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Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Desconocía el número real de epidemiólogos que había en España. Me ha parecido increíble saber que pululan por las redes sociales grandes profesionales de la biomedicina y la microbiología. Son muchas las personas que, sentando cátedra y valiéndose del presentismo, ofrecen soluciones y remedios bien fundamentados a la población ante esta grave crisis del coronavirus. ¡Qué lástima que no estén en el Palacio de la Moncloa dando estos maravillosos consejos en las ruedas de prensa! No sabemos lo que nos perdemos.

Desconocía que nuestros políticos de la oposición tuvieran un conocimiento tan sólido —desde el principio— sobre el desarrollo de esta pandemia y me asombra que actuaran como si nada hasta que el gobierno tomó las primeras medidas. Ahora lo critican por lento… ¡qué extraño! Además, veo por las redes sociales cómo difunden verdades a medias y cómo la docta gente del primer párrafo las retransmite fervorosamente…

Desconocía la sapiencia de los tertulianos que, por videoconferencia, llenan las mesas de debate. Hace apenas dos meses parecían conocer todos los entresijos de la política y la economía mundiales. Hoy, descubro que conocen también todo lo relativo a esta pandemia.

Cual hombres renacentistas, duchos en todas las artes y ciencias, estos eruditos muestran, de manera divulgativa, toda su sabiduría. ¡Qué honor es poderlos oír por la tele y qué pena no encontrarlos en la Moncloa donde sus decisiones tendrían la relevancia que merecerían!

Desconocía el atraso tecnológico de la Moncloa… ¡y es la sede de la Presidencia del Gobierno! Se prohibieron por motivos sanitarios las ruedas de prensa y los periodistas tuvieron que mandar las preguntas previamente en lugar de seguirla por videoconferencia. Menos mal que el gallardo secretario de Estado de comunicación estaba preparado, raudo y veloz, para transmitir una selección de ellas a las autoridades para que pudieran informar pormenorizadamente de todos los detalles que daban a conocer. No sé muy bien por qué, pero El Mundo y ABC dejaron de participar en estas ruedas de prensa. Lo que sí sé es que inmediatamente adaptaron la sala para que pudiera seguirse vía telemática y estos medios volvieron. ¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!, como decía Don Hilarión en La Verbena de la Paloma.

Pero, sobre todo, desconocía la capacidad de (casi) todos los españoles para cumplir con las estrictas medidas que el gobierno impuso para frenar la enfermedad. Desconocía que pudiéramos tragarnos nuestras ganas de ver la calle —y juntarnos— y quedarnos en casa perdiéndonos fiestas, celebraciones familiares, paseos, compras, … También desconocía que algunos tuvieran redaños para saltarse a la torera tales restricciones necesarias, pero, como en La historia interminable, eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión…

 

Manuel Gallego Arroyo

Hemos teletrabajado. Hemos teleabrazado. Hemos telebesado. A mi parecer, si algo ha demostrado la crisis del Covid-19, ha sido la necesidad de realidad física que todos tenemos. Digo “realidad física”, la del tacto, la tangible, la del arrimo; esa de la que hemos hecho distancia, precisamente para darnos seguridad, para arroparnos y estar más unidos. Dentro de la paradoja, hay cosas en la vida, que al menos de momento, nos parecen insustituibles y que, con un golpe sordo, opaco, sin vibración apenas, han dado un aldabonazo en nuestras vísceras, creo, contundente.

Hablo en efecto del beso, y del abrazo sin distancia. Del tocar y ser tocado. De la caricia. De todos esos melindres sentimentales que a veces ocultamos por vergüenza y que ahora bailan la danza de la lluvia en nuestras conciencias.

Hay en efecto cosas que son insustituibles, “indesplazables” por más que las obviemos: la presencia real, la presencia física. A la postre es lo que nos hace humanos. El virus ha puesto al descubierto la muleta que es la virtualidad, la red, la distancia fingida, la comunicación sin el cara a cara, al mismo tiempo que la ha hecho insustituible, más real.  Hay cosas, claro, cosas, que sólo pueden ser presenciales. Un respirador por ejemplo. Pero también un aula, un sanitario, un dependiente, un tendero, un policía, un basurero, bombero, un ganadero, limpiador, agricultor, transportista … tu pueblo … ¿una mujer o un hombre, también lo son “realmente”? Y hay cosas que no queremos y están ahí, y que si son pertinaces pueden llegar a doler mucho, por no decir a fastidiar muchas vidas, un virus por ejemplo. Eso que considerábamos “un simple virus”, una pandemia, una desgracia del pasado o de otros lugares, un periclito canto de otras civilizaciones.

