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Por Saíd Ruíz Salazar

La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

A veces, los lenguajes artísticos no necesitan de una vanguardia enardecida para ponerse patas arriba. Hace años (así, a ojo, unos doce), unos amigos músicos apurábamos una noche de verano tumbados en la Plaza de las Palomas. Mirando a la torre de la iglesia, rodeados por los soportales, solos, y con todos los temas de conversación agotados, a alguien le dio por preguntar: “¿cómo creéis que suena la plaza?”. Es comprensible que nos sonriésemos pensando que ya era buen momento para irse a acostar. “No, no me habéis entendido. Me refiero a cómo creéis que sonaría la plaza puesta en música. Si es posible una música referencial. Si podríamos emocionarnos al escuchar una música como nos emocionamos cuando vemos fotos antiguas de la plaza”.

Uno, como aquel muchacho, se pregunta si existe un «no se qué» (algunos críticos lo llaman rasgos de estilo) que permita definir el arte manzanareño frente a las manifestaciones artísticas limítrofes. Si puede haber una condensación artística que muestre la vivencia íntima de un pueblo. En suma, si la vivencia del pueblo puede germinar en un estilo rastreable en la obra de los artistas locales. Desde una óptica no ajena al romanticismo lo reconocía Hipólito Taine, creo que en el prólogo de su Historia de la literatura inglesa (1869): las obras artísticas y literarias son resultado de la raza, el ambiente y el momento. Ahora, es complicado. Los peajes que debe pagar el artista en su formación son costosos. La imperativa conquista de la modernidad nos aleja. Nos hace ver el mundo con oídos ajenos. Se domina la técnica para llegar a la técnica. Pero la sencillez e ingenuidad huye de nuestros corazones. Y —no nos engañemos— la obra redonda, no llega.

Es complicado (lo sé) hallar el equilibrio entre los hallazgos formales de la segunda mitad del XX (en fotógrafos, músicos, pintores, escultores…) y la clausura indeseable de la ortología regionalista. En este aspecto, debemos aprender mucho de la observación minuciosa de nuestros arquitectos. Pero hay que hacer un poder por abandonar el ensimismamiento creativo y las postraciones al estilo universal de las redes. Y volver. Y salir a la calle. Acercarse a la gente corriente. No hay que ir lejos para encontrar materia artística. Hay que observar la fisonomía material del pueblo para dibujar su cara íntima, tortuosa, besana. La vida en los pueblos es, a veces, como los microorganismos: invisibles si el arte no los crea.

Detrás de la pregunta de aquel muchacho se escondía una poética que está por escribir y que nos interpela a todos.