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Manuel Crescencio Moreno Gómez

El miedo parece ser la emoción más natural de todas. El Universo en su conjunto parece estar familiarizado con él desde sus inicios. El inmenso y mudo espacio cósmico, los movimientos sísmicos que dieron forma a nuestro planeta, el estruendoso sonido de una erupción volcánica, el silencio de las profundidades marinas, la descontrolada furia del mar, del viento y del rayo, nos hacen temblar. La naturaleza está familiarizada con el miedo. De las emociones que nos unen a los animales, seguramente, el miedo es la más esencial. Los animales saben lo que es el miedo: se asustan, corren, se esconden, sus corazones palpitan aceleradamente… sufren, mueren.

Dicen que el miedo es una emoción básica positiva desde el punto de vista evolutivo: nos sitúa en estado de alarma para que nos pongamos a salvo de un enemigo y reaccionemos. El dolor, dicen, también tiene esa función. Su utilidad, si bien los hace comprensibles, no los hace más agradables. No obstante, la pregunta que me gustaría compartir con vosotros este mes es: ¿tienen solución el dolor y el miedo? El coronavirus antes o después la tendrá. Habrá una vacuna contra el coronavirus. Es posible que el virus desaparezca. El miedo, sin embargo, seguirá. ¿Existe alguna solución contra el dolor? ¿Existe alguna vacuna contra el miedo?

Nuestro analgésico mundo ha conseguido vencer la batalla al dolor; al menos, al físico. Contra el dolor psicológico, hemos realizado avances. Pero ¿qué pasa con el miedo? ¿Cómo se vence al miedo?

La belleza de la mayor parte de los cuentos tradicionales infantiles no está en que no aparezcan temibles monstruos, sino en que, siempre, al final, el monstruo es derrotado, y el miedo subyugado. ¿Funcionan las mismas leyes de los cuentos en el misterioso mundo real que habitamos los seres humanos? Sí. La vacuna contra el virus del miedo está en los cuentos infantiles. Pero no en su contenido, sino en la forma en que se han contado desde los tiempos más remotos.

Contar un cuento a otra persona supone estar presente ante la otra persona. Y es ese humilde gesto: la presencia, lo que ahuyenta el miedo. Ya los animales más jóvenes buscan el refugio en la presencia de los suyos. Con ellos compartimos el miedo, pero con ellos también compartimos la solución. La presencia de la madre o del padre, la presencia del hijo, la presencia del amigo, la presencia del esposo o la esposa… la presencia de Dios. Nuestras apresuradas vidas, limando el tiempo de que disponemos, nos invitan a buscar Prozacs para el miedo. Algo rápido y encapsulado para domesticarlo. Sin darnos cuenta de que la solución es la presencia, a veces, aburrida, pero siempre, generosa, ante la persona que amamos.

La presencia de quien te quiere alivia tu dolor, reduce tu sufrimiento, ahuyenta el miedo, te permite morir en paz. ¿No se entristece vuestra alma pensando en todos aquellos que están muriendo solos estos meses? ¿Es justo aplicar al enfermo soluciones analgésicas y privarle, en cambio, de la profunda paz de la presencia? ¿Así termina el cuento de tantas vidas? No.

Los dos primeros días de este mes de noviembre encontramos dos celebraciones que no están situadas de manera arbitraria. Por un lado, el día de los Santos, por otro, el día de los Difuntos. No son fiestas tétricas, ni macabras (como la importada Halloween). No son fiestas que celebran el miedo, sino la victoria ante el miedo a la muerte. Dedicadas, principalmente, a todos aquellos que mueren sin la presencia de los suyos y son recibidos, para compensar, por la innumerable presencia de los santos. Porque el cielo no es sino la infinita sensación de una Presencia inabarcable. Sin miedo. Así termina nuestra Historia.

Esta mañana  las 9,00h ha comenzado la vacunación para el coronavirus Covid-19 en Manzanares. El centro elegido ha sido la residencia La Milagrosa, de titularidad religiosa (Hijas de la Caridad). Actualmente este centro está libre de Covid en Manzanares.

La primera vacuna la ha recibido Antonia Salido, de 84 años de edad, junto a la enfermera María Teresa Paz Rodríguez y a la residente de mayor edad, Carmen Cano Peláez, de 100 años. La responsable de la vacunación ha sido la enfermera Estefanía Fernández Luengo. Acompañando las vacunas han venido, entre diferente personal sanitario, la médico de urgencias Carmen Tapias y la subdirectora del hospital Yolanda Prieto.

