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Por Javier López Mozos

Todos conocen la silueta de Don Quijote, en hierro, que aparece en las entradas de los pueblos de la ruta del Quijote o más bien, de la provincia de Ciudad Real.

La fotografía, muestra el muro que existe en Manzanares, ¿conocen dónde está ubicado? Probablemente sí, pero me atrevería a afirmar que no todos recuerdan dónde. Ahí lo dejo para que lo busquen en sus paseos. Desconozco cuántos muros con el perfil existían en nuestro pueblo -la última información de la que dispongo es que había otro, ya desparecido, cerca del Saga- somos encrucijada y probablemente habría alguno más. Hoy día, solo queda este y confío en que a ningún desalmado se le ocurra expoliarlo y… otra pieza de nuestro patrimonio que se pierde. Porque, son muchos los objetos que desaparecen de la noche a la mañana. Elementos como este, que son de todos, por desconocimiento de su valor artístico, cultural, de estilo, tendencias a las que representa o época de creación, se escapan de los catálogos y son abandonados a su suerte la mayoría de las veces. No podemos permitir que avispados los destrocen o se los lleven para sus colecciones.

Volviendo a la imagen e intentando observarla con otra mirada, se aprecia un deterioro evidente y es necesaria una intervención. Como miembro de El Zaque, me consta que esta Asociación Cultural lo tiene como una de sus preocupaciones de conservación y recuperación patrimonial.

Los muros se ven construidos con piedra caliza como la de los majanos, algunos con su zócalo en añil y el resto encalado; aparecen unos cuarterones en los que en su momento podía leerse una frase y el nombre de la población pintado o en letras de hierro al igual que el contorno de Don Quijote. En la mayoría aparece la frase “…un lugar de la Mancha.” y el nombre de la población, en nuestro caso, “Manzanares”, aunque hay pueblos como Argamasilla de Alba que modificaron la frase y dice “…el lugar de la Mancha”, lo mismo en Villanueva de los Infantes, o “…el corazón de la Mancha.” en Alcázar de San Juan, la mayoría poniendo en valor sus cualidades.

Analizando con otra mirada, ¿se han fijado en la figura? Qué estilizada y proporcionada la postura de Don Quijote sobre el caballo, recta con la espalda tiesa y la cabeza ligeramente levantada con el mentón apuntando hacia adelante, arrogante, seguro de sí, mirando al horizonte y escudriñando el pueblo en el que se dispone a hacer entrada y a sabiendas que será bienvenido. Y del rocín, ¿qué me dicen?, cómo muestra su cansancio, cómo va con la cabeza gacha, deseando llegar a su cuadra, que lo cepillen, den agua y pienso, aguardando una nueva larga jornada.

El conjunto es bello y tiene muchas connotaciones, el artista supo darle el tamaño y la forma justa para que hablase por sí mismo. A este autor no le han indultado a Don Quijote como a Manuel Prieto (autor del toro de Osborne). Ahí está esperando a que lo adecentemos, lo recuperemos, se haga más visible, para ser el primer paisano que vea el caminante o viajero cuando llega a la población y se haga una idea de que aquí, todos somos Quijotes.

 

 

Por Francisco Burruezo Martínez

Leí en el último número de SIEMBRA el Artículo de Opinión de Jesús Isidro Sánchez titulado ¿Nuestra historia será parte de nuestro futuro? Y me llamó mucho la atención: llevo viviendo 23 años en Manzanares, he pasado por la calle “El Manifiesto” pero nunca he oído a nadie hablar de qué sea y qué importancia tenga. Lo mismo me pasa con las demás situaciones que presenta Jesús. Estoy de acuerdo con él en que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro: lo primero que hacen los pueblos que quieren valorarse a sí mismos es poner en valor su propia lengua, sus giros, su geografía, su historia, sus edificios, sus personajes notables, los hechos importantes que en ellos han sucedido…

Y una posible razón puede encontrarse en la visión sesgada de las ideologías dominantes a través de las distintas épocas… e incluso en el “vicio nacional” que es la envidia: basta que una cosa buena no la haya hecho yo, sino los de pensamiento distinto, para que yo la denigre o, por lo menos le aplique la ley del silencio: de aquello no se habla hasta que se olvida.

