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Manuel Gallego Arroyo

A pesar de todo, y por más que quieran contarnos, el progreso peca muchas veces de ingratitud con el pasado. Es que su razón de ser consiste, las más de las veces, en desprender toda costra, mondar cáscaras, en fin, arrancar de la vida todo aquello que, sido, pretenda prolongar el paseo y solaz de los cadáveres exquisitos. A veces, en lo que es una irremediable precipitación, actúa como un juez sentencioso e inflexible con lo, en apariencia, caduco.

Ahora que la ley de las modas, ahora que el progreso con su mano a veces fría levanta enormes muros, imponentes vallas, como las que han nacido al final de los Paseos del Río, ahora digo, podremos contemplar cómo se cerrará el horizonte, se cegarán las perspectivas y se angostarán los trasvases de almas; ahora y ya mañana, observaremos cómo a la caída del sol, se precipitarán las sombras del enrejado progreso sobre los paseos y sus arriates, árboles y arbustos, y sobre los paseantes de ojos confusos en el tornasolado.

Creo que con la decisión “envalladora” se han perdido algunas cosas (¿realmente podemos decir “cosas”?) que a lo mejor sería de justicia que las tuviésemos en conciencia, por si hubiera alguna posibilidad de recuperar la dignidad de lo arrinconado.

De un lado la estética del cierre de las calles del paseo, angostado y marginado, en su perspectiva (la de los Paseos Príncipe de Asturias). Pero también la del Paseo de los Pinos, que, viniendo desde los Cinco Puentes al encuentro de aquellos, ha quedado desplazada, oculta y empobrecida en un feo recodo. Como pobre y sin sentido queda, desde el Banco de la Paciencia, toda vista, amurallada toda lontananza.

Obsérvese que no hablamos de nada nuevo, pues, de cuanto ahora se ha hecho monda, fue ya una propuesta con la que se trató de resolver (mediante los emplazamientos que llegarían a ser símbolos cantados por la cultura popular), uno de los problemas urbanísticos de esta localidad, el de las limitaciones que impone la vía férrea.

Rememoremos no obstante el porte humilde, contemplativo y melancólico de aquel banco, el de la Paciencia, pasante de trenes y testigo del horizonte, ahora mudado de simbólico guardagujas, en arrinconado guardavallas. Rememoremos la anchura y vastedad del lugar, explanada que pasaba la mayor parte del año dejada de sí, clamando qué hacerse de ella.

En descargo sólo queda referir cómo una vez más el futuro ha logrado corregir una deficiencia del pasado, ampliando en superficie de metros cuadrados el espacio para exposiciones feriales, a la postre, asunto vital en el modernizador desarrollo de nuestro pueblo.

 

            Manuel Rodríguez Mazarro

Hace ya algunos años en los bares de Manzanares no había grifos de cerveza “sin”, se cumplía año y medio de mili, no había supermercados, eran tiendas de tendero/a que hacían el artículo, se hablaba con la vecina, había tabernas con humo de “Ideales y Celtas” , se hervía la leche, conocimos al histórico Francisco Franco, los billetes de mil pesetas, revelar los carretes de fotos, fumar los maestros en la clase, máquinas de escribir, practicar el método Ogino, darle cuerda al reloj, los carros, galeras, tartanas, nació la democracia, …

Sería un próximo libro que realizar, interminable el cambio de nuestra generación: –El título: — “Las batallitas del abuelo”. Igual que la actual generación es la tecnología, como la anterior fue el manejo del esparto, la pleita, todo envase era de tal materia silvestre, trabajado con las manos, capachos, esteras, serijos, espuertas, cordetas, …

Pasamos a la transformación, la “era” del plástico, el automóvil, T.V., vacaciones, derechos y deberes pocos. Entonces todo se fue ajustando al consumo, usar y tirar al reciclaje. Gran problema mundial del cambio climático, gases, deshechos, escombreras, vertederos nucleares, llegando a contaminarnos unos a otros, primer ingrediente la mascarilla y lejía.

Estamos conviviendo familiarmente con los virus, “bichito” con diadema real cargándose a medio mundo, el reducirlo costará sudor y lágrimas. Causando más muertes que cualquier guerra mundial sin necesidad de bombas nucleares ni armamento sofisticado.

Un ejército nos cuesta más que tener al día nuestros hospitales y su personal bien equipado. Tenemos que estar preparados para un antes y un después.

