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Por Pedro María Castellano

Hay quienes, a los nacidos en Manzanares, nos llaman manzagatos. Incluso quien lo hace en tono despectivo. Sin embargo, yo creo que es todo lo contrario. Dicen de los gatos que son fuertes, astutos y habilidosos, no en vano se cree que tienen siete vidas y que cuando caen, lo hacen siempre de pie. Y así es el carácter de los que hemos nacido en Manzanares. Hemos demostrado en multitud de ocasiones que somos una sociedad fuerte y que las veces que las circunstancias nos han intentado derribar, hemos sabido caer de pie.

Son muchísimos los actos heroicos de gente cotidiana que nos encontramos a diario. Multitud de gestos de cariño hacia los que, día tras día, se enfrentan a esta pesadilla. Innumerables los voluntarios de nuestra localidad, que dedican su tiempo a fabricar mascarillas e ingenian EPI para ayudar a quienes intentan combatir esta pandemia. Y hemos de estar orgullosos como sociedad, porque ese tiempo y esos actos de cariño, van dirigidos a todos nosotros, ya que, de una forma u otra, todos nos enfrentamos al maldito virus, ya sea de forma pasiva, quedándonos en nuestras casas para no contagiarnos ni contagiar a nuestros vecinos, o de forma activa, en el hospital, centros de salud, residencias de ancianos, policías y cuerpos de seguridad o limpiando nuestras calles y recogiendo nuestra basura.

Los pequeños comercios de Manzanares, han demostrado ser mucho más grandes que cualquier gran superficie.

Las pymes de nuestra localidad, han sabido adaptarse a esta situación y se han apresurado a facilitar sus teléfonos para atendernos y hacernos llegar todo aquello que necesitamos, sin necesidad de salir de nuestras casas y exponernos al contagio. Nuestros agricultores y ganaderos son gigantes que cada día, se enfrentan a los molinos del miedo armados con su empeño de hacernos servir los alimentos que necesitamos.

La crisis del coronavirus que estamos sufriendo, es dura, muy dura. E incluso esta realidad que vivimos, se vuelve aterradora cuando por desgracia, podemos poner nombres y caras a las cifras que escuchamos de afectados y fallecidos. Cuando nos toca de cerca. Pero lo superaremos, porque somos manzagatos, y por muy hondo que parezca el pozo del covid19, vamos a caer de pie. Y no importa si por momentos nos falta el aliento, porque tenemos siete vidas, hemos sido bautizados con vino blanco y a nosotros, los manzagatos, nada ni nadie nos puede vencer.

 

Por Úrsula López

Trabajo desde hace más de 20 años en Atención Primaria. La Atención Primaria nos brinda tradicionalmente la oportunidad de poder desarrollar un estrecho contacto con el paciente, una confianza mutua y nos permite incorporarnos a sus vidas y acompañarles, a veces, en momentos alegres y en otras ocasiones en momentos dolorosos y difíciles.

Aunque aparentemente nuestra labor no es tan mediática como la que estamos viendo en estos días de los hospitales, es una atención más cercana y familiar, y en las circunstancias actuales está siendo determinante para asegurar la atención y el seguimiento de los pacientes, y para que los servicios de urgencias no se colapsen.

Nuestro día a día en los Centros de Salud se ha modificado de forma sustancial.

No solo en algo tan evidente como nuestro aspecto físico, en el que hemos cambiado ropa de calle, hemos eliminado cualquier atisbo de maquillaje, pendientes y cadenas, y los hemos sustituido por mascarillas, gorros y gafas protectoras.

Hemos hecho cotidianos actos como el de limpiar y desinfectar continuamente todo aquello que usamos o tocamos.

Hemos cambiado la forma en la que nos relacionamos entre nosotros, intentando mantener siempre la distancia adecuada de seguridad, incluso en las reuniones informativas.

Pero lo que más ha cambiado es la gestión en la consulta diaria. El objetivo es el de evitar las consultas presenciales, siempre que se pueda, y ayudar de este modo a que la gente pueda seguir estando atendida sin salir de casa.

