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Por África Crespo

De pequeña me gustaba que llegasen las fiestas de calle Santa Beatriz de Silva. Durante toda la tarde disfrutábamos de juegos populares todos los niños del barrio, competíamos por premios que nos darían por la noche, antes de que se celebrara el espectáculo del día. Pasaba a casa para arreglarme y volvía a salir a tomarme un montado del bar que montaban en la calle y seguir jugando con mis vecinos. Y así durante los días que duraban las fiestas del barrio. Unas fiestas que marcaban la cuenta atrás para que acabara el verano.

Aquellos días de finales de agosto solíamos aprovechar para preparar la vuelta al cole. Me encantaba visitar Malva. Aún paso por delante de la puerta con nostalgia. Siempre ha sido nuestra papelería. Llegábamos allí con la ilusión de un nuevo curso, de volver a empezar, de estrenarlo todo. Sacábamos la lista y le decíamos a Merce todo lo que necesitábamos. Era muy probable que tuviésemos de todo aquello en casa, pero nada mejor que una nueva caja de lapiceros de colores Alpino, otra de ceras Plastidecor y de lapiceros nuevos para comenzar el curso con ilusión o de un par de gomas de borrar Milán que acabarían perdidas entre los estuches. Después pasábamos a los cuadernos nuevos, las carpetas y el forro para forrar los libros.

A veces comprábamos algún libro de segunda mano. Íbamos con papá a la imprenta para cortarles medio milímetro de canto, así no se vería sucio y parecerían nuevos. Después, en casa, aprovechando una tarde de tormenta, los forrábamos con cuidado en la cocina. Recuerdo el olor a nuevo, a libros recién estrenados y recién forrados. Recuerdo decorar los cuadernos y las carpetas con pegatinas y con forros de dibujos.

Los primeros días de septiembre preparábamos los uniformes. Siempre había algo nuevo que comprar e íbamos a Román a probarnos la nueva falda a la que había que coger un poco para que nos sirviera para varios cursos. Siempre coincidíamos allí con alguien del colegio. Me encantaba perderme por los pasillos de aquella tienda. La recuerdo oscura y llena de percheros con uniformes de colegios envueltos en plásticos protectores.

Saliendo de la tienda ya anochecía. Sin duda, aquellos cambios de luz eran aprovechados por mamá para ir cambiando al horario de invierno. ¡Qué difícil resultaba ir a la cama cuando aún era de día! Cenar cada día más temprano y retomar los menús de invierno que habíamos abandonado. Un puré de verduras y alguna salchicha o guisantes con jamón mientras veíamos Lo que necesitas es amor. Creo que recuerdo las cenas de mi infancia con aquella banda sonora de fondo. Nunca llegábamos a ver el telediario, siempre íbamos a la cama antes.

Septiembre es el mes de la nueva oportunidad. No creo que el año empiece en enero.

Septiembre siempre vuelve tras el verano para devolvernos la ilusión por hacer cosas nuevas o mejorar lo que dejáramos inconcluso en junio. Recuperar las normas, los buenos hábitos, el orden.

El mes de septiembre nos deja un periodo de adaptación. Sin prisas para organizar el nuevo curso. Buscar las deportivas nuevas, el primer pijama para el invierno, el chándal para hacer deporte. Hasta que llega Jesús, el 14 de septiembre. Fecha que, sin duda, las vacaciones llegan a su fin. Ya no quedan niños por las calles al caer el sol, ni familias paseando ni bares cerrando a las tantas entre semana. Han sido catorce días de adaptación gradada que nos han ido avisando: hasta el año que viene Verano.

 

África Crespo

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Planteo este artículo como la primera parte de una serie de dos en la que me gustaría dar una opinión, más o menos utópica, sobre la docencia en enseñanza media de la asignatura de Lengua y literatura castellanas, asignatura desarrollada en la carrera que estudio (Filología Hispánica), donde una parte de los contenidos se dedican a plantear cómo podríamos transferir nuestro conocimiento a nuevos discípulos. Puesto que la asignatura tiene dos partes diferenciadas, comienzo hablando de la parte de Lengua castellana, para retomar la cuestión en el próximo número y hablar de la parte de literatura.

