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                              Por Manuel Rodríguez Mazarro

De jóvenes, más bien mocejos/as, cuando se iniciaba la transfiguración corporal una de las normas primordiales era la educación, el comportamiento en la casa y según se veía en los padres así era el comportamiento de hijos, virtud y ejemplaridad. La comunicación era importante sin la soez del “mierda”, ¡joder tío!, gilipollas, ¡ostias!… y constantes rebuznos personales por delante de cualquier frase.

No se trata de colegios recatados ni profesores más o menos formados o esos cambios constantes sobre la enseñanza que no se aclaran. La educación de la persona, tanto en las aulas, familia y sobre todo en los medios actuales, programas de TV, películas con escenas pornográficas, lenguaje mal-oliente.

Existe una juventud maravillosa, posiblemente en cada familia y de los mismos padres salgan hijos/as diferentes, con distinta formación como nos ha tocado vivir. Opino que toda la responsabilidad en la formación y educación, de siempre ha sido de sus padres y vigilando las amistades. En esto debe estar de acuerdo la pareja no marchar cada cual por su lado, olvidarse del machismo y feminismo y el palabrerío soez delante de ellos, eso está a la orden del día, la vida se aprende por imitación.

Siendo los sufridores los abuelos solo nos queda “ver, oír y callar”, ya son muchas las etapas por las que se han ido pasado. ¡Cuántos enredos habrán resuelto entre matrimonios, hijos, nietos y ese lenguaje actual! Hoy los mayores se conforman con hacer los recados y hacer puñetas (por no decir a la kk).

No me extraña nada cuando vemos coches con música de algo que suena a Manolo el del bombo, ratonera, de mal gusto con letra que huele a “macro-granja”.

Mi curiosidad en una ocasión a uno de estos habitáculos de cuatro ruedas me pude acercar y preguntar al personal ocupante de ambos sexos: “¿por favor, me pueden decir el nombre del disco, para comprar uno igual?” Amablemente los jóvenes me contestaron:  “es el reggaetón” ¡Aaaah!

Me quedé igual, solo escuché la letra con olor a purinas. De esta manera no se puede tener espíritu de formar pareja, con los años que ellos tienen lo agradable que es susurrar al oído mientras se aprieta la mano, una caricia. Por eso casi todas las exclamaciones terminan en porquería, voces y groserías.

Repito, no entro ni culpo a todos los veinteañeros en el mismo saco, es problema de situación y educación familiar. Es mi opinión.

 

 

Por África Crespo

De pequeña me gustaba que llegasen las fiestas de calle Santa Beatriz de Silva. Durante toda la tarde disfrutábamos de juegos populares todos los niños del barrio, competíamos por premios que nos darían por la noche, antes de que se celebrara el espectáculo del día. Pasaba a casa para arreglarme y volvía a salir a tomarme un montado del bar que montaban en la calle y seguir jugando con mis vecinos. Y así durante los días que duraban las fiestas del barrio. Unas fiestas que marcaban la cuenta atrás para que acabara el verano.

Aquellos días de finales de agosto solíamos aprovechar para preparar la vuelta al cole. Me encantaba visitar Malva. Aún paso por delante de la puerta con nostalgia. Siempre ha sido nuestra papelería. Llegábamos allí con la ilusión de un nuevo curso, de volver a empezar, de estrenarlo todo. Sacábamos la lista y le decíamos a Merce todo lo que necesitábamos. Era muy probable que tuviésemos de todo aquello en casa, pero nada mejor que una nueva caja de lapiceros de colores Alpino, otra de ceras Plastidecor y de lapiceros nuevos para comenzar el curso con ilusión o de un par de gomas de borrar Milán que acabarían perdidas entre los estuches. Después pasábamos a los cuadernos nuevos, las carpetas y el forro para forrar los libros.

A veces comprábamos algún libro de segunda mano. Íbamos con papá a la imprenta para cortarles medio milímetro de canto, así no se vería sucio y parecerían nuevos. Después, en casa, aprovechando una tarde de tormenta, los forrábamos con cuidado en la cocina. Recuerdo el olor a nuevo, a libros recién estrenados y recién forrados. Recuerdo decorar los cuadernos y las carpetas con pegatinas y con forros de dibujos.

