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Emiliano García Alcázar

La vida humana en efecto no es eterna. Se va consumiendo por medio de su normal evolución biológica y envejecimiento celular desde que vemos la luz de este mundo. El inmutable paso del tiempo no detiene esta evolución. Velozmente transcurre. Cada instante lo queremos hacer perdurable. Los recuerdos del pasado los revivimos con total nostalgia, intensidad y plenitud. La vida que nos ha regalado una madre quien nos ha engendrado con todo amor. El amor que es recíproco de una madre hacia un hijo que la honra y venera heredando esos dones y virtudes y manifestando la mayor dicha y gratitud. Es el estrecho vínculo materno-filial que aferra.

Y cuando llega ese instante de su despedida, balbucea el corazón de dolor, aflicción y profunda tristeza, tratando de mitigarlos en la desconsolada ausencia. Y con impotencia nos interrogamos si ha sido ingrata y cruel la naturaleza a través de esas fuerzas sobrenaturales implacables que no llegamos a comprender porque son inaprensibles para nosotros, y que hacen latir hasta su finitud de la existencia a todos los seres vivientes irradiándoles esa energía cósmica que insufla un ente o inteligencia superior hacedora de todo lo creado.

Mi madre tuvo una vida fecunda y sufrió tras padecer una enfermedad cognitiva vascular senil a su nonagenaria edad -92 años-, que fue degenerando sus facultades sin perder toda su consciencia. Durante la larga permanencia que he estado a su lado con sumo cuidado y dedicación, le desperté más de una sonrisa y un beso de agradecimiento. Dejó de existir un viernes 11 de septiembre a las 12 horas y 22 minutos de la noche. Momentos antes de expirar asistida con oxígeno por su insuficiencia cardio-respiratoria irreversible, la besé y tomé su mano diciéndole: “Soy tu hijo mayor, Emi”. “¡Te quiero mucho!”; y haciéndole escuchar en esos intensos, transcendentales y emotivos instantes la melodía de la composición “Para Elisa” de Beethoven, que ella tocaba hasta hace poco al piano y sin partitura, le exclamé con plena convicción, idealismo e identificación: “¡La Música es lo más maravilloso del mundo!”. ”¡Es el Dios supremo!”. En ese tránsito, me reconfortaron mis palabras, despidiéndome así de mi madre; y al hallar paz mi espíritu, entendí mejor la eternidad, porque la Música, reflejo de espiritualidad, es la creación más excelsa y sublime que transmite sentimientos y felicidad puros. Esa felicidad interior que expresaba en aquella máxima puesta en boca de mi propia madre y que servía de postludio a la más sentida y elocuente evocación en homenaje que le ofrendé en vida -la cual leí como recordatorio ante su tumba-, divulgada en mayo de 2016 en las páginas de este aclamado medio informativo colector de noticias y opiniones de nuestra entrañable población natal.

P:D.: Ilustración anexa: Retrato al óleo inédito de mi madre Custodia Alcázar Fernández, realizado por mi padre Emiliano García Roldán.