Dice Ignacio Bosque, el más grande gramático español de todos los tiempos, que la enseñanza de la gramática en enseñanza media y elemental se encuentra con dos problemas de base: (a) la visión externa —nadie se implica en lo que percibe como ajeno— y (b) el objeto único —no se reflexiona sobre el sistema, sino que se describe este—. Todo esto se ve en los tradicionales análisis sintácticos, los de las cajas. Los estudiantes nos dedicamos a analizar y a analizar cosas cada vez más raras sin pararnos a preguntar siquiera un instante por qué tales cosas son así. No analizamos realmente oraciones; practicamos una especie de autopsia sintáctica al fiambre oracional que el profesor nos presenta… Así, pocos estudiantes pueden sentirse llamados por el maravilloso mundo de la lingüística.

Del mismo modo, nos encontramos con contenidos repetidos año tras año (los elementos de la comunicación, las propiedades textuales, etc.), que no se ponen en práctica, sino que se memorizan año tras año. Sin embargo, no se dedica nada de tiempo a preguntarse por problemas recurrentes en la lengua, que nos saltan a cada paso. Por ejemplo: ¿por qué decimos tomar un café y no beber un café? De esas cuestiones se puede hablar en una clase de Lengua castellana de secundaria. ¿Por qué no se hace? ¿Por qué se dedica el tiempo a volver sobre los elementos de la comunicación o sobre las propiedades de un texto que apenas se ven aplicadas porque apenas se comentan textos?

Y, ante todo este maremágnum de problemas, ¿quién es el culpable?… Realmente no lo hay. Seguramente los profesores de la disciplina en enseñanza elemental y media pudieran poner algo más de su parte por hacer la árida asignatura de Lengua y literatura castellanas algo más atractiva para los estudiantes. Las editoriales podrían plantear manuales más prácticos, centrados en problemas con que los hablantes de español nos encontramos a cada paso, para inscribir, “intentar que los datos que tenemos delante encajen en el sistema que tratamos de entender [y,] si no encajan, tratar de mejorar la caracterización que hacemos de él”, en palabras de Bosque. Las leyes educativas podrían buscar el mismo propósito —con mejores condiciones físicas: ratios, instrumental, TIC, formación del profesorado…— y los estudiantes podrían tener una curiosidad natural que tratar de saciar en unas clases más entretenidas. En fin, trato de señalar un problema que existe. Quizás, con ayuda de todos, pronto podremos tener una asignatura que no resulte un coñazo para la inmensa mayoría de los que la cursan. Vuelvo en abril con comentarios sobre la parte de literatura… Hasta entonces.

 

Por Silvia Gordillo de la Cruz

Hemos empezado el año y seguramente a muchas casas hayan llegado muñecas para las niñas y balones para los niños. También habrán llegado muñecos para los niños y balones para las niñas. Cada uno habrá puesto en su carta a los Reyes Magos lo que más deseaban.

Digo esto porque parece que hoy hay que forzar a los niños a cambiar sus roles y con ello sus deseos. Está casi mal visto que una niña se decante por un vestido rosa o que un niño sea bruto jugando en el patio del cole. Se les hace creer que deben experimentar, lo cual es fabuloso, pero cuando desvelan sus pulsiones se les intenta, en algunos casos, reorientar para que sean más o menos sensibles, dependiendo de no se sabe qué.

De chiquitita me gustaban más los juegos tradicionalmente de “niños”. Las muñecas me parecían aburridas, y lo más que me acercaba a ellas era para pintarles la cara a las que mi hermana mayor cuidaba con esmero. Si acaso, alguna Barriguitas, que me sorprendían por sus diferencias, pues las había negras, orientales… En cualquier caso, prefería los Madelman, jugar al destornillador en los areneros frente a casa o al frontón en la tapia de Altagracia con mis amigos del cole. Bueno, y jugar con todos los cliks de Famobil (hoy Playmobil, todo cambia) que tenía mi amiga Lidia en aquella enorme habitación de su casa.

Quizás por eso, siempre me atrajeron las cosas que se construían. Desde pequeña me apasionaron los aviones, y mi sueño siempre fue trabajar en algo relacionado con la aeronáutica. Lo de ser piloto, por mi hipermetropía y astigmatismo, nunca fue una opción. Y aquella Ingeniería tenía unas notas muy altas en la época, así que tampoco pudo ser.

Y me decanté por otra rama similar, la arquitectura, y estudié para ser aparejadora. Luego completé otra ingeniería y añadí la sociología a mi curriculum académico.

Y en todas esas decisiones de juegos y carreras profesionales nadie, absolutamente nadie, me dijo que, por ser niña, estaba mal visto. De hecho, hoy me puedo montar un mueble de Ikea sin ayuda. Y eso no está mal visto, sino que da cierta envidia, ¿o no?

