virtuales, aclarando dudas y grabando vídeos explicativos donde no faltaban mensajes continuos de ánimo para motivar al alumnado, porque sabíamos que “nuestros niños”, como cariñosamente los llamamos,  necesitaban estar tranquilos y llevar el confinamiento lo mejor posible.

Tampoco podemos olvidar a una minoría de alumnos que necesitaban más ayuda y que sufrían la “brecha digital” en sus casas, lo cual les impedía seguir la enseñanza no presencial porque carecían de conectividad o dispositivos para comunicarse con sus maestros. Para ellos, la Administración fue proporcionando los medios para acceder a internet y poder así llevar a cabo las tareas como el resto de sus compañeros.

En resumen, podemos decir que ha habido un gran esfuerzo tanto de familias, como de alumnos y maestros y que no ha sido nada fácil. Se ha intentado mantener el contacto por los medios antes mencionados, pero ha habido  multitud de casuísticas en cada hogar,  que no pueden ni deben pasar desapercibidas: carencia de medios tecnológicos, angustia por la pérdida del trabajo o de algún ser querido, padres que han seguido trabajando fuera o dentro de sus casas, otros que se han quedado sin trabajo de la noche a la mañana y docentes que además de sus alumnos tenían hijos a quien atender y que quizás tenían que compartir con ellos los recursos tecnológicos para poder avanzar con sus tareas,  etc…

No sabemos aún cómo se presentará el próximo curso porque los expertos creen que el riesgo de un posible rebrote de COVID-19 está ahí. Sigamos cumpliendo las recomendaciones que se nos dan y ojalá pudiésemos estar de regreso en septiembre a las aulas habiendo superado esta difícil prueba, para así poder seguir desarrollando esta función indispensable que constituye la educación.

 

 

 

 

 

Uno de los aspectos del confinamiento a causa del Covid-19 será el hecho de que los centros educativos tuvieron que cerrar sus puertas, pero el curso debía continuar. ¿Cómo? La situación era inédita. Los profesores y los alumnos en estado de shock trataron de sacar adelante en tiempo record un método didáctico basado en contactos telemáticos con mayor o menor fortuna. Pero… y los padres ¿han visto a sus hijos aprender y progresar? Sin duda han sentido la responsabilidad que, ciertamente, no les correspondía de hacer de puente, cuando menos, en tan estresante (e improvisada) situación. Es obvio que la situación ha servido como un verdadero “stress test” para el sistema que no sabemos muy bien si ha superado con éxito. Desde la ministra hasta el último profesor y alumno…, ¿han estado a la altura de las circunstancias? ¿Se han tomado las medidas necesarias? ¿Se podría haber hecho mejor? Y… ¿cómo lo han vivido los profesionales, los padres y los alumnos de Manzanares?

Por Juan Ramón Morales Sánchez Migallón

El otro día, estaba viendo una película distópica (en el sentido de ser totalmente imaginaria y, además, centrada en lo que puede llamarse un escenario malo) y, en ella, un visionario imaginaba una pandemia y la explicaba diciendo que la humanidad era su propio cáncer, pero que la propia humanidad era la sanación del mismo. Enseguida centró mi atención, por dos cosas; una, que el tema pandemia es de una absoluta actualidad y de otra, que siempre he mantenido que el ser humano es el principal depredador del ser humano.

A lo largo de estos casi tres meses de confinamiento todos hemos tenido la tentación de pensar si habrá un antes y un después cuando esto termine y yo creo que, de momento la cosa no está por terminar ya que hemos levantado las barreras antes de tiempo y mucha gente aún no estábamos concienciados de la gravedad de la situación, por lo que lo que tenemos que hacer es aprender a convivir con este virus, que no sólo no se ha ido, sino que ha venido para quedarse.

Sin haber pasado cinco meses y con más de 7.000.000 de casos confirmados y más de 400.000 muertos yo estoy convencido de que sí tiene que haber un antes y un después de la declaración de la pandemia, debemos empezar por crear conciencia sobre la prevención de la enfermedad, así como evitar la alarma social, aunque sin olvidar las más importantes normas de seguridad.