Y lo curioso, ciertamente curioso y paradójico, es que la realidad virtual ha venido a poner sus paños medicinales sobre la herida covídica. Es el sino del tiempo que nos ha tocado vivir, el de la pandemia virtual de un mundo global que, después de todo, nos demuestra que la falta de tacto se puede y se debe suplir con la pantalla táctil. Me río yo de los votos que hemos hecho de cambio para el futuro; me río.  

Algunos pensarán que gracias a estas pantallas se han salvado millones de vidas, que hemos mantenido el teletrabajo, sostenido parte del comercio sin ponerle cara. La economía. Así es. Por lo mismo que se puede decir que ya las pantallas amenazaban con el virus, que han venido por el mismo camino, marcando el sendero, que dibujaban ya su retrato, en tanto hacían sordina.

Cuando la desgracia nos golpea, sentimos con firmeza la sacudida de la menesterosidad, aquel sordo, opaco, seco aldabonazo. A la postre, el hombre, cargado de vida, con su vida a cuestas, no es sino un ser vulnerable. Hemos aprendido que las sociedades también, por muy evolucionadas que se consideren, son vulnerables y penden de esa misma vida, que apenas es un hilo, un hilo que amenazan demasiados intereses, además de los víricos. Suele olvidarse, cuando la confortabilidad se instala en la comunidad de afortunados que pueden mirar disimuladamente, al través de la superficie iluminada, la evolución de la tragedia. Pero a veces la tragedia baja y se atreve a darnos en el hombro. Claro que no hablo de tragedia individual, hablo de tragedia colectiva, la que se escapa de las manos, de las posibilidades, la que pone en aprietos reales y que luego, pasado el tiempo, catalogamos bajo el rótulo de “desgracia”, “ceguera colectiva”, “grandes intereses”, “mentalidades”, esa que en apariencia sólo está en los manuales de historia, en los que no suele poner que somos unos afortunados por poder leer manuales de historia. Luego está la realidad; la realidad física.   

Pero la vida tiene esas y otras cosas. Otros regalos, porque la vida sigue, fluida y real. Desconozco, a día de hoy -¡parece mentira!- si los manuales de historia sirven para algo.

Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

En la crisis de 2008 el sector inmobiliario y la construcción sufrieron, sin duda, los efectos más severos de la explosión de la burbuja inmobiliaria, además quedo estigmatizado y desprotegido, mientras que otros sectores como el financiero, tan culpables o más de aquella burbuja, fueron rescatados y pudieron salir a flote.

En esta crisis del Covid 19, van a ser otros los sectores más afectados, la hostelería, el turismo, el ocio, la cultura, líneas aéreas, etc, pero como es lógico, la incertidumbre y la preocupación sobre las repercusiones de lo que está pasando y cómo será la salida, llegan a todos los ámbitos.       

A los efectos de nivel de riesgo en el trabajo, el Ministerio de Sanidad considera que la construcción tiene baja posibilidad de exposición e infección, siempre, claro está, que se cumplan las medidas y recomendaciones de seguridad y salud para los trabajadores. En las obras deberá haber termómetros, no se compartirán herramientas ni equipos, se guardarán las distancias, se utilizarán mascarillas (quirúrgicas o EPI), guantes, habrá soluciones hidroalcohólicas para desinfectar,  no se formarán corrillos, etc. Quizás el mayor riesgo se puede producir en los desplazamientos, y se recomienda el uso de transporte individual, en lugar de los habituales furgones. En Manzanares y nuestra comarca, no se suele utilizar el transporte público y el riesgo es menor.

