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Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Planteo este artículo como la primera parte de una serie de dos en la que me gustaría dar una opinión, más o menos utópica, sobre la docencia en enseñanza media de la asignatura de Lengua y literatura castellanas, asignatura desarrollada en la carrera que estudio (Filología Hispánica), donde una parte de los contenidos se dedican a plantear cómo podríamos transferir nuestro conocimiento a nuevos discípulos. Puesto que la asignatura tiene dos partes diferenciadas, comienzo hablando de la parte de Lengua castellana, para retomar la cuestión en el próximo número y hablar de la parte de literatura.

Dice Ignacio Bosque, el más grande gramático español de todos los tiempos, que la enseñanza de la gramática en enseñanza media y elemental se encuentra con dos problemas de base: (a) la visión externa —nadie se implica en lo que percibe como ajeno— y (b) el objeto único —no se reflexiona sobre el sistema, sino que se describe este—. Todo esto se ve en los tradicionales análisis sintácticos, los de las cajas. Los estudiantes nos dedicamos a analizar y a analizar cosas cada vez más raras sin pararnos a preguntar siquiera un instante por qué tales cosas son así. No analizamos realmente oraciones; practicamos una especie de autopsia sintáctica al fiambre oracional que el profesor nos presenta… Así, pocos estudiantes pueden sentirse llamados por el maravilloso mundo de la lingüística.

Del mismo modo, nos encontramos con contenidos repetidos año tras año (los elementos de la comunicación, las propiedades textuales, etc.), que no se ponen en práctica, sino que se memorizan año tras año. Sin embargo, no se dedica nada de tiempo a preguntarse por problemas recurrentes en la lengua, que nos saltan a cada paso. Por ejemplo: ¿por qué decimos tomar un café y no beber un café? De esas cuestiones se puede hablar en una clase de Lengua castellana de secundaria. ¿Por qué no se hace? ¿Por qué se dedica el tiempo a volver sobre los elementos de la comunicación o sobre las propiedades de un texto que apenas se ven aplicadas porque apenas se comentan textos?

Y, ante todo este maremágnum de problemas, ¿quién es el culpable?… Realmente no lo hay. Seguramente los profesores de la disciplina en enseñanza elemental y media pudieran poner algo más de su parte por hacer la árida asignatura de Lengua y literatura castellanas algo más atractiva para los estudiantes. Las editoriales podrían plantear manuales más prácticos, centrados en problemas con que los hablantes de español nos encontramos a cada paso, para inscribir, “intentar que los datos que tenemos delante encajen en el sistema que tratamos de entender [y,] si no encajan, tratar de mejorar la caracterización que hacemos de él”, en palabras de Bosque. Las leyes educativas podrían buscar el mismo propósito —con mejores condiciones físicas: ratios, instrumental, TIC, formación del profesorado…— y los estudiantes podrían tener una curiosidad natural que tratar de saciar en unas clases más entretenidas. En fin, trato de señalar un problema que existe. Quizás, con ayuda de todos, pronto podremos tener una asignatura que no resulte un coñazo para la inmensa mayoría de los que la cursan. Vuelvo en abril con comentarios sobre la parte de literatura… Hasta entonces.

 

Pablo Nieto-S. Gutiérrez

He leído en el Siembra de octubre la siguiente afirmación: «desescalada, una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez». Las siguientes líneas tratarán de desmontar lo anterior. Para ello, les indico dos cuestiones preliminares: (a) El lema de la RAE es limpia, fija y da esplendor, pero, en palabras del filólogo fallecido Fernando Lázaro Carreter, estos fines se les encomiendan a todos cuantos, hablando y escribiendo, contribuyen a ese esplendor, es decir, a los hablantes del español. (b) La RAE, los filólogos, los estudiantes de español, etc., no somos inquisidores deseosos de quemar herejes hablantes que prostituyen nuestro idioma con felonías y corrupciones.

Las palabras aparecen en un contexto determinado y por unas razones concretas. En el caso de la famosa desescalada, surge como idea de retorno a la normalidad de una manera progresiva —de la misma manera que un alpinista baja la montaña después de subirla—. Podemos entrar en estériles debates sobre lo que supone que la lengua española haya traducido el verbo inglés to de-escalate y que haya creado desescalar (y su derivado desescalada), pero la cuestión es que la palabra está en nuestra lengua. Una palabra movida de boca en boca (de políticos y periodistas) la dice toda España en unos días. La palabra era inexistente simplemente porque antes no había una que nominara el proceso que vivimos al final de la primavera, proceso que nunca se había vivido; ahora existe, ¿causa algún problema? Evidentemente no. ¿Vacía de contenido? Me parece una palabra muy precisa e ilustrativa; no sé qué alternativa es mejor para explicar el proceso. Quien se queja del palabro podría haber sugerido uno mejor.