Me gustaría traer aquí, ahora, algunas frases de San Juan Pablo II relacionadas con la enfermedad, que él sufrió en primera persona:

  1. Abrir las puertas a Cristo: ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera! ¡No temáis!
  2. La fuerza del amor: En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad.
  3. La fuerza de la debilidad: Que viene a significar que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo.
  4. Esperanza frente al miedo: Esperanza y confianza son la premisa de una actuación responsable y tienen su apoyo en el íntimo santuario de la conciencia, donde el hombre está solo con Dios, y por eso mismo intuye que ¡no está solo entre los enigmas de la existencia, porque está acompañado por el amor del Creador!

Es imprescindible que reavivemos la fe y miremos lo que está pasando con ojos nuevos.  Parece que habría que preguntarse por qué Dios está callado, ¿Cuál es la causa por la que permite lo que está ocurriendo? ¿Es un castigo de Dios como algunos parecen atreverse a decir? ¿Debemos pedir un milagro? Para mí estamos ante un misterio que nos hace creer y confiar en que Dios es todo bondad y misericordia y confiamos en Jesús que vino y viene a darnos en abundancia y a compadecerse de los que sufren. Él no nos resuelve el problema del mal y del sufrimiento, pero a través de sus heridas de crucificado y sobre todo de resucitado nos abre al horizonte nuevo de su pasión, muerte y resurrección y al real paso de la muerte a la vida.

            Manuel Rodríguez Mazarro

Hace ya algunos años en los bares de Manzanares no había grifos de cerveza “sin”, se cumplía año y medio de mili, no había supermercados, eran tiendas de tendero/a que hacían el artículo, se hablaba con la vecina, había tabernas con humo de “Ideales y Celtas” , se hervía la leche, conocimos al histórico Francisco Franco, los billetes de mil pesetas, revelar los carretes de fotos, fumar los maestros en la clase, máquinas de escribir, practicar el método Ogino, darle cuerda al reloj, los carros, galeras, tartanas, nació la democracia, …

Sería un próximo libro que realizar, interminable el cambio de nuestra generación: –El título: — “Las batallitas del abuelo”. Igual que la actual generación es la tecnología, como la anterior fue el manejo del esparto, la pleita, todo envase era de tal materia silvestre, trabajado con las manos, capachos, esteras, serijos, espuertas, cordetas, …

Pasamos a la transformación, la “era” del plástico, el automóvil, T.V., vacaciones, derechos y deberes pocos. Entonces todo se fue ajustando al consumo, usar y tirar al reciclaje. Gran problema mundial del cambio climático, gases, deshechos, escombreras, vertederos nucleares, llegando a contaminarnos unos a otros, primer ingrediente la mascarilla y lejía.

Estamos conviviendo familiarmente con los virus, “bichito” con diadema real cargándose a medio mundo, el reducirlo costará sudor y lágrimas. Causando más muertes que cualquier guerra mundial sin necesidad de bombas nucleares ni armamento sofisticado.

Un ejército nos cuesta más que tener al día nuestros hospitales y su personal bien equipado. Tenemos que estar preparados para un antes y un después.

Todo esto me recuerdan los seguros que casi todos tenemos, negocio, trabajo, doméstico, accidentes, incluso defunción y planes de pensión o jubilación. Lo bueno es pagarlo y no tener que necesitarlo, echar mano de ello y en caso de…, pues para eso está.    

El futuro. Cuando lleguen a conocer tal “marcianito” con vacunas y técnicas; vendrá otro y otro. Finalmente y pienso en Manzanares, fuera de los problemas con las mascarillas, guantes, confinamiento, paisajes vacíos, palabras repetitivas, residencias, videoconferencias, discursos, decisiones compartidas, musiquero “resistiré”, policías con “cumpleaños” y balcones a las ocho.

Vendrá la segunda parte del “Covic-19”, será la 20, 21, 22 y nos dieron las 23 y desnudos al anochecer nos encontró la luna, la canción de Joaquín Sabina. Se presentará el “virus-económico”, fatal levantar el árbol seco por mucho nitrato de Chile que le echemos al comercio en general, nuestra hostelería, olvidarnos de “nuestros sabores”, esas tapas, vino pálido, conversación a cara descubierta, saludos afectuosos, apretón de manos, ferias y fiestas, medievales, mercadillos, cines, teatros, pésames emotivos.

Dicen que volveremos a ser diferentes, más humanos, a pedirle sal y perejil a la vecina, complacientes, unida la familia, los hijos, abuelos. Quisiera ver el final de esta confinación casera, palabra que confundo con: confitado y confirmado. ¡Amén!           