Todo esto me recuerdan los seguros que casi todos tenemos, negocio, trabajo, doméstico, accidentes, incluso defunción y planes de pensión o jubilación. Lo bueno es pagarlo y no tener que necesitarlo, echar mano de ello y en caso de…, pues para eso está.    

El futuro. Cuando lleguen a conocer tal “marcianito” con vacunas y técnicas; vendrá otro y otro. Finalmente y pienso en Manzanares, fuera de los problemas con las mascarillas, guantes, confinamiento, paisajes vacíos, palabras repetitivas, residencias, videoconferencias, discursos, decisiones compartidas, musiquero “resistiré”, policías con “cumpleaños” y balcones a las ocho.

Vendrá la segunda parte del “Covic-19”, será la 20, 21, 22 y nos dieron las 23 y desnudos al anochecer nos encontró la luna, la canción de Joaquín Sabina. Se presentará el “virus-económico”, fatal levantar el árbol seco por mucho nitrato de Chile que le echemos al comercio en general, nuestra hostelería, olvidarnos de “nuestros sabores”, esas tapas, vino pálido, conversación a cara descubierta, saludos afectuosos, apretón de manos, ferias y fiestas, medievales, mercadillos, cines, teatros, pésames emotivos.

Dicen que volveremos a ser diferentes, más humanos, a pedirle sal y perejil a la vecina, complacientes, unida la familia, los hijos, abuelos. Quisiera ver el final de esta confinación casera, palabra que confundo con: confitado y confirmado. ¡Amén!           

                                                                             

               

 

 

 

               

        

Javier López

Qué curiosa es esta veleta y qué complicado es observarla desde el nivel del suelo. Localizada en la calle empedrada, en la casa de los García Noblejas, es distinta a todas las que existen en Manzanares, por una peculiaridad. Pertenece al grupo de veletas tradicionales, porque cumple con todas las normas que rigen en las veletas a lo largo de los siglos, pero es diferente a las actuales que vemos en las nuevas construcciones.

   Con otra mirada, vamos a centrarnos en esta, observándola de abajo arriba, obviando el pararrayos que tiene adosado, al ser un objeto posterior al origen de estas. Cumple en su forma con los cánones que las rigen, que, de paso, vamos a comentar de una manera resumida. Todos conocemos que las veletas, además de ser un instrumento meteorológico que nos ayuda a identificar la dirección del viento, es también un adorno de los edificios y soporte en el que se expresan simbolismos y motivaciones que se relacionan con el uso de estos.

   La veleta se compone de un eje vertical que une, sustenta y al que van engarzados el resto de los elementos que la constituye, principalmente, la parte móvil que es la que gira con el viento y nos señala la dirección. El arranque del eje vertical esta insertado en la obra del edificio y suele ser una esfera, bien de metal o de piedra maciza, en ocasiones, calada, cuando se trata de esferas metálicas a modo de los meridianos de la tierra. En otras, la esfera única es sustituida por una secuencia de varias bolas, en un número máximo de cuatro, de un diámetro semejante o como ocurre más comúnmente de diámetro decreciente en sentido ascendente. La misión de estas esferas es proteger la cúpula o el edificio de los impactos de los rayos, de manera que las de metal se fundían, pero el resto de la obra no sufría. A continuación, se encuentra la parte móvil de la veleta en la mayoría de los casos flechas con cola de banderola, es en la cola donde se aprovecha para realizar en ella adornos calados (letras, fechas, escudos…) o formas variadas que a veces corresponden con la imagen o símbolo que identifica el oficio del propietario del edificio. Como remate todas tienen una cruz, en Manzanares suele ser de Calatrava, o simplemente dos palos cruzados.

    Ahora que conocemos más de las veletas, vamos a examinar la de la fotografía con otra mirada, y percibimos que es escultural, porque tiene unos adornos entre la bola (con meridianos) y la flecha, en su banderola tiene el calado de una flor y otros adornos en la parte superior antes del remate que asemejan culebrillas o relámpagos.

   Aquí es donde nos preguntamos: ¿Qué más tiene esta veleta de la calle Empedrada que la hace inédita? Analizándola con otra mirada, advertimos que el remate superior es una estrella de los vientos en tres dimensiones (por cierto, muy interesante) y es ahí, donde radica su originalidad. Una veleta que no tiene una cruz es la única de las antiguas de Manzanares que no tiene una cruz más o menos historiada o con más o menos poderío como terminación, es un objeto singular que si tiene que ver con los vientos y la orientación, pero es precisamente lo que hace que sea exclusiva, y la más atrayente de todas.