La RAE no da validez ni se la quita a ninguna palabra; simplemente reconoce su existencia. El feísimo verbo sanitizar —muy extendido en español— es otro calco del inglés (to sanitize) y encima es sustituible por sanear, lo que lo hace innecesario, al igual que otras palabras nuevas del español, como reportar. La RAE debe dar cuenta de su existencia, uso y extensión y, llegado el caso, incluirlo en el diccionario que elabora junto a la ASALE (que, por cierto, no es el único que existe). Lo mismo ocurre con desescalada, palabra, por cierto, cuyo uso ha aconsejado sustituir —a mi parecer erróneamente— por sublimes giros como «regreso escalonado a la normalidad». En cierto tweet, @RAEinforma dice que desescalada es «válido» porque sigue los mecanismos de formación de palabras en español, no porque su uso sea correcto a partir del tweet en cuestión. En resumen, desechen la idea de que la RAE censura, prohíbe o se baja los pantalones para aceptar ciertas expresiones.

La RAE recomienda usos y explica ciertas normas persiguiendo su famoso objetivo, pero no es la Tomás de Torquemada del español.

La conclusión consta de dos peticiones: (a) Olviden la idea de que la RAE da validez a las palabras y prohíbe decir otras (esto es aplicable también a cocreta, almóndiga y similares, dígalas si quiere; el diccionario simplemente las marca como vulgares) No, Vd. no habla mejor que nadie si no dice desecalada. (b) Acepten que la lengua es algo vivo que cambia con el tiempo y que el nuevo léxico se nos contagia como la COVID… No es nada malo, al contrario, es síntoma de salud y vitalidad de nuestro idioma.

 

 

Javier López

Quinientos años se dice deprisa, pero ahí está viendo pasar el tiempo, como en la canción. ¡qué proporcionado! ¡qué artístico! ¡qué grande! ¡qué equilibrado! aparece en esta imagen el pórtico del Templo de la Asunción, que los Manzanareños hemos contemplado cientos de veces.

Pero cuando la examino, con otra mirada, con detenimiento, sigo viendo algo que desentona del conjunto arquitectónico, algo que es como un obstáculo que oculta lo que hay detrás, que no me deja contemplar su esplendor, su maravilloso pórtico. Es una verja que separa y divide, que me hace pensar, que lo de detrás no es de todos, que es propiedad privada, (es lo que se entiende cuando se encuentra una valla), al menos es lo que a mí me despierta la contemplación de la imagen, razón por la que desde aquí demando su retirada.

Mi padre ya lo reivindicaba en uno de sus “Rompiendo Lanzas”, en esta misma revista en el número 44, junio 1974.

 ¿Llegara al fin la ocasión

De que nuestro, plateresco,

Barroco o churrigueresco,

Pórtico de la Asunción

Pueda verse, si es razón

de esa reja liberado,

que lo mantiene encerrado

aún, sin justificación?

¿Hay quien me dé explicación

de su absurda permanencia?

¿Se necesita licencia

para su demolición? …. –

Probablemente en el pasado y durante unos años tendría su función de separación o límite de propiedad de los terrenos de la iglesia, pero hoy en día hay otros recursos y medios que hacen la misma función sin ocultar lo que hay detrás.

…-Si el espacio que ha cercado,

la verde reja en cuestión

tiene por obligación,

estar así limitado,

no dudo que haya razón,

pero abunda la opinión

de no estar justificado.

Cuento con la oposición

para mi muy respetada,

hacia la idea apuntada,

solo como insinuación,

si no la creen acertada. …-

En este año que estamos de celebración, que la Iglesia y el Consistorio parecen estar coordinados y trabajan en la misma sintonía para restaurar el templo, reivindico nuestro patrimonio sin reja; sería una gran ocasión para retirar la verja. El templo no necesita rejas, tiene que mostrarse desnudo limpio de obstáculos para mostrarnos su belleza, desde el suelo hasta lo más alto de la torre.

Y termino como lo hacía Paco López.

…Puede no haber solución,

más, contemplar la fachada,

bella, limpia, sin “borrón”,

es también una ilusión,

que debe ser respetada.

Con mi “lanza” pues, partida

yo tomo mi decisión.

Me retiro a mi rincón.

¡que todo llega en la vida!