Los primeros días de septiembre preparábamos los uniformes. Siempre había algo nuevo que comprar e íbamos a Román a probarnos la nueva falda a la que había que coger un poco para que nos sirviera para varios cursos. Siempre coincidíamos allí con alguien del colegio. Me encantaba perderme por los pasillos de aquella tienda. La recuerdo oscura y llena de percheros con uniformes de colegios envueltos en plásticos protectores.

Saliendo de la tienda ya anochecía. Sin duda, aquellos cambios de luz eran aprovechados por mamá para ir cambiando al horario de invierno. ¡Qué difícil resultaba ir a la cama cuando aún era de día! Cenar cada día más temprano y retomar los menús de invierno que habíamos abandonado. Un puré de verduras y alguna salchicha o guisantes con jamón mientras veíamos Lo que necesitas es amor. Creo que recuerdo las cenas de mi infancia con aquella banda sonora de fondo. Nunca llegábamos a ver el telediario, siempre íbamos a la cama antes.

Septiembre es el mes de la nueva oportunidad. No creo que el año empiece en enero.

Septiembre siempre vuelve tras el verano para devolvernos la ilusión por hacer cosas nuevas o mejorar lo que dejáramos inconcluso en junio. Recuperar las normas, los buenos hábitos, el orden.

El mes de septiembre nos deja un periodo de adaptación. Sin prisas para organizar el nuevo curso. Buscar las deportivas nuevas, el primer pijama para el invierno, el chándal para hacer deporte. Hasta que llega Jesús, el 14 de septiembre. Fecha que, sin duda, las vacaciones llegan a su fin. Ya no quedan niños por las calles al caer el sol, ni familias paseando ni bares cerrando a las tantas entre semana. Han sido catorce días de adaptación gradada que nos han ido avisando: hasta el año que viene Verano.

 

África Crespo

Cada vez que vuelvo de la capital, a ver a la familia, a las amistades, a ver mi pueblo, mi tierra, se repite una situación que me ha empezado a preocupar. Siempre se inicia este regreso con el típico ¿Qué tal por Madrid? Mi respuesta intenta acercar lo que conozco en la ciudad, al pueblo. Pero cuando devuelvo la pregunta ¿Qué tal por aquí? las respuestas son el título de esta redacción: “Bien… lo de siempre”, “Sin más…” ,“Ya sabes… aquí hay poco que hacer”, “El pueblo está muerto”…

A veces pienso que el motivo de esto es la comparación. Es cierto que no se puede, ni se debe comparar, Manzanares con Madrid, cada una tiene sus cosas, pero no se trata de ir buscando qué es más, sino de ver y honrar las bondades que se tienen, aprender a disfrutarlas y seguir creciendo como sociedad.

Antes de marcharme a estudiar, mi opinión era similar a las anteriores: una tierra bonita para ver amaneceres y atardeceres, pero en la que no había mucho más allá, sin más… Posteriormente, buscando información sobre la Fábrica de Harinas de Ayala y Juan, en la sección local de la biblioteca, di con el libro de Julián Granados sobre María Francisca Díaz-Carralero Rodelgo, La Ciega de Manzanares. El poema de la contraportada me emocionó y conocer este emblema local, cambió mi visión del pueblo, se empezó a colorear.

De modo que, la forma de mirar, tiene relación con lo que conoces, con lo vivido, con la memoria. Cuando tienes una experiencia en un lugar, generas un recuerdo que tiene como núcleo la emoción que hayas sentido. Al volver a ese lugar, retomas ese recuerdo, revives esa emoción y tu mirada se ve influenciada. Por ello hay lugares de mi infancia, la casa de mis abuelos, que veo como conocidos y con encanto; pero si otra persona los ve, podría parecerle feo e incluso preguntarse cómo jugué ahí. De modo que “la belleza está en los ojos de quien mira”. Yo añado, que se debe a lo que sabes del lugar, a lo vivido y a las emociones que generadas. Así que cuando miro a Manzanares, para contárselo a otra persona ajena, veo a La Ciega, a Piña… veo todas esas historias que conozco, y se rellena el pueblo.