                                                                             

               

 

 

 

               

        

Pedro Lozano Martín-Buro
lfpabogados@lfpabogados.es

Gracias al condensador de flujo, los agujeros de gusano y el envolvimiento cuántico ya es posible viajar por el tiempo. El 16 de junio del año 2032 el aterrizaje se efectuó sin dificultad en un lugar de la Mancha, en una Plaza, llamada de las Palomas. La comunicación estaba lastrada por un críptico intercambio de datos, no era muy fluida, aun así, ya se percibían los cambios producidos, especialmente, en el comercio local como consecuencia de la pandemia.

17:00 Hora local. Cumpliendo órdenes me preparo para tomar contacto. Abriendo la escotilla 23. Abandono la nave. Tiempo despejado, mayormente soleado con ligeros vientos de la sierra de siles; temperatura, 32 grados centígrados; humedad relativa, 40 por ciento. Corto.

17:08 Hora local. Observo personas que caminan rápidamente, todas con un móvil en su mano y separadas unas de otras por una distancia de dos metros. Van con mascarillas de diferentes colores y formas. Nadie se fija en mi. Corto.

17:09 Hora local. Hay carteles digitales que informan del número de infectados con diferentes gráficas. De forma intermitente y con luces de neón, qué curioso, aún se anuncian controles de velocidad en el polígono y cortes en el suministro del agua debido a mejoras de la red, se piden disculpas a los vecinos que parecen estar acostumbrados a esta situación. Corto.

17:11 Hora local. En el perímetro observado se aprecia una apuesta decidida por la vigilancia digital, hay cámaras por todos sitios. Por el móvil se investigan los movimientos, las compras, la velocidad, las amistades y los comentarios críticos en las redes sociales. Se controla cada clic. No existe la esfera privada, repito, no existe la esfera privada. Corto.

17:12 Hora local. Las cámaras captan las imágenes faciales y la temperatura corporal. Atención, atención, observo que en este lugar no hay comercios, ni tiendas, ni bares, está todo cerrado. Silencio ensordecedor. Sobrevuelan restos de carteles perdidos donde se puede leer “se alquila local comercial”. No hay espontaneidad, flexibilidad, capacidad de sorpresa ni cercanía. Es todo muy raro. Corto.

17:14 Hora local. Primer acercamiento a un ciudadano. Consideremos a ese chico con el móvil. Sigo sus pasos, avanza sólo, se detiene, reacciona, levanta la cabeza y continúa su ida siguiendo el horizonte de la punta de sus zapatos, manipulando y tocando el móvil sin soltarlo. Sigue su marcha. Levanta su mirada, me ve, soy un extraño y no me puede bloquear. Pido instrucciones para contactar. Corto.

17:23 Hora local. Primer contacto con habitante de la zona.

  • Hola, ¿qué buscas? ¿puedo ayudarte?. —se dirige a mi en forma amistosa—
  • Algún comercio en la zona. —contesto rápidamente—
  • Ya no quedan, ¿no lo sabe? El pueblo luchó hace 10 años contra la pandemia con grandes medidas higiénicas, controló el virus, pero olvidó, tras el confinamiento, que comprar podía ser un acto moral y no sólo económico y que debía prevenirse del consumismo sin ética y sin sentido social. Pasó lo que pasó, nos dejamos llevar por las compras masivas por Internet. En una sociedad del exceso como aquella, tan acelerada, el mejor antídoto hubiera sido no dejarse llevar. No lo hicimos…Hubo una segunda oleada que nos golpeó con ese otro virus que fue aún peor, el del egoísmo indiferente. Nos fulminó. Nos aisló e individualizó y el pequeño comercio desapareció.

18:05  Hora local. Vuelvo a la nave. Hay que hacer algo para cambiar el futuro. Corto y cambio.