 

 

 

 

Por Miriam Díaz Benito Palomo

 

El descontento de las bandas de Manzanares ante el abandono de su situación se ha visto incrementado con la decisión tomada por el Ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Es indudable que la cultura es uno de los campos que más ha luchado por adaptarse a la pandemia que se ha instalado en nuestras vidas. Ante el cierre de teatros, cines y conciertos, todos los artistas y compañías han encontrado su hueco en las redes, no sólo para seguir ofreciendo su contenido a un público siempre entregado, sino para poder seguir viviendo de su trabajo.

Sin embargo, la cultura ha sido la gran olvidada para los políticos de este país, que estudiaron primero como sacar a flote otros sectores como el del turismo o el de la vida nocturna. Este orden de prioridades se instaló también en Manzanares. Ante el pequeño respiro que dio el COVID durante la época estival, el pueblo comenzó a organizar su vida de ocio. Sin embargo, no fue este quien decidió qué se podría celebrar y qué no.

El telón de la XLVI Festival Internacional de Teatro Contemporáneo ‘Lazarillo’ se mantuvo cerrado mientras que las puertas de la plaza de toros local se abrieron de par en par. Así, el esfuerzo de organizar un festival de tal magnitud se echó por tierra en el último momento, al igual que el placer de disfrutarlo, abogando por lo que se conoce como el ‘arte nacional’.

¿La razón? El peligro de contagio ante la aglomeración de gente. Pero, ¿en aquella plaza se respetó acaso la distancia de seguridad entre los asistentes? Para sorpresa de muchos, lo que se pudo ver fue que las gradas en las que incidía el sol estaban vacías mientras que el público se aglutinó en la sombra. Entonces, ¿qué llevo al Ayuntamiento local a permitir esta corrida pero no un festival de teatro?

Como tantas veces, los intereses económicos y personales prevalecieron, creando así categorías dentro de la propia cultura. El toreo, cuestionablemente considerado como arte, ha prevalecido por encima de las risas, las lágrimas y las emociones que despierta la cultura de verdad en aquellos a los que les gusta. Los jóvenes y artistas locales se proclamaron contra el gobierno local, ¿dónde queda su espacio? Este verano no se han programado ni conciertos ni ningún otro tipo de acto, e incluso se han cancelado, pero sí se habilitó una jornada de festejos taurinos.

Salvemos entre todos la cultura, porque sin cultura estamos destinados al fracaso como personas y como pueblo. Esta es la frase con la que cierra el comunicado que las bandas de Manzanares firmaron y enviaron al Ayuntamiento. El descontento de estas ante el abandono de su situación en la nueva normalidad solo se ha visto incrementado con la decisión tomada por el ayuntamiento, que ha demostrado tener unas prioridades algo dudosas en lo que al campo de la cultura se refiere.

Sin embargo, el mayor error que se ha cometido en Manzanares es, en mi opinión, considerar una vez más las corridas de toro como ‘arte’ o ‘cultura’. Poner al mismo nivel a un torero que a un pintor, músico o actor es comparar profesiones diametralmente contrapuestos. Mientras que unos crean para el disfrute de los demás, otros maltratan y asesinan. Por ello, si unos crean y otros destruyen ¿ambos son cultura? En mi opinión, no.

 

 

Javier López

Qué curiosa es esta veleta y qué complicado es observarla desde el nivel del suelo. Localizada en la calle empedrada, en la casa de los García Noblejas, es distinta a todas las que existen en Manzanares, por una peculiaridad. Pertenece al grupo de veletas tradicionales, porque cumple con todas las normas que rigen en las veletas a lo largo de los siglos, pero es diferente a las actuales que vemos en las nuevas construcciones.

   Con otra mirada, vamos a centrarnos en esta, observándola de abajo arriba, obviando el pararrayos que tiene adosado, al ser un objeto posterior al origen de estas. Cumple en su forma con los cánones que las rigen, que, de paso, vamos a comentar de una manera resumida. Todos conocemos que las veletas, además de ser un instrumento meteorológico que nos ayuda a identificar la dirección del viento, es también un adorno de los edificios y soporte en el que se expresan simbolismos y motivaciones que se relacionan con el uso de estos.