La actividad después del parón de 2 semanas se ha reanudado, aunque no al 100%, debido a que en la fase en que nos encontramos, no se permiten obras que no sean de urgencia en domicilios particulares. Considero que es muy importante que se normalice totalmente la actividad de la construcción para dañar menos a la economía del país. En España el sector emplea a 1,27 millones de trabajadores, y supone el 10 % del PIB, aparte de toda la industria y servicios complementarios y dependientes. Puede, si se hacen bien las cosas, que junto a la agricultura, ganadería, transporte e industria, pueda ayudar y compensar  el obligado parón de los sectores que obligatoriamente deben parar o reducir drásticamente su actividad. Hay que tener en cuenta que la construcción ha sido siempre un nicho de creación de empleo de gran potencialidad.

Las expectativas de futuro, aunque inciertas pueden ser hasta prometedoras. En este encierro, muchas personas al estar obligados a pasar tanto tiempo en su casa, habrán percibido muchas deficiencias y problemas, que en definitiva les llevarán a la idea de que no les gusta. Es muy probable, que en la medida de lo posible, haya quien piense reformarla o cambiar de vivienda, para ir donde se den mejores condiciones, por si hubiera otro próximo confinamiento. En todo caso, hay un parque de viviendas envejecido, de mala calidad constructiva, con carencias importantes en aislamiento térmico y acústico, con instalaciones obsoletas y con falta de mantenimiento, que será preciso rehabilitar. Las administraciones públicas van a tener una oportunidad de promover, financiar y tomar la iniciativa en esta necesaria tarea.

 

                       

                                                                         

Por Úrsula López

Trabajo desde hace más de 20 años en Atención Primaria. La Atención Primaria nos brinda tradicionalmente la oportunidad de poder desarrollar un estrecho contacto con el paciente, una confianza mutua y nos permite incorporarnos a sus vidas y acompañarles, a veces, en momentos alegres y en otras ocasiones en momentos dolorosos y difíciles.

Aunque aparentemente nuestra labor no es tan mediática como la que estamos viendo en estos días de los hospitales, es una atención más cercana y familiar, y en las circunstancias actuales está siendo determinante para asegurar la atención y el seguimiento de los pacientes, y para que los servicios de urgencias no se colapsen.

Nuestro día a día en los Centros de Salud se ha modificado de forma sustancial.

No solo en algo tan evidente como nuestro aspecto físico, en el que hemos cambiado ropa de calle, hemos eliminado cualquier atisbo de maquillaje, pendientes y cadenas, y los hemos sustituido por mascarillas, gorros y gafas protectoras.

Hemos hecho cotidianos actos como el de limpiar y desinfectar continuamente todo aquello que usamos o tocamos.

Hemos cambiado la forma en la que nos relacionamos entre nosotros, intentando mantener siempre la distancia adecuada de seguridad, incluso en las reuniones informativas.

Pero lo que más ha cambiado es la gestión en la consulta diaria. El objetivo es el de evitar las consultas presenciales, siempre que se pueda, y ayudar de este modo a que la gente pueda seguir estando atendida sin salir de casa.

Por eso nuestra principal herramienta de trabajo está siendo el teléfono, al que nos pasamos pegados largas horas durante la jornada; con él intentamos ofrecer consuelo, transmitir confianza en estos momentos de miedo y dudas; nos proporciona a veces alegrías y tranquilidad, cuando vemos que el paciente está evolucionando de forma satisfactoria, y a veces preocupación o incertidumbre, si lo que oímos al otro lado es una voz entrecortada por la dificultad respiratoria, como posible signo de complicación de la infección por coronavirus.

En estas ocasiones informas al paciente de que vas a realizar una consulta en su domicilio para valorar la situación o le sugieres en situaciones más graves, que acuda al servicio de urgencias hospitalario, aunque no es raro que toque pactar y negociar, porque hay quien prefiere esperar en sus casas. La gente está aguantando en estos días mucho más de lo razonable. Piden perdón mil veces por estar malos, por necesitar atención, por distraerte, como dicen, con todo lo que hay que hacer, también con sus problemas. Como si fuera su culpa encima el haber enfermado.

En los peores momentos a través de él nos llega el mensaje del fallecimiento de un familiar y solo podemos ofrecer consuelo.

Son momentos de impotencia, miedos y lágrima fácil.