Por eso nuestra principal herramienta de trabajo está siendo el teléfono, al que nos pasamos pegados largas horas durante la jornada; con él intentamos ofrecer consuelo, transmitir confianza en estos momentos de miedo y dudas; nos proporciona a veces alegrías y tranquilidad, cuando vemos que el paciente está evolucionando de forma satisfactoria, y a veces preocupación o incertidumbre, si lo que oímos al otro lado es una voz entrecortada por la dificultad respiratoria, como posible signo de complicación de la infección por coronavirus.

En estas ocasiones informas al paciente de que vas a realizar una consulta en su domicilio para valorar la situación o le sugieres en situaciones más graves, que acuda al servicio de urgencias hospitalario, aunque no es raro que toque pactar y negociar, porque hay quien prefiere esperar en sus casas. La gente está aguantando en estos días mucho más de lo razonable. Piden perdón mil veces por estar malos, por necesitar atención, por distraerte, como dicen, con todo lo que hay que hacer, también con sus problemas. Como si fuera su culpa encima el haber enfermado.

En los peores momentos a través de él nos llega el mensaje del fallecimiento de un familiar y solo podemos ofrecer consuelo.

Son momentos de impotencia, miedos y lágrima fácil.

También de compartir sentimientos y preocupaciones: La celadora, que tiene a su hermana ingresada y que da gracias los lunes por estar  bien y poder comenzar la semana trabajando; la enfermera que lleva 3 semanas  viviendo en habitaciones separadas de su marido, por miedo a contagiarle; la administrativa que está infectada y se siente culpable por ello y no poder estar trabajando, con la falta que hace; el médico que está ingresado por una infección por Covid 19, y todavía se preocupa por ti, por si te lo ha pegado en la última guardia juntos.

Todos vamos con las máximas precauciones, pero es inevitable el miedo de llegar a casa y poder contagiar a tu propia familia. Tanto es así que algunos han optado por enviar a sus hijos fuera, a pesar de no poder verles en semanas.

Yo, echo de menos poder ver a mi madre más allá que desde la calle. Echo de menos sentarme con mis hijos a ver una peli todos juntos en el sofá o darles un beso de buenas noches.

Pero si hay algo que esta situación nos ha  demostrado, es la gran generosidad de la gente: Está siendo un regalo poder contar con el apoyo inestimable y el compromiso no solo de todos mis compañeros del Centro de Salud, desde la Unidad Administrativa hasta el personal de limpieza, sino también con el de un montón de ciudadanos, que están apoyándonos y contribuyendo a que podamos trabajar mejor y a que podamos trabajar protegidos, y a los que damos las gracias una y mil veces.

Trabajando todos juntos lograremos superar esto algún día. Y junto a este deseo de esperanza, el recuerdo especial para todos aquellos que ya no podrán acompañarnos y un beso enorme a sus familiares en estos duros momentos de  dolor y soledad.

 

 

                                                                      

Por Jesús Villegas Cano

Cuando este confinamiento pase, uno de los aspectos que recordaremos es el de el apabullante número de mensajes de todo tipo que a todas las horas del día nos acometen. Resulta difícil separar el trigo de la paja y hay que aventar cuidadosamente para entresacar alguna valiosa pepita después de cerner durante horas el fango que nos echan encima. En eso estaba cuando me llamó la atención un video (¡otro más!) de un popular psiquiatra de los que a veces aparecen en televisión. Esperaba otro mensaje de tantos llenos de obviedades de fácil digestión y sin embargo era todo lo contario. Un mensaje oscuro, incluso podría decirse siniestro, descriptivo de la realidad que nos rodea. Paradójicamente, me reconfortó.

El mensaje hacía referencia a una experiencia de una de tantas personas que trabajaban en el saturado y doliente sistema sanitario español. El sanitario en cuestión comentaba cómo debía asistir a la muerte de ancianos solos, desorientados, que preguntaban insistentemente por su familia o por qué tenían que estar atados. Confesaba que cuando llegaba a casa, lloraba porque nunca se había enfrentado a una situación tan dura y cruel y que le costaba Dios y ayuda volver a trabajar al día siguiente.