Lo digo porque llevo un tiempo oyendo hablar de fomentar en las niñas el que elijan carreras profesionales de las denominadas STEM (acrónimo en inglés de Science, Technology, Engineering and Mathematics) e incluso se ha llegado a plantear la posibilidad de aplicar la gratuidad en los primeros cursos de las mismas para las mujeres que las elijan como opción de formación académica.

De hecho, a finales de octubre la Reina Letizia recibió a representantes de la Cátedra STEM que ha creado la Universidad de Comillas, para, según se define, “fomentar las vocaciones STEM en las niñas y jóvenes”

Sé que, si hace 27 años, cuando iba a iniciar mis estudios universitarios, alguien me hubiera dicho que sí, por ejemplo, me matriculaba en Medicina (con todos mis respetos para tan excelsa titulación), me pagaban el primer año de carrera, les hubiera dicho que no. Por qué no me atrae, no tengo vocación y hasta hace poco no podía ver como una aguja atravesaba la piel.

Dejemos que las niñas, pero también los niños, exploren, experimenten y elijan. Pero respetemos sus elecciones. No forcemos situaciones que no son naturales, solo por el hecho de lograr cuotas.

Y ya de paso reflexionemos sobre porqué esta sociedad, que se pretende la más progresista y avanzada, se esfuerza por inventar tantas etiquetas. A veces lo natural es lo más sencillo. Y lo más moderno.

Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

La actual clase política nos deleita en cada sesión plenaria con una buena dosis de “brilli-brilli parlamentario”. Ello quiere decir que, en lugar de debatir sobre las cuestiones que de verdad tienen relevancia para el conjunto de sus representados, discuten sobre nimiedades, a menudo magnificadas, que no le importan al buen entendedor. Este sabe que el meollo de la cuestión está en otro lugar y ve con resignación como se cae en la confrontación por cuestiones que carecen de importancia. Ello sucedió infinidad de veces el año pasado, 2020, con cuestiones tan variopintas como el estado de alarma, la “nueva normalidad”, los presupuestos, etc., en las que el debate estéril sobre menudencias usurpó el lugar del necesario debate sereno. No me voy a centrar en ninguna de estas cuestiones; el propósito de este artículo es mostrar el “brilli-brilli” del debate sobre la LOMLOE, la recién aprobada ley de educación.

Se ha debatido muchísimo sobre el castellano como lengua vehicular en la educación, cuestión que solo aparece en la LOMCE y no en ninguna de las otras 6 leyes educativas aprobadas en los últimos 40 años. Hace unas semanas, conocí a una estudiante de Bilbao con motivo de un congreso estudiantil. Según nos confesó, su único contacto con el castellano era el de la asignatura Lengua y literatura castellanas, de obligada implantación en todo el sistema educativo. Nada más: el resto de las asignaturas y el contacto con familiares y amigos los realizaba por medio del euskera. No obstante, esta estudiante hablaba divinamente castellano. ¿De verdad merece la pena enconarse días y días con la lengua vehicular? Es una cuestión absolutamente irrelevante, pues no tiene repercusiones prácticas. Lo mismo sucede con la educación especial (para la que ley recoge precisamente lo que resuelva la ONU) y con la concertada (de la que nadie nos ha explicado en concreto en qué se ve afectada por la nueva ley): mucho ruido y pocas nueces; debates bizantinos que ignoran lo esencial.

La LOMLOE es una mala ley educativa, desde luego. Pese a que el Congreso aprobó por unanimidad devolver un lugar preponderante en el sistema a la filosofía, denostada vilmente por la LOMCE, parece ser que los legisladores se han olvidado de sus propios actos y la han condenado a la optatividad (salvo en 1.º de Bachillerato).

Pese a las reiteradas peticiones de la Red española de Filosofía y de muchos amantes de la disciplina, los legisladores no han hecho ni puñetero caso y la ley sale casi sin filosofía.

Lo mismo se puede decir de la situación de otras asignaturas, grandes olvidadas de la ministra Celaá. De eso, y de más fondos para la educación, y del fracaso escolar y de los itinerarios formativos y de la formación profesional, por ejemplo, es de lo que se debería haber hablado, pero, según parece, la corta inteligencia de nuestros legisladores les impidió pensar con la profundidad suficiente para afrontar un debate serio sobre estas y otras cuestiones que quedaron en el tintero.

Así las cosas, seguiremos teniendo nuestra dosis semanal de Sálvame parlamentario con “brilli-brilli”. De las cuestiones esenciales, mejor ni hablar. ¿Para qué? Seguramente, no entiendan qué es discutir sin recurrir a gritos, insultos y palabrería vacua.