El patrimonio arquitectónico hace de reactivador de esta memoria colectiva. Sin embargo sigue ocurriendo que nuestros espacios se olvidan, se deterioran y luego se les mete sin la pala sin ningún pudor, esa ha sido la historia de nuestro pueblo y la de tantos otros. Con esa destrucción de nuestro pasado se pierde el enlace con ese tiempo, se pierde la energía que depositaron nuestros antepasados, la memoria de ese lugar, su significado, su #IDENTIDAD. Es así como se llega a la España Vaciada, tema tan actual en este momento. Con ello, no me refiero a los pueblitos antiguos abandonados, sino que me refiero al vaciado de cultura y de historia. Entonces es cuando no ves nada en tu pueblo, más que un conjunto de casas nuevas y coches, sin fuste ninguno, por tanto, no sientes arraigo, y consecuentemente, te vas sin haberle dado oportunidad.

¿Por qué los padres guardan joyas para que las hereden sus hijos, pero permitimos que estas otras joyas, como el Casino de Manzanares, desaparezcan? ¿Qué ocurría si destruye  la casa donde se redactó el Manifiesto de Manzanares? ¿Cómo se lo transmites a alguien? Sería más difícil activar ese recuerdo al no tener la huella física. Y transmitirlo sería un ejercicio de imaginación más intenso, puesto que tendrías que imaginarte ese espacio y luego la historia.

Cuantos llantos y críticas he visto por lo del Casino. Pero hay que dejar de llorar por lo hecho en el pasado, porque poco se puede hacer ya. Hay que llorar por lo que podemos estar a punto de perder. Siento decirlo, pero he leído muchas más críticas feroces desde sofás, que  ejemplos de acción comprometida, porque nadie quiere ser el “tonto” que da más, o que da el primer paso en soledad, también porque creemos que no podemos hacer nada. Pero siempre se puede hacer o aportar. Si una cosa te importa: dilo, sácale fotos, compártelo con otras personas, propón e imagina, actúa a favor de esa causa y sé ejemplo de ello.

Aunque algunas de estas huellas físicas se hayan derrumbado o desaparecido, siguen estando presentes gracias a la cultura que tenemos. Muchas veces veo que se trata lo cultural como ocio prescindible, con afán de ser negocio que produzca turismo para ser útil, y sólo comprensible para determinadas élites.  Otras veces, se trata como algo antiguo que creemos saber y estamos aburridos de ver. Y al ser en su mayoría gratuito, causa menor interés “porque puedo ir si surge y si no pues nada”, no duele perdérselo. Y además, esto afecta a otras acciones culturales que tienen un precio, y nos parecen caras por haber asumido todo lo anterior.

Se define cultura como: Conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social, a una época, etc. Yo lo considero una base necesaria para saber quiénes somos, de dónde venimos, qué tenemos; es nuestra identidad. Gracias a ello podemos mirar hacia dónde vamos. Por ello insisto, que hay que valorar más las acciones culturales y a quienes las hacen.

En este ámbito las cosas verdaderamente mueren, primero, cuando desaparece esa huella física, cuando se derrumba un edificio singular o una casa típica manchega, para construir una “moderna”, también cuando se quema una foto, o se tira a la basura “porque ya no se pueden acumular más trastos”. Finalmente les llega la muerte total cuando se olvidan de manera irreparable.

Quiero que se piense ahora, en todas las historias que han muerto verdaderamente debido al fallecimiento de tantas personas por covid… Fotos y rincones que ya no podremos leer sin estas personas, conocimiento local, de todo tipo, que cae en el olvido. Historias que ya no heredaremos y que nos empobrecemos al perderlas.

Por ello, es tan importante la cultura, porque que recuerda pasados, reinterpreta presentes y nos hace imaginar futuros. Es la manera que tenemos de preservar nuestra identidad y de desarrollarnos como sociedad, para seguir evolucionando.

¿Cómo va a venir  nadie a tu tienda, a tu hostal, a tu bar, a tu pueblo, a tu tierra, si “no hay ná”?

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Planteo este artículo como la primera parte de una serie de dos en la que me gustaría dar una opinión, más o menos utópica, sobre la docencia en enseñanza media de la asignatura de Lengua y literatura castellanas, asignatura desarrollada en la carrera que estudio (Filología Hispánica), donde una parte de los contenidos se dedican a plantear cómo podríamos transferir nuestro conocimiento a nuevos discípulos. Puesto que la asignatura tiene dos partes diferenciadas, comienzo hablando de la parte de Lengua castellana, para retomar la cuestión en el próximo número y hablar de la parte de literatura.