También de compartir sentimientos y preocupaciones: La celadora, que tiene a su hermana ingresada y que da gracias los lunes por estar  bien y poder comenzar la semana trabajando; la enfermera que lleva 3 semanas  viviendo en habitaciones separadas de su marido, por miedo a contagiarle; la administrativa que está infectada y se siente culpable por ello y no poder estar trabajando, con la falta que hace; el médico que está ingresado por una infección por Covid 19, y todavía se preocupa por ti, por si te lo ha pegado en la última guardia juntos.

Todos vamos con las máximas precauciones, pero es inevitable el miedo de llegar a casa y poder contagiar a tu propia familia. Tanto es así que algunos han optado por enviar a sus hijos fuera, a pesar de no poder verles en semanas.

Yo, echo de menos poder ver a mi madre más allá que desde la calle. Echo de menos sentarme con mis hijos a ver una peli todos juntos en el sofá o darles un beso de buenas noches.

Pero si hay algo que esta situación nos ha  demostrado, es la gran generosidad de la gente: Está siendo un regalo poder contar con el apoyo inestimable y el compromiso no solo de todos mis compañeros del Centro de Salud, desde la Unidad Administrativa hasta el personal de limpieza, sino también con el de un montón de ciudadanos, que están apoyándonos y contribuyendo a que podamos trabajar mejor y a que podamos trabajar protegidos, y a los que damos las gracias una y mil veces.

Trabajando todos juntos lograremos superar esto algún día. Y junto a este deseo de esperanza, el recuerdo especial para todos aquellos que ya no podrán acompañarnos y un beso enorme a sus familiares en estos duros momentos de  dolor y soledad.

 

 

                                                                      

Por Jesús Villegas Cano

Cuando este confinamiento pase, uno de los aspectos que recordaremos es el de el apabullante número de mensajes de todo tipo que a todas las horas del día nos acometen. Resulta difícil separar el trigo de la paja y hay que aventar cuidadosamente para entresacar alguna valiosa pepita después de cerner durante horas el fango que nos echan encima. En eso estaba cuando me llamó la atención un video (¡otro más!) de un popular psiquiatra de los que a veces aparecen en televisión. Esperaba otro mensaje de tantos llenos de obviedades de fácil digestión y sin embargo era todo lo contario. Un mensaje oscuro, incluso podría decirse siniestro, descriptivo de la realidad que nos rodea. Paradójicamente, me reconfortó.

El mensaje hacía referencia a una experiencia de una de tantas personas que trabajaban en el saturado y doliente sistema sanitario español. El sanitario en cuestión comentaba cómo debía asistir a la muerte de ancianos solos, desorientados, que preguntaban insistentemente por su familia o por qué tenían que estar atados. Confesaba que cuando llegaba a casa, lloraba porque nunca se había enfrentado a una situación tan dura y cruel y que le costaba Dios y ayuda volver a trabajar al día siguiente.

Entre hacer una exhibición morbosa de féretros en línea o de cuerpos hacinados y esconder a propósito la realidad de la muerte hay un mundo. Durante el confinamiento que se prolonga ya más de un mes hemos asistido a un ejercicio de trivialización de este Estado de alarma que solo es asumible por una sociedad infantilizada y narcotizada por dosis y dosis de frivolidad y por una estrategia deliberada de ocultamiento del dolor. Se nos escamotea la verdad. Y no me refiero al número real de la cifra de muertos o a las responsabilidades de unos o de otros. Me refiero a una verdad ulterior y trascendental: que nos tienen encerrados en casa por una infección de dimensiones planetarias, que la muerte existe y que nos espera en la calle. Ante esta realidad, que es pavorosa, hacen falta arrobas de almibarados mensajes porque no hay persona que lo engulla sin más, de tanto acíbar como trae consigo. Se nos lanzan mensajes naífs que solo desde la buena voluntad que la población está demostrando o desde la ingenuidad más absoluta pueden ser asumidos con naturalidad. Animan a disfrazar a los niños y nosotros con ellos, a aplaudir y cantar, a cocinar y a hacer ejercicio, a ingeniosos divertimentos y juegos; programan series de televisión absurdas, e incluso ofensivas, para no ver lo que tenemos delante de nuestras narices que es la muerte misma de nuestros padres y abuelos. La muerte al estilo medieval. La muerte en proporciones industriales. Intentan hacernos tragar, para predisponernos positivamente contra el miedo y la coacción a la que, no niego que necesariamente, estamos siendo sometidos, la idea de que “somos héroes” por quedarnos en casa, por teletrabajar, por hacer los ejercicios que nos manda el profesor o por ir a ejercer nuestra profesión al hospital cuando la realidad es que no existe otra alternativa. Dicen “héroes” cuando en realidad deberían decir “víctimas”. Víctimas, sí, de la imprevisión, del desconcierto, de la enfermedad, de las circunstancias de la vida, si se quiere. Víctimas y no héroes. Víctimas dolientes de un golpe atroz y devastador.