   Paseen por el centro de Manzanares, verán cómo es la única que no tiene una cruz como colofón.

Pedro Lozano Martín-Buro
lfpabogados@lfpabogados.es

Gracias al condensador de flujo, los agujeros de gusano y el envolvimiento cuántico ya es posible viajar por el tiempo. El 16 de junio del año 2032 el aterrizaje se efectuó sin dificultad en un lugar de la Mancha, en una Plaza, llamada de las Palomas. La comunicación estaba lastrada por un críptico intercambio de datos, no era muy fluida, aun así, ya se percibían los cambios producidos, especialmente, en el comercio local como consecuencia de la pandemia.

17:00 Hora local. Cumpliendo órdenes me preparo para tomar contacto. Abriendo la escotilla 23. Abandono la nave. Tiempo despejado, mayormente soleado con ligeros vientos de la sierra de siles; temperatura, 32 grados centígrados; humedad relativa, 40 por ciento. Corto.

17:08 Hora local. Observo personas que caminan rápidamente, todas con un móvil en su mano y separadas unas de otras por una distancia de dos metros. Van con mascarillas de diferentes colores y formas. Nadie se fija en mi. Corto.

17:09 Hora local. Hay carteles digitales que informan del número de infectados con diferentes gráficas. De forma intermitente y con luces de neón, qué curioso, aún se anuncian controles de velocidad en el polígono y cortes en el suministro del agua debido a mejoras de la red, se piden disculpas a los vecinos que parecen estar acostumbrados a esta situación. Corto.

17:11 Hora local. En el perímetro observado se aprecia una apuesta decidida por la vigilancia digital, hay cámaras por todos sitios. Por el móvil se investigan los movimientos, las compras, la velocidad, las amistades y los comentarios críticos en las redes sociales. Se controla cada clic. No existe la esfera privada, repito, no existe la esfera privada. Corto.

17:12 Hora local. Las cámaras captan las imágenes faciales y la temperatura corporal. Atención, atención, observo que en este lugar no hay comercios, ni tiendas, ni bares, está todo cerrado. Silencio ensordecedor. Sobrevuelan restos de carteles perdidos donde se puede leer “se alquila local comercial”. No hay espontaneidad, flexibilidad, capacidad de sorpresa ni cercanía. Es todo muy raro. Corto.

17:14 Hora local. Primer acercamiento a un ciudadano. Consideremos a ese chico con el móvil. Sigo sus pasos, avanza sólo, se detiene, reacciona, levanta la cabeza y continúa su ida siguiendo el horizonte de la punta de sus zapatos, manipulando y tocando el móvil sin soltarlo. Sigue su marcha. Levanta su mirada, me ve, soy un extraño y no me puede bloquear. Pido instrucciones para contactar. Corto.

17:23 Hora local. Primer contacto con habitante de la zona.

  • Hola, ¿qué buscas? ¿puedo ayudarte?. —se dirige a mi en forma amistosa—
  • Algún comercio en la zona. —contesto rápidamente—
  • Ya no quedan, ¿no lo sabe? El pueblo luchó hace 10 años contra la pandemia con grandes medidas higiénicas, controló el virus, pero olvidó, tras el confinamiento, que comprar podía ser un acto moral y no sólo económico y que debía prevenirse del consumismo sin ética y sin sentido social. Pasó lo que pasó, nos dejamos llevar por las compras masivas por Internet. En una sociedad del exceso como aquella, tan acelerada, el mejor antídoto hubiera sido no dejarse llevar. No lo hicimos…Hubo una segunda oleada que nos golpeó con ese otro virus que fue aún peor, el del egoísmo indiferente. Nos fulminó. Nos aisló e individualizó y el pequeño comercio desapareció.

18:05  Hora local. Vuelvo a la nave. Hay que hacer algo para cambiar el futuro. Corto y cambio.

Jesús Isidro Sánchez de la Blanca Romero Nieva

“Nosotros queremos la conservación del Trono, pero sin camarilla que lo deshonre; queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales, mejorándolas, sobre todo la electoral y la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleos militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios; y como garantía de todo esto queremos y plantearemos bajo sólidas bases la Milicia Nacional”

Estas líneas forman parte del Manifiesto de Manzanares firmado en 1854, realizado por Antonio Cánovas del Castillo, firmado por el general Leopoldo O’Donnell.

