Por Enri García Chaparro

Tantos adjetivos le hemos ido colocando al nombre de violencia que en este caso no sé si unificarlos todos o que sea el propio lector el que elija cómo calificarlo desde lo más profundo de su corazón.

Estamos mediando febrero cuando escribo este artículo y lo hago bajo la consternación, la rabia y la indignación a la que llego causada por  varias noticias ocurridas en la misma semana que me han hecho preguntarme:

¿Qué pasa por la cabeza de un adolescente que es capaz de matar a sus padres a sangre fría por el mero hecho de castigarle sin internet, sin móvil o sin consola a causa de unas malas notas?

Es una noticia terrible con unas consecuencias irreparables sobre una situación, cuanto menos, desconcertante.

Bien es cierto, que como docente, sé que hay que tener mucha empatía con los niños y adolescentes, porque cada uno, a su manera, sufre sus propios cambios. Y como madre la situación es bien parecida.

Lo que no es de justicia es que tengamos que tener a estas nuevas generaciones “entre algodones” por el simple motivo de no herir sus sentimientos por la acción/reacción negativa que pueda tener su sensibilidad.

Es terrible que un chico de 15 años llegue a ASESINAR a sus padres y a su hermano en un arrebato de soberbia por el hecho de tener que cumplir un castigo. Vamos a ver ¿es que a alguien en esta vida no han castigado nunca? Pues de siempre, si hemos necesitado un castigo merecido pues lo hemos cumplido, nos hemos aguantado y hemos aprendido. Por Dios, que hablamos de un castigo, no de una paliza violenta de aquellas que recibían generaciones muy anteriores (que tampoco tienen justificación). Un castigo de unos padres que verbalmente le dicen que se queda sin su pasatiempo favorito por no haber tenido buenas notas…ni más, ni menos. Vamos, algo de lo más normal. Pero no, la violencia no tiene límites y por lo que vamos viendo en los últimos años ni edad ni lugar. Y al final, o se pone unos límites para estos atentados o se terminará por normalizar.

Y como pequeña era la noticia, resulta que otro niño de 13 años se lía a puñaladas con su profesor en plena clase, delante de sus compañeros y sin mediar palabra. Informes policiales determinan que el chico sufrió una crisis de ansiedad y un trastorno mental transitorio, lo que dará lugar a que por edad y diagnóstico sea inimputable. En las entremedias un joven de 19 años que mata a su novia de 17…A esto le unimos las salvajadas de las pandillas callejeras que ahora están en todo su esplendor y…ancha es Castilla.

Pues nada. Leyes que “protegen” al menor, porque si bien es cierto que nuestro organismo jurídico considera que a partir de los 14 años las personas son imputables, por razones políticocriminales estima que no es necesario aplicar las mismas consecuencias jurídicas a los menores que a los adultos.

Total, que un niño que asesina a sus padres y a su hermano, sabiendo bien lo que hacía, que esconde sus cuerpos durante tres días visceralmente, que aprovecha esos mismos días para jugar sin parar a la consola porque sabe que goza de esas horas, hasta ser descubierto, de plena libertad para hacer lo que le venga en gana, tendrá “como castigo” vivir hasta la mayoría de edad en un Centro de Menores del cual saldrá incluso sin antecedentes penales. Otro que apuñala a su profesor y el hecho pasará a la historia sin pena ni gloria y una familia que llorará eternamente la muerte de una adolescente asesinada con tan solo 17 años por otro ataque de celos, de ira, de soberbia o de vayamos a saber qué.

Creo que nos estamos equivocando tanto humana como jurídicamente y se sigue sin poner remedio.

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