Dice Ignacio Bosque, el más grande gramático español de todos los tiempos, que la enseñanza de la gramática en enseñanza media y elemental se encuentra con dos problemas de base: (a) la visión externa —nadie se implica en lo que percibe como ajeno— y (b) el objeto único —no se reflexiona sobre el sistema, sino que se describe este—. Todo esto se ve en los tradicionales análisis sintácticos, los de las cajas. Los estudiantes nos dedicamos a analizar y a analizar cosas cada vez más raras sin pararnos a preguntar siquiera un instante por qué tales cosas son así. No analizamos realmente oraciones; practicamos una especie de autopsia sintáctica al fiambre oracional que el profesor nos presenta… Así, pocos estudiantes pueden sentirse llamados por el maravilloso mundo de la lingüística.

Del mismo modo, nos encontramos con contenidos repetidos año tras año (los elementos de la comunicación, las propiedades textuales, etc.), que no se ponen en práctica, sino que se memorizan año tras año. Sin embargo, no se dedica nada de tiempo a preguntarse por problemas recurrentes en la lengua, que nos saltan a cada paso. Por ejemplo: ¿por qué decimos tomar un café y no beber un café? De esas cuestiones se puede hablar en una clase de Lengua castellana de secundaria. ¿Por qué no se hace? ¿Por qué se dedica el tiempo a volver sobre los elementos de la comunicación o sobre las propiedades de un texto que apenas se ven aplicadas porque apenas se comentan textos?

Y, ante todo este maremágnum de problemas, ¿quién es el culpable?… Realmente no lo hay. Seguramente los profesores de la disciplina en enseñanza elemental y media pudieran poner algo más de su parte por hacer la árida asignatura de Lengua y literatura castellanas algo más atractiva para los estudiantes. Las editoriales podrían plantear manuales más prácticos, centrados en problemas con que los hablantes de español nos encontramos a cada paso, para inscribir, “intentar que los datos que tenemos delante encajen en el sistema que tratamos de entender [y,] si no encajan, tratar de mejorar la caracterización que hacemos de él”, en palabras de Bosque. Las leyes educativas podrían buscar el mismo propósito —con mejores condiciones físicas: ratios, instrumental, TIC, formación del profesorado…— y los estudiantes podrían tener una curiosidad natural que tratar de saciar en unas clases más entretenidas. En fin, trato de señalar un problema que existe. Quizás, con ayuda de todos, pronto podremos tener una asignatura que no resulte un coñazo para la inmensa mayoría de los que la cursan. Vuelvo en abril con comentarios sobre la parte de literatura… Hasta entonces.

 

Pablo Nieto-S. Gutiérrez

He leído en el Siembra de octubre la siguiente afirmación: «desescalada, una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez». Las siguientes líneas tratarán de desmontar lo anterior. Para ello, les indico dos cuestiones preliminares: (a) El lema de la RAE es limpia, fija y da esplendor, pero, en palabras del filólogo fallecido Fernando Lázaro Carreter, estos fines se les encomiendan a todos cuantos, hablando y escribiendo, contribuyen a ese esplendor, es decir, a los hablantes del español. (b) La RAE, los filólogos, los estudiantes de español, etc., no somos inquisidores deseosos de quemar herejes hablantes que prostituyen nuestro idioma con felonías y corrupciones.

Las palabras aparecen en un contexto determinado y por unas razones concretas. En el caso de la famosa desescalada, surge como idea de retorno a la normalidad de una manera progresiva —de la misma manera que un alpinista baja la montaña después de subirla—. Podemos entrar en estériles debates sobre lo que supone que la lengua española haya traducido el verbo inglés to de-escalate y que haya creado desescalar (y su derivado desescalada), pero la cuestión es que la palabra está en nuestra lengua. Una palabra movida de boca en boca (de políticos y periodistas) la dice toda España en unos días. La palabra era inexistente simplemente porque antes no había una que nominara el proceso que vivimos al final de la primavera, proceso que nunca se había vivido; ahora existe, ¿causa algún problema? Evidentemente no. ¿Vacía de contenido? Me parece una palabra muy precisa e ilustrativa; no sé qué alternativa es mejor para explicar el proceso. Quien se queja del palabro podría haber sugerido uno mejor.