¿De verdad, conocemos en Manzanares el Manifiesto y su transcendencia histórica? ¿Saben cuántas entradas en internet tiene el Manifiesto de Manzanares? Cerca de 28500 entradas de diferentes páginas.

¿Conocemos que en el año …. Hubo una revuelta en nuestro pueblo que se levantó contra los .fidedignamente reflejado en documentos en el Archivo Histórico Nacional y dignos de ser divulgados e incluso adaptados para un guion de teatro por parte de nuestros grupos teatrales como Lazarillo, Vaya Cirio o Crea Escena.

De ahí mi reflexión junto con la charla que tuve con Juan Ramón Romero, Director del Archivo Histórico Nacional. Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. El futuro de un pueblo se asienta sobre cimientos firmes como son una economía fuerte, unos servicios acordes, una planificación contando con diversos sectores como empresas, cultura, educación, sanidad, una sociedad dinámica, y sobre todo, conociendo su Historia.

La historia de un pueblo debe guiarse por tres premisas: conocerla, cuidarla y valorarla.

La primera premisa, el conocimiento, ¿Conocemos realmente la historia de Manzanares, nuestros personajes históricos, que van desde Ministros hasta Poetisas? Lanzo el guante a colectivos culturales e instituciones públicas y privadas para hacer una labor divulgativa en los centros educativos para conocer nuestras raíces, cosa que ahora mismo no sucede, por desgracia.

En cuanto a la segunda premisa, cuidar nuestra historia, que no hemos sabido cuidar, ya que hemos perdido gran parte de nuestro patrimonio y hay uno, como es el Torreón donde datan nuestros orígenes, se está perdiendo inexorablemente si no hacemos algo. Pero la historia que esconde el Torreón no está a la vista, está enterrado. Varios historiadores apuntan que ahí se esconden yacimientos de suma importancia histórica y que sería necesario realizar estudios para sacarlos a la luz.

Y la última premisa es saber valorar la historia. Sí la conocemos, sabremos cuidarla, y por ende  valoraremos las tradiciones, nuestras raíces y las transmitiremos con orgullo, no solo a nuestras generaciones venideras, sino a nuestros visitantes.

Por todo ello hago un llamamiento para realizar una planificación con colectivos sociales, Instituciones y Empresas para aprovechar nuestra Historia.

¿Vemos la oportunidad que a pocos kilómetros hay un punto histórico-turístico como es la Motilla del Azuer? ¿No somos capaces de seducir a esas personas en nuestra población para que se conozca nuestra Historia?

Manzanares, tiene mimbres para convertirse en punto de obligada parada para los turistas que visitan nuestra provincia atraídos por la oferta museística, cultural y porque no, histórica. Si lo sabemos aprovechar, ¿por qué la Historia no puede ser parte de nuestro futuro?

En términos financieros, el valor añadido es la diferencia entre el coste de la producción y el precio final de venta o también el valor que adquieren los bienes y servicios al ser transformados durante el proceso productivo. A veces, ese valor no se pude cuantificar en euros, es un intangible.

Cuando realizamos una compra en un pequeño establecimiento de Manzanares, el producto que nos llevamos a casa ha adquirido un gran valor añadido: la cercanía y el consejo de la persona que lo vende, la confianza de poder reclamar o cambiarlo o arreglarlo si el resultado final no es el deseado, la buena conversación entre vecinos en el momento de la compra, la seguridad de que el vendedor se está comprometiendo personalmente porque no es una locución automática que te atiende por teléfono sino que es nuestro vecino, al que volveremos a ver en cualquier momento y que se siente vinculado y se responsabiliza.

Pero también nosotros podemos conferir un valor a nuestra compra, o más que valor, unos ciertos valores. Cada vez que compramos en nuestro pueblo contribuimos a que una familia salga adelante y prospere, lo que a su vez repercutirá en beneficio de otros comerciantes que a su vez podrán vender sus productos también y ganarse la vida honradamente. Contribuimos a que nuestras calles y plazas se animen y se propicie el encuentro personal entre los vecinos y se cree un tejido social amable y sano. Contribuimos a hacer de la compra un acto cercano y amistoso, humano, lejos de la pulsión de compra puramente consumista.