Entre hacer una exhibición morbosa de féretros en línea o de cuerpos hacinados y esconder a propósito la realidad de la muerte hay un mundo. Durante el confinamiento que se prolonga ya más de un mes hemos asistido a un ejercicio de trivialización de este Estado de alarma que solo es asumible por una sociedad infantilizada y narcotizada por dosis y dosis de frivolidad y por una estrategia deliberada de ocultamiento del dolor. Se nos escamotea la verdad. Y no me refiero al número real de la cifra de muertos o a las responsabilidades de unos o de otros. Me refiero a una verdad ulterior y trascendental: que nos tienen encerrados en casa por una infección de dimensiones planetarias, que la muerte existe y que nos espera en la calle. Ante esta realidad, que es pavorosa, hacen falta arrobas de almibarados mensajes porque no hay persona que lo engulla sin más, de tanto acíbar como trae consigo. Se nos lanzan mensajes naífs que solo desde la buena voluntad que la población está demostrando o desde la ingenuidad más absoluta pueden ser asumidos con naturalidad. Animan a disfrazar a los niños y nosotros con ellos, a aplaudir y cantar, a cocinar y a hacer ejercicio, a ingeniosos divertimentos y juegos; programan series de televisión absurdas, e incluso ofensivas, para no ver lo que tenemos delante de nuestras narices que es la muerte misma de nuestros padres y abuelos. La muerte al estilo medieval. La muerte en proporciones industriales. Intentan hacernos tragar, para predisponernos positivamente contra el miedo y la coacción a la que, no niego que necesariamente, estamos siendo sometidos, la idea de que “somos héroes” por quedarnos en casa, por teletrabajar, por hacer los ejercicios que nos manda el profesor o por ir a ejercer nuestra profesión al hospital cuando la realidad es que no existe otra alternativa. Dicen “héroes” cuando en realidad deberían decir “víctimas”. Víctimas, sí, de la imprevisión, del desconcierto, de la enfermedad, de las circunstancias de la vida, si se quiere. Víctimas y no héroes. Víctimas dolientes de un golpe atroz y devastador.

Me gustaría acabar este artículo con dos citas que me han inspirado esta opinión. En La casa de Bernarda Alba, entre las muchas aseveraciones categóricas del inolvidable personaje, Bernarda le dice a una de sus hijas: “La muerte hay que mirarla cara a cara”. La otra es de un conocidísimo poema de Blas de Otero, “Hombre”: “Oh, Dios, si he de morir quiero tenerte/despierto”. Cambiémoslo por la afirmación que verdaderamente nos hará héroes y no pusilánimes niños: “si he de morir, quiero estar despierto”. Somos adultos maduros, por favor, menos paternalismo. Dígannos la Verdad para poder asumirla.

 

 

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.

  Manuel Rodríguez Mazarro

                Hace muchos años, aquellos en que la Semana Santa eran días de relajación, silencios, luto riguroso, cierre de locales públicos, ausencia de gente en las calles, nada de aglomeración, bares y tabernas cerradas, incluso el casino donde pudiera haber alguna conversación, nada de partidas y menos del dominó que hacía ruido, impensable el cine, los novios no podían verse, respirar sin ruidos. Incluso la iglesia tapaba las imágenes con mantos morados, la mujer con velo, pañuelo y rosario en mano.

                El potaje tradicional riguroso en las casas, garbanzos que la noche anterior se había revisado en mesa camilla, aquél negro que siempre los había o algún resto de vaina y gorgojo, espinacas, raspa de bacalao, pellas de pan y algún resto del día anterior. Vida aquella que me ha hecho recordar estos de la actual Sra. Pandemia “corona-virus”, bichito redondo con formato y aspecto de marcianito rodeado de trompetillas.