La RAE no da validez ni se la quita a ninguna palabra; simplemente reconoce su existencia. El feísimo verbo sanitizar —muy extendido en español— es otro calco del inglés (to sanitize) y encima es sustituible por sanear, lo que lo hace innecesario, al igual que otras palabras nuevas del español, como reportar. La RAE debe dar cuenta de su existencia, uso y extensión y, llegado el caso, incluirlo en el diccionario que elabora junto a la ASALE (que, por cierto, no es el único que existe). Lo mismo ocurre con desescalada, palabra, por cierto, cuyo uso ha aconsejado sustituir —a mi parecer erróneamente— por sublimes giros como «regreso escalonado a la normalidad». En cierto tweet, @RAEinforma dice que desescalada es «válido» porque sigue los mecanismos de formación de palabras en español, no porque su uso sea correcto a partir del tweet en cuestión. En resumen, desechen la idea de que la RAE censura, prohíbe o se baja los pantalones para aceptar ciertas expresiones.

La RAE recomienda usos y explica ciertas normas persiguiendo su famoso objetivo, pero no es la Tomás de Torquemada del español.

La conclusión consta de dos peticiones: (a) Olviden la idea de que la RAE da validez a las palabras y prohíbe decir otras (esto es aplicable también a cocreta, almóndiga y similares, dígalas si quiere; el diccionario simplemente las marca como vulgares) No, Vd. no habla mejor que nadie si no dice desecalada. (b) Acepten que la lengua es algo vivo que cambia con el tiempo y que el nuevo léxico se nos contagia como la COVID… No es nada malo, al contrario, es síntoma de salud y vitalidad de nuestro idioma.

 

 

Javier López

Quinientos años se dice deprisa, pero ahí está viendo pasar el tiempo, como en la canción. ¡qué proporcionado! ¡qué artístico! ¡qué grande! ¡qué equilibrado! aparece en esta imagen el pórtico del Templo de la Asunción, que los Manzanareños hemos contemplado cientos de veces.

Pero cuando la examino, con otra mirada, con detenimiento, sigo viendo algo que desentona del conjunto arquitectónico, algo que es como un obstáculo que oculta lo que hay detrás, que no me deja contemplar su esplendor, su maravilloso pórtico. Es una verja que separa y divide, que me hace pensar, que lo de detrás no es de todos, que es propiedad privada, (es lo que se entiende cuando se encuentra una valla), al menos es lo que a mí me despierta la contemplación de la imagen, razón por la que desde aquí demando su retirada.

Mi padre ya lo reivindicaba en uno de sus “Rompiendo Lanzas”, en esta misma revista en el número 44, junio 1974.

 ¿Llegara al fin la ocasión

De que nuestro, plateresco,

Barroco o churrigueresco,

Pórtico de la Asunción

Pueda verse, si es razón

de esa reja liberado,

que lo mantiene encerrado

aún, sin justificación?

¿Hay quien me dé explicación

de su absurda permanencia?

¿Se necesita licencia

para su demolición? …. –

Probablemente en el pasado y durante unos años tendría su función de separación o límite de propiedad de los terrenos de la iglesia, pero hoy en día hay otros recursos y medios que hacen la misma función sin ocultar lo que hay detrás.

…-Si el espacio que ha cercado,

la verde reja en cuestión

tiene por obligación,

estar así limitado,

no dudo que haya razón,

pero abunda la opinión

de no estar justificado.

Cuento con la oposición

para mi muy respetada,

hacia la idea apuntada,

solo como insinuación,

si no la creen acertada. …-

En este año que estamos de celebración, que la Iglesia y el Consistorio parecen estar coordinados y trabajan en la misma sintonía para restaurar el templo, reivindico nuestro patrimonio sin reja; sería una gran ocasión para retirar la verja. El templo no necesita rejas, tiene que mostrarse desnudo limpio de obstáculos para mostrarnos su belleza, desde el suelo hasta lo más alto de la torre.

Y termino como lo hacía Paco López.