Leí el otro día un ejemplo: los ingleses proclamaron a los cuatro vientos el fracaso de la Armada española que intentó atacarles y fracasó: ellos la bautizaron como la “Armada Invencible”, cuando en definitiva se perdieron unos 30 barcos y regresaron 100, casi todos barcos de transporte. Sin embargo, un año después los ingleses enviaron una gran armada a España, para conquistarla, al mando de Drake, con más barcos -180-, y no consiguieron nada y volvieron a Inglaterra “con el rabo entre las piernas”: con 15.000 muertos y miles de desertores. Y entre 40 y 50 barcos se perdieron o fueron capturados. Pero de esto es muy difícil encontrar un titulado español de grado superior que tenga ese conocimiento. ¿No es posible que nos suceda lo mismo en Manzanares?: podemos tener episodios gloriosos, pero no los hicieron “los nuestros” o de alguna manera nos avergüenzan, aunque sea un poquito.

Siempre he luchado por desmitificar el valor “religioso” que se da a las distintas ideologías: es llamativo que casi siempre se basen en “si no estás conmigo, estás contra mí”. Puedo no estar contigo en algún punto, estar de acuerdo en otros y aportar distintas manifestaciones colaterales porque existe una inmensa gama de grises…

El defensor de una ideología suele presentarse con una gran supremacía moral: las causas que defiende son siempre justas, sensatas, razonables, morales, superiores y llevan a una evolución imparable hacia un bien mayor. Y, entonces, claramente, los que no piensan como ellos se oponen incomprensiblemente a tanta bondad, y por tanto sus causas son siempre injustas, insensatas, irracionales, hipócritas y como un fósil del pasado.

Suelo poner el ejemplo de que la ideología es como mirar un objeto solamente desde un punto de vista y explicar toda la vida desde lo que se ve. Si observo una caja de cerillas a lo largo veo unas cosas, si lo hago a lo ancho veo otras distintas, si la pongo en vertical veré otras y así es la vida, que tiene sus luces y sus sombras, sus rugosidades y sus hondonadas… y sus diferencias. Entonces, ¿las ideologías son intocables? Quizá nos lleven a “mirar el mundo por el ojo de un canuto”.

Por Pedro Lozano Martín-Buro

 

Bartleby, el escribiente es un libro de Herman Melville, autor de Moby Dick. Este cuento narra la historia de un empleado ejemplar de un despacho de Abogados de Wall Street, que de un día para otro decidió no cumplir sus obligaciones de una manera surrealista. Cuando su jefe le pedía que examinara un documento, Bartleby comenzó a contestar lacónicamente de la siguiente manera «Preferiría no hacerlo» (I would prefer not to, en el original). A partir de entonces, a cada nuevo requerimiento, contestaba únicamente esta frase, “Preferiría no hacerlo”, aunque continuaba haciendo otras tareas. Bartleby no abandonaba nunca la oficina, se quedaba a vivir allí pero cuando se le requería para hacer algo Bartleby respondía siempre con la misma frase. Preferiría no hacerlo. Esta falta de compromiso también la hemos visto este verano en Manzanares en relación con el botellón, la pandemia y los problemas de seguridad sanitaria con los vecinos del paseo del río. La respuesta del Ayuntamiento como si del mismo Bartleby se tratara fue similar. Vean.

Ante la preocupación generalizada por los rebrotes surgidos en todo el territorio nacional relacionados con el ocio nocturno y que estaba afectando a grupos de población cada vez más jóvenes, se pidió en el Pleno que se hiciera una valoración sobre los riesgos de la celebración del botellón en Manzanares en el barrio vecinal de la Isla Verde. La respuesta fue de traca, al estilo Bartleby, “el botellón es un acto de socialización…si las circunstancias cambian y hay que prohibir el botellón, lo haremos”.

La calidad de vida de los vecinos del paseo del río y la seguridad sanitaria del resto de la población no importaban, prevalecía la socialización de los jóvenes.

Ver para creer, parece que no disponían de las gafas adecuadas para ver la realidad y acercarse a la lógica con sentido común ya que no sólo no se preocuparon por los problemas de esos vecinos y de la seguridad sanitaria del resto de la población, sino que cegados olvidaron que estamos en una pandemia y que más vale prevenir que curar. No era el momento de debatir sobre botellón sí o botellón no, era el momento de anticiparse, de mirar a largo plazo. No era política, es algo natural que caía por su propio peso.

