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Pablo Nieto-S. Gutiérrez

He leído en el Siembra de octubre la siguiente afirmación: «desescalada, una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez». Las siguientes líneas tratarán de desmontar lo anterior. Para ello, les indico dos cuestiones preliminares: (a) El lema de la RAE es limpia, fija y da esplendor, pero, en palabras del filólogo fallecido Fernando Lázaro Carreter, estos fines se les encomiendan a todos cuantos, hablando y escribiendo, contribuyen a ese esplendor, es decir, a los hablantes del español. (b) La RAE, los filólogos, los estudiantes de español, etc., no somos inquisidores deseosos de quemar herejes hablantes que prostituyen nuestro idioma con felonías y corrupciones.

Las palabras aparecen en un contexto determinado y por unas razones concretas. En el caso de la famosa desescalada, surge como idea de retorno a la normalidad de una manera progresiva —de la misma manera que un alpinista baja la montaña después de subirla—. Podemos entrar en estériles debates sobre lo que supone que la lengua española haya traducido el verbo inglés to de-escalate y que haya creado desescalar (y su derivado desescalada), pero la cuestión es que la palabra está en nuestra lengua. Una palabra movida de boca en boca (de políticos y periodistas) la dice toda España en unos días. La palabra era inexistente simplemente porque antes no había una que nominara el proceso que vivimos al final de la primavera, proceso que nunca se había vivido; ahora existe, ¿causa algún problema? Evidentemente no. ¿Vacía de contenido? Me parece una palabra muy precisa e ilustrativa; no sé qué alternativa es mejor para explicar el proceso. Quien se queja del palabro podría haber sugerido uno mejor.

La RAE no da validez ni se la quita a ninguna palabra; simplemente reconoce su existencia. El feísimo verbo sanitizar —muy extendido en español— es otro calco del inglés (to sanitize) y encima es sustituible por sanear, lo que lo hace innecesario, al igual que otras palabras nuevas del español, como reportar. La RAE debe dar cuenta de su existencia, uso y extensión y, llegado el caso, incluirlo en el diccionario que elabora junto a la ASALE (que, por cierto, no es el único que existe). Lo mismo ocurre con desescalada, palabra, por cierto, cuyo uso ha aconsejado sustituir —a mi parecer erróneamente— por sublimes giros como «regreso escalonado a la normalidad». En cierto tweet, @RAEinforma dice que desescalada es «válido» porque sigue los mecanismos de formación de palabras en español, no porque su uso sea correcto a partir del tweet en cuestión. En resumen, desechen la idea de que la RAE censura, prohíbe o se baja los pantalones para aceptar ciertas expresiones.

La RAE recomienda usos y explica ciertas normas persiguiendo su famoso objetivo, pero no es la Tomás de Torquemada del español.

La conclusión consta de dos peticiones: (a) Olviden la idea de que la RAE da validez a las palabras y prohíbe decir otras (esto es aplicable también a cocreta, almóndiga y similares, dígalas si quiere; el diccionario simplemente las marca como vulgares) No, Vd. no habla mejor que nadie si no dice desecalada. (b) Acepten que la lengua es algo vivo que cambia con el tiempo y que el nuevo léxico se nos contagia como la COVID… No es nada malo, al contrario, es síntoma de salud y vitalidad de nuestro idioma.

 

 

Por Juan Ramón Morales Sánchez Migallón

 

Ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas)

 

Yo sigo erre que erre con la situación que estamos viviendo: la ya lejana, que no ha dejado en ningún momento de ser un estado de guerra en la que no había bombas pero sí muertos, en la que, también como en la guerra, hemos tenido un frente, en el que no ha habido disparos, pero sí heridos y fallecidos, una situación en la que ha habido héroes y villanos (de ahí los aplausos y el ruido de cacerolas). La recientemente pasada, que empezó llamándose desescalada (una palabra inexistente y vacía de contenido a la que, al cabo de unas semanas, la RAE dio validez “en el sentido de que su uso se explica como derivación negativa de ‘escalada‘, entendidas ambas en alusión a un proceso escalonado o gradual en un sentido y en el opuesto”), nos han intentado convencer, por activa y por pasiva de nuestra salida más fuertes, cuando no era verdad; que ‘juntos’ saldríamos de ésta, cuando, por razones lógicas, nos hablan de distanciamiento social; y la actual, que ya tiene gracia, parece que la nueva normalidad va a consistir en que nuestros niños estén en los colegios ‘metidos en una burbuja social’, el aforo en los locales, que nos han llevado, de nuevo, a las colas en los establecimientos, que nos tengan permanentemente vigilados, ya que la poca capacidad de algunos así lo va a requerir, pues los rebrotes son constantes y por muy controlados que nos digan que están, el número de fallecidos y de nuevos contagiados siguen aumentando, acercándonos de nuevo a un nuevo confinamiento.  Hemos vuelto por nuestros fueros, sin aprender absolutamente nada de la experiencia sufrida y ya estamos viendo Comunidades que caminan hacia atrás.

Existe, para mí, otra forma de salir de ésta que nada tiene que ver con lo anterior, que no dejan de ser un slogan publicitario, y no es otra que la solidaridad. Pero… ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué significa ser solidarios? Para mí ser solidarios no es, simplemente, dar una moneda a quien la pide, ofrecer un pedazo de pan a quien tiene hambre, o un vestido a quien está desnudo. La solidaridad no se puede confundir con la limosna. Es mucho más que ella. Ser solidarios es: ayudar, apoyar, acompañar, compartir, respaldar y proteger. Ser solidarios es:  dar, pero dar con amor, no sólo los bienes materiales sino también los espirituales, sonriendo, mirando a la cara, como quien da a un hermano; haciendo que aquel que recibe sienta que es querido; buscando que la necesidad quede satisfecha, al menos en buena parte. Ser solidarios es: mostrar al otro que nos interesa, que queremos su bienestar, que lo sentimos igual, que nada de lo que le sucede nos es extraño o indiferente. Ser solidarios es: servir de corazón, amar con el corazón. La solidaridad es una virtud humana, urgente en la vida social, porque apoya la convivencia y hace posible el compartir. La solidaridad es hermana de la justicia y de la compasión, que Jesús vino a enseñarnos, haciéndose solidario con nosotros, con la humanidad entera y con cada uno, primero con su venida y luego con su sacrificio salvador. Hay muchas maneras de ejercer la solidaridad. Cada uno puede buscar la que más se adecúe a sus circunstancias y posibilidades. Lo importante es ser solidarios con alguien de manera permanente.