…Puede no haber solución,

más, contemplar la fachada,

bella, limpia, sin “borrón”,

es también una ilusión,

que debe ser respetada.

Con mi “lanza” pues, partida

yo tomo mi decisión.

Me retiro a mi rincón.

¡que todo llega en la vida!

 

 

 

 

Por Miriam Díaz Benito Palomo

 

El descontento de las bandas de Manzanares ante el abandono de su situación se ha visto incrementado con la decisión tomada por el Ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Es indudable que la cultura es uno de los campos que más ha luchado por adaptarse a la pandemia que se ha instalado en nuestras vidas. Ante el cierre de teatros, cines y conciertos, todos los artistas y compañías han encontrado su hueco en las redes, no sólo para seguir ofreciendo su contenido a un público siempre entregado, sino para poder seguir viviendo de su trabajo.

Sin embargo, la cultura ha sido la gran olvidada para los políticos de este país, que estudiaron primero como sacar a flote otros sectores como el del turismo o el de la vida nocturna. Este orden de prioridades se instaló también en Manzanares. Ante el pequeño respiro que dio el COVID durante la época estival, el pueblo comenzó a organizar su vida de ocio. Sin embargo, no fue este quien decidió qué se podría celebrar y qué no.

El telón de la XLVI Festival Internacional de Teatro Contemporáneo ‘Lazarillo’ se mantuvo cerrado mientras que las puertas de la plaza de toros local se abrieron de par en par. Así, el esfuerzo de organizar un festival de tal magnitud se echó por tierra en el último momento, al igual que el placer de disfrutarlo, abogando por lo que se conoce como el ‘arte nacional’.

¿La razón? El peligro de contagio ante la aglomeración de gente. Pero, ¿en aquella plaza se respetó acaso la distancia de seguridad entre los asistentes? Para sorpresa de muchos, lo que se pudo ver fue que las gradas en las que incidía el sol estaban vacías mientras que el público se aglutinó en la sombra. Entonces, ¿qué llevo al Ayuntamiento local a permitir esta corrida pero no un festival de teatro?

Como tantas veces, los intereses económicos y personales prevalecieron, creando así categorías dentro de la propia cultura. El toreo, cuestionablemente considerado como arte, ha prevalecido por encima de las risas, las lágrimas y las emociones que despierta la cultura de verdad en aquellos a los que les gusta. Los jóvenes y artistas locales se proclamaron contra el gobierno local, ¿dónde queda su espacio? Este verano no se han programado ni conciertos ni ningún otro tipo de acto, e incluso se han cancelado, pero sí se habilitó una jornada de festejos taurinos.

Salvemos entre todos la cultura, porque sin cultura estamos destinados al fracaso como personas y como pueblo. Esta es la frase con la que cierra el comunicado que las bandas de Manzanares firmaron y enviaron al Ayuntamiento. El descontento de estas ante el abandono de su situación en la nueva normalidad solo se ha visto incrementado con la decisión tomada por el ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Sin embargo, el mayor error que se ha cometido en Manzanares es, en mi opinión, considerar una vez más las corridas de toro como ‘arte’ o ‘cultura’. Poner al mismo nivel a un torero que a un pintor, músico o actor es comparar profesiones diametralmente contrapuestos. Mientras que unos crean para el disfrute de los demás, otros maltratan y asesinan. Por ello, si unos crean y otros destruyen ¿ambos son cultura? En mi opinión, no.

 

 

Javier López

Qué curiosa es esta veleta y qué complicado es observarla desde el nivel del suelo. Localizada en la calle empedrada, en la casa de los García Noblejas, es distinta a todas las que existen en Manzanares, por una peculiaridad. Pertenece al grupo de veletas tradicionales, porque cumple con todas las normas que rigen en las veletas a lo largo de los siglos, pero es diferente a las actuales que vemos en las nuevas construcciones.

   Con otra mirada, vamos a centrarnos en esta, observándola de abajo arriba, obviando el pararrayos que tiene adosado, al ser un objeto posterior al origen de estas. Cumple en su forma con los cánones que las rigen, que, de paso, vamos a comentar de una manera resumida. Todos conocemos que las veletas, además de ser un instrumento meteorológico que nos ayuda a identificar la dirección del viento, es también un adorno de los edificios y soporte en el que se expresan simbolismos y motivaciones que se relacionan con el uso de estos.