El producto adquirido en el pequeño comercio local adquiere un nuevo valor: el valor de la colaboración y la solidaridad entre vecinos.

En estos tiempos en que la revitalización del comercio local es clave en nuestra ciudad, no solo es necesario que compremos en nuestro pueblo con el valor añadido al que hacemos referencia, sino que también que a nuestra compra le añadamos valores, el valor añadido de la solidaridad, la ayuda, la buena vecindad y la responsabilidad con nuestro comercio, que es la vida del pueblo.

Por Pedro Lozano

lfpabogados@lfpabogados.es

Confusión, dudas y mensajes desalentadores. Cada dos minutos había un muerto y ni uno aparecía en televisión, sólo estadísticas y datos de fallecidos que no coincidían con la realidad. Veíamos los aplausos pero no sentíamos el dolor. En Manzanares no sabíamos cuántos ingresados, contagiados y difuntos se habían producido, sólo ecos difusos de sanitarios que describían cómo estaban las plantas. Parón informativo. Telón de acero. No culpo al Ayuntamiento, no tiene competencias sanitarias. Me recordaba al desconcierto surgido con la crisis sanitaria de la legionella que aún hoy no conocemos, ni dónde, ni cómo se originó. Existía cierta pretensión de ocultar la realidad y de convertir a la ciudadanía en meros espectadores que no piensan ni se cuestionan nada. Ignorancia convertida en imbecilidad, sin báculo, sin bastón de mando. “Decidnos la verdad, aunque sea dura”, reclamaba con arrojo desde su púlpito, Don Raúl, Párroco de Membrilla, antes de que lo dilapidasen en las redes sociales por enfrentarse al vacío informativo, simplemente, por suplicar algo que todos pedían, una información fiable. Chapó. Veíamos a nuestros sanitarios uniformados con bolsas de basura y pantallas faciales como si fueran arlequines y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad mendigando mascarillas. Ver así a nuestros héroes era un escarnio público.

En este contexto surgió la solidaridad espontánea del pueblo de Manzanares, así se escribe la historia.

Gracias a ella, hemos sido testigos silenciosos de nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada. Ni siquiera la web municipal. Empresas de Manzanares, autónomos, particulares, amas de casa que han ayudado a su prójimo, donando, cosiendo mascarillas, botas, creando pantallas con impresoras 3D, lo que fuera, para llegar donde no llegó la estulticia de los responsables de prever esta situación y dotar, al menos, a nuestros sanitarios y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de un stock suficiente. Han dado un testimonio grandioso de esperanza, generosidad, cooperación, ayuda y solidaridad a raudales de nuestro pueblo. Hay quién es generoso y se enriquece, hay quién ahorra demasiado y se empobrece.

La sociedad civil, el pueblo de Manzanares, dejó de lado el rol de mero espectador pasivo que le querían asignar y se puso manos a la obra sin necesidad de que nadie le estimulase o le subvencionase. Surgió la solidaridad espontánea de forma anárquica ante la ausencia de gobierno y de autoridad. Frente al tópico, el anarquismo no es individualista se apoya en principios como la cooperación y la ayuda mutua pero ojo, no hay que tenerla en cuenta, la anarquía está rodeada de frágiles tabiques que lindan con el vicio o con el crimen. Debe ser transitorio. Hay que confiar en nuestro sistema político, reclamando soluciones, que estudien lo que pasa a su alrededor, prevean, organicen y miren más allá de las orejeras de su sectarismo y si, ni eso saben, al menos, como decía Don Raúl, exijámosles que no nos mientan, que nos digan la verdad, aunque que sea dura. Al menos, eso.

Manzanares a, 17.04.2020.

 

 

Manuel Gallego Arroyo

Hemos teletrabajado. Hemos teleabrazado. Hemos telebesado. A mi parecer, si algo ha demostrado la crisis del Covid-19, ha sido la necesidad de realidad física que todos tenemos. Digo “realidad física”, la del tacto, la tangible, la del arrimo; esa de la que hemos hecho distancia, precisamente para darnos seguridad, para arroparnos y estar más unidos. Dentro de la paradoja, hay cosas en la vida, que al menos de momento, nos parecen insustituibles y que, con un golpe sordo, opaco, sin vibración apenas, han dado un aldabonazo en nuestras vísceras, creo, contundente.

Hablo en efecto del beso, y del abrazo sin distancia. Del tocar y ser tocado. De la caricia. De todos esos melindres sentimentales que a veces ocultamos por vergüenza y que ahora bailan la danza de la lluvia en nuestras conciencias.

