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Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Planteo este artículo como la primera parte de una serie de dos en la que me gustaría dar una opinión, más o menos utópica, sobre la docencia en enseñanza media de la asignatura de Lengua y literatura castellanas, asignatura desarrollada en la carrera que estudio (Filología Hispánica), donde una parte de los contenidos se dedican a plantear cómo podríamos transferir nuestro conocimiento a nuevos discípulos. Puesto que la asignatura tiene dos partes diferenciadas, comienzo hablando de la parte de Lengua castellana, para retomar la cuestión en el próximo número y hablar de la parte de literatura.

Dice Ignacio Bosque, el más grande gramático español de todos los tiempos, que la enseñanza de la gramática en enseñanza media y elemental se encuentra con dos problemas de base: (a) la visión externa —nadie se implica en lo que percibe como ajeno— y (b) el objeto único —no se reflexiona sobre el sistema, sino que se describe este—. Todo esto se ve en los tradicionales análisis sintácticos, los de las cajas. Los estudiantes nos dedicamos a analizar y a analizar cosas cada vez más raras sin pararnos a preguntar siquiera un instante por qué tales cosas son así. No analizamos realmente oraciones; practicamos una especie de autopsia sintáctica al fiambre oracional que el profesor nos presenta… Así, pocos estudiantes pueden sentirse llamados por el maravilloso mundo de la lingüística.

Del mismo modo, nos encontramos con contenidos repetidos año tras año (los elementos de la comunicación, las propiedades textuales, etc.), que no se ponen en práctica, sino que se memorizan año tras año. Sin embargo, no se dedica nada de tiempo a preguntarse por problemas recurrentes en la lengua, que nos saltan a cada paso. Por ejemplo: ¿por qué decimos tomar un café y no beber un café? De esas cuestiones se puede hablar en una clase de Lengua castellana de secundaria. ¿Por qué no se hace? ¿Por qué se dedica el tiempo a volver sobre los elementos de la comunicación o sobre las propiedades de un texto que apenas se ven aplicadas porque apenas se comentan textos?

Y, ante todo este maremágnum de problemas, ¿quién es el culpable?… Realmente no lo hay. Seguramente los profesores de la disciplina en enseñanza elemental y media pudieran poner algo más de su parte por hacer la árida asignatura de Lengua y literatura castellanas algo más atractiva para los estudiantes. Las editoriales podrían plantear manuales más prácticos, centrados en problemas con que los hablantes de español nos encontramos a cada paso, para inscribir, “intentar que los datos que tenemos delante encajen en el sistema que tratamos de entender [y,] si no encajan, tratar de mejorar la caracterización que hacemos de él”, en palabras de Bosque. Las leyes educativas podrían buscar el mismo propósito —con mejores condiciones físicas: ratios, instrumental, TIC, formación del profesorado…— y los estudiantes podrían tener una curiosidad natural que tratar de saciar en unas clases más entretenidas. En fin, trato de señalar un problema que existe. Quizás, con ayuda de todos, pronto podremos tener una asignatura que no resulte un coñazo para la inmensa mayoría de los que la cursan. Vuelvo en abril con comentarios sobre la parte de literatura… Hasta entonces.