Días más tarde, afortunadamente la situación se recondujo y el Ayuntamiento de Manzanares rectificó y decidió expedir un decreto de alcaldía por el que se prohibía el botellón, bien porque las circunstancias cambiaron y no lo supimos, por sentido común o simplemente porque analizaron lo que otros pueblos y ciudades estaban haciendo.

El botellón es algo difícil de resolver, es un problema que existe en todas las poblaciones y no le exijo al Ayuntamiento que encuentre la fórmula que nadie tiene. Es otro debate. Era algo más sencillo o más difícil, según se mire. Estamos en un momento único, en plena pandemia, donde no hay que actuar como Bartleby, el escribiente, hay que dar lecciones de liderazgo visible, previniendo problemas futuros y tomando decisiones comprometidas.

 

Por Silvia Gordillo de la Cruz

 

Este octubre de 2020 hará treinta y cinco años desde que, por cuestiones familiares, me trasladé de Manzanares a Madrid.

Me subieron en uno de aquellos Intercity amarillo y marrón (los “platanitos”) con mi madre. Tenía diez años y dejaba atrás mi Colegio Altagracia, mi Parroquia de Altagracia, y quedaban en las vías muchas cosas de mi incipiente vida.

Para mi Madrid era la ciudad donde vivía mi yaya, la de la Cabalgata de Reyes con camellos de verdad, los autobuses azules (después rojos y de nuevo azules), el Metro, la cafetería de El Corte Ingles, el zoo…

En Madrid todo era grande. Si en Manzanares ibas a cualquier sitio andando, yo, los primeros días de clase, tenía que coger un tren que, además, no iba al aire libre, sino por túneles.

Incluso llegando a un cole nuevo y teniendo que hacerte a los compañeros de clase, Madrid me acogió de maravilla. Nunca me sentí forastera. Pasé de vivir en una casa desde dónde veía el Parterre y las carteleras, a otra donde los edificios eran todos de ladrillo y jardines entre medias, con sus praderitas de césped que recordaban a los de algunas vacaciones en la playa.

Crecí, y volvía a Manzanares, primero con mis padres y luego, más mayor, según mis apetencias.

En Manzanares recuperé amigas del coro de Altagracia, que ya adolescentes, habían ampliado su pandilla y en la que me incluyeron sin alboroto. Era gracioso, porque pasé a ser “Silvia, la de Madrid”, y tampoco así me sentía forastera en mi pueblo.

Y dirán ustedes que a qué viene toda esta reflexión. Por ser mi primera colaboración en esta querida revista, que lleva entrando en casa tantos años, quería que supieran un poco de mí.

Curiosamente mi madre, que tanto disfrutaba leyéndola, porque a ella “tan de Madrid” le encantaba seguir unida al pueblo donde vivió trece años, no va a poder leerla. Porque en estos meses tan raros, se nos ha marchado. Bueno, creo que con estas moderneces del siglo XXI, quizás llegue este ejemplar al cielo de las madres y disfrute leyéndome.

Les decía que se preguntarán por esta reflexión. Pues viene a un concepto, que con esto de la COVID (aún no sé si masculino o femenina), se ha desarrollado en cierto imaginario común: la “madrileñofobia”.

Si no les suena, les explicaré un poco en qué consiste. Se trata de cierto reparo que han manifestado en algunas zonas de nuestro país a la llegada de visitantes madrileños, ya que, por venir de una zona donde el virus ha tenido mayor número de casos, se les considera de alguna forma peligrosos.

El miedo, suele decirse, es libre. Pero no creo que el problema de esta pandemia sean quienes desde Madrid llegan a otras zonas. Se solucionaría levantando una valla en el límite provincial o teniendo que lucir en el brazo un parche con el oso y el madroño una vez que se pasara el Tajo en Aranjuez, el túnel de Guadarrama, el puerto de Somosierra….

Según el índice de incidencia acumulada de la enfermedad en España, Madrid ni encabeza ni ha encabezado rankings de casos porcentuales. Sí de totales, pero porque hay más población. Pero en este agosto, provincias como Burgos, Cuenca o Ávila doblan el índice.

Será en septiembre, en octubre, o el año próximo, pero Madrid volverá a ser tierra de acogida de estudiantes, trabajadores buscando oportunidades o cualquier otro motivo.

Y entonces, no preguntarán de dónde eres, como nadie lo ha hecho conmigo en estos treinta y cinco años. Porque se sabe que uno es de donde nace y, según el sabio refranero, también de donde se pace. Y si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Madrid, o Manzanares, también.