   La veleta se compone de un eje vertical que une, sustenta y al que van engarzados el resto de los elementos que la constituye, principalmente, la parte móvil que es la que gira con el viento y nos señala la dirección. El arranque del eje vertical esta insertado en la obra del edificio y suele ser una esfera, bien de metal o de piedra maciza, en ocasiones, calada, cuando se trata de esferas metálicas a modo de los meridianos de la tierra. En otras, la esfera única es sustituida por una secuencia de varias bolas, en un número máximo de cuatro, de un diámetro semejante o como ocurre más comúnmente de diámetro decreciente en sentido ascendente. La misión de estas esferas es proteger la cúpula o el edificio de los impactos de los rayos, de manera que las de metal se fundían, pero el resto de la obra no sufría. A continuación, se encuentra la parte móvil de la veleta en la mayoría de los casos flechas con cola de banderola, es en la cola donde se aprovecha para realizar en ella adornos calados (letras, fechas, escudos…) o formas variadas que a veces corresponden con la imagen o símbolo que identifica el oficio del propietario del edificio. Como remate todas tienen una cruz, en Manzanares suele ser de Calatrava, o simplemente dos palos cruzados.

    Ahora que conocemos más de las veletas, vamos a examinar la de la fotografía con otra mirada, y percibimos que es escultural, porque tiene unos adornos entre la bola (con meridianos) y la flecha, en su banderola tiene el calado de una flor y otros adornos en la parte superior antes del remate que asemejan culebrillas o relámpagos.

   Aquí es donde nos preguntamos: ¿Qué más tiene esta veleta de la calle Empedrada que la hace inédita? Analizándola con otra mirada, advertimos que el remate superior es una estrella de los vientos en tres dimensiones (por cierto, muy interesante) y es ahí, donde radica su originalidad. Una veleta que no tiene una cruz es la única de las antiguas de Manzanares que no tiene una cruz más o menos historiada o con más o menos poderío como terminación, es un objeto singular que si tiene que ver con los vientos y la orientación, pero es precisamente lo que hace que sea exclusiva, y la más atrayente de todas.

   Paseen por el centro de Manzanares, verán cómo es la única que no tiene una cruz como colofón.

MSM

AMAZON, NETFLIX, HBO…. ¿cómo no rendirse ante estos conquistadores de nuestro ocio? Es un hecho que hoy en día nuestra relación con los libros se distancia cada vez más, mientras que ganan terreno otras experiencias como las que ofrece la televisión o el consumo de productos multimedia. Y es un hecho también que la lectura debe coexistir con otras ofertas culturales como los entornos informáticos, la imagen o la música.

Es difícil encontrar un momento para los libros. Pero si ese momento llega, la primera dificultad con la que nos encontramos es qué leer, porque son tantas las novedades y se nos ofrece una cantidad tan inabarcable de obras que encontrar un buen libro no es fácil.

Si hemos sido capaces de resolver este primer problema y hemos encontrado un buen libro, ahora cabe preguntarse, ¿qué nos lleva a apagar el televisor o dejar el ordenador, la tablet o el móvil?

La respuesta a esta pregunta está en descubrir que no hay mayor placer que una historia que cae en tus manos y que la devoras, palabra a palabra, con la sensación de que no puedes dejar de leer. Página tras página te metes en el relato, conoces a sus personajes, te identificas con ellos, participas en su historia, ríes, recuerdas, te emocionas…y entonces no hay competencia posible y ya no hay que encontrar tiempo, sino que el tiempo te encuentra a ti.

Y, por si esto no fuera poco, leer invita a reflexionar, amplía horizontes, aviva la memoria, las experiencias pasadas… Está comprobado también que la lectura mejora el uso del lenguaje y de la escritura, desarrolla la imaginación y la creatividad, aumenta la capacidad de concentración… ¿se puede pedir más?

Se ha demostrado que la persona que es amante de la lectura desarrollará su cerebro de tal forma que podrá llegar fácilmente a los 90 años completamente lúcida y con una gran capacidad mental e intelectual. Claro, leer no alarga la vida, pero sí la ensancha.

Por todo ello, encontremos un momento para los libros y si hay niños en casa fomentemos en ellos el placer de leer desde pequeños. En próximos números podremos ver cómo transmitir a los más jóvenes este placer por leer y pensar.

Manuel Gallego Arroyo

Si no fuera porque tengo por seguro que los cuentos son un salidero más de la realidad, llegaría a pensar que la vida es un cuento, o que los cuentos son la vida. En estos tiempos, no sé el porqué, me viene a la memoria – ¡qué digo memoria, a la conciencia! – el famoso cuento de “Pedro y el lobo”. Recordarán aquella conseja infantil, que inicia a los niños -también a los mayores- en la idea de que no hay que jugar con lo serio. Vamos, que es sano y muy recomendable no alarmar gratuitamente, o por mero placer, pues, cuando llega el peligro de verdad, corremos el riesgo de no alarmar a nadie.

