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Por M. ª Teresa González Marín

 Mi agradecimiento a la Revista “Siembra” por la oportunidad que me brinda de hacer una reflexión  sobre el Grupo Lazarillo, reflexión que estará basada en los recuerdos que me genera  esta querida asociación cultural que conocí en el año 1972  y con la que tuve el honor de colaborar, muy de cerca, y disfrutar durante muchos años de la cultura, el buen teatro y, muy especialmente, de conocer a numerosas personas que amaban el teatro como yo  y con los que entablé una gran relación y amistad, que aún perduran.

En la década de los 60, 70, y algo entrado ya en los 80, las manifestaciones culturales en nuestra provincia eran muy escasas, las Instituciones Públicas invertían poquísimo en esta materia. Recuerdo cómo, en el año 1981 cuando visitaba los municipios de la provincia de Ciudad Real como responsable del Centro Coordinador de Bibliotecas, mi mensaje a los alcaldes era que había llegado la hora de invertir menos en ladrillos y más en cultura.

Todo este gran vacío cultural lo cubrían, con creces, las asociaciones culturales, así como los grupos de teatro aficionado. Tuve la suerte de conocer a todos ellos muy directamente pues, al   destinarme a la Delegación de Información y Turismo en Ciudad Real, se me encomendó el Negociado de Cultura, teniendo un gran contacto y relación con cada uno de estos grupos y asociaciones.

Prácticamente toda la actividad que se generaba en Ciudad Real capital y en muchas de sus localidades venía propiciada por su tejido asociativo, ejemplo de esto es gran la actividad en esos años en Manzanares, Corral de Calatrava, Tomelloso, Bolaños de Calatrava, Villarrubia de los Ojos, mi propio pueblo Torralba de Calatrava, y un largo etc. Años difíciles en los que, gracias al esfuerzo, ilusión y trabajo de las personas que formaban estos grupos, se ofrecía una interesante programación cultural a chicos y grandes de nuestros municipios.

Pero, en mi humilde opinión, pienso que Lazarillo, creado en 1961, fue algo excepcional por su ambicioso proyecto de difusión del mejor teatro y la repercusión de su Certamen más allá de nuestro ámbito provincial. Lazarillo llevó a cabo una gran labor de fomento de la cultura y, en especial, las artes escénicas, logrando que Manzanares haya sido y sea uno de los pueblos más cultos y con un público más preparado y exigente a la hora de ver un espectáculo.

Los conocí muy a fondo en dos de sus facetas. La primera, sus montajes, que luego representaban por distintos escenarios de la geografía provincial y nacional. En Torralba de Calatrava, cada verano esperábamos con expectación su nueva propuesta, que venía también de la mano de nuestra Asociación Cultural y Deportiva “Torralba”. Así pudimos disfrutar en la Plaza de la Villa de obras inolvidables, como “La Zapatera Prodigiosa”, de Lorca o “Tartufo”, de Moliere, dirigidas o interpretadas por el gran Rafael Zarate, hombre que siempre ha llevado el teatro muy dentro por lo que obra en que ponía su mano la convertía en éxito rotundo.

Montajes de numerosos textos teatrales, algunos de ellos impensables en aquella época, con un elenco de actores ejemplar. Imposible de recordar tantas y tantas representaciones, pero yo quiero hacer mención de las que por una u otra causa sigo manteniendo en el recuerdo: Cómo nos impresionaron, en aquellos años, Los perros, de Luis Riaza, Yo, Bertold Brecht. Poemas y Canciones, La rosa de papel, de Valle Inclán, todos ellos en el Cine Avenida. Así como Octameron y El baile de los ardientes de Francisco Nieva y, por supuesto, esa espectacular e inolvidable puesta en escena de Las Meninas, de Buero Vallejo, con la presencia de este gran dramaturgo.

La segunda faceta a que me refería fue su gran apuesta con el Certamen Nacional de Teatro, en 1974. Certamen para agrupaciones de Cámara y Ensayo no profesionales que puso a Manzanares en los primeros puestos del panorama teatral del país y supuso que el municipio y la provincia pudieran conocer los mejores grupos de teatro de la geografía nacional.