Abandonemos esos sentimientos. Pensemos que de esta saldremos juntos, no por quienes nos gobiernan. Se hará como siempre ha hecho este país: ignorando el DNI y arrimando el hombro.

 

Sin conciertos, sin orquestas, sin toros, sin zagalas, sin pin pan pun, sin la chochona de la tómbola, sin Cariñena, sin las berenjenas del Almagro, sin las ensordecedoras bocinas de los “caballitos” y los coches de choque… hasta los menos “feriófilos” lo echarán de menos…  Y es que cuando sopla el aire calentujo de julio y trae del campo las briznas de paja de lo segado y el olor al azufre de los melonares, lo suyo es ponerse de guapo e irse a la feria.

Que todos estamos desorientados con la situación que se nos presenta, desde el último ciudadano hasta el responsable político de mayores competencias es una evidencia. Reinventar una feria en la que no se pueda uno acercar a menos de metro y medio de la moza o el mozo que te haga ojitos o no poder apretarse muertos de risa cuando nos pegan el achuchón en los coches de choque tiene poco sentido, la verdad. Que la feria se iba a suspender estaba cantado y este año los días centrales de julio dejarán un enorme hueco que quizá pueda dar cabida a la nostalgia; a los recuerdos de cuánto vivimos en aquellas noches de verano adolescentes: quien bailó pegado por primera vez en La Pérgola, quien supo de la agridulce experiencia etílica, quien vio amanecer con ojos soñadores o quien robó un beso de unos labios todavía inocentes, podrán recordarlo con nostalgia.

¿Qué hacer ahora? Sin FERCAM y sin fiestas tradicionales el bolsillo de muchas familias hosteleras y de servicios de Manzanares se verá resentido, pero quizá pueda suplirse si muchos manzanareños se animan a frecuentar los bares y terrazas que este año, con la nueva peatonalización de las calles, están de dulce. Utilizar la vieja expresión aquella de “lo que viene, conviene” o la otra más habitual de “no hay mal que por bien no venga” quizá sea demasiado arriesgado, pero no estaría mal aprovechar la oportunidad para darle una “repensada” a la feria que, según muchos, no satisfacía las expectativas de los manzanareños por haberse quedado algo obsoleta y no ofrecer actividades imaginativas y para el gusto de todas las edades.

Este año toca “ir de tranqui” pero las madrugadas de feria volverán y las cogeremos con ganas, las volveremos a disfrutar y, ojala, sean mejor de lo que las recordábamos.

 

Diego R. Gallego Fdez-Pacheco

El Plan General de Ordenación Urbana de Manzanares del año 1976, tuvo, sin duda, efectos muy positivos en el desarrollo urbanístico de Manzanares. En un contexto en el que la especulación y el escaso control de la edificación se traducían en demoliciones de edificios antiguos para favorecer la construcción de bloques de gran altura y otras edificaciones inadecuadas, su entrada en vigor, estableció un cierto orden, impidiendo que cada promotor hiciera lo que le resultase más lucrativo, como lamentablemente había sucedido en los años anteriores a su aprobación.

No obstante, no es posible mantener en el momento presente que todo su contenido ha sido beneficioso, hay aspectos superados por la visión y los criterios urbanísticos que se manejan en la actualidad. Probablemente nunca debió darse luz verde a urbanizar y edificar en terrenos de la vega del río Azuer, ni se tendrían que haber permitido esas tipologías edificatorias con cuerpos en voladizo cerrados, ni por supuesto aceptar los masivos retranqueos y chaflanes en las alineaciones de las calles. Tampoco el número excesivo de alturas en los inmuebles, que afortunadamente fue corregido y limitado a un máximo de tres plantas en una modificación del año 1982.

El Plan de Ordenación Municipal (POM), aprobado en 2003, pudo reconducir algunas cosas no del todo consolidadas, eliminó la posibilidad de hacer cuerpos volados cerrados, suprimió bastantes retranqueos e introdujo un catálogo de edificios protegidos, que se ha desarrollado más recientemente.

Pero en esta breve reflexión, quería centrarme en el efecto de los retranqueos en las alineaciones de las calles, que ha sido un tema poco debatido y del que apenas se ha hablado, siendo, sin embargo, uno de los aspectos con más incidencia y casi siempre con un impacto más negativo en el trazado urbano de la localidad.