Me gustaría acabar este artículo con dos citas que me han inspirado esta opinión. En La casa de Bernarda Alba, entre las muchas aseveraciones categóricas del inolvidable personaje, Bernarda le dice a una de sus hijas: “La muerte hay que mirarla cara a cara”. La otra es de un conocidísimo poema de Blas de Otero, “Hombre”: “Oh, Dios, si he de morir quiero tenerte/despierto”. Cambiémoslo por la afirmación que verdaderamente nos hará héroes y no pusilánimes niños: “si he de morir, quiero estar despierto”. Somos adultos maduros, por favor, menos paternalismo. Dígannos la Verdad para poder asumirla.

 

 

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.

  Manuel Rodríguez Mazarro

                Hace muchos años, aquellos en que la Semana Santa eran días de relajación, silencios, luto riguroso, cierre de locales públicos, ausencia de gente en las calles, nada de aglomeración, bares y tabernas cerradas, incluso el casino donde pudiera haber alguna conversación, nada de partidas y menos del dominó que hacía ruido, impensable el cine, los novios no podían verse, respirar sin ruidos. Incluso la iglesia tapaba las imágenes con mantos morados, la mujer con velo, pañuelo y rosario en mano.

                El potaje tradicional riguroso en las casas, garbanzos que la noche anterior se había revisado en mesa camilla, aquél negro que siempre los había o algún resto de vaina y gorgojo, espinacas, raspa de bacalao, pellas de pan y algún resto del día anterior. Vida aquella que me ha hecho recordar estos de la actual Sra. Pandemia “corona-virus”, bichito redondo con formato y aspecto de marcianito rodeado de trompetillas.

                Llevamos días, semanas y lo que nos queda en estado de alarma, situación crítica, retortijón de flora intestinal, no lo escribo con humor sarcástico, es pura realidad, sicosis corporal del pueblo con estado de embriaguez que produce este “saque de manga” del virus covic-19 que trae locos al mundo entero con saturación de hospitales y si Manzanares corría peligro de ser pueblo “tranquilo”, lo que faltaba al mediano y pequeño comercio.

                Esta pandemia nos está produciendo un clima depresivo general, con lo que esto acarrea en gastos generales. Hablan de ser pasajera de momento son quince días de estancia casera, silencio en las calles, uno cincuenta metros de distancia entre personas, estornudo y toses entre el ala, lavatorio de manos como Pilatos en días de Pasión. —Ya veremos lo que nos dicen las estadísticas, sobre las separaciones de parejas, en estos de enclaustramiento.

                Mucho papel higiénico. —Hablando con dependencia de una grande superficie me hablaron de haber vendido 9.000 rollos en un solo día de este tipo de confort compacto, suave de doble cara y kilométrico, no había cliente que en el carro no fuese con dos o tres paquetones del menester. Posiblemente la gente haga manualidades calmando nervios.

                Nos saludamos todos de lejos con caras largas, menudo potaje de transformación, miedo estamos pasando. La noche del 28-19 de marzo, cambio de hora, amanecer en domingo con la correspondiente odisea de “situación crítica”, la policía en la calle pidiendo ¿Qué hace usted por aquí?, no es broma estamos “acojonados y cagaos”, los hipocondriacos no me extraña lo del papel higiénico.

                La Semana Santa de este 2020 y para más “Inri” es bisiesto pasará a la historia. Me ha recordado lo que me referían mis padres, sobre la Guerra Civil (1936-40). Tiendas cerradas, miedo general, bares y lugares de ocio cerrado, saludos misteriosos, coche fantasma, fiscalía de tasas, estraperlo, decomiso, permisos y multas por andar por la calle, topos, vigilancia, hospitales saturados, escuelas cerradas, Auxilio Social,…  ¡Que Dios nos pille confesados!