Consoly León Arias

El coronavirus, es el virus más letal y feroz, que ha acampado a sus anchas por la faz de la tierra, desde que se iniciase 2020, y se ha ensañado, duramente, con los españoles.
 Hemos librado, muy probablemente, a nuestro pesar, una de las batallas más duras de nuestra existencia, perdiendo en el camino miles de personas, (algunas fuentes hablan de más de 50.000) seres humanos con nombres y apellidos, a los que esta pandemia ha sumido en una lista interminable de luto, desgarro e impotencia, mientras, la clase política, esos que dicen ser nuestros gobernantes, y estar al servicio de todos los españoles, aún no han mostrado la dignidad, y el sentido del deber suficiente, para honrar sus memorias, tal y como merecen, para que no perezcan en la desidia del olvido; y la sociedad, entienda de una vez por todas, que el covid-19, ha venido a gritar con el tenebrismo del dolor, la enfermedad y la muerte, que el ser humano carece de poder absoluto, para controlar situaciones tan implacables, como la que atravesamos en estos momentos, de incertidumbre, preocupación y temor.         
Esta pandemia nos ha mostrado la completa debilidad del hombre, que se ve, frente a la adversidad, como un gigante con los pies de barro, y cuyo coraje es deficiente para actuar ante el mal.   
En cierta medida, este monstruo, sinónimo de tragedia, nos ha llevado a plantearnos que sólo podemos confiar en la gracia de Dios, que está presente en todas las personas solidarias, portadoras de esperanza, y sembradoras del bien, que han luchando cara a cara contra el virus.            
El espíritu de Dios es el asidero al que nos hemos aferrado, en las horas más oscuras de la pandemia, desde la emoción contenida, y la oración, suplicando especialmente por los más necesitados, y por nuestra protección.  
Rayando el mes de junio, los gobernantes del mundo luchan con verdadera codicia, por la consecución de la ansiada vacuna, el antídoto contra este veneno que ha congelado nuestras vidas, tal y como la entendíamos, hasta  decretarse el estado de alarma, aquel 14 de marzo, para vivir anexionados a una mascarilla, el esencial hasta nueva orden, que no sirve de mordaza, para acallar las tropelías amasadas por un puñado de miserables, a los que poco les importan sus compatriotas.           

El día después, o la nueva realidad, se cierne sobre nosotros en forma de caceroladas, que conminan al gobierno a marcharse, tras acumular demasiados fallecidos y errores a sus espaldas, miles de despidos, cierres de empresas, millones de pérdidas irreparables en el sector turístico, principal fuente de ingresos de España.

También, el mundo de la cultura y el deporte, sufrirán irremediablemente, los devastadores efectos colaterales. Tampoco sabemos a fecha de hoy como se afrontará el próximo curso escolar, ni cómo o cuando se reanudará. Además del terrible impacto ocasionado en el ámbito de las ferias comerciales, la industria, y diferentes servicios, de los que nos hemos estado beneficiando toda la vida, sin apenas valorarlo, porque sencillamente, estaban a nuestro alcance. El presente y futuro, hemos de construirlo juntos, desde el esfuerzo y la generosidad, adaptándonos progresivamente a una situación novedosa, que jamás hubiésemos imaginado, y con numerosos inconvenientes, que nos llama a realizar un ejercicio de responsabilidad compartida, entendiendo la fatalidad, como una nueva oportunidad que nos brinda la vida, sin bajar la guardia.

 

 

Por Pedro Lozano

lfpabogados@lfpabogados.es

Confusión, dudas y mensajes desalentadores. Cada dos minutos había un muerto y ni uno aparecía en televisión, sólo estadísticas y datos de fallecidos que no coincidían con la realidad. Veíamos los aplausos pero no sentíamos el dolor. En Manzanares no sabíamos cuántos ingresados, contagiados y difuntos se habían producido, sólo ecos difusos de sanitarios que describían cómo estaban las plantas. Parón informativo. Telón de acero. No culpo al Ayuntamiento, no tiene competencias sanitarias. Me recordaba al desconcierto surgido con la crisis sanitaria de la legionella que aún hoy no conocemos, ni dónde, ni cómo se originó. Existía cierta pretensión de ocultar la realidad y de convertir a la ciudadanía en meros espectadores que no piensan ni se cuestionan nada. Ignorancia convertida en imbecilidad, sin báculo, sin bastón de mando. “Decidnos la verdad, aunque sea dura”, reclamaba con arrojo desde su púlpito, Don Raúl, Párroco de Membrilla, antes de que lo dilapidasen en las redes sociales por enfrentarse al vacío informativo, simplemente, por suplicar algo que todos pedían, una información fiable. Chapó. Veíamos a nuestros sanitarios uniformados con bolsas de basura y pantallas faciales como si fueran arlequines y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad mendigando mascarillas. Ver así a nuestros héroes era un escarnio público.

En este contexto surgió la solidaridad espontánea del pueblo de Manzanares, así se escribe la historia.