   La veleta se compone de un eje vertical que une, sustenta y al que van engarzados el resto de los elementos que la constituye, principalmente, la parte móvil que es la que gira con el viento y nos señala la dirección. El arranque del eje vertical esta insertado en la obra del edificio y suele ser una esfera, bien de metal o de piedra maciza, en ocasiones, calada, cuando se trata de esferas metálicas a modo de los meridianos de la tierra. En otras, la esfera única es sustituida por una secuencia de varias bolas, en un número máximo de cuatro, de un diámetro semejante o como ocurre más comúnmente de diámetro decreciente en sentido ascendente. La misión de estas esferas es proteger la cúpula o el edificio de los impactos de los rayos, de manera que las de metal se fundían, pero el resto de la obra no sufría. A continuación, se encuentra la parte móvil de la veleta en la mayoría de los casos flechas con cola de banderola, es en la cola donde se aprovecha para realizar en ella adornos calados (letras, fechas, escudos…) o formas variadas que a veces corresponden con la imagen o símbolo que identifica el oficio del propietario del edificio. Como remate todas tienen una cruz, en Manzanares suele ser de Calatrava, o simplemente dos palos cruzados.

    Ahora que conocemos más de las veletas, vamos a examinar la de la fotografía con otra mirada, y percibimos que es escultural, porque tiene unos adornos entre la bola (con meridianos) y la flecha, en su banderola tiene el calado de una flor y otros adornos en la parte superior antes del remate que asemejan culebrillas o relámpagos.

   Aquí es donde nos preguntamos: ¿Qué más tiene esta veleta de la calle Empedrada que la hace inédita? Analizándola con otra mirada, advertimos que el remate superior es una estrella de los vientos en tres dimensiones (por cierto, muy interesante) y es ahí, donde radica su originalidad. Una veleta que no tiene una cruz es la única de las antiguas de Manzanares que no tiene una cruz más o menos historiada o con más o menos poderío como terminación, es un objeto singular que si tiene que ver con los vientos y la orientación, pero es precisamente lo que hace que sea exclusiva, y la más atrayente de todas.

   Paseen por el centro de Manzanares, verán cómo es la única que no tiene una cruz como colofón.

MSM

AMAZON, NETFLIX, HBO…. ¿cómo no rendirse ante estos conquistadores de nuestro ocio? Es un hecho que hoy en día nuestra relación con los libros se distancia cada vez más, mientras que ganan terreno otras experiencias como las que ofrece la televisión o el consumo de productos multimedia. Y es un hecho también que la lectura debe coexistir con otras ofertas culturales como los entornos informáticos, la imagen o la música.

Es difícil encontrar un momento para los libros. Pero si ese momento llega, la primera dificultad con la que nos encontramos es qué leer, porque son tantas las novedades y se nos ofrece una cantidad tan inabarcable de obras que encontrar un buen libro no es fácil.

Si hemos sido capaces de resolver este primer problema y hemos encontrado un buen libro, ahora cabe preguntarse, ¿qué nos lleva a apagar el televisor o dejar el ordenador, la tablet o el móvil?

La respuesta a esta pregunta está en descubrir que no hay mayor placer que una historia que cae en tus manos y que la devoras, palabra a palabra, con la sensación de que no puedes dejar de leer. Página tras página te metes en el relato, conoces a sus personajes, te identificas con ellos, participas en su historia, ríes, recuerdas, te emocionas…y entonces no hay competencia posible y ya no hay que encontrar tiempo, sino que el tiempo te encuentra a ti.

Y, por si esto no fuera poco, leer invita a reflexionar, amplía horizontes, aviva la memoria, las experiencias pasadas… Está comprobado también que la lectura mejora el uso del lenguaje y de la escritura, desarrolla la imaginación y la creatividad, aumenta la capacidad de concentración… ¿se puede pedir más?

Se ha demostrado que la persona que es amante de la lectura desarrollará su cerebro de tal forma que podrá llegar fácilmente a los 90 años completamente lúcida y con una gran capacidad mental e intelectual. Claro, leer no alarga la vida, pero sí la ensancha.