El Certamen Nacional, creo recordar, estuvo diez años, para después pasar a llamarse Muestra Nacional de Teatro y, posteriormente, Festival Internacional de Teatro Contemporáneo. El Certamen estaba patrocinado por el Ministerio de Información y Turismo y tenía un Jurado Calificador que durante los primeros años estaba presidido por el Delegado Provincial de Ciudad Real, D. José Narváez Fernández, delegando su asistencia, en mi persona, para formar parte del jurado.

Fue una experiencia inolvidable, los grupos eran especialmente seleccionados por los directivos del grupo Lazarillo que se desplazaban, por toda la geografía española, para conocerlos y asegurarse del éxito de las obras programadas. En este periodo se pudo ver en Manzanares grupos cómo ¨La Zaranda”, con “Los tinglaos de Mari Castaña” o “Mariameneo, Mariameneo”, una forma nueva y una puesta en escena a la que no estábamos acostumbrados. Un gran acierto y un rotundo éxito. Posteriormente esta reconocida compañía eligió el Certamen de Manzanares para estrenar a nivel nacional su “Obra Póstuma”.

Y, cómo no, recordar a grupos de la talla “El Candil” de Talavera, “Tespis” de Málaga, “Tántalo” de Zaragoza, “La Chambra” de Badajoz y, posteriormente, grupos ya profesionales como el Teatro de La Abadía con la puesta en escena del “Retablo de la Avaricia, la Lujuria y la Muerte”, en la que pudimos conocer, entre otros, a unos actores de la talla de Carmen Machi, Pedro Casablanch, Pepe Viyuela. Grupos, actores y actrices y directores que hicieron de Manzanares uno de los centros emblemáticos de la actividad teatral española, con el  reconocimiento del mundo de las artes escénicas, plasmado en la Medalla al Mérito en las Bellas Artes, concedida a Lazarillo por el Ministerio de Cultura en 1995

Tuve el privilegio y la suerte de compartir Jurado con personalidades como Francisco Nieva o Verónica Forqué, pero no fue menos importante compartir tantas jornadas con personas como Carmelo Melgar, Manuel Álvarez Pedrero, Roberto Muñoz, Agustín Muñoz, así como Francisco Gijón, Rafael Zarate y Cándido Sevilla, a quienes les tengo un gran cariño. Con ellos aprendí mucho, al tiempo que me hicieron pasar días inolvidables. Todos ellos fueron presidentes del Grupo pero quiero también recordar a Juanjo, Mari Loli, Inmaculada, Isabel y muchos más y por supuesto el gran pintor Legassa con el que además de conocer su trayectoria pictórica y teatral, tuve la suerte de conocer también su faceta gastronómica. Mantengo su recuerdo al poder contemplar a diario la pintura elaborada por él para el IX Certamen.

Como botón de muestra quiero recordar la interpretación de “Goliardos”, con A puerta Cerrada, de Sartre y por supuesto la gran Nuria Espert, con la puesta en escena de Maquillaje. Una gran noche en la que la propia actriz hizo suya la frase de su protagonista Yoko Satzuki: “me vais a ver ésta noche dejarme la piel en el escenario”. Y vaya si lo cumplió.

Me he referido a dos de las facetas del extraordinario grupo manzanareño, pero no puedo obviar otras muchas actividades organizadas por Lazarillo recordando, especialmente, el laborioso e importante trabajo didáctico realizado para conseguir y mantener el interés y la afición  del público infantil y juvenil, organizando cada año la Muestra Escolar de Teatro que ha cumplido ya su 37 Edición.

Los tiempos, por fortuna, han cambiado mucho, hoy en día tenemos una buena Red de Teatro a nivel Regional, el programa Platea del Ministerio de Cultura, los Convenios de la Diputación Provincial y las importantes apuestas e inversiones desde los Ayuntamientos y también contar con la figura de los programadores culturales, personas que conocen y trabajan para hacer llegar a sus localidades la mejor oferta teatral. A pesar de todos estos avances, es muy importante poder seguir contando con este tipo de asociaciones que mantienen y son capaces de generar, compromiso, ilusión y pasión por la cultura, al mismo tiempo que desarrollan una gran labor social.