A ver si era así. Había una vez un niño que se llamaba Pedro y que era pastor. Aburrido un día, tuvo la ocurrencia de dar la voz de “¡el lobo, el lobo, que viene el lobo!” para sonsacar a sus vecinos. Acudía la solidaria ciudadanía con todas sus defensas en ayuda del pastorcillo y descubrían el dolo; Pedro reía la gracia. A la segunda voz de alarma, llegó igualmente la turba, poniendo empeño, porque, ¿quién iba a imaginar que ocurriría lo que ocurrió la vez primera? Pero cuando vieron al gamberrete desternillarse indisimulado, regresaron, no sin reprenderle, muy, muy decepcionados. Es verdad que, hasta aquí, algunos todavía reían las gracias del chiquillo, pero ya se les torcía la sonrisa en mueca de disgusto, porque por segunda vez habían sido víctimas de la malsina.

Era lo natural que no hubiera una tercera alarma, pero la hubo. ¿Y quién era ahora el curro que no acudía? “Vaya -decían los más sensatos-, ¿y si fuese verdad?” Entonces, con el mutis de escepticismo en el rostro y la desgana en los brazos, acudieron, algunos menos, al socorro. Este fue el momento que otros ciudadanos, si así se les puede llamar, aprovecharon para asaltar los negocios y los hogares de los ausentados convecinos. Volvieron estos cabizbajos, arrepentidos enfadados, cansados y descreídos, y encontraron las casas demudadas, revueltas. Echaron en falta parte de sus bienes. Aquello fue el colmo. Pensaron, y se dijeron con razón, que nunca más irían tras las voces de ganadero alguno, de ciudadano o necesitado, que había que ver antes que actuar. ¡Qué drama, entonces, qué de odio y acusaciones contra el ingenuo, “inocente”, e indecente bromista!

Así ocurrió que una cuarta vez, cuando aún no se había recuperado el pueblo de los sustos, reclamó ayuda el pobre Pedro. Claro, esta era la alarma de verdad.  Nadie acudió. El lobo se dio un festín de lo más generoso a costa del escepticismo y del cansancio. En tanto el niño corría que se las pelaba rumbo a la villa. Ni siquiera hubo quien saliera a la ventana alertado por sus gritos. Sólo los malos ciudadanos, que habían aprovechado las ausencias de los hogares y negocios para medrar, se quejaban amargamente de la desilusión de los pobladores, de su inmovilismo y de su falta de responsabilidad. Estos mismos malos vecinos preguntaron al desesperado Pedro, en tanto le daban a beber un tranquilizante vaso de agua, por qué siempre había dado la misma alarma, “que viene el lobo”, y no varió en algo la cantinela. Pedro, sorprendido y mirando de soslayo, les dijo que no habían escuchado bien, o que habían malinterpretado su mensaje, que lo que él gritaba era “¡que viene el bobo! ¡Que viene el bobo¡”, salvo la última vez, en que dijo realmente “lobo”.

Es cierto, las analogías nunca son perfectas, como ésta que han leído. Por eso tenemos un virus que siembra el caos, sistemas sanitarios pudorosos con personal valiente, redes sociales alarmantes, aprovechados medrosos, respondones iracundos, intérpretes fantásticos, y crédulos, además de no pocos ERTES. Aunque, sobre todo, tenemos algo muy importante, sobre lo que hay que dar la voz: la responsabilidad. Esperemos que no responda la sordera. FIN

 

En el último mes ha estado de actualidad en los medios de comunicación la noticia de que volvemos a batir records de baja natalidad en nuestro país. Nacen menos niños al tiempo que aumenta la esperanza de vida lo que se salda con un progresivo envejecimiento de la población y una creciente despoblación en eso que ha dado en llamarse de manera recurrente “la España vaciada”. Es obvio que no podemos comparar (aún) Manzanares ni la provincia de Ciudad Real con otros territorios españoles en los que las comarcas se empobrecen irremediablemente y los pueblos languidecen hasta morir. No obstante muchas familias jóvenes tienen que hacer su vida ya fuera del pueblo, quizá en grandes ciudades ante la falta de oportunidades laborales. Pero sin duda, la tranquilidad y comodidad de localidades más “manejables” podría ser un activo para muchas familias con niños pequeños: la conciliación de la vida familiar y laboral es mucho más fácil, la cercanía de los abuelos, un entorno más próximo y cálido, una vivienda más asequible y un nivel de vida en general más barato; la confianza que da conocer a los vecinos, no tener que hacer largas distancias para ir a los colegios o a los puestos de trabajo, la posibilidad de que los niños jueguen más seguros y se relacionen con más libertad y confianza con otros niños… Si estas ventajas se complementaran con unos buenos servicios y comunicaciones, un comercio activo y una buena oferta cultural y de ocio no cabría duda de que la vida “en provincias” se haría mucho más atractiva para jóvenes familias.