                Llevamos días, semanas y lo que nos queda en estado de alarma, situación crítica, retortijón de flora intestinal, no lo escribo con humor sarcástico, es pura realidad, sicosis corporal del pueblo con estado de embriaguez que produce este “saque de manga” del virus covic-19 que trae locos al mundo entero con saturación de hospitales y si Manzanares corría peligro de ser pueblo “tranquilo”, lo que faltaba al mediano y pequeño comercio.

                Esta pandemia nos está produciendo un clima depresivo general, con lo que esto acarrea en gastos generales. Hablan de ser pasajera de momento son quince días de estancia casera, silencio en las calles, uno cincuenta metros de distancia entre personas, estornudo y toses entre el ala, lavatorio de manos como Pilatos en días de Pasión. —Ya veremos lo que nos dicen las estadísticas, sobre las separaciones de parejas, en estos de enclaustramiento.

                Mucho papel higiénico. —Hablando con dependencia de una grande superficie me hablaron de haber vendido 9.000 rollos en un solo día de este tipo de confort compacto, suave de doble cara y kilométrico, no había cliente que en el carro no fuese con dos o tres paquetones del menester. Posiblemente la gente haga manualidades calmando nervios.

                Nos saludamos todos de lejos con caras largas, menudo potaje de transformación, miedo estamos pasando. La noche del 28-19 de marzo, cambio de hora, amanecer en domingo con la correspondiente odisea de “situación crítica”, la policía en la calle pidiendo ¿Qué hace usted por aquí?, no es broma estamos “acojonados y cagaos”, los hipocondriacos no me extraña lo del papel higiénico.

                La Semana Santa de este 2020 y para más “Inri” es bisiesto pasará a la historia. Me ha recordado lo que me referían mis padres, sobre la Guerra Civil (1936-40). Tiendas cerradas, miedo general, bares y lugares de ocio cerrado, saludos misteriosos, coche fantasma, fiscalía de tasas, estraperlo, decomiso, permisos y multas por andar por la calle, topos, vigilancia, hospitales saturados, escuelas cerradas, Auxilio Social,…  ¡Que Dios nos pille confesados!

                                             

Jis

Hay momentos decisivos, como éste, en el que tenemos nuevos desafíos desconocidos y es donde se nos exige que mostremos coraje, valentía, responsabilidad y un firme espíritu inquebrantable de lucha.

El planeta se está enfrentando a una pandemia que desde hace varias generaciones no hemos vivido. La humanidad entera está librando una batalla muy dura, y seguro que vendrán días peores, pero venceremos. Porque no es la primera vez que nos enfrentamos a retos tan graves como los actuales, y hemos salido adelante.

Todos en nuestra vida pasamos por distintas fases, pasamos por momentos de sosiego, pero hay otros momentos decisivos, como éste, en el que tenemos nuevos desafíos desconocidos y es donde se nos exige que mostremos coraje, valentía, responsabilidad y sobre todo, un firme espíritu inquebrantable de lucha.

La vida es una serie de batallas y ahora mismo estamos en una de las más importantes a afrontar. Debemos mirarlo sin miedo, con respeto, pero con la tranquilidad de saber que estamos preparados para esta batalla.

Son tiempos de dudas, de cómo actuar en un escenario en el que nunca hemos estado, y que los que nos acompañan tampoco. Situaciones cambiantes, donde hasta ahora, las cosas que eran habituales, no lo son, pero aprenderemos a asimilarlo y a realizar cosas nuevas que nunca hemos hecho.

La humanidad en estas situaciones tan difíciles, es cuando ha descubierto lo mejor de ella. Hoy más que nunca, debemos regirnos por fundamentos como la amistad, la familia, y que tengamos todos la conciencia de que la fuerza de nuestro país es que estemos unidos y trabajemos todos a la vez. Todo esto nos va a salir a cada uno de nosotros porque las circunstancias lo exigen y sabemos que nuestros objetivos individuales deben ceder en favor de un objetivo mayor que es vencer esta batalla de la pandemia.

Evidentemente, no es fácil la tarea que tenemos por delante, costumbres, rutinas…, debemos adaptarnos a nuevos entornos, situaciones que no estamos, ni mucho menos, familiarizados pero, ante todo, debemos quitarnos el pesimismo y la inseguridad porque si no… no avanzaremos.