Estos últimos años por mi dedicación muy exclusiva a Torralba, y también por coincidir en las fechas con nuestro Festival Nacional de Teatro y Títeres, en el recuperado Patio de Comedias, he asistido menos a Manzanares, aunque siempre lo he seguido con interés por la prensa o redes sociales, aunque siempre que puedo me desplazo. La última vez que lo hice fue para ver “Iphigenia en Vallecas”, interpretada por Maria Hervás. Monólogo que impresionó a todo el público que llenaba el Gran Teatro con una ovación final muy difícil de olvidar.

Gracias a Lazarillo por la labor realizada en pro de la cultura y, especialmente, el Teatro, y personalmente por tantos momentos inolvidables que me han propiciado y, con mi gratitud, el deseo –ahora que está próximo el 50 Aniversario del I Certamen– de que perdure para siempre como referente de esta hermosa ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pablo Nieto-S. Gutiérrez

Aunque representar teatro canónico no es tan frecuente como debería, aún se llevan a los escenarios las obras magnas de multitud de autores de la historia de la literatura. Esto es positivo, pues, mutando las palabras de Gabriel Celaya, el teatro es un arma cargada de futuro: está bien tomar el canon[1] dramático y representarlo para acercar al pueblo los grandes temas y a los maestros de la literatura. Lo que no es tan agradable —más bien, me parece una aberración— es adaptarlo siguiendo tendencias que nada tuvieron que ver con las que el autor siguió en el momento de su escritura.

El resultado final es que la obra original no la reconoce ni la madre que la parió.

En las grandes ciudades de España, se aprecia una interesante oferta cultural, que incluye, por supuesto, el teatro. En la mayoría de las obras canónicas que se anuncian, bajo el título del autor, aparecía la desvergüenza: “adaptación/versión por…”. Ante esta barrabasada, se me ocurren dos comentarios: (a) Los grandes autores no necesitan adaptación, son tan universales que su mensaje ha trascendido su época y el público puede actualizarlos sin que se haya tocado una coma del texto original. Pensar lo contrario —que hace falta retocar hasta el último detalle— es propio de gente de menor valía con ínfulas de gloria al ver su nombre escrito bajo el de la celebridad. (b) ¿Qué se modifica de la obra? Desde diálogos, escenografía, personajes, vestuario, etc., hasta recortar la obra. El resultado final —como dijo Alfonso Guerra sobre España tras la victoria del PSOE en 1982— es que la obra original no la reconoce ni la madre que la parió.

Pongo un ejemplo para ilustrar esto. Hace tres años, fui al madrileño Teatro de la Comedia a ver la Compañía Nacional de Teatro Clásico representar La Dama Duende, de Calderón de la Barca. Se había alterado la época, la rima, los diálogos, los vestuarios… ¡nada en esa obra —quizás salvo el tema— podía recordar a las comedias de enredo que se representaban en un corral de comedias! Estaba todo desfigurado. Frente a esto, también está demostrado que se puede hacer una buena representación teatral fiel al canon. En Manzanares, en la presente temporada, se han llevado a las tablas dos obras de teatro de este tipo: Calígula, de Camus, y La Casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Ambas han respetado el texto original —sin retocar o recortar inútilmente— y el resultado ha sido apreciado por el respetable.

Quiero extraer dos conclusiones con este artículo: (a) Es responsabilidad del público interpretar la obra canónica y actualizarla —si quiere—. No se debe dar todo masticado. La obra que conmueve lleva a la reflexión y a la aplicación en la vida de la gente. (b) Actualizar —o adaptar— una obra es prostituirla. Quien quiera escribir, que lo haga. Si el modelo que sigue un autor en un texto es maravilloso, nada impide hacer otro siguiéndolo —con otros personajes, diálogos, ambientación, etc.—, salvo la falta de talento literario. Lo que sí es censurable es mantener al maestro como autor, con el nombre de un cualquiera como adaptador, y representar una obra que no reconoce ni la madre que la parió.

 


 

[1] Por “canon”, en literatura, entendemos el conjunto de grandes obras que, por unos motivos u otros, han pasado a la posteridad y merecen ocupar un lugar destacado —y ser objeto de estudio— en los manuales y en las bibliotecas.

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