Si los niños llenan las escuelas, las escuelas atraerán maestros y el hospital y otros servicios requerirá más contratación al tiempo que la vida económica y social del pueblo florecerá. Se abrirán negocios que satisfagan las necesidades de las familias y a su vez, éstos atraerán más familias y se consolidará la población.

La familia, qué duda cabe, es un activo.

La política municipal ha de ser, por tanto, dirigida a cuidar y mimar a la familia, con ventajas fiscales, ayudas para la vivienda, promoción de servicios deportivos, culturales y de ocio, ayudas a la conciliación y sobre todo poner en valor y ponderar en cada oportunidad que se presente la generosa contribución de las familias a la vida de la sociedades y de los pueblos.

Es verdad que las administraciones se desviven en todo lo que se refiere a la tercera edad, y hacen bien, o a colectivos de todo tipo. Echamos de menos, sin embargo, en más ocasiones de las que se dan, una política más visible y activa a favor de la familia. Y las familias son la vida de los pueblos. Son el presente y el futuro de Manzanares.

Manuel Gallego Arroyo

He tenido el placer de visitar estas pasadas Navidades, tres exposiciones de pintura en tres espacios culturales de Manzanares. Las salas de la Casa de Malpica, que exhibían la obra de Leodegario, sus dibujos y leodegrafías, y sus ingeniosas pinturas. La sala de exposiciones de la Biblioteca Municipal Lope de Vega, que albergaba los óleos de uno de los más grandes paisajistas manchegos, el tomellosero Fermín García-Sevilla. El recibidor del Gran Teatro, donde me dejé sorprender por la minuciosidad imaginativa de Consuelo Blanco. No era cosa que desmerecer aquella oferta, de resultas, todo un privilegio. No ya porque el espectador tenga la oportunidad de disfrutar de la creación artística en diversas manifestaciones y lenguajes, en unas mismas fechas, en un corto recorrido. Tampoco porque sean de una meritoria calidad, de un interesante contenido, o sorprendente atractivo. No. Es simplemente por el hecho de que pudieran ser visitadas. Lo que a fin de cuentas redunda, bien pensado, más que en privilegio del contemplador, en un privilegio de la localidad albergadora. Al cabo, un lucimiento del pueblo, equivalente al de las festivas luces que lo decoraban. En efecto, se dibujaba de esta manera, sobre el plano de Manzanares, un corredor pictórico (Biblioteca-Museo-Gran Teatro), un modesto corredor cultural que iba de Plaza a Plaza con vértice en Calle Monjas.

Cualquier interesado podría reflexionar, al desmadeje del paseo, hasta qué extremo la vida de la Cultura no reside en los espacios que la albergan, a pesar de su necesidad, sino en el calor que dentro de ellos reconforta al aterido paseante. El calor, que es la verdad cultural, o la Cultura latiendo. Los espacios sirven nada más de excusa, de abrigo, de cuerpo. Porque, ¿qué haríamos con un cuerpo sin alma, con un abrigo sin cuerpo, con un espacio sin excusa?

A una biblioteca se le ha de exigir que ilumine, no que sea un simple féretro de las letras y las imágenes. A un Museo que vibre y aliente, que haga respirar. No que sea un oscuro albergue, gabinete de fósiles. A un Gran Teatro se le ha de pedir que se desnude, que se muestre, que abra la entraña hacia el pueblo. Las exposiciones temporales, que tienen que ser exposiciones vivas, interesantes, consiguen alentar, iluminar, abrir la cultura, echarla fuera, ponerla a la intemperie. En fin, que se la note existente. Son, en definitiva, necesarias. Manzanares, en este fervor, cumple con suficiencia.

Pero hay más. No basta con salir a la calle, con hacer el paseíllo cultural. No es suficiente con animar los espacios. Hay que darles también un sentido, el sentido que se siente en la localidad con la obra expuesta. No es pueblo aquel que no se sabe pueblo. A Manzanares, tal vez le ocurra algo parecido a este no saberse. Y hay que saberse pueblo, o eso creo. Y para ello, hay que creérselo. A los espacios vivos, por lo tanto, hay que exigirles algo más si quieren latir de veras (¡y mirad que se han hecho cosas!). Tienen que ser, también, una excusa, un abrigo, un cuerpo o albergue para los creadores manzanareños, para incentivar la creación manzanareña y para darla a conocer (esto es el sentido sentido). Que no pare el autoconocimiento ni su emanación. Los espacios están para ser vividos, para ser lugares de convivencia, o lo que es igual, de encuentro, y, en fin, para ser factorías productivas que trasciendan y que salgan allende.