Lo estamos viendo constantemente, a las 8 de la tarde todos los días, vemos que no estamos solos, somos un país y un pueblo en el que estamos combinando nuestras fuerzas, nuestra responsabilidad, nuestras energías e inteligencia y con todo ello, conseguiremos vencer y tener la conciencia que hemos hecho nuestro trabajo de forma individual por el bien de todos.

Y que no nos quepa duda, que todo este esfuerzo colectivo tiene una enseñanza para el futuro y es que nuestros actos de hoy, tendrán ecos la Historia. Nos hará sentirnos orgullosos de enfrentarnos a esta prueba de la vida y vencer. Sentirnos orgullosos de nuestra España y por su puesto de nuestro pueblo, Manzanares.

¡¡¡Venceremos!!!!

 

 

 

 

Pedro Lozano Martín-Buro

Es de noche. Una tos te despierta. Al principio parece lejana, pero se va acercando y cierras los ojos pensando que no es nada. Se vuelve a repetir, una y otra vez, cada vez más próxima. Tus hijos lloran y mi alma cruje por dentro como un papel arrugado. Piensas en dormir pero no puedes, el temor y la duda acecha tu casa. No es nada, ayer escuchaba las noticias y transmitían seguridad y certeza, decían que había que confiar en las autoridades sanitarias pero no se cancelaba ningún evento, ni se seguían las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Oía la radio y me sugerían que era una simple gripe, más contagiosa, un trancazo gordo, nada más. Los contagiados iban incrementando poco a poco, parecía que no era alarmante pues lo más importante era asistir a la manifa de excluyentes feministas. Visto lo visto, sin pudor ni vergüenza quedarán atados a la culpa.

Dos días más tarde, todo se dispara en Madrid, suenan las alarmas, cierran los colegios y vemos que quienes se enfrentan a esa guerra lo tiene claro, deben abastecerse. Comida y papel higiénico sin saber muy bien por qué. Las redes de comunicación nos inundan, mensajes de whatsapp a diestro y siniestro, comunicación a tope.

En Manzanares empieza verse con sorpresa colas en las puertas de las carnicerías, bandejas vacías en Mercadona, de forma repentina cancelan el cole, pasas por las farmacias y lees que no tienen gel desinfectante, ni glicerina, ni mascarillas… Se suspenden todos los actos y actividades públicas, Universidad Popular, Escuela de Música, Cadi, actividades en centros municipales, eventos deportivos. Todo, absolutamente todo. Es confuso, hay un vaivén de sucesos. Llamada a la calma y de repente se decreta el Estado de Alarma.

Hay que quedarse en casa, lavarse las manos, separarse dos metros, no tocar, no besar. El virus es muy contagioso y hay que evitar el contagio y el colapso sanitario. Por ti y por mi. Cuando parece que todo se acaba, ves luz afuera de las tinieblas. El pueblo de Manzanares acepta las reglas. Empiezas a darte cuenta que la sociedad en la que vives merece la pena. El individuo deja de pensar de forma aislada, deja el yo y piensa en su padre, su madre, abuelos y personas mayores. Quiere evitar que se contagien. El hombre moderno, hasta ahora, era incapaz de pensar como especie. El empuje que recibe le incita a vivir en un individualismo cómodo y egoísta y ahora ha sido sustituido por un sentimiento fraterno, de colaboración y compromiso, no como alguien estrechamente egoísta, sino como alguien dotado de una responsabilidad social capaz de preocuparse altruistamente por los demás seres humanos. Nos hemos quedamos en casa, no por nosotros, por todos. Orgullo de pueblo, se me pone la piel de gallina. ¡Viva Manzanares!

Diego R. Gallego Fdez.-Pacheco

Enclaustrados en casa y animados por el director de la revista a escribir sobre diferentes aspectos de la anómala situación que estamos viviendo en este inicio de la primavera, puede ser oportuno hacer una reflexión sobre lo desigual de esta obligada y prolongada estancia de cada uno en su domicilio.  