El presidente del Partido Popular de Castilla-La Mancha, Paco Núñez acompañado de la portavoz del grupo municipal popular Rebeca Sánchez-Maroto, deendió la libertad de los padres a la hora de elegir la educación para sus hijos y advirtió que desde el PP “vamos a dar la batalla contra la Ley Celaá”.

Así lo destacó Núñez antes de mantener un encuentro con la Comunidad Educativa de Manzanares (Ciudad Real) en el Colegio San José el pasado 25 de noviembre, donde señaló que reuniones de este tipo sirven para escuchar todo aquello que los que “estamos en el uso del sistema educativo del país tenemos que decir” para construir “un futuro mejor para nuestros hijos”.

El líder del PP-CLM apostó por la defensa de los padres para la elección de la educación que ofrecen a sus hijos, así como por la defensa de la educación concertada y de la educación especial o de algo “tan surrealista” como es tener que defender que el español sea lengua vehicular en materia educativa. Además, ha recordado que el PSOE-CLM tiene nueve diputados en el Congreso con capacidad suficiente para parar este proyecto.

Por Juan Ramón Morales

Jorge Bucay dijo que “Equivocarse es parte importante del aprendizaje pues sin equivocaciones no hay crecimiento”. Yo, después de una vida entera dedicada a la noble tarea de enseñar, creo que, por razones de edad, ya debo estar ‘pasado de moda’ en lo que se refiere a educación, aunque esto no me invalide para dar mi opinión al respecto, por eso empiezo con la frase de Bucay, si me equivoco, esto me hará crecer.

Siempre he mantenido que la inversión y los acuerdos en materia educativa deben ser a largo plazo y que los políticos deben llegar a los consensos necesarios para que una Ley educativa tenga una más longeva duración. En España, desde 1970, solo ha habido dos modelos educativos. El que puso en marcha Villar Palasí, que premió a los docentes con una merecida subida de sueldos, pero que hizo millonarios a Jesús Polanco y Francisco Pérez (dueños de Santillana) y la reforma de Maravall y Rubalcaba. Desde entonces estamos con variaciones sobre el mismo tema, sin que, al menos la mitad de la población, pueda haber contribuido con alguna idea en algo tan trascendental como es la educación en la vida de las personas.

El texto de la nueva Ley de Educación ha sido redactado con nocturnidad y alevosía, sin el más mínimo consenso, lo que supone volver a imponer una ley partidista e ideológica, sin visión de Estado y sin atender el clamor ciudadano por la estabilidad y a favor de un Pacto de Estado por la Educación y sólo con esto ya se está insultando gravemente a la democracia, a pesar de que se diga tanto que hay dos sindicatos que están de acuerdo, cuando estos sindicatos no son mayoritarios en el sector de la enseñanza. A la altura que estamos del año, es decir a un mes del inicio del curso hay 17 planes para comenzarlo, uno por Autonomía, y no sé si la gravedad de la situación que el Covid-19 nos está haciendo vivir, permita a principios de mes dejarnos corroborar lo que aquí voy a decir y que sí esta haciendo que la Ministra del ramo se encuentre escondida, o en paradero desconocido.

Con esta Ley se asesta un duro golpe a la Enseñanza Concertada, cuando el Estado no está preparado para garantizar la educación sin su permanencia, ni tampoco con su desaparición. ¿Cómo se puede mantener un Colegio Concertado con 8 o 10 alumnos por clase (son los que quedarían tras llenar a reventar los públicos)? Sin concertada, ¿dónde se meterían los alumnos sobrantes (construyendo colegios, aumentando el gasto público, ¿más?) y haciendo desaparecer empresas, en este caso educativas)? Y es que esta Ley se está inventando el Derecho a la Educación Pública, cuando el único derecho reconocido es el de la Educación. No quiero decir que esta Ley elimine de facto la enseñanza concertada, pero por algo hay que empezar.

Pero lo grave del asunto es que, con la nueva Ley, vamos a tapar con errores aquellos errores que, al parecer, no nos gustan. No se actualizan los contenidos; no se aumenta la autonomía de los centros; no se consigue, tampoco se ha buscado, un mayor apoyo de los profesionales; no se vertebra el sistema educativo y por lo tanto se pierde la igualdad de oportunidades, estableciéndose diferencias significativas de una comunidad autónoma a otra.

Se está intentando imponer un sistema incongruente y anticuado con el que las aulas se convertirán en el lugar en que será fácil intentar el adoctrinamiento.