Manzanares tiene que saber lo que tiene y cómo lo tiene. Y si cabe, para qué lo tiene. Manzanares ha que saberse, y después, darse a conocer, (¡esto sí que es una marca!). Y el primer paso consistiría en sacudirse el tremendo yugo provinciano de considerar que un artista local es un artista de pueblo, o del pueblo; cuando en realidad es un creador universal que esta ciudad ha tenido la suerte de ver nacer, de ver vivir o de morir en sus brazos.

A día de hoy, creo, a Manzanares le sobra el privilegio que le dan sus espacios (aunque quepan mejorías), el privilegio, muchas veces, de sus exposiciones; el privilegio, en fin, de los creadores con nombre y apellidos … Creo, eso sí, que lo que falta a estos espacios y lo que con ellos se acompaña, es la concienciación y la consideración, el reconocimiento. Acaso en este sentido, esta ciudad manchega sí tenga mucho que decir en su entorno, al cual es obligado salir. Todo pasa por creer y creerse. A duras penas es un pasito porque, lo demás, está claro, lo tenemos.

Jesús Isidro Sánchez de la Blanca Romero Nieva

Ha comenzado un nuevo curso, ya va por la XII edición. ¿Qué materias se van a abordar?

En octubre, en vísperas de las elecciones, abrimos el curso hablando de populismos con dos expertos en la materia, Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán. El tema de noviembre aborda el problema de la despoblación, un asunto que ya forma parte de la agenda política y que, por ejemplo en Teruel, se ha transformado en la elección de un diputado. Contaremos con Sergio del Molino, escritor que acuñó el término de ‘la España vacía’, y con Ángel Raúl Ruiz Pulpón, profesor de la UCLM y coautor de un completo estudio sobre despoblación en la provincia de Ciudad Real.

Ya en febrero, el día 28, a las puertas de un nuevo 8M, tendremos a las escritoras Marta Sanz y Berna González-Harbour para hablarnos de la cada vez mayor presencia y relevancia de libros escritos por mujeres. En abril abordaremos el problema de la desigualdad con el economista José Carlos Díez y con el periodista Javier Ruiz, director de información económica en la Ser.

Para cerrar el curso, en mayo, con el título ‘Goles de Mujer’, queremos organizar  un acto distinto a lo habitual para tratar el espectacular avance del fútbol femenino y la particular lucha por la igualdad que hay detrás de cada jugadora.

Desde luego, me gustaría resaltar el acertado olfato del equipo de la Escuela, con nuestro director, Román Orozco, a la cabeza, a la hora de plantear temas candentes cada curso.

Hemos visto que las mujeres van a tener un papel destacado, incluso con alguna sorpresa. ¿Nos puedes anticipar algo de “Goles de Mujer”?

Justo cuando termine la Liga Iberdrola, y gracias a la colaboración del diario As, haremos una mesa redonda sobre fútbol femenino. Estará moderada por el propio director del periódico, Vicente Jiménez, y queremos que participen jugadoras que compiten en la liga española, internacionales de varios países.

Estará precedido esa misma tarde de un torneo 3 en 1 de fútbol femenino, tal vez fútbol sala, con equipos de nuestra provincia para que las participantes puedan asistir después al acto, en el que las jugadoras de 1ª división les entregarían los trofeos conmemorativos.

En el caso del fútbol tenemos un ejemplo más de la lucha por la igualdad de la mujer. Prueba de ello es la huelga de jugadoras que, como profesionales que son, exigen un convenio digno. Desde luego, parece que hay quien está interesado en contar de raíz el extraordinario avance que estaba teniendo el fútbol femenino.

En este curso una de las novedades es el cambio de nombre de Escuela de Ciudadanos a Escuela de Ciudadanía. ¿Cuál ha sido el motivo?

Nuestro compromiso con la igualdad. Además de las que tendremos este curso, a lo largo de todos estos años han pasado por la Escuela muchas mujeres con un claro compromiso feminista: Almudena Grandes, Nativel Preciado, Soledad Puértolas, Inmaculada Montalbán, Carmen Calvo, Pepa Bueno, Amelia Valcárcel, Elvira Lindo, Nuria Varela…

También hemos tenido a hombres especialmente significados en la lucha por la igualdad y el feminismo, como Miguel Lorente, exdelegado del Gobierno de violencia de género; e Isaías Lafuente.