Alrededor de las 9:40 se ha empezado con la primera vacunación que ha sido la de la residente  Antonia Salido Rodríguez.Después se ha vacunado a la enfermera María Teresa Paz Rodríguez y después se ha procedido a ir vacunando a todo el personal del centro y posteriormente a las hermanas de la comunidad de las Hijas de la Caridad y finalmente a todos los residentes. Se calcula que se han dispensado alrededor de 300 vacunas.

 

 

Por Manuel Crescencio Moreno Gómez

El filósofo Blaise Pascal comentaba en el siglo XVII: “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”.

La pandemia de la COVID-19 nos ha obligado a estar quietos en nuestras casas. Si no hemos sabido o podido convivir con ello es fácil que, como dice Pascal, nos hayamos sentido infelices. Una infelicidad que, siguiendo algunas de las noticias más alarmistas, parece haberse manifestado bajo formas de ansiedad y depresión.

Es cierto que hemos podido encontrarnos más estresados, quizá más agobiados, a veces, incluso frustrados. Pero, ¿son éstos síntomas de empeoramiento de nuestra salud mental? ¿No son quizá experiencias normales de la vida que nos son desagradables pero que debemos aceptar y aprender a convivir con ellas? ¿No será que lo que nos ha pasado de verdad es que nos hemos aburrido mucho?

El aburrimiento no es una depresión, no es una enfermedad grave. El aburrimiento es un estado emocional normal, aunque no muy agradable.

Resulta tan poco de nuestro agrado que, para huir de él, muchas veces creamos nuevos problemas o nos hacemos más infelices. No estoy diciendo que el aburrimiento nos haga infelices, lo que digo es que la reacción de huida ante el aburrimiento puede causarnos nuevos males e incluso la infelicidad. ¿Qué hay detrás de las fiestas y salidas temerarias de este verano que han ayudado a propagar el virus? ¿No es acaso una huida del aburrimiento del hogar lo que las ha provocado? ¿Qué hay detrás de muchos actos que ponen en riesgo la vida como los excesos de velocidad, los saltos entre balcones, etc.? ¿Es acaso vivir un continuo huir del aburrimiento?

Viendo el daño tan nocivo que causa el virus del aburrimiento, que ha podido ayudar incluso a propagar otros virus, nos deberíamos preguntar si existe una vacuna que nos inmunice ante él. De existir una solución, como pasa para todas las experiencias profundamente humanas, quizá la encontremos no en un laboratorio, sino en una biblioteca. Seguramente no esté en el futuro, sino en el pasado. En Pascal ya hemos encontrado un consejo: “aprende a estar quieto en tu casa”, o mejor, “disfruta de tu hogar”. Para algunos eso puede ser sinónimo de no disfrutar de la vida. Quizá, quedándote quieto en tu casa no disfrutes de la vida (entiendo por la vida las rutinas de la vida tal y como nos las han presentado sociológicamente: hay que salir de fiesta, de viaje, etc. para ser feliz) pero, es muy posible, que aprendas a disfrutar de tu vida (entiendo por tu vida la capacidad de conocerse a uno mismo, descubrir tus aspiraciones más auténticas y aprender a realizarlas). Quizá, después de todo, para disfrutar de mi vida, el aburrimiento no sea una maldición sino todo lo contrario. El aburrimiento es posiblemente vacuna de sí mismo. En realidad, no es un virus, ni un problema. Es un surtidor de tiempo para mí. El tiempo que me genera de sobra lo puedo emplear para pararme, analizar cómo estoy invirtiendo mi tiempo y descubrir si es significativo el uso que hago de ese tiempo para mi vida.

¡Bendito aburrimiento, pues, si en lugar de desesperarme sirve para perfeccionarme! Y, así, aburriéndonos, nos volvamos a encontrar a nosotros mismos. No sea que nuestras vidas nómadas y estresadas absorban cada instante de nuestro tiempo y, con él, se lleven nuestra auténtica identidad.

“Y los hombres van a admirar las cimas de los montes y las olas del mar y las corrientes de los ríos, y se olvidan de sí mismos” (San Agustín de Hipona).