Por todo ello, encontremos un momento para los libros y si hay niños en casa fomentemos en ellos el placer de leer desde pequeños. En próximos números podremos ver cómo transmitir a los más jóvenes este placer por leer y pensar.

Manuel Gallego Arroyo

Si no fuera porque tengo por seguro que los cuentos son un salidero más de la realidad, llegaría a pensar que la vida es un cuento, o que los cuentos son la vida. En estos tiempos, no sé el porqué, me viene a la memoria – ¡qué digo memoria, a la conciencia! – el famoso cuento de “Pedro y el lobo”. Recordarán aquella conseja infantil, que inicia a los niños -también a los mayores- en la idea de que no hay que jugar con lo serio. Vamos, que es sano y muy recomendable no alarmar gratuitamente, o por mero placer, pues, cuando llega el peligro de verdad, corremos el riesgo de no alarmar a nadie.

A ver si era así. Había una vez un niño que se llamaba Pedro y que era pastor. Aburrido un día, tuvo la ocurrencia de dar la voz de “¡el lobo, el lobo, que viene el lobo!” para sonsacar a sus vecinos. Acudía la solidaria ciudadanía con todas sus defensas en ayuda del pastorcillo y descubrían el dolo; Pedro reía la gracia. A la segunda voz de alarma, llegó igualmente la turba, poniendo empeño, porque, ¿quién iba a imaginar que ocurriría lo que ocurrió la vez primera? Pero cuando vieron al gamberrete desternillarse indisimulado, regresaron, no sin reprenderle, muy, muy decepcionados. Es verdad que, hasta aquí, algunos todavía reían las gracias del chiquillo, pero ya se les torcía la sonrisa en mueca de disgusto, porque por segunda vez habían sido víctimas de la malsina.

Era lo natural que no hubiera una tercera alarma, pero la hubo. ¿Y quién era ahora el curro que no acudía? “Vaya -decían los más sensatos-, ¿y si fuese verdad?” Entonces, con el mutis de escepticismo en el rostro y la desgana en los brazos, acudieron, algunos menos, al socorro. Este fue el momento que otros ciudadanos, si así se les puede llamar, aprovecharon para asaltar los negocios y los hogares de los ausentados convecinos. Volvieron estos cabizbajos, arrepentidos enfadados, cansados y descreídos, y encontraron las casas demudadas, revueltas. Echaron en falta parte de sus bienes. Aquello fue el colmo. Pensaron, y se dijeron con razón, que nunca más irían tras las voces de ganadero alguno, de ciudadano o necesitado, que había que ver antes que actuar. ¡Qué drama, entonces, qué de odio y acusaciones contra el ingenuo, “inocente”, e indecente bromista!

Así ocurrió que una cuarta vez, cuando aún no se había recuperado el pueblo de los sustos, reclamó ayuda el pobre Pedro. Claro, esta era la alarma de verdad.  Nadie acudió. El lobo se dio un festín de lo más generoso a costa del escepticismo y del cansancio. En tanto el niño corría que se las pelaba rumbo a la villa. Ni siquiera hubo quien saliera a la ventana alertado por sus gritos. Sólo los malos ciudadanos, que habían aprovechado las ausencias de los hogares y negocios para medrar, se quejaban amargamente de la desilusión de los pobladores, de su inmovilismo y de su falta de responsabilidad. Estos mismos malos vecinos preguntaron al desesperado Pedro, en tanto le daban a beber un tranquilizante vaso de agua, por qué siempre había dado la misma alarma, “que viene el lobo”, y no varió en algo la cantinela. Pedro, sorprendido y mirando de soslayo, les dijo que no habían escuchado bien, o que habían malinterpretado su mensaje, que lo que él gritaba era “¡que viene el bobo! ¡Que viene el bobo¡”, salvo la última vez, en que dijo realmente “lobo”.

Es cierto, las analogías nunca son perfectas, como ésta que han leído. Por eso tenemos un virus que siembra el caos, sistemas sanitarios pudorosos con personal valiente, redes sociales alarmantes, aprovechados medrosos, respondones iracundos, intérpretes fantásticos, y crédulos, además de no pocos ERTES. Aunque, sobre todo, tenemos algo muy importante, sobre lo que hay que dar la voz: la responsabilidad. Esperemos que no responda la sordera. FIN