Quizás, los mejor parados en este confinamiento son aquellos que viven en casas unifamiliares que disponen de espacios ajardinados o patios en los que se puede deambular, tomar el sol y desarrollar determinadas actividades deportivas o de ocio, impensables para los que habitan en un piso de un bloque de viviendas convencional. Aunque también las diferencias son enormes en función del tamaño y las características del piso y del número de personas que lo comparten.       

Las condiciones de quien está recluido en una casa solariega amplia, en una vivienda adosada con algún patio, o en un piso con terrazas amplias, son demasiado diferentes de las de las familias que con niños y mayores tienen que organizarse para permanecer un buen número de semanas sin salir de ese reducido espacio.

Es evidente que estas desigualdades existen y se consideran como algo normal en nuestra sociedad, pero es en momentos difíciles como el de este confinamiento obligatorio y general, cuando se amplifican. Y si en ellas, intuimos siempre un determinado nivel de injusticia social, en una coyuntura como esta, por poco que reflexionemos, esa desigualdad nos tendrá que parecer inadmisible.

En el contexto de este Estado de Alarma, no es razonable, ni muy humano, que quien habita en un piso de reducidas dimensiones, con niños y personas mayores, sin disponer de ningún espacio exterior al que pueda salir, no se le ofrezca la posibilidad, con los controles que sea necesario establecer, de sacar a los niños algún tiempo a tomar el aire y el sol, para tener al menos los mismos derechos que se les ha concedido a las mascotas, y que no exista un agravio comparativo tan acusado y tan evidente con los que están en condiciones de permitirse unas elevadas dosis de movilidad, por la amplitud de sus residencias. Puede ser un asunto con ciertos componentes de complejidad, pero tiene todo el sentido común del mundo, y en justicia tendría que haberse contemplado en las medidas legisladas por el ejecutivo.

Pero de todas las situaciones, la más preocupante, o mejor dicho, la más trágica, es la del amplio colectivo de personas que no pueden ser confinadas en su casa, sencillamente porque no la tienen. Es cierto que el gobierno y las administraciones están tomando medidas para facilitarles alojamientos, pero, sin duda, son los que van a sufrir con mayor crudeza este confinamiento tan desigual.

 

                                                                        

La historia del Titanic es probablemente una de las narrativas que más fascinación producen en quien se acerca a ella. No sólo por el misterio que suscita ese prodigioso mundo parado en el tiempo y rodeado de silenciosas aguas que lo conservan al tiempo que lo escatiman a nuestra curiosidad devoradora sino por la terrible lección que uno aprende a poco que reflexiones sobre su historia.

En la aclamada película de Cameron, se pone en boca de Caledon Hockley la siguiente afirmación “Ni Dios podría hundirlo” cuando Rutt Dewitt Bukater pregunta “¿Así que este es el barco que dicen que es insumergible?”. Joseph Bruce Ismay, presidente y director de White Star Line, dijo cuando ya el agua había anegado la mitad de las bodegas “pero este barco es insumergible”. Thomas Andrews, su constructor, le contestó: “Este barco está hecho de hierro, le aseguro que puede hundirse y se hundirá”

El caso es que la confianza (ciega) en la ciencia ha marcado jalones importantes en la historia de la humanidad hasta ensoberbecer al hombre creyendo, ingenuamente, que por fin había desarrollado el ansiado conocimiento y poder absolutos sobre la naturaleza. Probablemente vivamos ahora, en el siglo XXI, cuando creemos que nuestra propia voluntad ha de poder doblegar incluso los constitutivos más radicales de lo que el hombre puede o es. Pero el hombre no es insumergible.

Hay dos actitudes ante la ciencia claramente diferenciadas en la dramática conversación entre Ismay y Andrews. Por una lado la del que cree que la técnica se yergue como dominadora absoluta y por otro la del que aprovecha el legítimo conocimiento para hacerse consciente de su propia finitud.