Hay en efecto cosas que son insustituibles, “indesplazables” por más que las obviemos: la presencia real, la presencia física. A la postre es lo que nos hace humanos. El virus ha puesto al descubierto la muleta que es la virtualidad, la red, la distancia fingida, la comunicación sin el cara a cara, al mismo tiempo que la ha hecho insustituible, más real.  Hay cosas, claro, cosas, que sólo pueden ser presenciales. Un respirador por ejemplo. Pero también un aula, un sanitario, un dependiente, un tendero, un policía, un basurero, bombero, un ganadero, limpiador, agricultor, transportista … tu pueblo … ¿una mujer o un hombre, también lo son “realmente”? Y hay cosas que no queremos y están ahí, y que si son pertinaces pueden llegar a doler mucho, por no decir a fastidiar muchas vidas, un virus por ejemplo. Eso que considerábamos “un simple virus”, una pandemia, una desgracia del pasado o de otros lugares, un periclito canto de otras civilizaciones.

Y lo curioso, ciertamente curioso y paradójico, es que la realidad virtual ha venido a poner sus paños medicinales sobre la herida covídica. Es el sino del tiempo que nos ha tocado vivir, el de la pandemia virtual de un mundo global que, después de todo, nos demuestra que la falta de tacto se puede y se debe suplir con la pantalla táctil. Me río yo de los votos que hemos hecho de cambio para el futuro; me río.  

Algunos pensarán que gracias a estas pantallas se han salvado millones de vidas, que hemos mantenido el teletrabajo, sostenido parte del comercio sin ponerle cara. La economía. Así es. Por lo mismo que se puede decir que ya las pantallas amenazaban con el virus, que han venido por el mismo camino, marcando el sendero, que dibujaban ya su retrato, en tanto hacían sordina.

Cuando la desgracia nos golpea, sentimos con firmeza la sacudida de la menesterosidad, aquel sordo, opaco, seco aldabonazo. A la postre, el hombre, cargado de vida, con su vida a cuestas, no es sino un ser vulnerable. Hemos aprendido que las sociedades también, por muy evolucionadas que se consideren, son vulnerables y penden de esa misma vida, que apenas es un hilo, un hilo que amenazan demasiados intereses, además de los víricos. Suele olvidarse, cuando la confortabilidad se instala en la comunidad de afortunados que pueden mirar disimuladamente, al través de la superficie iluminada, la evolución de la tragedia. Pero a veces la tragedia baja y se atreve a darnos en el hombro. Claro que no hablo de tragedia individual, hablo de tragedia colectiva, la que se escapa de las manos, de las posibilidades, la que pone en aprietos reales y que luego, pasado el tiempo, catalogamos bajo el rótulo de “desgracia”, “ceguera colectiva”, “grandes intereses”, “mentalidades”, esa que en apariencia sólo está en los manuales de historia, en los que no suele poner que somos unos afortunados por poder leer manuales de historia. Luego está la realidad; la realidad física.   

Pero la vida tiene esas y otras cosas. Otros regalos, porque la vida sigue, fluida y real. Desconozco, a día de hoy -¡parece mentira!- si los manuales de historia sirven para algo.

Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

En la crisis de 2008 el sector inmobiliario y la construcción sufrieron, sin duda, los efectos más severos de la explosión de la burbuja inmobiliaria, además quedo estigmatizado y desprotegido, mientras que otros sectores como el financiero, tan culpables o más de aquella burbuja, fueron rescatados y pudieron salir a flote.

En esta crisis del Covid 19, van a ser otros los sectores más afectados, la hostelería, el turismo, el ocio, la cultura, líneas aéreas, etc, pero como es lógico, la incertidumbre y la preocupación sobre las repercusiones de lo que está pasando y cómo será la salida, llegan a todos los ámbitos.       

A los efectos de nivel de riesgo en el trabajo, el Ministerio de Sanidad considera que la construcción tiene baja posibilidad de exposición e infección, siempre, claro está, que se cumplan las medidas y recomendaciones de seguridad y salud para los trabajadores. En las obras deberá haber termómetros, no se compartirán herramientas ni equipos, se guardarán las distancias, se utilizarán mascarillas (quirúrgicas o EPI), guantes, habrá soluciones hidroalcohólicas para desinfectar,  no se formarán corrillos, etc. Quizás el mayor riesgo se puede producir en los desplazamientos, y se recomienda el uso de transporte individual, en lugar de los habituales furgones. En Manzanares y nuestra comarca, no se suele utilizar el transporte público y el riesgo es menor.