Se discrimina a la Religión como asignatura (cuando no es obligatoria) y se va a imponer el desprecio por ciertos valores como el esfuerzo, el trabajo, el mérito o la capacidad al dejar pasar el Bachillerato con asignaturas suspensas. Una vez más, igualamos por debajo.

 

Por África Crespo

El 11 de marzo anuncian por los medios de comunicación que a partir del día siguiente cerraban los colegios en la Comunidad de Madrid. Desde ese momento todos los grupos de profesores de WhatsApp empiezan a emitir notificaciones. Todos estamos desconcertados. Jamás pensábamos que aquello del coronavirus podía llegar tan lejos. Ya empezábamos a escuchar la ausencia de algún compañero con síntomas de la enfermedad. Queríamos tomárnoslo a broma. Tal vez para maquillar la realidad. Cuando hubo el primer familiar fallecido de algún compañero aquello ya dejaba de hacer gracia.

Acudimos varios días al centro para organizar aquella quincena en la que los niños se quedarían en casa sin acudir presencialmente al centro. Organizamos tareas de repaso, comentarios de texto, lecturas obligatorias. Todo aquello que consideramos que podrían hacer sin nosotros.

Cuando a la semana se anunció quince días más de prórroga en el estado de alarma nos dimos cuenta de que aquello podía dilatarse más en el tiempo, era muy probable que no fuésemos a volver y no queríamos que nuestros niños perdieran el curso.

Nos pusimos manos a la obra para organizar el tercer trimestre a distancia. Nunca habíamos hecho algo así. Ni profesores ni alumnos estábamos preparados para ello. Nos faltaba material. Nos faltaban conocimientos. Nos faltaban plataformas de educación online que fueran eficaces. Desde el centro se facilitaron ordenadores tanto a alumnos como profesores. Aquello se había convertido en el medio fundamental para continuar con el proceso de enseñanza y aprendizaje.

Google classroom, drive, dropbox, Jitsi meet, Google meet, Zoom, Teams… todo aquello que jamás habíamos utilizado pasaron a formar parte de nuestro día a día.

Poco a poco, pasamos del caos a la organización. Preparaba mis clases los fines de semana para que mis alumnos se pudieran organizar. Me he grabado en audio lecciones de gramática y de literatura con el fin de que les llegara de la mejor manera posible. Pensaba en actividades que pudieran resolver. Y me citaba con ellos en alguna plataforma para hacer una videoconferencia para resolver dudas.

Los profesores hemos mantenido nuestro horario de reuniones. Viéndonos desde casa dándonos ánimos y enseñándonos los unos a los otros.

Nos hemos dado cuenta de que las evaluaciones pueden ser mucho más rápidas haciéndolas por plataformas como Teams, trabajando alumno a alumno de antemano y profesor por profesor.

Los alumnos han respondido de manera asombrosa. Han sido conscientes de la importancia del profesor. De la necesidad de su figura en nuestra ausencia. Han trabajado como nunca. Han aprendido que Internet sirve para mucho más que mandar mensajes o jugar a videojuegos. Han utilizado los recursos que tenían. Alguno de mis alumnos tan solo contaba con el móvil de su madre o padre al final del día. Y han visto su esfuerzo recompensado.

Muchos me preguntan sobre el futuro de las aulas. Sobre el qué pasará en septiembre. Y, sinceramente, no creo que nadie lo sepa. Todo dependerá de la evolución de la pandemia.

De momento, creo que ha quedado claro que los niños necesitan volver al colegio, recuperar su rutina y disciplina de estudio. Y que el profesor es una figura fundamental en el desarrollo de niños y adolescentes.

Estos últimos días de curso, alguno de mis alumnos me han contado cómo han vivido esta situación:

 

Estos últimos meses escolares han sido bastantes difíciles en diferentes aspectos, uno de ellos es que algunos de nosotros nos cuesta utilizar las plataformas virtuales y esto puede frustrarnos ya que en esta ocasión nuestras notas dependen de los trabajos realizados por estas. Además, no todos tenemos los materiales adecuados, un libro de texto, folios o un ordenador. A muchos de nosotros nos ha costado mucho entender los temas y, sinceramente, no todos los profes han dado una clase virtual para ayudarnos a comprender: al contrario, solo mandaban deberes. Sin embargo, hemos desarrollamos una parte autónoma como estudiantes, hemos podido medir el tiempo de estudio dándonos los descansos que necesitábamos y organizándonos de la manera que mejor nos parecía hasta hemos desarrollado habilidades tecnológicas y hemos aprendimos a valorar lo importante que es el instituto.

A., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

Este último trimestre ha sido bastante raro, pero a la vez muy interesante. Desde mi experiencia he aprendido a organizarme mejor ya que había fechas límites para entregar los trabajos. También he aprendido a utilizar mejor las plataformas digitales al igual que nuevas aplicaciones que nos ayudaban a comunicarnos de una forma más cómoda de comunicarnos con los profesores, que siempre han estado dispuestos a ayudarnos y resolvernos las dudas.

Al principio organizarse fue un poco difícil ya que era una experiencia nueva, y lo nuevo a veces da miedo. Pero poco a poco me fui acostumbrando hasta que se hizo una situación normal.

M., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

 ¿Que cómo estoy? Tengo 14 años y llevo tres meses encerrada en casa. He pasado de ver a mis amigas todos los días a tener que verlas por una pantalla, de madrugar para ir al instituto, a dormirme tarde porque no estaba cansada, del ambiente ruidoso de clase y los empujones en los pasillos al terrible silencio de casa, así es cómo me siento.

Al principio, las cosas eran bastante difíciles, ya que tenía unos horarios irregulares: me sentía siempre cansada, no tenía ganas ni de hacer la cama y se me acumulaban todas las tareas que debía entregar al final de la semana, y cuando me animaba a trabajar la plataforma se caía, o el ordenador se bloqueaba, o se quedaba sin batería, o se apagaba la luz y ocurría la gran catástrofe, ¡ el wifi no iba! Y todo el mundo en casa estaba histérico, menudo drama…

Van pasando los días, y cansada de todo el desorden decidí ponerme a organizarme todas las semanas un horario, en una hoja divido las tareas por asignaturas con su fecha y hora de entrega. Los problemas surgen cuando tengo dudas, al no tener una explicación tan fluida como en clase a veces la comunicación es difícil, y me retrasaba en la organización. Además, las correcciones no eran personales, mandaban solo las soluciones y era molesto, sobretodo después de haberme esforzado toda la semana en realizarlos, y aquí estoy con los ojos rojos por pasarme todo el día frente al ordenador.

A pesar de todo, me veo más responsable a la hora de mandar correos, ahora reviso lo que escribo y soy menos impulsiva, también soy más organizada e independiente, cuando no funcionaba la impresora tuve que arreglármelas.

He tenido tiempo para reflexionar y creo que quiero estudiar magisterio, ya que ahora valoro más nuestra educación.

 

A., 3º ESO IES Domenico Scarlatti (Aranjuez)

 

 Por Francisco Menchén Bellón

 

“No es la especie más fuerte ni la más inteligente

la que sobrevive

sino la que mejor se adapta”

CHARLES DARWIN (1809-1882)

(Naturalista inglés)

 

¿Cómo convivir en la era post coronavirus?

Con la llegada del Covid-19 el planeta entero se ha paralizado, y no sólo la naturaleza ha chillado, sino también el ser humano ha reclamado su atención. Esta crisis existencial que hemos vivido ha venido a confirmarnos que vivimos en mundo conectado, que ha demostrado su resiliencia ante las grandes dificultades experimentadas.

El mundo ha cambiado totalmente y nada será igual a la etapa anterior, porque ya estamos inmersos en profundos cambios. Pero debemos reconocer que cuando el mundo real ha tenido que cerrar, el virtual ha abierto sus puertas. Este giro drástico puede ser el catalizador para dar un paso de gigante en la educación y empezar a crear una nueva humanidad.

Uno de las consecuencias de la pandemia podría ser repensar cómo educamos, qué necesitamos enseñar, y para qué educar. Desde tiempos atrás, los educadores de todo el mundo han estado hablando sobre la necesidad de redefinir la educación. Es un buen momento para conseguir que esta crisis disruptiva puede ayudarnos a rediseñar la educación del futuro.

Cómo hemos de convivir en un entorno donde se valoren nuestros recursos naturales propios de nuestros campos manchegos y, a la vez, podamos sentir cercana la Antártida o la vida del naturalista THOREAU, o las tribus aisladas del Amazonas. Estamos en una sociedad siempre en tránsito, donde la psicología humana es más lenta que los avances tecnológicos que ella misma ha generado.

¿Qué se le debe enseñar a los alumnos?

La noción del docente como poseedor del conocimiento ya no es adecuado para el siglo XXI. La generación “iGen” (Generación smartphone) puede obtener acceso al conocimiento e incluso aprender una habilidad técnica, a través de unos pocos clics en sus teléfonos, tabletas y computadoras. Será imprescindible reformular el papel del docente.