El caso es que el esplendoroso barco, desafío humano a las leyes de la naturaleza, un canto a la autoconfianza y la aspiración, por su extraordinario lujo, a la existencia de los dioses, se hundió ante la mirada atónita del mundo.

Mirábamos a los chinos curiosos y divertidos con la adolescente inconsciencia de que a nosotros eso no nos podía pasar, de que occidente era “insumergible”. Pero hay momentos en los que la ciencia y el misterio se reconcilian y nos recuerdan el oído la verdad inquietante y con mayúsculas de que el barco “se puede hundir”.

A pesar de todo, existen otras verdades verdaderas, igualmente matemáticas y misteriosas que podemos aprender: que el esfuerzo y el talento humano pueden mitigar el dolor del hombre mediante la investigación y la ciencia; que el hombre es fuerte y débil al mismo tiempo y su solidaridad y amor ayudan al semejante y lo sostienen en la calamidad y el que el hombre, al fin y al cabo, es, sola y meramente, criatura.

 

 

Juan Villegas Cano

La expansión a nivel mundial del coronavirus y la enfermedad  COVID-19 que provoca en el organismo humano  están poniendo en jaque a la humanidad entera -muy en especial a nuestro país-  y supondrá sin ninguna duda un punto de inflexión en nuestra historia contemporánea. En estos momentos  todavía toca dedicarse a la urgencia de poner freno  al virus y parar su propagación  hasta hacerlo desaparecer y ocuparse de los enfermos.  Pero después de esta guerra tendrán que venir necesariamente los momentos de la reconstrucción y la reflexión. Tras la crisis será necesario replantearse  algunas realidades que, de una manera u otra, se han visto afectadas en el transcurso de esta batalla contra el coronavirus. Actividades, modos de vida, conductas, protocolos, medidas políticas adoptadas u omitidas, respuesta de los ciudadanos, entre otros muchos aspectos, deberán ser analizados y sería triste que estas circunstancias tan especiales por las que estamos pasando no sean motivo, después de todo, para aprender y reforzar aquellas realidades  que el virus nos ha mostrado que son más vulnerables.

Uno de los muchos aspectos sobre los que habrá que sacar conclusiones, con el fin de aprender, corregir situaciones y, en definitiva mejorar,  es el de la educación. A nadie se le escapa, y mucho menos a quienes estamos relacionados directamente con ella, que nuestro país está inmerso desde hace años en una profunda crisis educativa. Prueba de ello es que los distintos gobiernos que se han ido sucediendo a lo largo de nuestra democracia han intentado mediante las diversas leyes educativas atajar los problemas que adolece nuestro sistema educativo, que han sido detectados y denunciados tanto por instituciones nacionales como por Organismos internacionales. El último intento es el nuevo proyecto de ley orgánica  presentado en el Congreso de los Diputados (LOMLOE, Ley Orgánica para la Mejora de la Ley Orgánica Educativa) que por distintos motivos no arranca con buenas expectativas.  Una de las medidas más drásticas que se han debido de tomar en relación a esta crisis del coronavirus ha sido la suspensión de todas las actividades lectivas en todos los niveles educativos. Se han cerrado guarderías, colegios, institutos y universidades, laboratorios, centros de investigación, se han  suspendido las clases y todo tipo de actividades escolares de modo presencial, con carácter  indefinido en Castilla La Mancha. Esto no quiere decir que se haya mandado a los alumnos de vacaciones a sus casa. La actividad docente continua durante estos días a través de un seguimiento por medio de las distintas plataformas informáticas con aplicación en el ámbito educativo (en el caso de Castilla La Mancha la Consejería de educación dispone para sus usuarios de la plataforma  Papás,  a través de la cual se gestiona toda la comunicación entre los distintos miembros de la comunidad educativa, aunque  existen también  otras muy utilizadas habitualmente por profesores y alumnos).

El hecho de que la actividad educativa continúe en ausencia de los centros abiertos debe provocar una reflexión profunda ya no solo sobre el papel de las nuevas tecnologías en el ámbito de la educación sino, más allá aún, sobre la necesidad o no de la presencia simultánea y real del maestro-profesor y los alumnos en una aula física para una adecuada formación (especialmente en las enseñanzas primarias y medias).