En su origen, la finalidad de los retranqueos era priorizar el tráfico rodado en detrimento del peatonal, dotando a las calles de calzadas más amplias con espacio para aparcamientos y conseguir con los chaflanes una mejor visibilidad desde los vehículos en las esquinas. No se pensaba demasiado en que, por esa dudosa causa, se estaba alterando la trama urbana existente, se estaba obligando a demoler edificios de toda la vida y en ocasiones con valores históricos, ambientales o artísticos, etiquetándolos como “fuera de ordenación”.

Lo que verdaderamente quedaba fuera de lugar y fuera del ordenamiento urbano establecido por el tiempo, eran esos absurdos retranqueos y chaflanes

Hoy día, analizando el resultado de ese urbanismo de retranqueos con destrozos generalizados en las viejas alineaciones de nuestras calles, que en muy pocos casos ha conseguido rectificar tramos completos de calles, podemos decir que lo que verdaderamente quedaba fuera de lugar y fuera del ordenamiento urbano establecido por el tiempo, eran esos absurdos retranqueos y chaflanes, pensados en exclusiva para facilitar y beneficiar la circulación.

 

 

 

 

Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

El 11 de noviembre de 1910 tuvo lugar un nuevo suceso sangriento en Manzanares, cuando Ramón Clemente Casado abrió fuego contra una pareja de guardias civiles, matando a uno e hiriendo al otro, tras lo cual inició una larga huida al ser perseguido por decenas de guardias. Su perfecto conocimiento del terreno y astucia para escapar del cerco al que le sometieron, alargó la fuga durante 15 días, concluyendo con su entrega a las autoridades. El seguimiento exhaustivo de la prensa de todo el país, lo convirtieron en una leyenda, llegando a ser catalogado como el “último bandido”.

     Para buscar las causas del suceso, hay que retrotraerse en el tiempo. Ramón Clemente Casado, apodado “Uñas”, era un joven de 22 años, soltero, pequeño de estatura, delgado y moreno, que se dedicaba a la caza furtiva desde los 12 años, acompañando a su padre, con el objeto de alimentar a su humilde familia. Dos años antes del suceso fue sorprendido por dos guardias, uno de ellos conocido como Maroto, cuando estaba cazando pájaros, los cuales le golpearon hasta que entregó la escopeta. Un segundo incidente tuvo lugar el 8 de septiembre de 1910, durante la feria, cuando estaba cazando junto con Antonio Vázquez en “El Cuartillo”. Fueron descubiertos por dos guardias civiles a caballo, Antonio Hornero y Patricio Morales, que los persiguieron y tras capturarlos, los abofetearon y les dieron varias patadas, que le provocaron a Ramón la rotura de un oído y la descomposición del muslo, causándole una cojera que le duró dos meses. Fue atendido por el curandero Eugenio Calleja, debiendo prestarle Felipe López Cano una burra, para que pudiera desplazarse.

     En noviembre fue condenado por el Juzgado Municipal a 20 días de arresto, por sus actividades furtivas, denunciadas por un guarda de la finca de “La Mancha”, enviando a un alguacil para darle a conocer la pena y conminarle a que se presentase en el Juzgado. Ante su negativa y actitud amenazante, el empleado solicitó la presencia de la guardia civil para que le acompañara. A las 6 de la tarde del 11 de noviembre, la pareja formada por el cabo Juan Ramírez y el guardia Antonio Hornero, junto a Servando Fernández Muñoz, se presentaron en casa de Ramón, para conducirlo ante el juez. Pero Ramón al verlos llegar huyó, por lo que tras un infructuoso registro, regresaron al centro de la población sin él.

     El prófugo saltó las tapias del corral de su casa y se dirigió hacia el camino de la Cruz que debían seguir los guardias, escondiéndose en la tapia de la era de Capilla. Al llegar la pareja, el fugado efectuó dos disparos de postas hiriendo mortalmente a Hornero, el cual falleció horas después, y levemente a Ramírez. Los guardias dispararon infructuosamente sobre el atacante, que tras realizar los disparos, saltó al extremo de la pedriza, dándose a la fuga por el campo.

     Los heridos fueron auxiliados por los vecinos de las casas próximas que salieron al oír las detonaciones y atendidos por el personal de la Cruz Roja que llegó poco después junto con el médico, el Dr. Roncero. Hornero fue trasladado en camilla al hospital, donde falleció a las cuatro de la mañana, mientras que su compañero se desplazó por su propio pie, al ser leves las heridas. Ramón Hornero era natural de Almagro, tenía 31 años y dejaba a su viuda embarazada y con tres hijos. Fue enterrado a las cuatro de la tarde, presidiendo la ceremonia el teniente coronel jefe de la Guardia Civil, un comandante de zona, el alcalde, el juez de instrucción y el municipal, junto a varios concejales. El cabo Ramírez estuvo en tratamiento 15 días, recuperándose plenamente de sus heridas[1].