Recojo un mensaje que nos ha dejado NATALIA GINZBURG (1916-1991), escritora italiana, que propone una educación radicalmente distinta a la habitual:

“Creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Esta escritora comprometida considera que las pequeñas virtudes se pueden encontrar a su alcance y beberlas en el aire”, porque son comunes y conocidas. Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire y deben ser la materia prima de nuestras relaciones cotidianas.

¿Cómo los docentes conseguirán que ningún alumno se quede atrás?

En la Agenda 2030 de Las Naciones Unidas, se explican los 17 objetivos para transformar nuestro mundo. ¡Que nadie se quede atrás! es el llamamiento que se hace para trabajar la sostenibilidad, la solidaridad y la sinergia. Recomienda construir una sociedad pacífica, próspera y justa, donde todos seamos protagonistas de este cambio.

Los docentes saben muy bien que, la infancia y la juventud se vive una sola vez. En este período es cuando se configura nuestro “estado del ser”, nuestra manera de entender el mundo, nuestra visión de futuro; es necesario que todos los estudiantes tengan las mismas oportunidades que, pongan los derechos humanos, el empoderamiento y la justicia social en el frontispicio de todas las acciones educativas.

Más que nunca, debemos entender que el futuro de toda la humanidad está en nuestras manos y sólo el trabajo en común, bien hecho y responsable, hará de nuestra sociedad un lugar de prosperidad para todos. Recomiendo a los educadores de Manzanares que indiquen sus prioridades sobre lo siguiente:

¿La escuela o instituto que juntos podemos crear?

o

¿La escuela o instituto que vamos a encontrarnos?

FRANCESCO TONUCCI, célebre pedagogo italiano, que ha vivido solo el confinamiento, acaba de manifestarse, con estas palabras: “Cuando empecemos de nuevo, tendremos que inventar una escuela que hoy no existe”.

 

 

 

 

 

 

Por Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas

La improvisación de las autoridades autonómicas en los primeros días de la pandemia no auguraba nada bueno para la finalización del curso académico. Recordemos que el día 12 de marzo por la mañana el presidente autonómico reprochó duramente al rector de la Universidad de Castilla-La Mancha que hubiera suspendido las clases. Su análisis sobre la complicada situación que se avecinaba no pudo ser más erróneo y simplista. Reducía la decisión de suspender las clases a una simple motivación de los profesores para tener “15 días de vacaciones” extra. Ese mismo día por la tarde, tras hacerse públicas las nuevas y restrictivas recomendaciones del gobierno de España, Emiliano García Page rectificó totalmente la posición que había mantenido por la mañana, ordenando el cierre de los colegios para el día siguiente.

Estas decisiones tan poco meditadas de la Junta provocaron que los docentes, sin apenas directrices por parte de la Consejería de Educación, tuvieran que improvisar en pocas horas como poner en marcha la educación online en cientos de colegios e institutos. En esos momentos, la calidad de la educación dependió, más que nunca, del compromiso de los docentes y, también, de sus conocimientos sobre las nuevas tecnologías. No es de extrañar, por tanto, que las familias tuviéramos que enfrentarnos en pocos días a una multitud de plataformas educativas y herramientas de videoconferencia (Meet, Teams, Zoom, Skype, Forms, Papas, Aula Virtual…) elegidas por cada profesor según sus conocimientos y experiencia previa.

No fueron estas las únicas dificultadas que tuvieron que afrontar las familias: conseguir equipamiento informático para los hijos y los padres con teletrabajo, encontrar un rincón en la casa para trabajar, ayudar aún más a los hijos con sus tareas, generar nuevas rutinas, etc. Los más pequeños, para los que el colegio supone más un juego o divertimento que una obligación, sufrieron especialmente la falta de contacto con sus compañeros y maestros. A esto habría que añadir que las declaraciones de la ministra de Educación, exigiendo prácticamente un aprobado general, devaluaron ante los alumnos la importancia del último trimestre escolar.

A pesar de estos inicios tan complicados, muchos docentes han conseguido gracias a su esfuerzo y dedicación avanzar con las materias y mantener la motivación de los alumnos. Es por ello que, desde una perspectiva más personal, quisiera agradecer públicamente el compromiso que han demostrado los profesores y maestros del colegio Santo Tomás de Ciudad Real, en el que estudian mis hijas.

