Por Manuel Crescencio Moreno Gómez

El filósofo Blaise Pascal comentaba en el siglo XVII: “La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación”.

La pandemia de la COVID-19 nos ha obligado a estar quietos en nuestras casas. Si no hemos sabido o podido convivir con ello es fácil que, como dice Pascal, nos hayamos sentido infelices. Una infelicidad que, siguiendo algunas de las noticias más alarmistas, parece haberse manifestado bajo formas de ansiedad y depresión.

Es cierto que hemos podido encontrarnos más estresados, quizá más agobiados, a veces, incluso frustrados. Pero, ¿son éstos síntomas de empeoramiento de nuestra salud mental? ¿No son quizá experiencias normales de la vida que nos son desagradables pero que debemos aceptar y aprender a convivir con ellas? ¿No será que lo que nos ha pasado de verdad es que nos hemos aburrido mucho?

El aburrimiento no es una depresión, no es una enfermedad grave. El aburrimiento es un estado emocional normal, aunque no muy agradable.

Resulta tan poco de nuestro agrado que, para huir de él, muchas veces creamos nuevos problemas o nos hacemos más infelices. No estoy diciendo que el aburrimiento nos haga infelices, lo que digo es que la reacción de huida ante el aburrimiento puede causarnos nuevos males e incluso la infelicidad. ¿Qué hay detrás de las fiestas y salidas temerarias de este verano que han ayudado a propagar el virus? ¿No es acaso una huida del aburrimiento del hogar lo que las ha provocado? ¿Qué hay detrás de muchos actos que ponen en riesgo la vida como los excesos de velocidad, los saltos entre balcones, etc.? ¿Es acaso vivir un continuo huir del aburrimiento?

Viendo el daño tan nocivo que causa el virus del aburrimiento, que ha podido ayudar incluso a propagar otros virus, nos deberíamos preguntar si existe una vacuna que nos inmunice ante él. De existir una solución, como pasa para todas las experiencias profundamente humanas, quizá la encontremos no en un laboratorio, sino en una biblioteca. Seguramente no esté en el futuro, sino en el pasado. En Pascal ya hemos encontrado un consejo: “aprende a estar quieto en tu casa”, o mejor, “disfruta de tu hogar”. Para algunos eso puede ser sinónimo de no disfrutar de la vida. Quizá, quedándote quieto en tu casa no disfrutes de la vida (entiendo por la vida las rutinas de la vida tal y como nos las han presentado sociológicamente: hay que salir de fiesta, de viaje, etc. para ser feliz) pero, es muy posible, que aprendas a disfrutar de tu vida (entiendo por tu vida la capacidad de conocerse a uno mismo, descubrir tus aspiraciones más auténticas y aprender a realizarlas). Quizá, después de todo, para disfrutar de mi vida, el aburrimiento no sea una maldición sino todo lo contrario. El aburrimiento es posiblemente vacuna de sí mismo. En realidad, no es un virus, ni un problema. Es un surtidor de tiempo para mí. El tiempo que me genera de sobra lo puedo emplear para pararme, analizar cómo estoy invirtiendo mi tiempo y descubrir si es significativo el uso que hago de ese tiempo para mi vida.

¡Bendito aburrimiento, pues, si en lugar de desesperarme sirve para perfeccionarme! Y, así, aburriéndonos, nos volvamos a encontrar a nosotros mismos. No sea que nuestras vidas nómadas y estresadas absorban cada instante de nuestro tiempo y, con él, se lleven nuestra auténtica identidad.

“Y los hombres van a admirar las cimas de los montes y las olas del mar y las corrientes de los ríos, y se olvidan de sí mismos” (San Agustín de Hipona).

 

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