Y al igual que en otros ámbitos laborales la crisis va a ser un impulso para promover reformas importantes de cara a una cada vez mayor implantación del teletrabajo, de igual manera habrá quienes crean necesario replantearse en serio la viabilidad de la educación virtual y de su cada vez mayor implantación. Cuando haya que evaluar este periodo de “teleeducación” habrá que plantearse si es necesario que los alumnos pasen tantas horas a lo largo del día  en un centro educativo y si muchas de ellas no las podrían pasar  en casa más cómodamente  sin que esto fuera un impedimento para el normal desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje y de su óptimo  aprovechamiento. Por su puesto que este tipo de reflexiones deberán plantearse desde un punto de vista exclusivamente pedagógico dejando al margen (si es posible) el problema social, muy importante y que hoy determina muchas de las medidas que se adoptan en educación, de la conciliación de la vida familiar.

La cuestión nada baladí que demos plantearnos es hasta qué punto va a haber que asumir (e incluso promover) o no la sustitución progresiva de la figura del maestro-profesor real, de carne y hueso, por instrumentos tecnológicos y la deslocalización del aula real-física hacia un entorno educativo virtual. En estos días de reclusión en nuestras casas todos hemos podido comprobar cómo nuestros hijos intentan seguir con una cierta normalidad el curso escolar. A través de las plataformas antes mencionadas (Papás o Classroom entre otras muchas), el correo electrónico, videoconferencias o de los famosos tutoriales de YouTube los alumnos, una vez superado el desconcierto inicial, intentan responsablemente adaptarse a tales circunstancias para que estas no les impidan terminar adecuadamente el curso.

 Pues bien, en relación a esta cuestión cabrían dos posiciones (que planteamos de manera muy sintética y que exigiría un desarrollo pormenorizado): una, la de aquellos que consideran que la labor del maestro-profesor es fundamentalmente de mediación y que su función principal es la de asistir como supervisor al recorrido que cada alumno por sí solo debe hacer en la construcción del conocimiento. Se sustenta este este modelo teórico sobre determinadas corrientes de la neuropsicopedagogía en las que se termina considerando al educador como un buen conocedor  de los procesos cerebrales que intervienen en el aprendizaje y los medios técnicos necesarios para estimular y favorecer estos procesos que él solo deberá procurar o “recetar”. En este sentido, la relación alumno-docente es concebida básicamente como una relación técnica en la que la presencia simultánea en la clase es prescindible si no totalmente sí en gran medida. Por otro lado, el otro modelo pedagógico, enraizado sobre una concepción del ser humano muy diferente, consideraría que es incuestionable la necesidad de la utilización de los medios técnicos, de los instrumentos que la tecnología nos brinda para su uso en los entornos educativos, así como también son imprescindibles los conocimientos sobre los mecanismos neurológicos  que hacen posible el aprendizaje y que enseñan cómo actuar sobre ellos. Pero sin restar importancia a estos elementos, se considera que más importante aún es la relación personal , inmediata y real, para una adecuada educación.  Frente a un modelo pedagógico que termina considerando al alumno como un “cerebro que aprende” estas otro modelo entienden que el fundamento de la educación lo constituye básicamente una relación ética, donde el alumno es considerado en su integridad personal, que debe crecer como un sujeto libre y responsable y que esto solo es posible que acontezca en un entorno de relaciones personales y humanas, en las que el diálogo y el reconocimiento entre iguales y de quien es autoridad en el saber son imprescindibles en el camino hacia el conocimiento.

La sociedad en su conjunto deberá reflexionar y decidir sobre qué tipo de educación quiere para sus menores y no olvidar que gran parte de los enormes gestos de humanidad a los que estamos asistiendo en estos momentos (sin los cuales sería muy difícil superar la crisis que atravesamos) puede que tengan su origen en una educación en la que era considerado y valorado como lo esencial el maestro vocacional e ilusionado que mira y les habla a unos niños que lo escuchan con respeto y curiosidad.