     A partir de ese momento se llevó a cabo una larga e infructuosa persecución. El teniente coronel jefe de la Benemérita en la provincia se dirigió a Manzanares para coordinar la operación, donde fueron encaminados todos los guardias civiles disponibles para participar en ella. La prensa de todo el país se dedicó a magnificar sus hazañas tachándolo de bandido o bandolero. Las informaciones indicaban que había herido a un guardia del campo en el brazo diciéndole “no te mato, pero te dejo manco”, cuando solamente lo desarmó, poniendo en su boca declaraciones como: “catorce cartuchos me quedan, trece son para los guardias y uno para mi”, e incluso algunas informaciones lo situaban en la sierra de Alcaraz o en la aldea de El Salobral, cuando no salió de los alrededores de Manzanares.

     Ramón tras el tiroteo huyó hasta el corral de “la Retamosa”, donde un vecino de Daimiel le dio de cenar. El día siguiente estuvo merodeando por los alrededores de Manzanares, encontrándose con un pastor que le aconsejó entregarse a las fuerzas del orden. Después cenó y pernoctó en la casa de Filiberto Lozano, de la que salió el 13 por la mañana, día en el que no se cruzó con nadie, eludiendo el operativo montado por los guardias civiles para su persecución.

     El 14 se refugió en un chozo de pastor, donde sorprendió a los guardias de campo León Gutiérrez y Francisco Córdoba, que estaban al servicio del ayuntamiento de Daimiel, cuando iban a penetrar en él. Les obligó a entregar sus armas y municiones, manifestándoles a continuación “que no se mataba, porque quería defender su vida matando”. Después, les conminó a que se marcharan de allí.

     Los guardias informaron de estos hechos a las fuerzas de la guardia civil, que montaron un operativo con quince parejas al mando del capitán Herrera y del teniente Alderete, reforzados con guardias de campo, consiguiendo localizar al prófugo en la corraliza de “la Retamosa”, cercándola para evitar su huida. Tras ello se produjo un intenso tiroteo entre Ramón y sus perseguidores, en el que el primero procuró limitar el uso de las municiones. Los guardias ante el riesgo que suponía asaltar el corral a campo abierto, más teniendo en cuenta que Ramón se encontraba atrincherado y era un experto tirador, decidieron esperar la llegada de la noche.

     La acción más audaz de Ramón fue la que realizó a continuación, pues al sentirse acorralado dio muestras de gran astucia, escapando de un cerco en el que participaban unos cuarenta hombres. Armó un pelele con dos palos y sus ropas, colocándole una de las carabinas que había sustraído a los guardias jurados, y lo dejó junto a una tapia a la vista de sus perseguidores. Al verlo, los guardias se acercaron y abrieron fuego contra él, tras lo cual el capitán Herrera, el teniente Alderete y el guardia de campo Hilario Vallejo, se dirigieron al galope al corral, donde solo vieron el muñeco dejado por Ramón. Éste vestido con su ropa interior y una americana, junto con la escopeta, eludió el cerco aprovechando la confusión y la oscuridad, pasando incluso al lado de un guardia de caballería que no lo vio. En el fracasado asalto resultó herido leve el guardia Vallejo, al ser confundido con el prófugo[2].

 


[1] El Imparcial, 13 y 15 de noviembre de 1910; La Mañana, La Época, El Liberal, El Siglo Futuro y El Día de Madrid, 15 de noviembre de 1910; Diario de la Mancha y El Correo Español, 16 de noviembre de 1910; Heraldo Militar, 18 de noviembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

[2] Diario de la Mancha, 16 de noviembre de 1910; El Día de Madrid, 16 y 19 de noviembre de 1910; El País, 16 de noviembre de 1910; El Imparcial, 17 de noviembre de 1910.