Llegados a este punto, sólo queda esperar que el próximo curso pueda desarrollarse con normalidad y que, en caso contrario, las autoridades educativas sean, esta vez sí, lo suficientemente previsoras como para tomar medidas que permitan paliar las dificultades que pudieran surgir. Mientras escribo estas líneas, los bandazos y cambios de opinión de la ministra de Educación y los desencuentros entre las diferentes administraciones con competencias educativas en nuestro poco eficiente estado autonómico, vuelven a arrojar sombras y dudas sobre el nuevo curso académico. Esperemos que estos problemas puedan ser solventados, una vez más, gracias al esfuerzo de los docentes, alumnos y padres.

 

Por Antonia Isabel Sánchez Migallón

 

 

Desde el 13 de marzo del 2020, la situación provocada por el COVID-19 nos obligó a toda la población a confinarnos en nuestras casas, lo cual provocó que todo el profesorado nos viéramos forzados a cambiar radicalmente nuestra metodología de trabajo, sin saber muy bien que hacer, ni cómo actuar porque en un principio no sabíamos ni cuanto iba a durar este confinamiento, ni teníamos instrucciones claras sobre lo que debíamos hacer exactamente.

En ese momento, ya sin alumnos en los Centros, nos reunimos todos los profesores en Claustros extraordinarios. Decidimos mandar tareas online desde diversas plataformas, unas se colapsan, otras van mejor, tenemos que inventar, investigar, adaptarnos, ser autodidactas, convertirnos en youtubers. Y surgen los primeros problemas, hay muchas familias que no disponen de ordenador, ni de internet, ni de impresora, tan solo disponen de un móvil. Nos preguntamos entonces, ¿podemos realmente enseñar en esta situación?, ¿qué podemos hacer para llegar a todas las familias?,¿qué hacemos con los alumnos con dificultades de aprendizaje que necesitan una enseñanza muy individualizada?, y finalmente, ¿cómo valoramos esta enseñanza?

Intentamos dar respuesta a todo esto como podemos, no sin muchos altibajos. Seguimos mandando tareas, empezamos a hacer reuniones con los alumnos por Zoom, por videollamadas, pero aun así hay muchas familias a las que no llegamos, de las que no sabemos nada. Después de muchas llamadas logramos contactar con algunas familias y a través del comedor escolar les pasamos los materiales impresos, a otros se les prestan Tablet. En otros casos es la Cruz Roja la que les lleva las tareas directamente a sus casas.

Y mientras, ¿qué ocurre en los hogare? Bajo mi experiencia personal, siendo mi marido sanitario, trabajando, yo con un ordenador teletrabajando, mi hijo mayor en el otro ordenador, mi hijo pequeño pidiéndome el ordenador porque tenía que ver un vídeo para hacer la tarea… Al mismo tiempo haciendo las labores de la casa; le dejo el ordenador cuando hago la comida, pero mi hijo mayor tiene dudas, le tengo que ayudar… En resumen, siendo una privilegiada porque soy profesora, orientadora y madre y disponía de todos los medios tecnológicos, lo he vivido con mucha tensión. Pues no me imagino aquellos padres que no tenían medios, ni internet, o tan solo un móvil, y aquellas familias  en las que los dos padres trabajaban porque eran sanitarios y dejaban a los niños con otros familiares, o familias que no tenían conocimientos para explicar nada a sus hijos, ¿cuándo y cómo hacían estas tareas?

   Y después de todo, de este devenir, de intentar solucionar todos estos problemas, de este gran esfuerzo por adaptarnos a las circunstancias, yo me pregunto ¿esto es Educación?, pasando por alto las dificultades técnicas y logísticas descritas anteriormente, la educación online, por muy útil y por muchos medios que tengamos jamás podrá sustituir a la presencial, solo la complementa.

La Educación es contribuir al desarrollo cognitivo, físico y social de las personas y con la educación online perdemos una parte muy importante que es lo social. Con la Educación lo que pretendemos es ayudar a que los alumnos se desarrollen en todos los ámbitos de la persona para convertirse en adultos capaces de desenvolverse en una sociedad futura. Consecuentemente si perdemos esa parte no estaremos contribuyendo correctamente a este desarrollo.

Por lo tanto, sin desmerecer las recomendaciones sanitarias y la evolución de la Pandemia, esperamos que lo antes posible podamos volver a la enseñanza presencial, para poder paliar los efectos de este período y seguir contribuyendo al desarrollo de nuestros alumnos que con la enseñanza online evidentemente no se consigue. ¡Que regresemos a la verdadera escuela!