Gracias a ella, hemos sido testigos silenciosos de nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada. Ni siquiera la web municipal. Empresas de Manzanares, autónomos, particulares, amas de casa que han ayudado a su prójimo, donando, cosiendo mascarillas, botas, creando pantallas con impresoras 3D, lo que fuera, para llegar donde no llegó la estulticia de los responsables de prever esta situación y dotar, al menos, a nuestros sanitarios y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de un stock suficiente. Han dado un testimonio grandioso de esperanza, generosidad, cooperación, ayuda y solidaridad a raudales de nuestro pueblo. Hay quién es generoso y se enriquece, hay quién ahorra demasiado y se empobrece.

La sociedad civil, el pueblo de Manzanares, dejó de lado el rol de mero espectador pasivo que le querían asignar y se puso manos a la obra sin necesidad de que nadie le estimulase o le subvencionase. Surgió la solidaridad espontánea de forma anárquica ante la ausencia de gobierno y de autoridad. Frente al tópico, el anarquismo no es individualista se apoya en principios como la cooperación y la ayuda mutua pero ojo, no hay que tenerla en cuenta, la anarquía está rodeada de frágiles tabiques que lindan con el vicio o con el crimen. Debe ser transitorio. Hay que confiar en nuestro sistema político, reclamando soluciones, que estudien lo que pasa a su alrededor, prevean, organicen y miren más allá de las orejeras de su sectarismo y si, ni eso saben, al menos, como decía Don Raúl, exijámosles que no nos mientan, que nos digan la verdad, aunque que sea dura. Al menos, eso.

Manzanares a, 17.04.2020.

 

 

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Desconocía el número real de epidemiólogos que había en España. Me ha parecido increíble saber que pululan por las redes sociales grandes profesionales de la biomedicina y la microbiología. Son muchas las personas que, sentando cátedra y valiéndose del presentismo, ofrecen soluciones y remedios bien fundamentados a la población ante esta grave crisis del coronavirus. ¡Qué lástima que no estén en el Palacio de la Moncloa dando estos maravillosos consejos en las ruedas de prensa! No sabemos lo que nos perdemos.

Desconocía que nuestros políticos de la oposición tuvieran un conocimiento tan sólido —desde el principio— sobre el desarrollo de esta pandemia y me asombra que actuaran como si nada hasta que el gobierno tomó las primeras medidas. Ahora lo critican por lento… ¡qué extraño! Además, veo por las redes sociales cómo difunden verdades a medias y cómo la docta gente del primer párrafo las retransmite fervorosamente…

Desconocía la sapiencia de los tertulianos que, por videoconferencia, llenan las mesas de debate. Hace apenas dos meses parecían conocer todos los entresijos de la política y la economía mundiales. Hoy, descubro que conocen también todo lo relativo a esta pandemia.

Cual hombres renacentistas, duchos en todas las artes y ciencias, estos eruditos muestran, de manera divulgativa, toda su sabiduría. ¡Qué honor es poderlos oír por la tele y qué pena no encontrarlos en la Moncloa donde sus decisiones tendrían la relevancia que merecerían!

Desconocía el atraso tecnológico de la Moncloa… ¡y es la sede de la Presidencia del Gobierno! Se prohibieron por motivos sanitarios las ruedas de prensa y los periodistas tuvieron que mandar las preguntas previamente en lugar de seguirla por videoconferencia. Menos mal que el gallardo secretario de Estado de comunicación estaba preparado, raudo y veloz, para transmitir una selección de ellas a las autoridades para que pudieran informar pormenorizadamente de todos los detalles que daban a conocer. No sé muy bien por qué, pero El Mundo y ABC dejaron de participar en estas ruedas de prensa. Lo que sí sé es que inmediatamente adaptaron la sala para que pudiera seguirse vía telemática y estos medios volvieron. ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!, como decía Don Hilarión en La Verbena de la Paloma.

Pero, sobre todo, desconocía la capacidad de (casi) todos los españoles para cumplir con las estrictas medidas que el gobierno impuso para frenar la enfermedad. Desconocía que pudiéramos tragarnos nuestras ganas de ver la calle —y juntarnos— y quedarnos en casa perdiéndonos fiestas, celebraciones familiares, paseos, compras, … También desconocía que algunos tuvieran redaños para saltarse a la torera tales restricciones necesarias, pero, como en La historia interminable, eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…