                                             

Jis

Hay momentos decisivos, como éste, en el que tenemos nuevos desafíos desconocidos y es donde se nos exige que mostremos coraje, valentía, responsabilidad y un firme espíritu inquebrantable de lucha.

El planeta se está enfrentando a una pandemia que desde hace varias generaciones no hemos vivido. La humanidad entera está librando una batalla muy dura, y seguro que vendrán días peores, pero venceremos. Porque no es la primera vez que nos enfrentamos a retos tan graves como los actuales, y hemos salido adelante.

Todos en nuestra vida pasamos por distintas fases, pasamos por momentos de sosiego, pero hay otros momentos decisivos, como éste, en el que tenemos nuevos desafíos desconocidos y es donde se nos exige que mostremos coraje, valentía, responsabilidad y sobre todo, un firme espíritu inquebrantable de lucha.

La vida es una serie de batallas y ahora mismo estamos en una de las más importantes a afrontar. Debemos mirarlo sin miedo, con respeto, pero con la tranquilidad de saber que estamos preparados para esta batalla.

Son tiempos de dudas, de cómo actuar en un escenario en el que nunca hemos estado, y que los que nos acompañan tampoco. Situaciones cambiantes, donde hasta ahora, las cosas que eran habituales, no lo son, pero aprenderemos a asimilarlo y a realizar cosas nuevas que nunca hemos hecho.

La humanidad en estas situaciones tan difíciles, es cuando ha descubierto lo mejor de ella. Hoy más que nunca, debemos regirnos por fundamentos como la amistad, la familia, y que tengamos todos la conciencia de que la fuerza de nuestro país es que estemos unidos y trabajemos todos a la vez. Todo esto nos va a salir a cada uno de nosotros porque las circunstancias lo exigen y sabemos que nuestros objetivos individuales deben ceder en favor de un objetivo mayor que es vencer esta batalla de la pandemia.

Evidentemente, no es fácil la tarea que tenemos por delante, costumbres, rutinas…, debemos adaptarnos a nuevos entornos, situaciones que no estamos, ni mucho menos, familiarizados pero, ante todo, debemos quitarnos el pesimismo y la inseguridad porque si no… no avanzaremos.

Lo estamos viendo constantemente, a las 8 de la tarde todos los días, vemos que no estamos solos, somos un país y un pueblo en el que estamos combinando nuestras fuerzas, nuestra responsabilidad, nuestras energías e inteligencia y con todo ello, conseguiremos vencer y tener la conciencia que hemos hecho nuestro trabajo de forma individual por el bien de todos.

Y que no nos quepa duda, que todo este esfuerzo colectivo tiene una enseñanza para el futuro y es que nuestros actos de hoy, tendrán ecos la Historia. Nos hará sentirnos orgullosos de enfrentarnos a esta prueba de la vida y vencer. Sentirnos orgullosos de nuestra España y por su puesto de nuestro pueblo, Manzanares.

¡¡¡Venceremos!!!!

 

 

 

 

Pedro Lozano Martín-Buro

Es de noche. Una tos te despierta. Al principio parece lejana, pero se va acercando y cierras los ojos pensando que no es nada. Se vuelve a repetir, una y otra vez, cada vez más próxima. Tus hijos lloran y mi alma cruje por dentro como un papel arrugado. Piensas en dormir pero no puedes, el temor y la duda acecha tu casa. No es nada, ayer escuchaba las noticias y transmitían seguridad y certeza, decían que había que confiar en las autoridades sanitarias pero no se cancelaba ningún evento, ni se seguían las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Oía la radio y me sugerían que era una simple gripe, más contagiosa, un trancazo gordo, nada más. Los contagiados iban incrementando poco a poco, parecía que no era alarmante pues lo más importante era asistir a la manifa de excluyentes feministas. Visto lo visto, sin pudor ni vergüenza quedarán atados a la culpa.

Dos días más tarde, todo se dispara en Madrid, suenan las alarmas, cierran los colegios y vemos que quienes se enfrentan a esa guerra lo tiene claro, deben abastecerse. Comida y papel higiénico sin saber muy bien por qué. Las redes de comunicación nos inundan, mensajes de whatsapp a diestro y siniestro, comunicación a tope.