Manuel Gallego Arroyo

A pesar de todo, y por más que quieran contarnos, el progreso peca muchas veces de ingratitud con el pasado. Es que su razón de ser consiste, las más de las veces, en desprender toda costra, mondar cáscaras, en fin, arrancar de la vida todo aquello que, sido, pretenda prolongar el paseo y solaz de los cadáveres exquisitos. A veces, en lo que es una irremediable precipitación, actúa como un juez sentencioso e inflexible con lo, en apariencia, caduco.

Ahora que la ley de las modas, ahora que el progreso con su mano a veces fría levanta enormes muros, imponentes vallas, como las que han nacido al final de los Paseos del Río, ahora digo, podremos contemplar cómo se cerrará el horizonte, se cegarán las perspectivas y se angostarán los trasvases de almas; ahora y ya mañana, observaremos cómo a la caída del sol, se precipitarán las sombras del enrejado progreso sobre los paseos y sus arriates, árboles y arbustos, y sobre los paseantes de ojos confusos en el tornasolado.

Creo que con la decisión “envalladora” se han perdido algunas cosas (¿realmente podemos decir “cosas”?) que a lo mejor sería de justicia que las tuviésemos en conciencia, por si hubiera alguna posibilidad de recuperar la dignidad de lo arrinconado.

De un lado la estética del cierre de las calles del paseo, angostado y marginado, en su perspectiva (la de los Paseos Príncipe de Asturias). Pero también la del Paseo de los Pinos, que, viniendo desde los Cinco Puentes al encuentro de aquellos, ha quedado desplazada, oculta y empobrecida en un feo recodo. Como pobre y sin sentido queda, desde el Banco de la Paciencia, toda vista, amurallada toda lontananza.

Obsérvese que no hablamos de nada nuevo, pues, de cuanto ahora se ha hecho monda, fue ya una propuesta con la que se trató de resolver (mediante los emplazamientos que llegarían a ser símbolos cantados por la cultura popular), uno de los problemas urbanísticos de esta localidad, el de las limitaciones que impone la vía férrea.

Rememoremos no obstante el porte humilde, contemplativo y melancólico de aquel banco, el de la Paciencia, pasante de trenes y testigo del horizonte, ahora mudado de simbólico guardagujas, en arrinconado guardavallas. Rememoremos la anchura y vastedad del lugar, explanada que pasaba la mayor parte del año dejada de sí, clamando qué hacerse de ella.

En descargo sólo queda referir cómo una vez más el futuro ha logrado corregir una deficiencia del pasado, ampliando en superficie de metros cuadrados el espacio para exposiciones feriales, a la postre, asunto vital en el modernizador desarrollo de nuestro pueblo.

 

            Manuel Rodríguez Mazarro

Hace ya algunos años en los bares de Manzanares no había grifos de cerveza “sin”, se cumplía año y medio de mili, no había supermercados, eran tiendas de tendero/a que hacían el artículo, se hablaba con la vecina, había tabernas con humo de “Ideales y Celtas” , se hervía la leche, conocimos al histórico Francisco Franco, los billetes de mil pesetas, revelar los carretes de fotos, fumar los maestros en la clase, máquinas de escribir, practicar el método Ogino, darle cuerda al reloj, los carros, galeras, tartanas, nació la democracia, …

Sería un próximo libro que realizar, interminable el cambio de nuestra generación: –El título: — “Las batallitas del abuelo”. Igual que la actual generación es la tecnología, como la anterior fue el manejo del esparto, la pleita, todo envase era de tal materia silvestre, trabajado con las manos, capachos, esteras, serijos, espuertas, cordetas, …

Pasamos a la transformación, la “era” del plástico, el automóvil, T.V., vacaciones, derechos y deberes pocos. Entonces todo se fue ajustando al consumo, usar y tirar al reciclaje. Gran problema mundial del cambio climático, gases, deshechos, escombreras, vertederos nucleares, llegando a contaminarnos unos a otros, primer ingrediente la mascarilla y lejía.

Estamos conviviendo familiarmente con los virus, “bichito” con diadema real cargándose a medio mundo, el reducirlo costará sudor y lágrimas. Causando más muertes que cualquier guerra mundial sin necesidad de bombas nucleares ni armamento sofisticado.

Un ejército nos cuesta más que tener al día nuestros hospitales y su personal bien equipado. Tenemos que estar preparados para un antes y un después.

Todo esto me recuerdan los seguros que casi todos tenemos, negocio, trabajo, doméstico, accidentes, incluso defunción y planes de pensión o jubilación. Lo bueno es pagarlo y no tener que necesitarlo, echar mano de ello y en caso de…, pues para eso está.    