La actividad después del parón de 2 semanas se ha reanudado, aunque no al 100%, debido a que en la fase en que nos encontramos, no se permiten obras que no sean de urgencia en domicilios particulares. Considero que es muy importante que se normalice totalmente la actividad de la construcción para dañar menos a la economía del país. En España el sector emplea a 1,27 millones de trabajadores, y supone el 10 % del PIB, aparte de toda la industria y servicios complementarios y dependientes. Puede, si se hacen bien las cosas, que junto a la agricultura, ganadería, transporte e industria, pueda ayudar y compensar  el obligado parón de los sectores que obligatoriamente deben parar o reducir drásticamente su actividad. Hay que tener en cuenta que la construcción ha sido siempre un nicho de creación de empleo de gran potencialidad.

Las expectativas de futuro, aunque inciertas pueden ser hasta prometedoras. En este encierro, muchas personas al estar obligados a pasar tanto tiempo en su casa, habrán percibido muchas deficiencias y problemas, que en definitiva les llevarán a la idea de que no les gusta. Es muy probable, que en la medida de lo posible, haya quien piense reformarla o cambiar de vivienda, para ir donde se den mejores condiciones, por si hubiera otro próximo confinamiento. En todo caso, hay un parque de viviendas envejecido, de mala calidad constructiva, con carencias importantes en aislamiento térmico y acústico, con instalaciones obsoletas y con falta de mantenimiento, que será preciso rehabilitar. Las administraciones públicas van a tener una oportunidad de promover, financiar y tomar la iniciativa en esta necesaria tarea.

 

                       

                                                                         

Por Pedro María Castellano

Hay quienes, a los nacidos en Manzanares, nos llaman manzagatos. Incluso quien lo hace en tono despectivo. Sin embargo, yo creo que es todo lo contrario. Dicen de los gatos que son fuertes, astutos y habilidosos, no en vano se cree que tienen siete vidas y que cuando caen, lo hacen siempre de pie. Y así es el carácter de los que hemos nacido en Manzanares. Hemos demostrado en multitud de ocasiones que somos una sociedad fuerte y que las veces que las circunstancias nos han intentado derribar, hemos sabido caer de pie.

Son muchísimos los actos heroicos de gente cotidiana que nos encontramos a diario. Multitud de gestos de cariño hacia los que, día tras día, se enfrentan a esta pesadilla. Innumerables los voluntarios de nuestra localidad, que dedican su tiempo a fabricar mascarillas e ingenian EPI para ayudar a quienes intentan combatir esta pandemia. Y hemos de estar orgullosos como sociedad, porque ese tiempo y esos actos de cariño, van dirigidos a todos nosotros, ya que, de una forma u otra, todos nos enfrentamos al maldito virus, ya sea de forma pasiva, quedándonos en nuestras casas para no contagiarnos ni contagiar a nuestros vecinos, o de forma activa, en el hospital, centros de salud, residencias de ancianos, policías y cuerpos de seguridad o limpiando nuestras calles y recogiendo nuestra basura.

Los pequeños comercios de Manzanares, han demostrado ser mucho más grandes que cualquier gran superficie.

Las pymes de nuestra localidad, han sabido adaptarse a esta situación y se han apresurado a facilitar sus teléfonos para atendernos y hacernos llegar todo aquello que necesitamos, sin necesidad de salir de nuestras casas y exponernos al contagio. Nuestros agricultores y ganaderos son gigantes que cada día, se enfrentan a los molinos del miedo armados con su empeño de hacernos servir los alimentos que necesitamos.

La crisis del coronavirus que estamos sufriendo, es dura, muy dura. E incluso esta realidad que vivimos, se vuelve aterradora cuando por desgracia, podemos poner nombres y caras a las cifras que escuchamos de afectados y fallecidos. Cuando nos toca de cerca. Pero lo superaremos, porque somos manzagatos, y por muy hondo que parezca el pozo del covid19, vamos a caer de pie. Y no importa si por momentos nos falta el aliento, porque tenemos siete vidas, hemos sido bautizados con vino blanco y a nosotros, los manzagatos, nada ni nadie nos puede vencer.