En Manzanares empieza verse con sorpresa colas en las puertas de las carnicerías, bandejas vacías en Mercadona, de forma repentina cancelan el cole, pasas por las farmacias y lees que no tienen gel desinfectante, ni glicerina, ni mascarillas… Se suspenden todos los actos y actividades públicas, Universidad Popular, Escuela de Música, Cadi, actividades en centros municipales, eventos deportivos. Todo, absolutamente todo. Es confuso, hay un vaivén de sucesos. Llamada a la calma y de repente se decreta el Estado de Alarma.

Hay que quedarse en casa, lavarse las manos, separarse dos metros, no tocar, no besar. El virus es muy contagioso y hay que evitar el contagio y el colapso sanitario. Por ti y por mi. Cuando parece que todo se acaba, ves luz afuera de las tinieblas. El pueblo de Manzanares acepta las reglas. Empiezas a darte cuenta que la sociedad en la que vives merece la pena. El individuo deja de pensar de forma aislada, deja el yo y piensa en su padre, su madre, abuelos y personas mayores. Quiere evitar que se contagien. El hombre moderno, hasta ahora, era incapaz de pensar como especie. El empuje que recibe le incita a vivir en un individualismo cómodo y egoísta y ahora ha sido sustituido por un sentimiento fraterno, de colaboración y compromiso, no como alguien estrechamente egoísta, sino como alguien dotado de una responsabilidad social capaz de preocuparse altruistamente por los demás seres humanos. Nos hemos quedamos en casa, no por nosotros, por todos. Orgullo de pueblo, se me pone la piel de gallina. ¡Viva Manzanares!

Diego R. Gallego Fdez.-Pacheco

Enclaustrados en casa y animados por el director de la revista a escribir sobre diferentes aspectos de la anómala situación que estamos viviendo en este inicio de la primavera, puede ser oportuno hacer una reflexión sobre lo desigual de esta obligada y prolongada estancia de cada uno en su domicilio.  

Quizás, los mejor parados en este confinamiento son aquellos que viven en casas unifamiliares que disponen de espacios ajardinados o patios en los que se puede deambular, tomar el sol y desarrollar determinadas actividades deportivas o de ocio, impensables para los que habitan en un piso de un bloque de viviendas convencional. Aunque también las diferencias son enormes en función del tamaño y las características del piso y del número de personas que lo comparten.       

Las condiciones de quien está recluido en una casa solariega amplia, en una vivienda adosada con algún patio, o en un piso con terrazas amplias, son demasiado diferentes de las de las familias que con niños y mayores tienen que organizarse para permanecer un buen número de semanas sin salir de ese reducido espacio.

Es evidente que estas desigualdades existen y se consideran como algo normal en nuestra sociedad, pero es en momentos difíciles como el de este confinamiento obligatorio y general, cuando se amplifican. Y si en ellas, intuimos siempre un determinado nivel de injusticia social, en una coyuntura como esta, por poco que reflexionemos, esa desigualdad nos tendrá que parecer inadmisible.

En el contexto de este Estado de Alarma, no es razonable, ni muy humano, que quien habita en un piso de reducidas dimensiones, con niños y personas mayores, sin disponer de ningún espacio exterior al que pueda salir, no se le ofrezca la posibilidad, con los controles que sea necesario establecer, de sacar a los niños algún tiempo a tomar el aire y el sol, para tener al menos los mismos derechos que se les ha concedido a las mascotas, y que no exista un agravio comparativo tan acusado y tan evidente con los que están en condiciones de permitirse unas elevadas dosis de movilidad, por la amplitud de sus residencias. Puede ser un asunto con ciertos componentes de complejidad, pero tiene todo el sentido común del mundo, y en justicia tendría que haberse contemplado en las medidas legisladas por el ejecutivo.

Pero de todas las situaciones, la más preocupante, o mejor dicho, la más trágica, es la del amplio colectivo de personas que no pueden ser confinadas en su casa, sencillamente porque no la tienen. Es cierto que el gobierno y las administraciones están tomando medidas para facilitarles alojamientos, pero, sin duda, son los que van a sufrir con mayor crudeza este confinamiento tan desigual.