El futuro. Cuando lleguen a conocer tal “marcianito” con vacunas y técnicas; vendrá otro y otro. Finalmente y pienso en Manzanares, fuera de los problemas con las mascarillas, guantes, confinamiento, paisajes vacíos, palabras repetitivas, residencias, videoconferencias, discursos, decisiones compartidas, musiquero “resistiré”, policías con “cumpleaños” y balcones a las ocho.

Vendrá la segunda parte del “Covic-19”, será la 20, 21, 22 y nos dieron las 23 y desnudos al anochecer nos encontró la luna, la canción de Joaquín Sabina. Se presentará el “virus-económico”, fatal levantar el árbol seco por mucho nitrato de Chile que le echemos al comercio en general, nuestra hostelería, olvidarnos de “nuestros sabores”, esas tapas, vino pálido, conversación a cara descubierta, saludos afectuosos, apretón de manos, ferias y fiestas, medievales, mercadillos, cines, teatros, pésames emotivos.

Dicen que volveremos a ser diferentes, más humanos, a pedirle sal y perejil a la vecina, complacientes, unida la familia, los hijos, abuelos. Quisiera ver el final de esta confinación casera, palabra que confundo con: confitado y confirmado. ¡Amén!           

                                                                             

               

 

 

 

               

        

Javier López

Qué curiosa es esta veleta y qué complicado es observarla desde el nivel del suelo. Localizada en la calle empedrada, en la casa de los García Noblejas, es distinta a todas las que existen en Manzanares, por una peculiaridad. Pertenece al grupo de veletas tradicionales, porque cumple con todas las normas que rigen en las veletas a lo largo de los siglos, pero es diferente a las actuales que vemos en las nuevas construcciones.

   Con otra mirada, vamos a centrarnos en esta, observándola de abajo arriba, obviando el pararrayos que tiene adosado, al ser un objeto posterior al origen de estas. Cumple en su forma con los cánones que las rigen, que, de paso, vamos a comentar de una manera resumida. Todos conocemos que las veletas, además de ser un instrumento meteorológico que nos ayuda a identificar la dirección del viento, es también un adorno de los edificios y soporte en el que se expresan simbolismos y motivaciones que se relacionan con el uso de estos.

   La veleta se compone de un eje vertical que une, sustenta y al que van engarzados el resto de los elementos que la constituye, principalmente, la parte móvil que es la que gira con el viento y nos señala la dirección. El arranque del eje vertical esta insertado en la obra del edificio y suele ser una esfera, bien de metal o de piedra maciza, en ocasiones, calada, cuando se trata de esferas metálicas a modo de los meridianos de la tierra. En otras, la esfera única es sustituida por una secuencia de varias bolas, en un número máximo de cuatro, de un diámetro semejante o como ocurre más comúnmente de diámetro decreciente en sentido ascendente. La misión de estas esferas es proteger la cúpula o el edificio de los impactos de los rayos, de manera que las de metal se fundían, pero el resto de la obra no sufría. A continuación, se encuentra la parte móvil de la veleta en la mayoría de los casos flechas con cola de banderola, es en la cola donde se aprovecha para realizar en ella adornos calados (letras, fechas, escudos…) o formas variadas que a veces corresponden con la imagen o símbolo que identifica el oficio del propietario del edificio. Como remate todas tienen una cruz, en Manzanares suele ser de Calatrava, o simplemente dos palos cruzados.

    Ahora que conocemos más de las veletas, vamos a examinar la de la fotografía con otra mirada, y percibimos que es escultural, porque tiene unos adornos entre la bola (con meridianos) y la flecha, en su banderola tiene el calado de una flor y otros adornos en la parte superior antes del remate que asemejan culebrillas o relámpagos.

   Aquí es donde nos preguntamos: ¿Qué más tiene esta veleta de la calle Empedrada que la hace inédita? Analizándola con otra mirada, advertimos que el remate superior es una estrella de los vientos en tres dimensiones (por cierto, muy interesante) y es ahí, donde radica su originalidad. Una veleta que no tiene una cruz es la única de las antiguas de Manzanares que no tiene una cruz más o menos historiada o con más o menos poderío como terminación, es un objeto singular que si tiene que ver con los vientos y la orientación, pero es precisamente lo que hace que sea exclusiva, y la más atrayente de todas.

   Paseen por el centro de Manzanares, verán cómo es la única que no tiene una cruz como colofón.