Lo de ‘Ciudadanía’ ya se lo planteó Román cuando fundó la Escuela de Ciudadanos en 2008. Entonces había una campaña muy radical en contra de la asignatura de Educación para la Ciudadanía en enseñanzas medias y optó por el masculino genérico para el nombre de la Escuela por no parecer que se copiaba el título de la asignatura o que se trataba de un apéndice institucional.

Es cierto que la RAE y los puristas de la lengua defienden el masculino genérico para referirnos a ambos sexos, pero no es menos cierto que quienes han “fijado, limpiado y dado esplendor” a nuestra lengua durante trescientos años han sido académicos hombres.

Lo del lenguaje inclusivo no es una moda ni algo progre. Unos años después de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la Revolución francesa surgió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana pues hubo mujeres que se sintieron excluidas en ese primer texto. Y no se trata de excluir a nadie. El lenguaje inclusivo no hace ningún daño y, al fin y al cabo, la lengua se construye con el uso.

Además, te contaré una anécdota. Cuando me eligieron presidente de la Escuela de Ciudadanos hubo quien pensó que me habían elegido candidato del partido político Ciudadanos ¡y me felicitó por ello! Ha habido más casos de personas que, por ese nombre, han pensado que teníamos vinculación con este partido. No tenemos nada en contra de Ciudadanos, por supuesto, pero debe quedar claro que somos una asociación sociocultural independiente. Como Escuela de Ciudadanía ya no queda duda y no excluimos a nadie. Y ‘ciudadanía’ es un concepto precioso.

¿Hay algún profesor que te gustaría especialmente que participara alguna vez en la Escuela de Ciudadanía?

Después del profesorado que hemos tenido en los once anteriores cursos creo que mis gustos personales ya han quedado más que satisfechos con figuras como Iñaki Gabilondo, Pepa Bueno, Carles Francino, Isaías Lafuente o el Gran Wyoming, por citar algunos. Personalmente, y por su ejemplo y compromiso de ciudadanía, me gustaría que algún día vinieran cantautores como Serrat y Rozalén o periodistas como Jordi Évole, pero es muy complicado.

A quien más me gustaría escuchar como profesor de la Escuela de Ciudadanos es a nuestro director, Román Orozco.

Es uno de los mejores periodistas que ha tenido este país desde el final del franquismo. Su trayectoria y reconocimientos lo acreditan. Su experiencia, conocimientos y compromiso ciudadano nos podrían aportar muchísimo. No se lo he planteado a él porque sé que me va a decir que no ya que rehúye de cualquier protagonismo. Ya propuse a la asamblea de la asociación, aprovechando que teníamos que hacer el cambio de nombre, la denominación de Escuela de Ciudadanía ‘Román Orozco’. Todos estuvieron de acuerdo menos él. Y, evidentemente, respetamos su decisión.

Pero como te decía al principio, los temas y el profesorado de cada curso no se eligen por preferencias o gustos personales. Se proponen y consensúan por parte de la junta directiva… y después hay que cerrarlos. Creo que así está funcionando muy bien.

Fue en el año 2008 cuando Román Orozco vio la posibilidad de crear la Escuela. Ahora eres su Presidente. ¿Cómo se lleva este reto tan exigente y estar al lado de un periodista con la trayectoria de Román?

Es una responsabilidad enorme y un privilegio. Lo primero, por tratar de mantener el altísimo nivel que ha conseguido la Escuela. Y lo segundo, porque siempre he admirado a Román desde que siendo yo un chaval supe, precisamente a través del reconocimiento que le hizo Siembra, que trabajaba como corresponsal en América. Esa admiración fue creciendo conforme seguí su trayectoria y fui conociéndole de cerca.

Es un ejemplo para la profesión periodística: trabajador infatigable, minucioso, amante de la documentación y de la precisión, y persona con mucho criterio. Estar a su lado y aprender de él es, como te decía, un privilegio.

Siempre he colaborado con la Escuela de una u otra manera desde que Román y Antonio Caba presentaron el primer curso en la biblioteca municipal. Poco a poco me fui implicando y Román fue creando un gran equipo que él sigue dirigiendo y que a mí  me toca presidir. En efecto, es un reto exigente y ahora me doy cuenta de lo muchísimo que trabaja y ha trabajado Román por este proyecto desde hace doce años.